Las bailarinas lógicas: “Cerebro”

“Cerebro”. Se supone que es el órgano crucial pero también imaginario de esta escultura de Rodin. Como realidad física y tangible, el cerebro es el objeto más sofisticado y deslumbrante del universo conocido. Yo tengo uno de esos objetos dentro de mí. Y tú, por el hecho mismo de que estás leyendo estas palabras, tienes otro. Otro de esos increíbles diamantes vivos. ¿Somos dueños de semejante joya o, por el contrario, somos propiedad de ella? 

“Cerebro”. El propósito de este diccionario filosófico no es dar significados a las palabras, no es limitar su semántica, sino calibrar su habilidad para generar hechizos: su fuerza para configurar los contenidos de la conciencia. Lo mundos.

Entremos ahora en un fabuloso laberinto de espejos. Primer paso: ¿Quién -o qué- quiere estudiar, ver, considerar, medir, modelar, etc., el llamado “cerebro humano”? ¿Quién -o qué- quiere crear en su propio cerebro una imagen, una idea, un atlas, de su propio cerebro? ¿Puede el cerebro ser objeto y sujeto de conocimiento al mismo tiempo? 

Fue leyendo a Schopenhauer cuando me sorprendió por primera vez la “paradoja del cerebro”. Se puede enunciar así: el cerebro, como una cosa entre las cosas, es parte del mundo (como los árboles o los caracoles o los coches o los anillos de Saturno o las estrellas). Visto de esa manera, como un corte concreto en la totalidad del impacto visual del mundo, aparece como algo tridimensional, diminuto, vulnerable; y también como algo creado (e implacablemente sometido por las leyes de la Naturaleza). Pero, por otro lado, según Schopenhauer (que era un amante de la filosofía de Kant), es precisamente dentro del cerebro, y solo allí, donde ocurre eso que llamamos “mundo” y por lo tanto también eso que llamamos “cerebro”. 

Si no filosofamos (si no somos conscientes de nuestro pensamiento), no nos daremos cuenta de que estamos identificando lo que las conexiones neuronales de nuestro cerebro pueden construir y también denominar “cerebro”, con ‘eso’ que se supone que rodea al cerebro mismo: el ‘mundo exterior’, incluyendo, por supuesto, la materia misma del propio cerebro. Las teorías de un neurofisiólogo actual (si aceptamos y seguimos esas mismas teorías) son fenómenos dentro del cosmos interno, eléctrico y viscoso, de sus propias galaxias de neuronas. Se podría decir, a partir del materialismo científico actual, que el cerebro es una de las cosas que se pueden contemplar dentro del cerebro si el cerebro funciona correctamente (dentro de esa caja mágica también puede suceder una brisa de otoño capaz de erizar la piel de la memoria). 

A partir de ese materialismo también se puede decir que seremos más conocedores del cerebro a medida que nos acerquemos a un cierto camino de conexiones neuronales, a una cierta forma, o baile si se quiere, de la materia que constituye nuestro cerebro: aquella que propicie una representación adecuada de lo que es el cerebro en sí mismo, si es que tal cosa existe. ¿Cómo sería tal “cosa”?

Vamos a intentar vislumbrar qué podría haber detrás de la palabra “cerebro”. Hagámoslo con los ojos infinitos de la diosa Filosofía, la cual, según la neurociencia actual, sería solo una actividad cerebral (la actividad cerebral que se modela, que se mira a sí misma… ¿Desde dónde?). 

La palabra “cerebro” (esa poderosa bailarina lógica) nos dará una maravillosa oportunidad para filosofar seriamente: sin pereza, con un coraje extremo, listos para nadar en el océano del infinito, de lo insoportable incluso (pero insoportable, a veces, por su extrema belleza). Comienza el gran éxtasis intelectual de la Filosofía. Realmente creo que nuestro filosofar puede recibir una lluvia extremadamente fértil si observamos lo que se dice sobre el cerebro a partir de los modelos actuales de neurofisiología (a partir de estas configuraciones determinadas de la química de nuestro cerebro, si aceptamos esos mismos modelos). 

Pero, ¿qué dicen esos modelos al día de la fecha? 

Hasta donde yo voy sabiendo, se dice que el cerebro (el cerebro humano en concreto) es una parte del cuerpo humano, un órgano que se considera el centro del sistema nervioso. Contiene miles de millones de células de un tipo especial: las llamadas “neuronas”, que, sorprendentemente, se conectan entre sí -o no- creando -o no- asociaciones (digamos sociedades… ¿Civilizaciones?). He leído que las neuronas pueden cooperar en sociedades de millones de miembros y que aún está por ser desvelado el misterio de cómo funciona realmente esa cooperación. También se dice que el tejido cerebral produce energía, electricidad de hecho (como una pequeña central nuclear orgánica), electricidad que, si muchas neuronas trabajan juntas, puede ser lo suficientemente potente como para salir del cráneo (la caja del cerebro) y ser detectable en el exterior. Ese órgano, esa ‘máquina’ crucial [Véase “Máquina”], se puede comparar con una computadora. En realidad, algunos modelos actuales de neurociencia usan esa comparación para mejorar la comprensión de su objeto de estudio. Y lo hacen sobre la base de que el cerebro es un centro de percepción y procesamiento de datos. El alcance de dicha percepción, según lo que parece comúnmente aceptado en la ciencia actual, es enorme: luz, sonido, composición química de la atmósfera, temperatura, orientación de la cabeza, posición de las extremidades, composición química del torrente sanguíneo… O eso es lo que luego se dice a sí mismo el cerebro que ha “percibido”.

Sigamos… El hipotálamo, que es una parte del cerebro, puede incluso controlar el nivel de sodio, el nivel de glucosa y el nivel de oxígeno en la sangre, y, según esos datos, enviar mensajes a la glándula pituitaria, la cual reacciona introduciendo hormonas en el torrente sanguíneo que son capaces de modificar la actividad celular. 

También se dice que el aprendizaje y la memoria son actividades centrales del cerebro. Santiago Ramón y Cajal podría haber explicado tales capacidades argumentando que se trataba de cambios en las conexiones sinápticas entre las neuronas. Dicha teoría podría haber comenzado a ser comúnmente aceptada por una serie de investigaciones iniciadas por un artículo de Tim Bliss y Terje Lømo publicado en 1966 en Journal of Physiology. El descubrimiento clave de ese artículo fue la llamada “Potenciación a largo plazo”: el fortalecimiento de la sinapsis entre las neuronas causada por la actividad reciente. También existe lo contrario: la “Depresión a largo plazo”. Ambos fenómenos podrían ser una prueba de lo que ahora se llama “plasticidad sináptica”, teoría que afirma que las conexiones entre las neuronas pueden fortalecerse o debilitarse según su actividad durante un período de tiempo. Miles de millones de neuronas capaces, dispuestas a conectarse entre sí… 

¿Qué puede ocurrir si se produce una conexión total? ¿El cerebro (ese enorme misterio) sería completamente consciente de sí mismo? La Filosofía, vista desde los modelos actuales de neurofisiología, podría describirse como una bellísima bomba de pensamientos conscientes, colocada dentro de esas galaxias de neuronas para desencadenar su conexión extática final: la plasticidad sináptica infinita. 

Los modelos científicos que acabo de esbozar son el marco teorético de algunos proyectos sorprendentes que me gustaría mencionar (y agradecer también): 

https://www.humanbrainproject.eu/en/. Aquí encontrarás la siguiente pregunta: “¿Te imaginas que un cerebro y su funcionamiento se replicaran en una computadora?” 

https://alleninstitute.org/what-we-do/brain-science/. En la página web de este instituto (que fue fundado por Paul Allen, uno de los creadores de Microsoft junto con Bill Gates), se dice lo siguiente: “El cerebro humano es la pieza más compleja de materia organizada en el universo conocido. Utilizamos nuestro singular enfoque para descubrir sus misterios y compartir recursos valiosos con la comunidad global de neurocientíficos “. 

La vanguardia científica de nuestra civilización está ahora fascinada con los cerebros: con esas complejas piezas de materia organizada. Y es que dentro de esas joyas cósmicas podría estar la clave de todo. 

Neurociencia. Filosofía. Veamos lo que dicen los siguientes pensadores individuales (cerebros individuales) sobre el cerebro: 

1.- Schopenhauer. La paradoja del cerebro. Volvamos a eso: el cerebro, como cosa entre cosas del universo físico, está en el espacio, pero el espacio (el continente, la ‘caja’ del universo físico) está solo en el cerebro (Pararega y Paralipomena II, p. 48, de acuerdo con la edición clásica de Arthur Hübscher, revisada por su esposa Angelika y publicada en Mannheim en 1988). El sistema filosófico de Schopenhauer supera tal paradoja ubicando el cerebro físico como parte del mundo creado, como una especie de herramienta utilizada por nuestro yo más profundo para contemplar nuestra propia creación. 

2.- Humberto Maturana. Biología de la cognición (Informe de investigación del laboratorio de computación biológica BCL 9.0. Urbana IL: Universidad de Illinois, 1970). Maturana es uno de los tres creadores del concepto “autopoiesis”, el cual se refiere a la supuesta capacidad de autogeneración y autogestión de los llamados “sistemas vivientes” (se dice que los otros dos creadores de dicho concepto son Francisco Varela y Ricardo B. Uribe). El cerebro: Maturana dice que la rana no puede ver a todos los animales (no ve los que son especialmente grandes y lentos). La actividad del cerebro (lo que es ‘realidad’ dentro de él) sería el resultado de las demandas del sistema vivo que lo nutre. La realidad es fabricada por los “sistemas vivientes”. ¿Es también esa misma teoría generada en el cerebro de Maturana algo que sirve solo para nutrir el “sistema viviente” que lo posee? ¿Cómo puede ser cierta esa teoría si es generada por un cerebro biológicamente esclavizado? Merece ser leído el estudio esquemático sobre el pensamiento de Humberto Maturana ofrecido por John Lechte en este trabajo: Fifty Key Contemporary Thinkers: From Structuralism to Postmodernity (Routledge, London 1994). Hay una edición en español: 50 pensadores contemporáneos esenciales, traducción de Carmen García Trevijano, Cátedra, Madrid 2010.

3.- El funcionalismo computacional de Hilary Putnam [Véase aquí, todavía solo en español]como solución para el problema mente/cerebro: la mente es el software; el cerebro es el hardware. La crítica de John Searle: “la habitación china” (Minds, Brains and Science, Harmondsworth, Londres 1984) [Edición española: Mentes, cerebros y ciencia, Cátedra, Madrid 1994]. Searle afirma que una computadora puede comportarse como si entendiera chino, pero no sería nunca una mente porque no puede pensar, ser consciente, de su propio comportamiento. Este pensador centra sus críticas exclusivamente en las computadoras digitales. Pero, ¿qué tipo de máquinas están todavía por ser creadas? [Véase “Máquina”]. Schopenhauer ya consideraba el cerebro humano como nuestra creación artificial más sofisticada. Porque en realidad no seríamos “seres humanos”. Los seres humanos serían en realidad nuestra creación.

4.- Antonio Damasio [Véase aquí, todavía solo en español]. Merece ser leída su obra El error de Descartes. Ese error fue creer que las operaciones más refinadas de la mente están separadas de la estructura y el funcionamiento del organismo biológico. El cerebro y el resto del cuerpo constituyen un organismo inseparable compuesto por circuitos bioquímicos y neuronales que se relacionan con el medio ambiente en su conjunto, y de esa interacción surge la actividad mental. Entonces… ¿Nuestro cerebro tiene el tamaño de todo el universo físico? ¿Pensamos con todo eso? ¿Es nuestro pensamiento fruto de todo eso? ¿Lo es también nuestro ‘yo pensado’?

5.- Richard Dawkins: The God delusion [El espejismo  de Dios]. En este libro hay un epígrafe que lleva por título “La madre de todos los burkas”. Dawkins afirma que lo que vemos del mundo real no es el mundo real, sino un modelo del mundo real, regulado y ajustado por datos sensoriales (un modelo que está construido de tal manera que es útil para relacionarse con el mundo real). Dawkins también afirma que la naturaleza de ese modelo depende del tipo de animal que somos. De acuerdo con esa teoría, podríamos preguntarnos: ¿No es esa misma teoría (el modelo de realidad que Richard Dawkins expone) simplemente algo útil que su cerebro (su cuerpo) necesita para lidiar con ese monstruoso misterio que parece ser el mundo real, pero real de verdad? Entonces: ¿Los cerebros reflejan la realidad o la crean? ¿La supervivencia del sistema requiere una ‘realidad’ reflejada en el cerebro o simplemente una fantasía capaz de desencadenar la voluntad de vivir? [Véase aquí mi artículo completo sobre Richard Dawkings todavía solo en español]. 

Ahora intentaré transmitir lo que parecen ser mis propios pensamientos (las secreciones de mi propio cerebro, o del universo entero a través de él) sobre el misterio del cerebro: 

1.- “Cerebro” es, en primer lugar, una palabra, un símbolo. Nada más. Y nada menos… También se puede decir que es el resultado de aplicar un determinado sistema de cortes en la realidad visual del llamado “universo” [Véase “Universales”]. No puedo ver ningún cerebro más allá de cierto software mental (si usamos la metáfora de Hilary Putnam).

2.- El lenguaje siempre nos hechiza. Para ser consciente de ese hechizo hay que pensar que tanto “átomo” como “neurona” o “cerebro” o “ciencia” son palabras: frutos artificiales de modelos mentales: secreciones de algo inefable que ahora no tengo más remedio que llamar “cerebro”. De hecho, es posible que en un futuro muy cercano surja un nuevo modelo de cerebro. Por ejemplo, un modelo que afirme la identidad absoluta entre lo que ahora llamamos “cerebro” y lo que ahora llamamos “universo”.

3.- La bailarina lógica “Cerebro” generalmente baila junto con otra: “Mente”. Se dice que desde el último tercio del siglo XX la filosofía de la mente está adquiriendo un lugar privilegiado en lo que llamamos reflexión filosófica. Pero hoy en día, la ideología predominante es la que afirma la dimensión material del cerebro. El problema (la maravilla) es que que cada objeto físico (el cerebro incluido), según la Física actual (Teoría M), tiene once dimensiones, no tres. Por lo tanto, los modelos (los dibujos) actuales del cerebro están mutilados: el cerebro en sí, incluso considerado como un objeto físico puro, es imposible de dibujar. Imposible de ver. Impossible de imaginar siquiera.

4.- El cerebro… Realmente no sé qué es eso, pero si cierro mi ojos, puedo sentirlo, ‘ahí’, como una enorme ballena mágica, infinita. Dentro de mí. Y yo dentro de ella. Es imposible, pero es así… Y también puedo enviarle calma, y silencio, e incluso amor, a ese ser.  Es  algo que hago casi todos los días. Créeme: después de no más de un minuto, ese ser parece nacer de nuevo, listo para seguir amando la vida, listo para seguir produciendo mundos. La pregunta es: ¿Desde dónde siento mi propio cerebro? ¿Dónde estoy yo realmente? 

Es suficiente. Saquemos a la diosa Filosofía del salón donde la bailarina lógica “Cerebro” necesita bailar. Esa preciosa bailarina es parte de un gran sueño: el sueño del materialismo científico, que ofrece mundos fabulosos. Y expectativas fabulosas también. 

David López

Las bailarinas lógicas: “Sueño”

“Sueño”. Soñamos. Es prodigioso que eso ocurra. Filósofo es aquel que no se acostumbra a lo prodigioso: aquel que no se acostumbra a lo que hay. Porque finalmente es incapaz de abarcar lo que hay en palabra alguna, en sistema alguno. Lo que hay es demasiado grande y prodigioso para él.

En las notas que siguen expondré unas primeras reflexiones que, según creo ahora, se encaminan hacia una desactivación de los universales “Sueño” y “Vida” [Véase “Universales”], y, quizás, a su sustitución por un neologismo que sería algo así como “Omni-vida”, entendiendo que no existe diferencia ontológica entre los distintos ‘lugares’ o ‘mundos’ en los que entramos y salimos a lo largo del tiempo infinito -y dentro del espacio, infinito también- de nuestra mente.

La experiencia total. ¿Cuáles son los límites de la vida? ¿Cuánto se vive en una vida; si incluimos todo lo que se sueña en ella? ¿Cuántos cómputos de tiempo? ¿Cuántas tramas? ¿Cuántas personas se es en el gran teatro de nuestra mente (o de nuestro “cerebro”, si se quiere soñar en red con los neurofisiólogos)? [Véase “Cerebro”].

La vida es sueño. Sí. Pero, ¿qué es eso de “la vida”? ¿Cómo jerarquizar los distintos mundos en los que entramos y de los que salimos? ¿Dónde estoy exponiendo estas preguntas? ¿En un sueño? 

Creo que sería más apropiado decir que el sueño es vida. Y eliminar eso de “solo fue un sueño”. Creo que un sueño es algo grande.

¿Podemos -como aseguran los budistas- despertar alguna vez, pero del todo? ¿Morir es despertar a otro sueño más ‘real’, más ‘de verdad’, que éste en el que ahora escribo?

Los taoístas aseguran que somos -los seres humanos y sus mundos- el sueño de una mariposa: el sueño de algo que goza de una ligereza infinita. El sueño de una Nada… [Véase “Nada”].

En la palabra “Materia” [Véase] narro un sueño personal en el que, una vez alcanzada la conciencia de que estaba soñando, me deleité contemplando la materia onírica de unos árboles de mi infancia; e incluso sintiendo en mi piel una brisa ‘imaginaria’ que provocó en mí un estallido de belleza extrema. La noche 24 de mayo de 2011 tuve un sueño similar. También lúcido. Así lo recuerdo ahora:

Estoy en una casa que se supone que es la mía. Hay bastante gente dentro y también en el jardín. Entre esa gente están mis familiares más directos. De pronto me doy cuenta, algo asustado y aturdido, de que esa no es exactamente mi casa. Empiezo a sospechar que estoy soñando. Se lo digo a mi hermano. Él no me cree. Intento convencerle a él y a más gente que ahora no recuerdo. Dudo de si estoy o no soñando. Me decido a hacer la prueba que siempre me funciona: levanto los brazos y me dispongo a volar. Vuelo. Me consuela saber que he acertado y que estoy en un sueño, lo cual, inmediatamente, me hace tomar consciencia de que tengo un enorme poder de configuración de esa realidad: que puedo hacer con ella casi lo que quiera. Pero recuerdo también, mientras voy volando, que debo mantener la calma y la concentración para no perder el poder. Paso volando junto a las ramas de unos árboles gigantescos. Me detengo, casi en meditación, para contemplar en detalle el prodigio de esa materia onírico-vegetal. Ante ese espectáculo siento una emoción estético-metafísica realmente gloriosa: estoy contemplando la materia de los sueños.

Sigo mi vuelo y llego a una especie de chalet de montaña, aparentemente deshabitado, muy bello, iluminado con una luz entre verdosa y gris: la luz que nace y muere justo antes de los amaneceres. Veo un cartel con un teléfono. Me pregunto qué pasaría si yo marcara ese número. No lo hago. Me es igual. No me quiero distraer. Lo que me interesa es la contemplación pura de la materia que me envuelve. Sigo volando hacia no sé dónde.

Llego a una casa grande en cuyo tejado hay grandes cristaleras. Veo niños durmiendo. Ellos me descubren. No sé qué decir. Les digo finalmente que soy un ángel, que no se preocupen, que estoy para cuidarles, para que tengan una vida preciosa. Uno de ellos me dice que ya sabe quién soy porque me ha visto en una película. Al resto les doy igual. Entonces se me ocurre animarlos a jugar conmigo. Pierdo algo de concentración y de control porque empiezo a sentir apego por esos niños. Me doy cuenta de que tengo que salir de ahí, urgentemente, pero no volando, porque ya he perdido el poder de volar. Salgo corriendo por una escalera grande, como de edificio de lujo en Berlín. Siento angustia. Quiero despertar. Quiero despertar urgentemente.

Pero despierto en otro sueño y quiero tomar notas en él para aprovechar esas experiencias y poderlas traer a este diccionario filosófico. Hay muchos niños haciendo ruido y soy incapaz de concentrarme. Suena mi móvil. Es un mensaje de voz. Recuerdo de pronto haber soñado un tercer sueño en el que acababa de iniciar una apasionada relación sentimental con una mujer. Una mujer de ojos verdes, muy guapa y muy fea a la vez, que había conocido mientras dejaba una bolsa en el colegio de mi hijo. En el mensaje ella se lamenta de que yo no devolviera sus llamadas. Su voz es angustiosa. Yo sé -en el sueño- que esa mujer formaba parte de otro sueño distinto: un hechizo puntual destinado a diluirse en la nada como un arcoíris moribundo.

Desperté a este sueño desde el que ahora escribo.  Ya dentro de este mundo concreto sentí una mezcla de fascinación metafísica -y física- y también angustia ante la volatilidad de los mundos. Pero sobre todo sentí mucha tristeza por aquella mujer de nada que me amaba desde la nada ofreciéndomelo todo.

Los sueños. La vida. El amor…

Antes de exponer mis ideas, creo oportuno mencionar a los siguientes pensadores:

1.- Buda. El despierto. Pero… ¿Para qué despertar? ¿Para no sufrir? Sugiero seguir en la vida sabiendo que se trata de un sueño, de un sueño sagrado. Y ponerse a su servicio: aumentar sus hechizos (Nietzsche).

2.- Kant. Confesó que había despertado del “sueño dogmático” gracias a Hume. ¿Qué es un sueño dogmático? Las bailarinas lógicas (“Causalidad”, “Tiempo”, “Espacio”… y muchas más) hunden en ese sueño. Pero no se puede vivir sin ellas. Porque vivir es soñar. Porque vivir es estar hechizado.

3.- Schopenhauer. Leamos lo que escribió sobre el sueño este poderoso pensador en la primera parte de su obra Parerga y paralipomena (P I, 232-233, según la edición clásica de Arthur Hübscher, revisada por su mujer Angelika, y publicada en Mannheim en 1988):

“[…] en el simple sueño la relación es unilateral, y es que solo un yo verdaderamente quiere y siente, mientras que los demás no lo hacen, pues son fantasmas; por el contrario, en el gran sueño de la vida tiene lugar una relación multilateral, toda vez que no solo uno aparece en el sueño del otro, sino que éste también aparece en el de aquel, de forma que, por medio de una verdadera harmonia praestabilita, cada uno sueña solo aquello que para él es adecuado según su propia guía metafísica, y todos los sueños-vida están entretejidos con una perfección tal, que cada uno experimenta solo lo que le es beneficioso y hace lo que es necesario para los demás […].”

(La traducción es mía. Ofrezco a continuación el texto original en alemán para su cotejo):

” […] im bloßen Traume das Verhältniß einseitig ist, nämlich nur ein Ich wirklich will und empfindet, während die Uebrigen nichts, als Phantome sind; im großen Traume des Lebens hingegen ein wechselseitiges Verhältniß Statt findet, indem nicht nur der Eine im Traume des Andern, gerade so wie es daselbst nötig ist, figuriert, sondern auch dieser wieder in dem seinigen; so daß, vermöge einer wirklichen harmonia praestabilita, jeder doch nur Das träumt, was ihm, seiner eigenen metaphysischem Lenkung gemäß, angemessen ist, und alle Lebensträume so künstlich in einander geflochten sind, daß Jeder erfährt, was ihm gedeihlich ist und zugleich leistet, was Andern nöthig […]”.

4.- Freud. 1900. Die Traumdeutung. La interpretación de los sueños. El sueño es una necesidad psíquica, una especie de prótesis metafísica, y su interpretación permite sanar… digamos “el alma”. Freud, que es un pensador excepcional, está no obstante hechizado -dormido- por bailarinas como “Ciencia”. Es un ilustrado decimonónico: habla de los “antiguos”, que, en su supuesta ignorancia pre-científica, creyeron que los sueños podrían ser un lugar intervenido por divinidades exteriores, y que en los sueños había mensajes, y que anunciaban el porvenir… Freud escribió su libro sintiendo que no había habido avance desde Artemidoro de Daldis (s. II d. C.). Y considera que la materia de los sueños es la memoria, la cual almacenaría absolutamente todas las experiencias vividas por un ser humano desde su infancia (hasta las más nimias). Objetivo de la interpretación de los sueños: sanar. Utilizar el sueño (su recuerdo) para sacar a “la luz de la razón” (esa diosa exorcista) todo lo reprimido. Así se acabaría, según Freud, con el sufrimiento: volviendo consciente lo inconsciente. Su método consistía en sugerir que fuera el paciente-soñador quien interpretara su propio sueño, dejando que las imágenes salieran sin censura a la purificadora “luz de la razón”. Contra la ciencia de su época, Freud sí creyó que los sueños tenían sentido, pero rechazó el uso de claves interpretativas fijas porque las consideró simple superstición. Finalmente, Freud, en su obra La interpretación de los sueños, confirmó el sentido popular que, según él, siempre consideró los sueños como un espacio para la realización de deseos frustrados en la vida real. Y los “sueños de angustia” serían un fallo del sistema: lo deseado por el inconsciente sería insoportable: y se produciría, sin más, el despertar.

Éstas son mis ideas sobre la palabra “Sueño”:

1.- El sueño/la vida son contenidos de conciencia -no tengo otras palabras más adecuadas para decirlo. Creo que esos contenidos forman una fabulosa obra de arte que está siendo contemplada por ‘nosotros’ desde un lugar innombrable desde aquí. Esa gran Creación, esa descomunal sinfonía de mundos interconectados, incluye todo lo ‘vivido’ y ‘soñado’ por nosotros.

2.- No morimos porque no vivimos. “Vivir” es una palabra demasiado simple. “Soñar” y “morir” también lo son. Como he adelantado al comienzo de este texto, creo que sería más apropiado decir que “omni-vivimos”: entramos y salimos en y de realidades que nosotros mismos fabricamos desde donde somos Nada (desde donde somos Dios, si se quiere utilizar esta palabra).

3.- Creo que en nuestros sueños -vida incluida- irrumpen mensajes y seres exteriores. O -mejor dicho quizás-  mensajes que nos mandamos a nosotros mismos desde otros lugares de nuestra conciencia infinita.

4.- Considero que no hay que descartar la posibilidad de que ‘alguien’ nos esté contemplando en este momento, con ternura, como cuando contemplamos a nuestros hijos dormidos. No es tampoco descartable que nos estén amando y cuidando desde donde quizás despertemos al morir.

5.- El sueño dogmático. Este diccionario filosófico muestra el poder narcotizante de las bailarinas lógicas (las palabras/los conceptos/ los universales/las ideas). Creo que todo kosmos noetos, en sentido platónico, es narcótico: todo cosmos es un sueño ordenado. Todo logos, si tiene la fuerza suficiente, sumerge en un profundo sueño dogmático. Kant, gracias a Hume, despertó de un sueño dogmático, pero entró en muchos otros, todos preparados para causar hechizos en sus fabulosas obras filosóficas.

6.- La interpretación de los sueños. ¿Qué es “interpretar”? ¿Para qué “interpretar”? Unos mundos nutriendo a otros. Pero, ¿desde qué lógica? ¿No es la lógica, también, una alucinación de la mente? Quizás sí. Pero hay que vivir este sueño, éste, y merece la pena buscar nutrientes, ideas, hitos, mensajes -lo que sea- en otros mundos. Creo, con Freud, que los sueños están al servicio de nuestra salud, entendiendo “salud” en un sentido ilimitado.

7.- Despertar. Dios se aprieta pero no se ahoga. Todos sabemos, en el fondo, que cuando un sueño -o un vivir en general- se pone demasiado duro podemos salir de él: podemos diluirlo en la nada del sueño olvidado y reducido a simple materia onírica, a pura irrealidad.

8.- El silencio en el sueño. Los sueños, en general, son ruidosos, desasosegados, como caricaturas de este sueño/vida desde el que ahora escribo. En los sueños, generalmente, se siente muy poco sosiego, y muy poca libertad… ¿Cabe meditar dentro de un sueño?  Yo lo hice, después de saberme soñando en una especie de asamblea de dignatarios religiosos que tenía lugar dentro de lo que parecía una catedral. Fue una experiencia incomunicable ahora. En otra ocasión soñé con un pueblo rodeado por la luz y el silencio.  Todo era demasiado calmado. Demasiado maravilloso. Sentí que no estaba en un sueño ordinario; y me asusté muchísimo porque supe que aquello era la muerte. O algo relacionado con la muerte. Y yo no quería morir. Tenía una preciosa hijita de cuatro años. Elegí entonces -por amor, por amor puro y duro- regresar a esta vida/sueño (a esta “Omni-vida”), renunciando a las delicias de aquel paraíso rural. Y letal.

9.- Creo que cabría diferenciar entre el sueño pasivo y el sueño activo. El Dios de los monoteísmos, el Dios Creador, antes de crear,  tuvo que soñar activamente (‘imaginar’) su Creación (o ‘ensoñar’ si se prefiere). No cabe pensar una Creación instantánea, no soñada activamente, esto es: no deseada una vez imaginada activamente. No se puede desear algo que no se ve previamente en la imaginación. El sueño pasivo, por su parte, sería una entrada en el fruto de la propia imaginación, con la conciencia autolimitada para percibir lo creado (la ‘realidad’) como algo ajeno objetivo, ‘ahí’. Ese podría ser el sentido mismo de la Creación. Y del mundo. De todos los mundos posibles. 

10.- El paraíso. No descarto su existencia; como sueño perfecto experimentable desde un nivel de conciencia todavía auto-hechizado. El paraíso como materialización de todo lo deseado ‘en vida’: como vivencia total de todo lo soñado (ensoñado) activamente: como último regalo del cerebro para sí mismo (si no se quiere salir del modelo fisicista-cerebralista).

11.- El sueño amado. Recuerdo haber sido arrastrado por cataratas de sueños sucesivos en los que una y otra vez creí que había despertado, por fin, a la verdadera realidad. Pero ninguno de ellos era el sueño amado. Y yo lo sabía. Hasta que regresé a éste.

Éste.

Mi sueño amado es éste: éste desde el que escribo, porque en él están seres maravillosos por los que vale la pena asumir los dolores del ignorante (en sentido budista): de ese ‘estúpido’ que -por puro amor- no se desapega de su sueño amado.

Quisiera terminar este texto trayendo de nuevo las palabras de Schopenhauer sobre el sueño. Y es que tienen una fuerza y una belleza descomunales:

“[…] en el simple sueño la relación es unilateral, y es que solo un yo verdaderamente quiere y siente, mientras que los demás no lo hacen, pues son fantasmas; por el contrario, en el gran sueño de la vida tiene lugar una relación multilateral, toda vez que no solo uno aparece en el sueño del otro, sino que éste también aparece en el de aquel, de forma que, por medio de una verdadera harmonia praestabilita, cada uno sueña solo aquello que para él es adecuado según su propia guía metafísica, y todos los sueños-vida están entretejidos con una perfección tal, que cada uno experimenta solo lo que le es beneficioso y hace lo que es necesario para los demás […].”

 

Las bailarinas lógicas: “Filosofía”

 

 

Filosofía.

Estoy perdidamente enamorado de esta bailarina lógica. Desde hace más de treinta años. Y ya para siempre. Eternamente, espero.

La conocí en 1978. Yo tenía catorce años y ella varios miles. Ocurrió en el instituto Jaime Ferrán de Villalba (Madrid). A partir de entonces el mundo, y mi mente, y quizás mi corazón, iniciaron una expansión infinita. O, mejor dicho, un regreso a Inmensidades que sentí cuando era un niño de pocos años (no más de seis).

Recuerdo a dos profesores de aquel instituto, pero no sus nombres. Uno de ellos había trabajado en la ONU, tenía gafas redondas y convocó un concurso filosófico con el lema “Libertad y autoridad”. Yo me presenté con un trabajo en el que afirmé que era necesaria la autoridad porque no había libertad: que el hombre libre no necesita la autoridad. Sigo pensando lo mismo. Gané aquel concurso y sentí una enorme felicidad.

Sí recuerdo haber leído a Locke pensando el pensamiento. Y a Nietzsche gritando eso de que Dios había muerto. También recuerdo haber pasado decenas de horas virtuales en las habitaciones, y en las terrazas, y en los jardines, de la Montaña Mágica de Thomas Mann. O haberme sorprendido de que el Sidhartha de Hemann Hesse sufriera tanto con su hijo al final de la novela, a pesar de ser tan sabio, a pesar de haber vivido y pensado y aprendido tanto en aquel territorio casi imaginario cuyo nombre era  “India”. ¡La India!

Ahora, treinta y tantos años después, ese final de novela lo tengo muy presente. Ahora sé lo que se puede llegar a amar a un hijo. Ahora sé que Maya duele como nada puede doler jamás. Solo en Maya se puede sufrir. Solo en Maya se puede encontrar lo sagrado. Solo en Maya se puede amar. Dios sin Maya (sin mundo) no es nada. Es una infinita tristeza, una infinita y atroz soledad.

Este texto, y las conferencias que saldrán de él, quiero que sean un homenaje, una declaración de amor. Un agradecimiento. La Filosofía me ha proporcionado momentos que yo no creía posibles. Y desde hace algunos años tengo el privilegio de compartir esos momentos con otros cerebros y otros corazones.

Recuerdo ahora las miles de horas de soledad, normalmente rodeado por paisajes solitarios, sin espacio delimitado, sin tiempo confinado y depredado. Recuerdo haberme tumbado en el suelo, estupefacto, muchas veces, ante la contemplación de alguna Inmensidad atrapada en algún sistema filosófico: frases expandidas al máximo, palpando lo inefable, adoptando posturas yóguicas casi imposibles, para decir lo que hay. Esto. Y ofreciendo un fabuloso espectáculo estético: el lenguaje hipertrofiado, el lenguaje rugiendo dentro de sí mismo para decir Todo: serlo Todo: y hacerlo además sin quedar incinerado en el Todo.

La Filosofía: sentir la brisa que entra en la mente y en el alma y en el cuerpo cuando el lenguaje deja sitio al Infinito: cuando lo atrae con sus temblorosas manos de palabras, cuando deja huecos y transparentes los conceptos de mente y alma y cuerpo y cualquier otro, incluido el concepto de concepto.

El día en que conocí la Filosofía, en ese instituto de pueblo, gélido en invierno como el universo de Pascal, sentí que alguien muy poderoso y muy cercano había empezado a descorrer las cortinas de mi habitación; y que irrumpía en ella una mañana sin límites, un horizonte de belleza insoportable. Luego he ido descubriendo que la Filosofía es un vuelo prodigioso por los infinitos -y sagrados- modelos de finitud que pueden configurarse en eso que sea “nuestra mente”; si es que es algo distinto de la mente del propio Dios (conceptos huecos, nadas vibrando en la Nada Mágica, pero siendo capaces de ofrecer la apariencia de una existencia). Así debe ser.

Aristóteles siempre me ha impresionado con esta afirmación del comienzo de su Metafísica: “y tal ciencia [la Filosofía] puede tenerla o Dios solo o él principalmente. Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna”.

Quizás sea la Filosofía una ciencia de Dios y sobre Dios: un autoconocimiento imposible: una angustiosa, descomunal, prodigiosa, retorsión del Ser sobre sí mismo.

En este momento la Filosofía es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría”, pero siendo consciente de que toda sabiduría es ignorancia fundamental, hechizo necesario para vibrar vitalmente en un mundo: para ser algo en algo: para disfrutar de ese misterio ontológico que denominamos, a la ligera, “vivir”. La Filosofía sería para mí, en este momento, “amor a la ignorancia”, pues toda sabiduría es ignorancia sagrada, útil, creacional.

Acabo de enunciar la idea fundamental que desarrollaré en este texto. Pero antes quisiera detenerme en los siguientes lugares:

1.- Etimología de la palabra. Del griego: amor a la sabiduría. Según Cicerón, Diógenes Laercio y Jámblico, fue Pitágoras el primero en llamarse a sí mismo “filósofo”, amante de la sabiduría. En el pensamiento/sentimiento de lo que hoy llamamos India antigua la palabra sería Dharsana: “mirada”.

2.- El Nasadiya Sukta del Rig Veda (10.129). La gran pregunta. ¿De dónde ha salido todo esto (dioses incluidos)? ¿Lo sabe alguien? ¿Lo sabe el que lo mira todo desde arriba? Quizás tampoco lo sabe.

3.- ¿La Filosofía nació en Grecia? ¿Hubo Filosofía anteriormente, en otros lugares del planeta, como Egipto, Persia, China o India? ¿Existe algo identificable como “filosofía oriental”?

4.- Los que primero filosofaron: el mito del paso del mito al logos. Esta idea, esta sensación, me acompaña desde hace muchos años. Espero desarrollarla con cierto rigor en un futuro próximo.

5.- El caso Sócrates-Platón. La filosofía como impulso erótico hacia las ideas. [Véase “Idea” y “Belleza“].

6.- Aristóteles. La Metafísica. La ciencia que estudia las primeras causas. O, mejor, en singular: la primera causa: “Dios” [Véase]. En mis cursos de Filosofía siempre, al final, terminamos hablando de ese abismo. Es ineludible porque filosofar es, básicamente, preguntarse qué demonios es todo esto: qué está pasando aquí. Pero de verdad… Y, sobre todo, qué/quién tiene el poder. ¿El poder de qué?

7.- Ibn Arabí. El estupor maravillado. Ante lo que hay. Esta barbaridad. Por favor. Deja de leer y levanta la mirada a tu alrededor. Siente el “Esto”. La “Cosa”.

8.- Schopenhauer. El mejor filósofo es el músico: es el que expresa con más precisión la esencia del mundo. Pero en la metafísica de Schopenhauer el mundo no agota la totalidad del Ser.

9.- Nietzsche. El filósofo aumenta los hechizos al servicio de la vida: no es un desvelador de verdades, sino un artista constructor de verdades. Hay fertilidad disponible para eso y para mucho más.

10.- Ortega y Gasset. ¿Qué es filosofía? Estas once conferencias impartidas por Ortega y Gasset en 1929 constituyen una obra maestra del arte filosófico. No pueden dejarse de leer. Dice Ortega, entre muchas otras cosas: “El hombre se instalaba dentro de la física y cuando esta concluía seguía el filósofo todo derecho, en una especie de movimiento de inercia, usando para explicar lo que quedaba una suerte de física extramuros. Esta física más allá de la física era la metafísica -por tanto una física fuera de sí. Pero lo dicho antes anuncia que nuestro camino es el opuesto. Hacemos que el físico -y lo mismo el matemático, o el historiador, o el artista, o el político-, al notar los límites de su oficio, retroceda al fondo de sí mismo […] No será nuestro camino ir más allá de la física, sino al revés, retroceder de la física a la vida primaria y en ella hallar la raíz de la filosofía. Resulta ésta pues, no meta-física, sino ante-física.”

11.- María Zambrano. Filosofía y Poesía. Una vez más en este diccionario filosófico. También: Algunos lugares de la Poesía.

12.- Jean-FranÇois Lyotard: Porquoi philosopher?  “Pero nos preguntábamos si sirve de algo filosofar, pues la filosofía, según su propio testimonio, no encierra historial alguno, no concluye ningún sistema y, rigurosamente hablando, no conduce a nada”. Yo recuerdo a una señora que, tras un año de curso de Filosofía, me preguntó: Entonces, ¿qué? ¿Cuál es la conclusión? Yo no supe qué contestar y me limité a compartir una sensación: hemos nadado juntos por la Inmensidad. Hemos braceado por el Infinito. Para mí, al menos, ha sido una experiencia sublime, y no sólo en sentido kantiano.

Ahora procedo a exponer ideas propias. Algunas las he expresado varias veces, incluso han dado título a cursos enteros. Son éstas:

1.- La Filosofía para mí es una experiencia extrema: la más extrema que puede soportar mi mente. A partir de ahí -de ese límite- ubico la experiencia mística: esa llama de amor viva que incinera la nave del filósofo y al filósofo mismo [Véase “Cábala”]. De eso no se puede hablar. Pero de Filosofía sí. Y cuando el lenguaje filosofa construye edificios prodigiosos. Vivificantes para nuestras ilusiones.

2.- “Modelo de totalidad”. Es un concepto que acuñé hace algunos años y que desarrollé a lo largo de un curso entero (cuarenta conferencias creo que fueron). Mi intención era detectar desde dónde -desde qué previa estructura de la totalidad- se creen que están emitiendo su Filosofía cada uno de los grandes filósofos. Y qué se creen ellos ser cuando están segregando ideas. Este concepto, esta herramienta hermenéutica, me ha sido de una gran utilidad para, en lo posible, “entrar” en la mente de los filósofos -y de los “místicos” y de los “científicos”-. No se trata tanto de entender sus propuestas o sus descripciones sistematizadoras, sino su previo hábitat físico y metafísico, tal y como sus mentes lo tienen instalado.

3.- “Obras maestras del arte filosófico”. Es el título de un curso al que dediqué también un año entero. En esa ocasión quise visualizar las propuestas de los grandes filósofos como si fueran obras de arte. Pero no solo de arte “poético”, sino, sobre todo, arquitectónico: me fascinan, además de forma creciente, esos edificios en los que se quiere apresar lo que hay: esos “sistemas” que tratan de sobrevivir, de mantenerse en pie, entre las gigantescas olas físicas y metafísicas que zarandean el Ser.

4.- “Bailarina lógica”. Es otro de los conceptos que han surgido espontáneamente de mi actividad filosófica. En él se basa este diccionario. Sugiero leer la explicaciones y las emociones que comparto [Véase Bailarina lógica].

5.- “Filosofía”. En este momento es para mí, literalmente, “amor a la sabiduría” (pero desde fuera de la “sabiduría”…. no se puede amar algo desde dentro). [Véase “Concepto” y “Cosmos“]. La Filosofía la entiendo como amor a los hechizos, a los infinitos cosmizados. Amor a la vida. Y, en mi caso concreto, amor -a muerte- hacia la vida que estoy viviendo en este rincón prodigioso de la Inmensidad.

6.- La Filosofía ofrece el espectáculo de los flujos entre la Apara-Vidya y la Para-Vidya [Véase]: es un ojo misterioso que contempla lo que ocurre en el espacio infinito de la mente (por utilizar una palabra que ya presupone un modelo de totalidad).

7.- ¿Qué no es Filosofía? El pensamiento algorítmico que busca sus nutrientes en los discursos que se le van presentando. Aquí hay miedo, hambre, inseguridad: se buscan materiales para solidificar los diques de contención intra-cósmica. No se oye. No interesa ver, sino resguardarse, comer, no sufrir.

8.- Es común decir que andamos buscando, buscando la verdad, y que no la encontramos, pero que la encontraremos algún día (si seguimos subiendo no sé qué escaleras). El buscador en realidad no busca verdades, sino calma, o quizás también, en ocasiones, ilusión, antídotos contra el aburrimiento. La verdadera Filosofía, en mi opinión, se practica desde un encuentro radical y desbordante: la experiencia de la existencia. Repito lo que escribí en “Existencia” [Véase]. No se puede encontrar nada más descomunal. El lenguaje luego, aturdido, sobre-excitado, quiere atrapar lo que le tiene a él atrapado: lo que le envuelve y, a la vez, lo constituye (soy consciente de que estoy tratando al lenguaje, gramaticalmente, como si fuera una persona).

9.- Es común encontrar la palabra “Filosofía” unida a la palabra “problema”. “Problemas filosóficos”. José Ferrater Mora, en su impecable Diccionario de Filosofía, al ocuparse de esta palabra, empieza diciendo: “Entre los problemas que se plantean con respecto a la filosofía figuran […]”. Para mí la Filosofía -siempre en mayúscula- ha sido siempre un regalo, una especie de sustancia mágica, vivificadora. Sé que algunos de vosotros habéis notado, cuando practicamos la Filosofía, como si de pronto desembocara en vuestro pecho un manantial de agua fresca y como si surgieran decenas de arco iris en los horizontes de vuestra mente. Podríamos decir que la Filosofía es el mejor antídoto posible contra la claustrofobia mental, contra el enrarecimiento de la atmósfera de nuestro cerebro. Y de nuestro corazón también. Quizás sea, dicho desde el modelo de totalidad cientista-cerebralista, que la Filosofía propicia, exige, una plasticidad cerebral casi infinita. Y eso no es sino un regreso al prodigioso mundo en el que vivimos cuando éramos niños: cuando el universo no estaba casi seco, reducido.

10.- Creo que los “sistemas de verdad” que busca el buscador -esas casitas de chocolate ontológico- no solo pueden necrosear los paisajes de nuestra mente, sino que, además, niegan la libertad y la creatividad del Ser. De lo que hay. Soy consciente de que estoy emitiendo una especie de “Verdad”. Pero no tengo forma de salir del lenguaje si quiero seguir practicando la maravilla de Filosofía.

Alguna vez he confesado a algún alumno, a algún amigo, lo que siento. Ahora lo voy a hacer, digamos, públicamente. Siento una sobreabundancia de “encuentros” y una dificultad, gloriosa pero agotadora, de gestionar esos “encuentros”: de pasarlos a textos, de compartirlos con los seres a los que amo: los seres humanos: vosotros.

Muchas veces  me siento como cuando era un niño y los Reyes Magos habían llenado de tesoros el salón de mi casa. Es como si ese momento se hubiera prolongado eternamente. Y me falta tiempo -y energía- para ocuparme de tanto tesoro. A veces siento incluso cierta ansiedad. Y mucho cansancio. El Yoga es el que se encarga de custodiar mi cordura. O eso espero al menos.

Lo confieso: no sé qué hacer con tanto encuentro: con tantas imágenes prodigiosas de esa Inmensidades que nos rodean y que nos constituyen. Por eso es para mí un verdadero regalo, casi una terapia, casi un sacramento, que haya gente que quiera compartir conmigo esas Inmensidades: y que quiera llevárselas al salón de sus mentes y de sus corazones.

Por último, quiero dar las gracias a la Filosofía, a esa fabulosa bailarina lógica: me ha regalado una vida impresionante; aunque un poco dura, por trabajosa.

Y quiero daros las gracias a todos vosotros (alumnos y lectores) por acompañarme con tanto cariño, con tanta paciencia y con tanto respeto.

Gracias desde el fondo sin fondo de mi corazón.

David López

Las bailarinas lógicas: “Muerte”

 

 

Con un intenso dolor en la carne de mi alma, dedico este texto a mi querido amigo Juan Picón, que falleció hace dos días.

La muerte…

¿Es la muerte, también, una simple palabra? ¿Se trata de una bailarina lógica, un puro hechizo lingüístico?

¿Es un mero concepto, una forma de nuestra mente, entre otras que hay que suponer infinitas? Parece que sí, pues cada discurso, cada cosmos, cada modelo de mente, tiene su propio modelo de muerte y lo siente con convicción… al menos ante la tribu. Otra cosa es lo que sentimos cada uno de nosotros en  nuestra ‘metafísica íntima’: esa zona privadísima que no publicitamos: eso que, según se suele decir, quedaría ‘manchado’ si lo contamos a otros.

La muerte: uno de los más descomunales misterios. ¿Qué es? ¿Por qué es tan misteriosa? ¿Es el fin de una determinada configuración de Materia? ¿Es una transformación de la Materia? Lo que yo creo que es la Materia se puede leer entrando físicamente en este símbolo que he subrayado.

¿Es la muerte una puerta de entrada a otro mundo? ¿Podemos contactar con ese mundo? ¿Nos pueden seguir amando, y ayudando,  nuestros seres queridos, desde esa otra realidad? ¿Y nosotros a ellos desde aquí?

¿Hay vida después de la muerte? Pero, ¿alguien sabe exactamente qué es eso de “la vida”?

¿Cómo podemos saber que no hemos muerto y que no hemos ingresado en otro plano de lo real?

Recuerdo un sueño especialmente angustioso: una especie de samsara acelerado, arrollador, como una catarata de mundos sucesivos. Yo soñaba y creía despertar. Ese despertar me aliviaba porque el mundo en el que ingresaba me parecía sólido, real, fiable: vida verdadera por fin. Pero resultaba que aquello era también un sueño, una farsa de mi mente, y volvía a despertar en otra realidad ya sí verdadera, y de nuevo respiraba aliviado… Y así fui despeñándome entre mundos que parecían infinitos, todos con olor a vida real, todos finalmente convertidos en materia delicuescente.

Materia delicuescente. Eso es un sueño. Eso es la vida.

Hay quien sostiene que las religiones sirven para calmar el miedo a la muerte. Yo creo que se tiene mucho más miedo a la vida. Moksa [Véase] significa precisamente liberación… de la vida: de la vida que hay siempre después de toda vida: la cadena de las reencarnaciones, al parecer movida por implacables leyes morales.

Ante un tema como la muerte voy a sugerir un talante hiper-empírico, esto es: que dejemos ahí, sobre la mesa de nuestro taller de filósofos, todos los hechos que alguna vez se hayan presentado ante nuestra conciencia, no solo los que estén permitidos por uno u otro modelo de realidad. No seamos tan obedientes. La Filosofía es libertad extrema, lucidez extrema, belleza extrema, amor extremo. Por eso en muchas ocasiones es insoportable. Por eso en el fondo muy pocos seres humanos la quieren, la soportan.

Mis dos padres fallecieron hace pocos años. Antes de su muerte nos unía un amor descomunal. Ese amor ha ido creciendo con los años. Y no solo eso: también ha ido creciendo la sensación de llevarlos ‘dentro’ (¿dentro de qué?), como si yo estuviera misteriosamente embarazado de ellos, de los dos. También me ocurre que en ciertos momentos de mi vida siento su voz, su aviso, diciendo sí, o no, o que te vayas ahora mismo, o cuidado, que te están engañando.

Soy plenamente consciente de la facilidad con la que se podría desplegar un modelo de realidad que redujera mis sensaciones a pueriles fantasías, a mecanismos de mi mente capaces de proporcionar sedantes a mi dolor. Pero cualquiera de esos modelos, a su vez, podría ser reducido a una nada de palabras y de leyes huecas si son observados desde las atalayas de la epistemología moderna: la que nos dice, básicamente, que no descartemos ningún modelo de realidad: y que no demos por definitiva, por probada, ninguna ley física ni metafísica (si es que, en realidad, hay leyes que regulan lo que hay y lo que pasa).

Dolor. La muerte de nuestros seres queridos nos causa un dolor atroz. Pero hay quien al morir deja su habitación convertida en un  lago de luz. Fue el caso de mi madre. También ocurre a veces que un dolor puede ser más bello que un placer. La vida es una sofisticadísima obra de arte. La muerte también. Es lo mismo.

Empíricamente solo se ha comprobado la desaparición de lo objetivo, nunca de lo subjetivo: vemos morir a las personas y a otros seres vivos. Vemos que no están más ahí (en lo que se presenta ante nuestros sentidos ordinarios). ¿Veremos cómo muere ese ser (cuerpo-mente) con el que ahora nos identificamos?

Creo que sí.

Muerte. Vida. Los misterios arden –gloriosos, imponentes- en nuestras mentes de filósofos, porque todos somos filósofos, todos podemos activar en plenitud nuestra condición humanísima.

Mi madre, Julia, antes de morir, estaba segura de que se iba a reunir con su marido -Alfonso-, que además era el hombre del que estaba enamorada, aunque no le pudiera ver. Yo sé que ese encuentro ha ocurrido. Y asumo el riesgo –académico, ideológico, etc.- que se deriva de esta afirmación. Pero creo que en Filosofía está antes la honestidad intelectual y, digamos, hiper-empírica, que la buena imagen académica o ideológica.

Creo que se muere de belleza. La razón es simple: parece obvio que cuanto más disminuye el yo, la conciencia del yo, mayor es la belleza que inunda dicha conciencia (recordemos las teorías estéticas de Schopenhauer y de Hegel). La muerte es una radical disminución del yo –aunque solo sea porque se pierde un cuerpo, bienes materiales, etc. Es, por tanto, una forma de hipertrofiar la belleza. Supongo que para que ocurra este prodigio sensitivo será imprescindible morir en paz: contemplar serenamente cómo se extingue la imagen de nuestro propio yo en la imagen, en el espejo de nuestro propio mundo. Supongo que algo igualmente grandioso debe de ser la contemplación de nuestra entrada en un mundo: nuestro nacer.

Algunos apuntes sobre modelos de muerte:

1.- Materialistas/Fisicistas/Cientificistas. Muerte como reorganización de piezas que ya estaban muertas. No hay muerte porque no hay vida.

2.- El alma individual. Su existencia y su inmortalidad. Metempsicosis y palingenesia. ¿Tenemos un alma o somos un alma? ¿Alguien se atreve a pensar qué puede ser exactamente eso de “alma”?

3.- Confucio. Mejor ocuparse del más acá de la muerte, no del más allá.

4.- Panteístas, hilozoístas, panpsiquistas. Todo es vida, consciente, sagrada. Tales de Mileto (el alma entreverada en la Materia; todo está lleno de dioses).

5.- El vedanta advaita de Shankara. No existe en verdad la muerte, porque no hay nada individual que pueda vivir ni morir. Solo existe Brahaman (Dios) y ese es nuestro único y verdadero ser (inmortal). Pero sí existen paraísos para el alma que todavía no ha superado el principio de individualidad. Caben paraísos dentro del Maya prodigioso en el que también está la vida. Pero esos paraísos no ofrecen la libertad. Son sacras fantasías.

Ahora ofrezco un haiku japonés del siglo XVIII que arde eternamente en mi pecho. Lo escribió un poeta llamado Wakyu cuando ya sintió que se moría. No lo leáis. Entrad en él y permaneced un rato largo… sintiendo toda la grandeza de esa muerte serena e ilusionada.

Al fin
me abro paso por la nieve espesa:
el camino del pincel.

Los haikus se escribían –se dibujaban- con pincel. Wakyu comparó el momento de acercarse a la muerte con el camino de la Poesía: con el caminar configurativo del pincel.

Creo que la sacra magia que nos envuelve y que nos constituye permite afirmar que la obra de arte de nuestra realidad (de nuestra vida en el mundo) puede estar siendo asistida desde ‘fuera del mundo’ por seres que nos aman, y que ya fallecieron, los cuales estarían actuando (moviendo sus pinceles) desde lugares cuya belleza solo sería soportable por los dioses; esto es: por los seres humanos en su estado puro.

¡Suerte con el pincel, Juan!

David López

Las bailarinas lógicas: “Lila”

 

लीला

“Lila”. Las dos vocales se pronuncian largas, sin prisa, como si estuviéramos en un ritual de magia sacra. Es una palabra que en sánscrito significa, entre otras cosas, juego. Juego sagrado. ¿Juego de quién? ¿Dónde? ¿Juego de Dios en la mente del hombre? ¿Por qué y para qué ese juego?

¿Y qué es, exactamente, eso de “jugar”?

Una pregunta fundamental en Filosofía es la siguiente: ¿Qué pasa aquí? ¿Qué es todo esto que se nos presenta como mundo ante la conciencia? ¿Cuál es el gran secreto del mundo? ¿Lo queremos saber?

Quizás esta preciosa palabra sánscrita nos ofrezca una sobrecogedora inmersión en el  corazón del mismísimo Dios.

“Lila”. Ella quiere decirnos que estamos dentro de un juego: dentro del juego de Brahman: dentro de nuestro propio juego. Porque somos, en realidad, en nuestro ser verdadero, un mago descomunal auto-ocultado que opera en su propia carne/mente.

Me encontré por vez primera con una versión escrita de esta idea leyendo un libro de Luis Renou (El hinduismo, Paidós, Barcelona 1991). Y leí lo siguiente:

“El Linga-purana hace hablar a éste [a Brahman] en los siguientes términos: La conciencia fue creada por mí, y también la noción-de-yo en sus tres formas, la cual proviene de la conciencia; de ahí los cinco elementos sutiles, de ahí el espíritu y los sentidos corporales, el éter y las demás esencias, y lo que de ellas ha surgido: todo eso lo he creado yo, jugando” (p. 64).

Jugando…

Y pensé entonces en la seriedad y la inmensidad de mis juegos de niño. Yo recuerdo haber permanecido eternidades en mi habitación, con no más de cuatro años, sintiendo que estaba en el taller de los dioses: una zona muy seria, seria de verdad, fabricando realidad: entrando y saliendo de ella, con mis soldados y mis indios y mis vaqueros de plástico.

Un niño jugando en solitario es un Dios visible, disfrazado de animal vulnerable, que opera -que oficia- en un mundo invisible para los adultos.

Muchos años más tarde -ya autoexpulsado de ese taller sagrado- me sorprendí, casi me asusté, leyendo estas frases de Novalis:

“La naturaleza es, por tanto, puramente poética, y así el cuarto de un mago, de un físico, un cuarto de niños, un trastero y una despensa” (Novalis; Escritos escogidos, edición de Ernst-Edmund Keil y Jenaro Talens, Visor, 1984, p.120).

Y, finalmente, creo que debo decir que he sentido algo inexpresable ante los fenómenos de Second Life o los SIMS.

Este diccionario lo he ido denominando “Las bailarinas lógicas”. El término lo tomé precisamente de la mitología hindú: quería visualizar las palabras-bailarinas como sacerdotisas de un juego que Vak (la diosa de la palabra) juega en nuestra mente. Pero, ¿es nuestra esa mente?

“Lila”. Antes de exponer mis ideas sobre esta palabra crucial, creo que debemos detenernos en los siguientes lugares:

1.- “Lila” en el hinduismo. Se dice que como concepto aparece, por primera vez, en el Brahmasutra 2.1.33. El Gita, por su parte, en mi opinión, explicita una especie de videojuego sagrado. Hay que jugar al karma, pero con distancia, con conciencia de su sagrada artificialidad. Brahman sería el gran mago que se transforma a sí mismo en el mundo. La fuerza dinámica del juego-mundo sería karma (acción condicionada y condicionante… todo conectado con todo en el gran juego del universo). Hay instrucciones para jugar bien. Instrucciones que se envía el Gran Jugador a sí mismo.

2.- El libro de Job (en mi opinión, un desagradable juego entre Dios y el Demonio). Estudié este libro de la Biblia con especial profundidad gracias a un brillante curso de doctorado que impartió la profesora Isabel Cabrera en la Universidad Complutense de Madrid (“Un modelo para el estudio de la mística”). Hoy creo que, dentro de la narración cristiana, la histórica entrada de Dios en el mundo -Jesucristo- podría significar un insólito acto de amor (compasión, identidad incluso) hacia simples criaturas de su propio juego creativo.

3.- Novalis. En el fondo del mundo habría un mago jugando. Recomiendo, aparte de la ya citada, estas dos publicaciones:

  • Novalis (Plilosophical writings), traducción de Margaret Mahony Stoljar, State University of New York Press, Albany 1997.
  • Novalis (Gesammelte Werke), edición de Hans Jürgen Balmes, Fischer Verlag, Frankfurt 2008.

4.- Schiller. “Expresado con toda brevedad, el ser humano sólo juega cuando es hombre en el pleno sentido de la palabra, y sólo es enteramente ser humano cuando juega”. Esta frase de Schiller la recoge Rüdiger Safranski en su obra Romantik (Eine deutsche Affare). Edición española: Rüdiger Safranski: Romanticismo (Una odisea del espíritu alemán), Tusquets, Barcelona 2009. Schiller cree que en el juego del arte el ser humano es verdaderamente libre. La belleza -el arte bello- conduce a la libertad porque aumenta la sensibilidad. Y el juego crea distancia, perspectiva, civilización en su grado máximo. El hombre como “homo ludens”. Safranski utiliza estas palabras (p. 43 edición española): “Por ejemplo, la sexualidad se sublima como juego erótico, ya así deja de ser meramente animal para volverse verdaderamente humana”. Sobre Schiller, aparte la ya citada de Safranski, creo que pueden ser interesantes las siguientes publicaciones:

  • Schiller: Cartas sobre la educación estética del hombre (trad. J.Feijóo y J. Seca), Anthropos, Barcelona 1990. Esta obra está disponible, gratis, y en su versión original aquí: http://gutenberg.spiegel.de/buch/3355/1
  • Rüdiger Safranski: Friedrich Schiller, oder die Erfindung des deutschen Idealismus, Munich 2004. Edición española: Rüdiger Safranski: Schiller o la invención del idealismo alemán, Tusquets, 2006.
  • F. C. Beiser: Schiller as philosopher, Oxford University Press, 2008.
  • Schiller: arte y política, Antonio Rivera García (editor), Editum (Ediciones de la Universidad de Murcia), Murcia 2010.

* Mi artículo sobre Rüdiger Safraski puede leerse [Aquí].

5.- Kierkegaard. Dios creó el mundo por aburrimiento. La palabra “aburrimiento” lleva “horror” dentro. ¿Horror a qué? Quizás lo único de lo que carece Dios es de carencia, y de amenaza, y de otredad. Quizás todo esto, para recibir existencia, requiere una fabuloso acto de auto-engaño, de auto-olvido: la omnipotencia quiere sacar de sí un lugar donde jugar a la impotencia. Y crea un mundo, que no es sino un fabuloso juego sagrado.

6.- Sartre. En su obra “La náusea” este filósofo expresa el hastío ante un determinado cosmos, ante una determinada configuración de universales [Véase “Universales”]. Le acecha un aburrimiento pre-creacional. Necesita un juego que le estimule para seguir jugando el juego de la vida. Necesita un nuevo mundo con sus desafíos lúdicos. [Véase “Ser/Nada”].

7.- Emilio Lledó [Véase]. En su obra Ser quien eres (Ensayos para una educación democrática), este autor apuntaba la necesidad de un nuevo discurso.  Nuevos hechizos en realidad (nuevos juegos en nuestra mente). Sugiero la lectura de la crítica que en su día hice de la citada obra de Emilio Lledó. Se puede acceder a ella desde [Aquí].

Lo que el baile -el juego- de la palabra “Lila” provoca en mi mente y en mi corazón es más o menos lo siguiente:

1.- ¿Qué es, exactamente, “jugar”? Creo que con esa palabra nos referimos a la creación de dificultades artificiales, inexistentes, para generar determinadas emociones. Se juega para emocionarse (para provocar determinadas secreciones hormonales, dirían quizás los materialistas/hormonalistas/cerebralistas). Quizás no se pueda vivir, en un cuerpo ‘físico’, sin determinadas secreciones. El sistema humano no estaría preparado para la ausencia de peligros, desafíos, conquistas, victorias, etc. Estamos ante creaciones de realidades virtuales. Jugar sería huir del aburrimiento, del horror del no-estímulo, de la no-vida. Una definición de juego podría ser ésta: “creación artificial de situaciones estimulantes”. En cualquier caso, no debemos olvidar que los animales también juegan.

2.- La clave de un buen juego estaría en ilusionar. La vida es ilusión en el sentido más amplio que pueda tener esta palabra. El mejor juego es el que más ilusiona: el que permite entrar -virtualmente- en un mundo de promesas y de amenazas.

3.- Pero creo que también se juega cuando no se juega. El juego meramente artificial supliría carencias del juego de la vida. ¿Qué juego es ese? ¿A qué estamos jugando? Creo que se trata de la lucha, constante, fascinante, por fabricar nuestro cosmos soñado, por hacerlo visible, habitable, para nosotros, y para nuestros seres queridos. Jugamos a cosmizar el infinito, el caos que nos amenaza. Jugamos el gran juego de la vida, que es jugar con Dios a que se perfeccione su Creación.

4.- El aburrimiento. La gran amenaza (decía Schopenhauer). Creo que dentro de no muchos años habrá seres humanos bostezando de tedio -sufriendo de absurdidad- frente a los ventanales de una casa construida en algún anillo de Saturno, al atardecer. El ser humano rutiniza, banaliza, cualquier prodigio. Por eso tiene que crear nuevos mundos, para no aburrirse. Tiene que crear nuevos cielos y nuevos infiernos muy ilusionantes. Las grandes narraciones de las ideologías políticas juegan ahí: creando grandes malos, grandes amenazas, grandes causas… para jugar, para seguir vibrando de emoción en el juego sagrado de la vida.

5.- En estados de meditación profunda no existe el aburrimiento [Véase “Meditación“]. Se podría decir entonces que solo se aburre la mente, o una determinada función del cerebro. Pero siempre regresamos al mundo -yo al menos-porque amamos este juego, esta ilusión. Lo cierto es que si convertimos la meditación en un elemento fundamental de nuestra rutina diaria, el juego de la vida aumenta su capacidad de fascinarnos. Y no sólo eso, sino que aumentan también nuestras capacidades de jugar bien. Es curioso: el juego de la vida se puede jugar mejor o peor. Si se juega bien, hay grandes premios: grandes experiencias. Y las instrucciones del juego están repartidas en varios soportes. Recordemos el Gita, entre otros manuales de ayuda.

6.- Un juego explícitamente artificial y especialmente exitoso en nuestra tribu es el fútbol. Se podría decir, desde Schiller, que es una muestra de civilización avanzada, de sublimación de fenómenos tan salvajes como la guerra entre grupos humanos. Impresiona ver cómo ese juego sacude y moviliza mentes, corazones y cuerpos. Se producen incluso fenómenos identitarios (de construcción del “Yo”) que, en ocasiones, pueden ser muy denigradores de la condición humana. [Véase “Yo“]. Hace algunos años escribí para el Diario 16 una columna sobre este poderoso juego. Se puede leer [Aquí].

7.- Las bailarinas lógicas. Los hechizos de las palabras. Los juegos del lenguaje. Creo sostenible que el mundo entero que se presenta como tal ante ‘nuestra conciencia’ -el universo, todos los dioses o no dioses, materia o energía, etc.- no es más, ni menos, que un juego del lenguaje: un gran juego de bailarinas lógicas a las órdenes de Vak (que sería uno de los avatares de Brahman; o de Dios, si se quiere). Nuestro mundo es un juego de palabras. Un juego del lenguaje, si se quiere evocar a Wittgenstein.

Y creo que cabe crear nuevos juegos, nuevos mundos, nuevos cielos bajo los que seguir ilusionándose sin perder el respeto al principio de veracidad. Caben honestas irrupciones de prodigios todavía por estrenar. Me refiero a nuevas ilusiones para ser compartidas por eso que llamamos “Humanidad” [Véase].

Porque creo que sin ilusión no hay sacralidad; y que sin sacralidad no hay Humanidad.

David López

Filosofía de la política: “Soy un parado”

 


Mi diccionario filosófico es, en realidad, un estudio teológico de la omnipotencia de la diosa Vak (la diosa védica de la palabra, del lenguaje que se sabe a sí mismo omnipotente). Y creo que esa diosa, como todas, solo tiene sentido si somos capaces de movilizarla al servicio de la plenitud -de la sacralización- de la condición humana. Soy consciente de la arbitrariedad, del antropocentrismo, y de la irracionalidad incluso, de este culto. Pero me es igual. No voy a renunciar a mi culto hacia lo humano. Ya es tarde. Amo demasiado a demasiada gente.

Y no conozco denigración más radical de la condición humana que la que se consigue con las palabras. “Poéticamente habitamos en la tierra” (Hölderlin). “Los hombres no hacen los discursos discursos, sino que los discursos hacen a los hombres” (Foucault). “Creer es crear”(Unamuno)…  Si es así, estemos atentos a las frases que vibran en ese sueño lógico-poético en el que estamos todos -prodigiosamente- colgados. Salgamos de las cárceles de palabras en las que, sin apenas darnos cuenta, por pura ‘obediencia poética’, confinamos la inmensidad de nuestro ser. Cárceles que, en definitiva, suponen una falta de respeto a nuestra dignidad.

Tengo la sensación creciente de que somos seres impresionantes, ilimitados, sacros. Nuestros límites no se conocen ni se conocerán jamás. Cuando un ser humano utilice para sí mismo el verbo “ser” debe apuntar al infinito.

Soy consciente del difícil momento que estamos viviendo. Pero me es imposible aceptar que un ser humano afirme:

“Soy un parado”.

A través de esas frases veo una autodenigración, una renuncia, una auto-falta de respeto, un hechizo poético necroseante de la dignidad humana. Un exceso de ‘obediencia poética’. Y más todavía: veo una suerte de grisácea estatalización del alma humana (o de la mente, para el que la palabra alma le produzca rechazo).

El ser de cada uno no puede estar narrado, esencializado, desde una normativa administrativo-laboral. Lo dice alguien que ejerció durante quince años como abogado. El hecho de que la “actividad profesional” de un ser humano no esté estructurada en virtud de un contrato por cuenta ajena no puede transmutar la sacra conciencia humana en conciencia esclavista, quejosa, resentida, autolimitada.

El hecho de no estar prestando servicios por cuenta ajena dentro del -imaginario- dualismo empresa/trabajador, no debe paralizar la creatividad, ni disminuir nuestra esencial monarquía (somos monarcas, todos, no lo olvidemos; monarcas que mantienen relaciones éticas con los demás). Disponemos de todas las mañanas del mundo para sacar un papel y un lápiz y mil ideas y soñar con los pies en la tierra, solos, o con otros monarcas. Hay que crear. No se puede estar ‘parado’. Incluso aunque no haya ayudas suficientes. Todos disponemos de ayudas suficientes en nuestro interior. Somos magos, no esclavos cuyo único objetivo es ser tratados lo mejor posible por un gran emperador (sea una empresa o una administración pública o los líderes de una ideología).

No quisiera ofender a nadie. Por favor. Mi intención es justamente la contraria. Pero creo de verdad que es una ofensa llamarle a alguien “parado”. Y que también lo es, hacia uno mismo, creerse “parado”. Está pendiente una nueva matriz narrativa desde donde re-vivificar eso que ahora llamamos “economía” o “política”. Hay nuevos cielos ideológicos por ser creados, narrados. Caben nuevas formas de ilusionarse colectivamente (no otra cosa es una civilización).

Lo más urgente es apostar por la grandiosidad de los seres humanos, de todos, y de sus inefables posibilidades. Pero hay que poner fin a la esclavitud (a la conciencia esclavista).

Creo que ése es el mensaje fundamental del gigantesco Nietzsche:

“El filósofo griego pasó por la vida con el secreto sentimiento de que había más esclavos de los que uno podría imaginar, es decir, cualquiera que no fuera filósofo era un esclavo; su orgullo aumentó, cuando consideró, que también los que eran los más poderosos del mundo formaban parte de sus esclavos. Este orgullo es también para nosotros ajeno e imposible. Ni siquiera como alegoría la palabra esclavo ejerce sobre nosotros toda su fuerza” [La Ciencia alegre, aforismo 18].

Creo que hay que hacer huelgas poéticas: dejar durante un día, al menos, los discursos de autodenigración, y de demonización, en los que actualmente vibran millones de almas humanas.

Hay que abandonar las cárceles de palabras. Y las demonizaciones irreflexivas. Es divertido luchar contra ‘los malos’ (y sirve además para cohesionar grupos de individuos con problemas de cohesión interna), pero me temo que no hay tantos malos. Quizás ninguno.

No creo en las conspiraciones. Me temo que todo es infinitamente más complejo. Nadie maneja los hilos aquí dentro, en el teatro del mundo. El presidente de Goldman Sachs está tan aturdido física y metafísicamente como un ‘parado’. Ardemos en un misterio descomunal. Diría quizás Ortega que braceamos como podemos. Tengamos compasión hacia nuestros compañeros en el misterio.

Sí creo que la única conspiración real se mueve entre los bastidores de esta misteriosa obra de teatro en la que vivimos (entre las inmensas olas del mar metafísico en el que todos braceamos lo mejor que podemos). Y siento, contundentemente, que se trata de una conspiración urdida por una omnipotencia que nos ama con desmesura.

Schopenhauer:

“[…] en el simple sueño la relación es unilateral, y es que solo un yo verdaderamente quiere y siente, mientras que los demás no lo hacen, pues son fantasmas; por el contrario, en el gran sueño de la vida tiene lugar una relación multilateral, toda vez que no solo uno aparece en el sueño del otro, sino que éste también aparece en el de aquel, de forma que, por medio de una verdadera harmonia praestabilita, cada uno sueña solo aquello que para él es adecuado según su propia guía metafísica, y todos los sueños-vida están entretejidos con una perfección tal, que cada uno experimenta solo lo que le es beneficioso y hace lo que es necesario para los demás […]” (Parerga y Paralipomena, pp. 232-233, según la edición de Arthur Hübscher de 1988).

Somos dioses. Dioses entrelazados.

Y como dioses que somos podemos crear un nuevo Matrix -un nuevo Maya- donde ilusionarnos todos juntos. No hay vida sin ilusión.

David López

Las bailarinas lógicas: “Tao”

 

 

“Tao”. Camino, vida, orden, sentido, hembra abisal que lo mueve ¿y lo es? todo…

Tao es una bailarina de origen chino que lleva muchos años hechizando mentes occidentales (si es que hay alguien que sepa de verdad qué es exactamente eso de ‘occidental’).

Cuando me ocupo de la palabra “Humanidad” [Véase] quiero compartir mi fascinación por el hecho de que los seres humanos se saluden en los caminos, en los caminos poco transitados, como los de los bosques y las montañas, o como el que aparece en la fotografía de Richard Long que agranda estos párrafos.

¿Es esto del ‘vivir’ una especie de caminar por una senda marcada (soñada, amada) metafísicamente? ¿Es sabio el que sabe detectar su camino (su Tao) y adaptarse a él? ¿Hay un camino, un sentido, un orden, para todos los seres humanos, en su conjunto y, a la vez, para toda esa ‘naturaleza’ de la que son parte?

Tao… En este texto reproduciré algunas frases del Tao Te Ching (tal como fue traducido este misterioso manual por el jesuita Carmelo Elorduy). Y la cuestión fundamental, a mi juicio, es ésta:

¿Hay posibilidad de creación dentro de esa hembra física y metafísica que parece serlo todo y, a la vez, regirlo todo? En realidad volvemos a la más crucial de todas las disyuntivas: ¿Estamos o no estamos en un océano metafísico libre?

Lo curioso es que el Tao Te Ching propicia, al menos en algunos capítulos, una especie de anarquismo -en lo social- a la vez que un esclavista sometimiento a un imperio invisible -el Tao- con el que, al parecer, más vale armonizarse si no se quiere uno pudrir en la ignorancia/infelicidad.

El taoísmo, como ‘filosofía’ o ‘religión’ o lo que sea, me ofreció hace años una preciosa leyenda, deliciosamente adaptada por Marguerite Yourcenar en sus Cuentos orientales. En esa leyenda se narra la historia de un pintor chino (Wang Fô) cuyos ojos solo veían sublime belleza… y cuya capacidad artística le permitió crear un mundo (otro mundo) desde dentro del que estaba a punto de matarle.

Arte. Creatividad. Creatividad radical. Fuerza capaz de construir universos. En mi novela El bosque de albaricoques intenté dar más vida, más todavía, a aquel mago chino y a sus pinceles.

¿Cabe crear modelos alternativos de Tao? ¿Cabe legislar? ¿Cabe ser ingenieros de caminos metafísicos (y físicos por tanto)? ¿Cabe construir un camino como el que fotografió Richard Long y caminar por él como el que caminara por el interior de su propio cuadro?

¿Qué somos en realidad? ¿Cuánto poder y cuánta libertad tenemos?

¿Somos magos? ¿Qué significa eso? ¿Cuál sería el mago más poderoso? [Véase Magia].

Ésta es la bibliografía que yo he manejado  sobre el taoísmo:

– Mircea Eliade/Ioan P. Couliano: Diccionario de las religiones, Paidos, Barcelona 1992.

– Russell Kirkland: Taoism: the enduring tradition, Routledge, Londres 2004.

– Chantal Maillard: La sabiduría como estética (China: confucianismo, taoísmo y budismo), Akal, Madrid 2000.

– Henry Maspero: El taoísmo y las religiones chinas, Trotta, Madrid 2000.

– Iñaki Preciado: Los cuatro libros del emperador amarillo, Trotta, Madrid 2010.

¿Qué es el taoísmo? ¿Cuál es el hábitat, el cosmos de palabras, que sirve de ‘casa del ser’ para ese ser conocido como “Tao”?

Ofrezco algunos apuntes personales.

Los dos libros más conocidos del taoísmo son el Tao Te Ching y el Chuang Tse. Otro menos conocido es el Lieh Tse. Pero el taosímo es muchísimo más que lo que hay en estos libros: son milenios de tradiciones muy complejas, en las que han participado hombres y mujeres, donde hay muchas sectas, donde se practica la magia, la medicina, la alquimia (exterior e interior).

Todo esto se construye a partir de una mitología: el Emperador Amarillo, hacia el 2600 a.C. iniciaría la China histórica (la que recoge por escrito el pasar del tiempo, del tiempo lineal). El caso es que ese emperador pasa a esa historia como gobernante sabio y justo; pero es también chamán: en estado cataléptico visita el mundo de los seres incombustibles… los inmortales que mantienen una especial relación con el mundo de las hadas, de las alegres hadas.

La esperanza suprema del adepto –toda religión ofrece algo, contiene una esperanza- se centra en reunirse un día con los inmortales de la Montaña K´Lun, región de la alegre reina Hsi Wang Mu, que cabalga sobre las ocas y los dragones.

El territorio fantástico del adepto taoísta son “La Montaña” y “Las Grutas Celestes” iluminadas por su luz interior. Al entrar en “La Montaña”, el taoísta se adentra en sí mismo y descubre esa ligereza del Ser que lo hace inaccesible a la palabra, al pensamiento.

El adepto medita que es una mariposa… una mariposa que le sueña a él.

El mundo es un edificio irreal constituido por sueños en los cuales los seres soñados engendran al soñador. Mircea Eliade utiliza el dibujo de Escher: las manos que se dibujan mutuamente para poder dibujar, y dice que esta ligereza del ser que no está delimitado por sus pesados deberes para con el Estado no gustaba a los confucianistas.

Monasterios mixtos. Magia sexual rechazada por el puritanismo confuciano. No aceptaban donativos.

Predicaban la nada, pero ofrecían la inmortalidad.

Practican meditación antes de la entrada del budismo en China, y también una sexualidad iniciática.

Clave: mantener el soplo vital: apnea prolongada; y retención del semen.

Invocación de los espíritus de las estrellas.

Localización de templos en el cuerpo y ubicación de dioses allí para visitarlos, hablar con ellos, honrarlos…

 

El libro: el Tao Te Ching.

Yo utilizo la traducción del jesuita Carmelo Elorduy. Las citas que ofrezco en este artículo están sacadas de esa traducción.

¿De dónde salió, quién lo escribió?

El mito habla de un tal Lao Tse, viejo maestro, que lo escribiría hacia el siglo VI a.C. y al que habría visitado el mismo Confucio. Hoy ‘se sabe’ que es un texto datado en torno al 300 a.C.

Russell Kirkland, sostiene que es un empaquetado de ideas provenientes de alguna comunidad rural. Un empaquetado realizado por algún hábil intelectual que quiso ofrecer a los compradores de ‘sabiduría’ de la época ideas diferentes de las de los confucianos o los legalistas.

Kirkland dice que se trataría de sabiduría casera de los viejos… Laoista… ‘Viejista’.

“Tao Te Ching” significa “Libro sagrado del camino y de la virtud”.

La idea fundamental en la que se apoya este libro es la del “Tao”, palabra que significa “camino”, o “razón”, pero también  “alma del mundo”, lo más abismático de la realidad. Y ese Tao sería inalcanzable con la mente, y por supuesto con el lenguaje, porque sería precisamente el origen, y el hábitat, de todo esto que llamamos mundo, sería la matriz, ‘la Madre’, de todas las cosas.

La mente y el lenguaje serían de hecho obstáculos para ver –y para dejar hueco- al Tao.

El Tao Te Ching compara al Tao con una hembra misteriosa: el húmedo y fértil e insondable fondo del mundo. El Tao sería un megadios, sin forma humana por supuesto, sin ninguna forma en realidad: un megadios que es vacío y totalidad a la vez.

Un no ser ni no-no ser del que emerge todo.

No puede ser nombrado porque no tiene otra cosa de la que distinguirse.

El latido del mundo.

Lo que de verdad está ahí ahora mismo.

¿Podemos oírlo?

Y el desafío sería ser oquedad para el Tao. Bailar su ritmo. Sin ofrecer resistencia. “Wu-Wey”: no actuar como persona individual y por tanto, ciega, y ser en Dios… Ser en el Tao.

Es algo así como un dios-naturaleza: un panteísmo y un misticismo a la vez: el Todo y la Nada siendo lo mismo. De hecho el Tao Te Ching ama la Naturaleza desaforadamente. Más que al hombre incluso, al que ama sólo en cuanto que es Naturaleza. De hecho, condena cualquier acto de intervención del hombre en los flujos naturales de las cosas. A diferencia de Confucio, o los racionalistas como Descartes o Marx, o Francis Bacon, que entienden que la Naturaleza debe servir para los fines de la sociedad, y que la naturaleza humana debe ser ‘domesticada’ por los ritos y la moral, Lao Tse le pide al ser humano que no actúe (Wu-Wei), que no fuerce nada, que deje que ese Alma del mundo (que se manifiesta en todo, incluso en el hombre) siga su inteligentísimo curso (¿Obedecer al ‘granjero’?).

El Tao Te Ching parece decir que el hombre sabio debe relajarse totalmente (olvidar las expectativas y los recuerdos), vaciarse de moralidad artificial e, incluso, de inteligencia, que es en definitiva una forma de codicia y de estupidez, y abrazarse al Tao, a esa ‘hembra universal’ que todo lo mueve, y dejarse llevar, dejar que Ella marque los movimientos del baile.

Tao es también ‘vida’.

El Tao Te Ching, a diferencia de Confucio, que venera a los sabios emperadores del pasado, acusa a esos mismos sabios de haber falseado, con virtudes artificiales, la primitiva sencillez natural. No propone una liberación ‘del mundo’ (esto no es hinduismo… estamos en China… que es mundana…, sacralizado de lo inmanente), sino de la civilización. El Tao Te Ching está incluso en contra de la educación:

“Suprimid los estudios y no habrá pesares.”

Hay una parte del Tao Te Ching dedicada a los gobiernos. Es realmente interesante porque coquetea con la anarquía. A ese libro no le gustan la ciudades, ni las multitudes, y mucho menos los gobiernos. Según Russel Kirkland esa parte de libro es un pegote puesto por los empaquetadores. Y dice también que los monasterios budistas no preocupaban a los gobiernos porque aceptaban donativos. Los taoístas, al parecer, no los aceptaban: eran realmente libres, muy provocadores, algo así como los cínicos de Grecia o los jivanmuktas de la India.

El Tao Te Ching propone vaciarse interiormente, crear un desapego o desinterés por las cosas –tener como si no se tuviera, diría San Pablo-… y como decía Buda.  Es estar en el mundo pero sin estar en él del todo, manteniendo cierta distancia, cierto desinterés, para no sucumbir a las locuras del deseo, no sucumbir a nuestras pasiones egocéntricas. Ese vacío entonces se llenaría con el flujo espontáneo del Tao, de la inteligencia universal, y eso llevaría a la acción correcta.

“Déjate llevar”, nos decimos muchas veces unos a otros cuando no sabemos qué consejo darnos unos a los otros en el tortuoso camino de la vida.

El Tao Te Ching recomienda eliminar la codicia y los deseos, no gastar la energía de la vida con cavilaciones abstrusas, no hablar mucho, máxima humildad, y conservar el semen…

Se dice que el taoísmo posterior al Tao Te Ching se convirtió en una religión rellena de magia, y se desarrollaron sofisticadísimas técnicas para controlar la eyaculación, y la respiración: se trataba de no perder energía vital para alcanzar así la inmortalidad. Chantal Maillard ve aquí una pérdida de altura, una caída en la  ‘superstición’. La inmortalidad, dice ella, no es de ‘alguien’: se alcanza precisamente cuando se deja de ser ese alguien que desea, entre otras cosas, ser inmortal.

Volvamos a la humildad. Es un concepto decisivo en el taoismo. Se trata de una humildad muy diferente a la del cristianismo. Esta última se basa en una conciencia de insignificancia ante la grandeza de Dios, en un sentimiento de culpa derivado de un pecado original. La humildad taoísta es una convicción de que no hay que singularizarse, de que la grandeza que puede sentir el ser humano le vendrá de ser consciente de que está en el Todo, en el Tao.

La potenciación, la veneración del yo, sería un empequeñecimiento, una ridiculización de lo grandioso: una mutilación del verdadero yo.

Sería, pienso, como agrandar hasta el infinito el foco de la linterna en el que incluimos el yo, lo que no es ‘lo otro’.

Vaciarse… de pequeñez.

Más citas del Tao Te Ching (según la traducción de Carmelo Elorduy):

“No estimar el magisterio, no amar los dineros ajenos, aparecer ignorante siendo sabio, es la más alta maravilla.”

“Al hombre bueno le basta el fruto que espontáneamente le ofrecen las cosas. No osa violentar nada por coger más; coge el fruto sin urgir más, sin empeñarse más, sin tercos caprichos, sin querer obtener demasiado, coge el fruto sin forzar.”

“El que pretende dar pasos demasiado largos, no puede andar”

“La ley del Cielo [el Tao] es vencer sin combatir, hacerse responder sin haber hablado, hacer venir sin llamar…”

“En el mundo, las cosas difíciles se hacen siempre comenzando por lo más fácil, y la cosas grandes, comenzando por lo más pequeño.”

“El que hace ostentación, no luce.”

“El que se estima, no brilla.”

“Ser sabio y no saberlo es perfección.”

“El hombre bueno [sabio] no ama discutir, y el discutidor no es bueno.”

“No hay desdicha mayor que la de no saberse saciar, ni vicio mayor que la codicia.”

“Sabio es el que conoce a los demás. Iluminado es el que se conoce a sí mismo. El que vence a los otros tiene fuerza, pero el que se vence a sí mismo es el fuerte. Rico es el que sabe contentarse.”

“El sabio cambia todo el día, sin ceder en su serena gravedad. Y si tiene magníficos palacios, sereno los habita, y de igual modo los abandona.”

“Conocer que no se conoce es lo más elevado.”

“Expeler el aire es fuerza.”

Pienso: vaciarse, incluso del concepto “aire”, para llenarnos enteramente del Tao, de la hembra (hiperfecundidad) absoluta. Sin erudición, sin sistemas de ideas, porque eso limitaría, mutilaría , el infinito… y se trata de reproducirlo dentro: sentirlo en el estómago.

Los taoístas buscan inmortalidad en “La Montaña” esa donde se hermanan con las hadas.

No se trataría de humildad por estética social, por ser ‘más queridos’ por el grupo, por caer mejor; sino humildad para ser más, para no agotarnos en lo pasajero, en lo cambiante. Conciencia total. Identidad infinita. Humildad como vía iniciática, expansiva, no como virtud ciudadana para serenar al poder y a otros conciudadanos. Humildad hasta en la soledad más atroz.

En resumen: hablar poco, actuar poco, no forzar el ritmo natural de las cosas, respirar (más bien exhalar) bien, no eyacular y seguir la Naturaleza: amarla…. confiar en ella… sin esa “suspicacia del labriego” a que se refería Ortega…

Buscar el reino sagrado que hay en el pecho. No fuera.

Sigamos sacando oro del Tao Te Ching:

“Donde acamparon los ejércitos, nacen las zarzas.”

“Las buenas armas son instrumentos nefastos, cosas aborrecibles. El hombre que tiene Tao no se vale de ellas.”

“Actuar queriendo conquistar el imperio [el mundo] es, a mi parecer, ir al fracaso. El imperio es un aparato muy espiritual. No se puede manipular con él. Manipular con él es estropearlo. Cogerlo es ya perderlo.”

“El hombre vivo es blando, y muerto es duro y rígido.”

“Las plantas vivas son flexibles y tiernas, y muertas son duras y secas.”

“La dureza y la rigidez son cualidades de la muerte. La flexibilidad y la blandura son cualidades de la vida.”

“Lo blando puede a lo duro.”

“De ahí que las armas, que son duras, no pueden vencer.”

“La desdicha se apoya en la dicha y la dicha se agazapa detrás de la desdicha. ¿Quién conoce la línea divisoria? No hay regla. La rectitud se vuelve extravagancia y lo bueno monstruosidad. Esto ha traído al hombre confuso mucho tiempo. Por eso, el sabio es cuadrado (recto), pero sin aristas cortantes; anguloso, pero sin ángulos punzantes; recto, pero no áspero en su forma de hablar a los demás; luz, pero no resplandor.”

“Pocos en el mundo llegan a comprender la utilidad de enseñar sin palabras y del no hacer nada.”

“Sin salir de la puerta se conoce el mundo. Sin mirar por la ventana se ven los caminos del Cielo. Cuanto más lejos se sale, menos se aprende.”

“El estudio es acumular de día en día. El Tao es disminuir de día en día y, disminuyendo más y más, se llega a la inacción. Inacción que nada deja de hacer. Siempre se ha conquistado el mundo sin hacer nada para ello…”

 

Algunas precisiones académicas. Las aportaciones de Russell Kirkland

Hoy día el taoísmo es uno de los temas que, como el yoga, rellena muchos estantes en librerías no especializadas. Es una religión, una soteriología, una ‘espiritualidad” que genera fascinación, digamos ilusión de transformación espiritual entre los buscadores occidentales, los que intuyen que su vida tiene un sentido ‘espiritual’, de ‘subida de escaleras’ para el acceso a otro nivel de conciencia. Y es también una galaxia de palabras que se ha prestado a sorprendentes manipulaciones. Inconscientes en su mayoría.

A este respecto son especialmente alumbradoras dos conferencias que el profesor Russell Kirkland pronunció en los años 1994 y 1997. La conferencia de 1997 (que tuvo lugar en la universidad de Tenessee) fue presentada bajo el título “El taoísmo de la imaginación occidental y el taoísmo de China: descolonización de las exóticas enseñanzas del Este”. En esta conferencia Kirkland trató temas que son, a mi parecer, de enorme interés para elevar nuestra potencia filosófica. La tesis fundamental de este investigador fue que  los estudiosos occidentales del taoísmo no aceptaban lo que los taoístas de China tradicionalmente pensaban de su ‘religión’. Habría una gran diferencia entre el taoísmo de las publicaciones académicas y el taoísmo de la imaginación del colonialismo cultural norteamericano, el cual no ‘escucharía’, sino que solo buscaría elementos capaces de fortalecer sus creencias: su esquema-mundo: “Miles de occidentales literalmente han sido engañados acerca del taoísmo”.

Kirkland analiza los valores culturales que subyacen en la distinción entre taoísmo filosófico y taoísmo religioso. Dicha distinción se habría hecho en la China moderna: los intelectuales chinos modernos habrían tenido miedo a ser rechazados por los intelectuales occidentales secularizados; miedo a ser considerados miembros de una cultura supersticiosa (anti-ilustrada). Kirkland habla de verdaderas distorsiones de la realidad creadas por estudiosos victorianos (como Legge y sus informantes confucianos), todos ellos hostiles al taoísmo; y afirma que la intelectualidad moderna emite juicios desde un culto, desde un dogma: nuestras creencias son axiomáticamente verdad; cualquiera que siga otras creencias no es digno de nuestro respeto; quien desafía nuestras creencias es un necio peligroso que debe ser atacado y desacreditado. Los intelectuales modernos, según Kirkland, participarían de un culto especialmente pernicioso: creerían que no forman parte de ningún culto.

Parte de estas ideas, aplicadas al estudio occidental del taoísmo, Kirkland afirmó haberlas sacado de un artículo de Steve Bradbury, de la Universidad de Hawai. Bradbury hablaba de una narrativa ilustrada (racionalista) de la religión.

Finalmente Kirkland afirma que es posible volverse un taoísta, seguir el Tao, pero no con un libro,  sino yendo, por ejemplo, a la Abadía de los Nubes Blancas de Beijing.

Una frase final: “Si el taoísmo tiene algo que ofrecer al mundo moderno, no se encontrará en las estupideces lucrativas de las librerías americanas.”

 

Y ahora Schopenhauer

Volvamos a la ‘Filosofía pura’, mi diosa más irresistible. Y, desde esa diosa, me es inevitable acudir una y otra vez a la inmensidad del sistema filosófico de Schopenhauer. En el siguiente párrafo veo un tejido sacro de caminos (de ‘Taos’) individuales:

“[…] en el simple sueño la relación es unilateral, y es que solo un yo verdaderamente quiere y siente, mientras que los demás no lo hacen, pues son fantasmas; por el contrario, en el gran sueño de la vida tiene lugar una relación multilateral, toda vez que no solo uno aparece en el sueño del otro, sino que éste también aparece en el de aquel, de forma que, por medio de una verdadera harmonia praestabilita, cada uno sueña solo aquello que para él es adecuado según su propia guía metafísica, y todos los sueños-vida están entretejidos con una perfección tal, que cada uno experimenta solo lo que le es beneficioso y hace lo que es necesario para los demás […]” (Parerga y Paralipomena, pp. 232-233, según la edición de Arthur Hübscher de 1988).

 

Ahora una confesión personal

En la noche del 16 al 17 de octubre de 2008 soñé que explicaba el Zen a mi  hermano. Mi padre escuchaba. Tranquilo. Lúcido. Libre ya de esta vida. Y dijo: “Que ningún discurso te bloquee el futuro”.

Creo que ese consejo es clave para entender el vaciado del que habla el Tao Te Ching. Se trataría de liberarse de cualquier “natura naturata“, cualquier “orden” no querido, no sentido como propio. No sentido como sagrado. Y, desde ahí, afrontar la parte del camino todavía invisible: lo que no aparece en la fotografía de Richard Long.

¿Cuántos paisajes pisarán todavía nuestros pies?

Lo fabuloso de la vida (este camino que ahora piso) es su plasticidad. No dejo de sospechar que, como el pintor Wang Fô, soy yo -cada uno de nosotros- quien lo dibuja sobre el lienzo infinito de nuestra conciencia.

Y cada día me parece más lúcida la idea de Paracelso de que el hombre fabrica su propio cielo y que, una vez fabricado, ese cielo le alimenta. Creo que la clave está en la Fe [Véase]. Y en la capacidad de asumir el peso descomunal de la libertad absoluta (como se atrevió a decir Sartre en esa conferencia de 1945 que se publicó con el título “El existencialismo es un humanismo”).

Fe en esa cosa inefable, descomunal, omnipotente, que llevamos dentro (ese Tao sin forma que es capaz de automodelarse en infinitos mundos). Esa cosa capaz poetizarse de cualquier forma: de ser cualquier Logos. Véase [Logos] y [Poesía].

Fe en que todo es posible para esa cosa de lo ‘real’.

El camino en el que ahora apoyamos los pies de nuestra conciencia puede mostrar prodigios jamás acontecidos.

Por eso no hay que poner límites discursivos a nuestro futuro. Eso me aconsejó mi padre en sueños.

Yo creo que tampoco hay que poner límites discursivos a nuestro presente: entonces veremos que el camino, el Tao, huele como la piel de las hadas taoístas.

David López

Las bailarinas lógicas: “Yin-Yang”

 

 

Yin-Yang”.

Todos contemplamos, atónitos, desconcertados, fascinados también, el giro incesante de nuestras realidades interiores y exteriores. Todos hemos padecido las mutaciones del alma propia y del alma ajena: el bondadoso resulta ser un diablo, y el diablo, de pronto, nos mira con infinita ternura y nos tiende su mano -firme y cálida- cuando ningún santo nos la tiende. La naturaleza, a veces, nos ama y nos sublima con su belleza, y, otras veces, nos tritura y nos denigra sin piedad. Las laderas de las montañas del alma se encienden y se apagan bajo un cielo que no puede quedarse quieto: el estúpido es un sabio descomunal, y el sabio, o el santo, de pronto, se ubican, ante nuestro estupor, en los límites inferiores de la condición humana.

Yin-Yang”. Cambio, interpenetración y complementariedad de los contrarios. Creo que estamos ante una sola palabra que -según la tradición china- simboliza la maquinaria interior que mueve el mundo. Pero dentro de esa palabra única -“Yin-Yang“- en realidad bailan, abrazadas siempre, abrazadas incluso a su vísceras, y a las vísceras de sus vísceras, dos preciosas bailarinas que nacieron en China, en la China antigua, si es que China ha dejado de ser alguna vez “antigua”.

Y ese baile intimísimo refleja una terrible pero fértil tensión: no estamos ante dos fuerzas opuestas, sino complementarias. Ninguna de ellas puede vivir sin la otra. Las dos se desnutren recíprocamente. Nunca crecen ni decrecen juntas: cuando una de ellas se expande es porque la otra se reduce. Pero ese expandirse y reducirse provoca enseguida un cambio a sus contrarios: lo que sube empieza a bajar si alcanza su máximo, y lo que baja, cuando consigue una denigración suficiente, empieza a ascender. La luz se vuelve oscuridad y la oscuridad luz. El infierno se hace cielo. Y el cielo infierno. Todo girando, cambiando, sin que cambie nunca la realidad del cambio ni su lógica interna.

Así, instalando en su conciencia, mediante la palabra, siempre mediante la palabra, la realidad metafísica de este baile eterno, la sabiduría china quizás fue capaz de combinar la esperanza (todo horror transmutará en paraíso) con la prudencia (cuidado, considera que todo cambiará, toma precauciones, no te despreocupes demasiado en los tiempos de vacas gordas). Equilibrio. Prudencia. Templanza. Punto medio. Equilibrio. Evitar los extremos, los excesos.

Antes de exponer mis ideas sobre el Yin-Yang, voy a detenerme en los siguientes lugares:

1.- China. Me llama la atención el hecho de que su programa civilizacional básico siga casi  intacto, y que lo activara, según parece, una familia, los Shang, que dieron su nombre a esa zona del planeta y que la gobernaron entre los siglos XVII y XI a.C. De ellos proviene la escritura china, aún viva: bailarinas lógicas que surgieron del Río Amarillo hace milenios y que, a diferencia de las que aparecen en este diccionario filosófico, están dibujadas de cuerpo entero, no a pedazos, no con piezas lingüísticas inertes. También me parece destacable la relativa autarquía de China. La veo como una especie de animal viejísimo -ya casi un dios- donde el individuo humano, como tal, no habría alcanzado una ubicación ontológica determinante. Quizás China siempre fue, en general, comunista y burocratista. Salvo por la irrupción del budismo, no veo que este fabuloso organismo segregado por el Río Amarillo haya abierto su conciencia a conceptos como el de libertad o el de creatividad. Al ocuparme de Tao [Véase] ya expresé mi sensación de que el taoísmo,  si bien propiciaría una anarquía en lo social, arrojaría al individuo humano a una corriente natural, sí, pero hiper-legalizada: a una fuerza metafísica imparable con la que sólo cabría armonizarse. El budismo, por el contrario, como cosmovisión importada de la India, sí ofrecería a la mente china -y a su corazón- el concepto de la libertad absoluta: la posibilidad de salir de las ruedas de lo real, de liberarse del Tao incluso, entendiendo el Tao como ley universal.

2.- Significados para Yin-Yang. Parece extremadamente complicado fijar un significado único para estos símbolos. Se habla de débil (yin) y fuerte (yang), de femenino (yin) y masculino (yang), de oscuro (yin) y luminoso (yang), de tierra (yin) y cielo (yang).  En el I Ching (o Yijing según la transcripción fonética pinyin) encontramos un uso eficacísimo de dos tipos de trazos: el trazo partido (dos líneas consecutivas) que correspondería al concepto yin (quizás por su similitud con la vagina); y el trazo continuo, que correspondería a yan (quizás por su similitud con el pene). Jordi Vilá, en su introducción a ese libro descomunal  afirma que “el concepto del yin y el yang es una de las aportaciones más universales de la cultura china, que considera este binomio el mecanismo que mantiene el equilibrio de un sistema. Yin y yang no son, en absoluto, fuerzas primarias ni poderes cósmicos, sino “utensilios” de clasificación. Etimológicamente, los conceptos yin y yang se referían exclusivamente a las laderas sombría e iluminada de una montaña […] De esto no debe deducirse una noción antagónica de dualidad, sino un sistema dinámico de complementariedad y equilibrio, una visión cíclica y relativa del Universo, en la que el yin llegado al extremo originará el yang y viceversa; yin y yang no son cosas independientes, sino dos fases de un mismo fenómeno. Los textos canónicos Zhou que exponen la teoría del yin y el yang la relacionan con las diferentes técnicas de adivinación vigentes en tiempos de las antiguas dinastías. Se puede suponer que la teoría del yin y el yang apareció en la Edad del Bronce, en el seno de la casta chamánica, y que desde su origen se asoció con las ideas de adivinación y pronóstico” (Yijing, traducción, prólogo y notas del texto de Jordi Vilà; traducción, prólogo y notas del comentario de Wang Bi por Albert Galvany, Atalanta, Girona 2006, p. 19).

3.- Yin-Yang en la filosofía china. Estos conceptos alcanzaron un lugar decisivo en el pensamiento de Zou Yan (305-240 a.C.). Pero su desarrollo filosófico fue impulsado sobre todo por Dong Zhongshu (179-104 a. C.), un pensador de la época Han que escribió una obra cuyo título -de sublime belleza- fue algo así como “Rocío exuberante de los anales de la primavera y el otoño” (Chunqiu fanlu). En esta obra se muestra un modelo de totalidad en el que la tierra, el cielo y el hombre están íntimamente conectados.

4.- Yin-Yang en el I Ching (o Yijing).  La idea fundamental de este libro fundamental es la de cambio. Todo cambia sin cesar. Y ese cambio se produciría por la interacción de los opuestos Yin-Yang. El I Ching es un ser extraño, bello y abisal que forma parte de mi vida desde hace muchos años. Yo tengo la edición española de la traducción de Richard Wilhelm (Edhasa, Barcelona 1977). Con este libro, dentro de este libro, he vivido momentos decisivos en mi existencia. El prólogo que en su momento hizo Jung forma parte de las obras maestras del arte filosófico. Creo que, para el tema que nos ocupa ahora, hay dos símbolos fundamentales: Qian y Kun. El primero es Yang puro, es activo y se refiere al cielo. El segundo es Yin puro, es pasivo y se refiere a la tierra. Podemos pensar en la dualidad entre las diosas mediterráneas de la tierra y los dioses del cielo. También cabe pensar en la dualidad purusa-prakriti del Samkya indio. Pero desde la cosmovisión china (al menos la que está implícita en la doctrina del Yin-Yang) no cabe hablar de dualismos: dentro de las diosas de la tierra habría dioses del cielo. Y viceversa. Y dentro de la prakriti india habría siempre, y siempre debería haber, purusa (simplificando cabría decir que desde la doctrina del Yin-Yang no cabría pensar un alma sin cuerpo, ni lo contrario).

5.- Los diagramas. El más conocido es el Taijitu (literalmente “símbolo de lo más elevado, de lo más extraordinario”). Es un símbolo que muestra polaridad y movimiento; y que aparece también, con pocas diferencias morfológicas, en las culturas celta, etrusca y romana. En el caso chino, creo que se ha conseguido una gran expresividad filosófica al incluirse dentro de cada color un círculo del color contrario, el cual, según descubrieron los sabios chinos, siempre podría subdividirse en otro diagrama de dos colores entrelazados. Y así hasta el infinito. Hasta el infinito. Esto no debe olvidarse. Pero cabría, en mi opinión, ensayar un diagrama en el que dentro del Taijitu apareciera un símbolo que representara su otro absoluto… lo que está completamente fuera de esa rueda humana y cósmica y, por tanto, de todas sus leyes. Creo que ese sí sería un símbolo de “lo más elevado”: abarcaría lo que se presenta ante la conciencia y la conciencia misma (ese vacío infinito).

6.- Algunas fuentes sobre la filosofía china en general.

Sugiero estas dos páginas de internet:

–  www.sacred-texts.com (creada por John Bruno Hare)

–  www.sino-platonic.org. Esta última página está editada por Victor H. Mair (Departamento de lenguas y civilizaciones asiáticas de la Universidad de Pennsylvania) y ofrece una gran cantidad de ensayos sobre la cultura china en general.

Y como obras sobre la filosofía china sugiero las siguientes:

– Feng Youlan: A History of Chinese Philosophy, 1934 (Princeton University Press, 1983, traducción de Derk Bodde.).

– Marcel Granet: La pensée chinoise, Paris 1934.

-Needham, Joseph: Science and Civilization  in China, Cambridge University Press, 1954-2016 (7 volumes in 25 books).

– Bauer Wolfgang: Geschichte der chinesischen Philosophie. Konfuzianismus, Daodismus, Buddhismus, München 2001.

– Chantal Maillard: La sabiduría como estética (China: confucianismo, taoísmo y budismo), Akal, Madrid 1995.

– Encyclopedia of Chinese Philosophy (ed. Antonio S. Cua, Routledge, 2002).

Expongo a continuación algunas de mi ideas sobre el concepto Yin-Yang:

1.- Ying-Yang. Cambio permanente. Y reglado. Pero el cambio es imposible -ilógico. Como es imposible -ilógico- el movimiento (recordemos, no dejemos de hacerlo, a Zenón de Elea). En realidad, a mi juicio, todo lo que ocurre es imposible (porque todo lo que ocurre es puramente mágico). En cualquier caso, para que pudiera haber cambio debería mantenerse inmutable un observador (precisamente el que afirmara ese cambio… el que ve que se modifica la estructura de lo que se presenta). Pero ese observador, según la tradición china, al menos hasta donde yo llego, e, incluso, según la propia cosmovisión de la Física actual, está también sacudido permanentemente por el gran baile que lo mueve todo. No habría por tanto dónde ubicar un punto  fijo desde el que afirmar que, hace unos minutos, no había un halcón en el cielo y ahora sí lo hay.

2.- Creo -siento- que el cambio ocurre sólo en Maya (en los espectáculos de nuestra conciencia, o “mente”, “cerebro” si se quiere). El cambio es una fantasía (fantasía químico-biológica, para los que no quieran abandonar la cosmovisión neurofisiológista). Y ahí -en esa prodigiosa fantasía- sí cabe visualizar la tensión de contrarios complementarios. No obstante, esa tensión me parece finalmente lingüística (como todo lo que pueda aparecer en frases): el Yin-Yang presupone una determinada estructura de universales [Véase].  Se dice que Yang sería la ladera luminosa de una montaña, y Yin la sombría. Pero “montaña” o “ladera” son resultantes de una determinada forma mental: son producto de una de entre las infinitas formas de recortar lo que se presenta como real. Lo contrario de algo requiere asumir la realidad ontológica de ese algo. Pensemos en la posible tensión entre Dios y el Diablo (que requiere un teísmo). O en la tensión entre materia y antimateria (una tensión sólo posible si se asumen como reales los bocetos que ofrece la Física). [Véase “Física“].

3.-  Los cambios y su lógica interna sólo acontecen en los teatros de la conciencia. Son necesidades artísticas: resortes necesarios para que ocurra -para que sintamos- mundo en nuestras conciencias. En estado de meditación [Véase], y, por cierto, no sólo en ese estado, puede ocurrir que retomemos la conciencia de que siempre estuvimos quietos, ahí, en un taller meta-espacial y meta-temporal, capaces de cualquier Creación. Creación con mayúscula.

4.- El  modelo de totalidad implícito en la doctrina del Yin-Yang presupone una metafísica legaliforme. Tengo la sensación de que la mayor parte de los planteamientos filosóficos chinos (exceptuando los derivados del budismo, que es una sabiduría “importada”) ofrecen ideas para optimizar la posición del hombre dentro del cosmos. No veo en la filosofía-sotoriología chinas que se aspire a la transcendencia: el sabio chino quiere optimizar su estancia en la inmanencia. Los chinos buscan acomodo en un cosmos cambiante, pero cambiante según un orden que el sabio debe detectar. No se buscan, en general, salidas del sistema, sino optimización en el sistema. Los confucianos incorporarán la sociedad humana e, incluso, su burocracia, en un todo cósmico y sagrado. Los taoístas, en general, rechazarán ese socialismo radical, pero aspirarán a una fusión con una especie de burocracia cósmico-natural. En ambos casos, la libertad individual carecerá de sentido. Estamos ante metafísicas legaliformes. El budismo -esa sotoriología india- sería quizás la única forma de libertad -de libertad en sentido absoluto- que habría conocido el espíritu chino. Cabría afirmar que la sabiduría china es una imponente Apara-Vidya [Véase]. Y, hasta donde yo llego, que no es mucho, esa “sabiduría inferior” de China se basa en la búsqueda del equilibrio -la armonía- dentro de un universo de fuerzas cambiantes; y la búsqueda de técnicas que permitan canalizar, en beneficio del hombre, esas mismas fuerzas.

5.- Desde la cosmovisión de la neurofisiología moderna (que yo no comparto) cabría quizás sostener la hipótesis de que el Yin-Yang esquematiza, de forma rudimentaria, el funcionamiento de las dos partes del cerebro humano y su necesidad, fisiológica, vital, energética si se quiere, de mantenerse equilibrado [Véase “Cerebro“]. En el futuro intentaré investigar algo más esta posibilidad. Cualquier sugerencia o indicación será enormemente agradecida.

6.- Vuelvo a la posibilidad que apunté en los primeros párrafos de este texto: ensayar un Taijitu(el clásico diagrama del Yin-Yang) en el que se mostrara su propio contrario: el contrario del propio modelo de totalidad que ese símbolo quiere sujetar: lo absolutamente otro de lo que es pensado a través de esa tradición de sabiduría china. Quizás la dialéctica hegeliana ofrecería la posibilidad de suprimir y elevar el dualismo cambio-quietud; legaliformidad metafísica/libertad absoluta… [Véase “Aufhebung“].

Dios, como Dios metalógico [Véase], estaría más allá de los contrarios (incluso más allá de la tensión existencia/no existencia de Dios). Pero creo que lo que se nos presenta, ahora mismo, esto mismo, también puede serlo. El sistema Yin-Yang permite sobrevivir en un cosmos de palabras, pero no permite ver.

Para ver hay que estar en silencio. Ser el silencio. [Véase “Silencio“]. Más allá del baile del Yin-Yang.

En cualquier caso, espero tener tiempo para contemplar con sosiego el majestuoso aleteo de la civilización china. Esa mariposa descomunal.

David López

The logical ballerinas: “Yin-Yang”

 

 

“Yin-Yang”.

We all contemplate, astonished, bewildered, also fascinated, the incessant turns of our inner and outer realities. We all have suffered the shocking mutations of our own soul and of the souls of others: the good-natured turns out to be a devil, and the devil, suddenly, looks at us with infinite tenderness. Nature, at times, loves us and raises us with its beauty, and, at other times, it crushes and denigrates us without mercy. The slopes of the mountains of the soul are lit and also darkened under a sky that can not be quiet. The stupid suddenly becomes a mighty sage, and the wise, or the saint, suddenly behave in the lowest, ugliest limits of the human condition.

“Yin-Yang”. Change, contradiction, interpenetration, complementarity of opposites. I believe that we are dealing with a single but also bicephalous word that, according to Chinese tradition, symbolizes the internal machinery that moves the world. But within that single word are actually dancing (always embraced, embraced even to guts of the other one, and to the guts of the other one’s guts) two beautiful dancers who were born in China, in ancient China.

And that intimate dance reflects a terrible but also fertile tension. We are not facing two opposing forces, but complementary ones. Neither of them can live without the other. They never grow or decrease together: when one of them expands it is because the other one is reduced. But these expansion and reduction immediately triggers a change to its opposite: what goes up starts to fall if it reaches its maximum, and what goes down, when it gets enough denigration, begins to ascend. Light becomes darkness and darkness becomes light. Hell becomes heaven. And hell heaven. Everything is permanently turning, changing. But, if we asume the ideas of this philosophy, we are obliged to say that it has a huge contradiction: the very reality of change and its internal logic doesn’t seem to be thought of as changeable… I will deal with this contradiction on the last part of this text.

So, installing in its consciousness, through the word, always through the word, the metaphysical reality of this eternal dance, Chinese wisdom may be able to combine hope (any hell will transmute into paradise) with prudence (beware, you should consider that everything will change; take precautions, do not relax too much in boom times). Balance. Prudence. Temperance. Middle point. Avoid extremes, excesses. Be wise…

Before presenting my ideas about the logical ballerina “Yin-Yang”, I think it might be useful to take a look a the following themes:

1.- China… Schopenhauer included an interesting chapter in his work On the Will in Nature under the title “Sinology”. In the beginning of that chapter the great philosopher deems China as a top civilized country, and does so primarily on the grounds of its high -and permanently increasing- population: 396 millions in 1857. Today that population has reached 1.400 millions of people: millions of minds and heaths and working hands which are interwoven shaping a mighty civilizational and even racial meta-human being. I am anyway quite fascinated by the fact that China’s basic civilizational program remains almost intact, and that it was coded and activated, it seems, by a family -the Shang- which gave their name to that area of ​​the planet and which governed it between the 17th and 11th centuries BC. From that ‘family’ comes Chinese writing, which is still alive: logical dancers who emerged out of the Yellow River millennia ago and who, unlike those that appear in this philosophical dictionary, are drawn full body, not in pieces. I also find remarkable the relative self-sufficiency of China. I also see this ‘country’ as a kind of very old animal -a kind of a god- where the human individual, as such, would not have reached a determining ontological location beyond its performative function inside such animal-god. Perhaps China was always, in general, communist and bureaucratist. Except for the irruption of Buddhism (that Indian program), I do not see that this fabulous living system segregated by the Yellow River has opened its consciousness to concepts such as freedom or creativity. Taoism, while propitiating individual anarchy in the human-social realm, would set the human individual into a natural, yes, but also  radically legalized flow: an unstoppable metaphysical force with which human beings should harmonize in order to be really happy. Buddhism, on the other hand, as a worldview imported from India, would offer to the Chinese mind -and heart- the concept of absolute freedom (Moksa): the possibility of leaving the wheels of Karma, the possibility of liberating from the very Tao even (if we understand the Tao as a universal law), the possibility of liberating from the very concept of “liberation”…

2.- Meanings for “Yin-Yang”. It seems extremely complicated to set a unique meaning for this/these symbols. Some scholars speak of weak (Yin) and strong (Yang), of feminine (Yin) and masculine (Yang), of dark (Yin) and luminous (Yang), of Earth (Yin) and sky (Yang). In the amazing I Ching (or Yijing according to the pinyin phonetic transcription) we find a very efficient use of two types of strokes: a) The broken stroke (or two consecutive strokes) that would correspond to the Yin concept (perhaps due to its similarity with the vagina); and b)The continuous stroke, which would correspond to Yang (perhaps because of its similarity with the penis).

3.- Yin-Yang in Chinese philosophy. This concept reached a decisive place in the thought of Zou Yan (305-240 BC). But its philosophical development was driven mainly by Dong Zhongshu (179-104 BC), a Han-era thinker who wrote a work whose title -of astonishing beauty- was something like Luxuriant Dew of the Spring and Autumn Annals  (Chunqiu fanlu). In this work a model of totality is shown in which the Earth, the sky and the human being are intimately connected.

4.- Yin-Yang in the I Ching (or Yijing). The fundamental idea of ​​this mighty book is that of change. Everything changes. And that change would be produced by the interaction of the Yin-Yang opposites. The I Ching is a strange, beautiful and abyssal being that has been part of my life for many years. I use the translation of Richard Wilhelm, with the brilliant introduction of Karl Jung. With this book, within this book, I have lived and leaded decisive moments of my life. The introduction made by Jung is part of the masterpieces of the philosophical art. I think that, for the subject that concerns us now, there are two fundamental symbols: Qian and Kun. The first is pure Yang, is active and refers to the sky. The second is pure Yin, which is passive and refers to the Earth. We can think of the duality between the Mediterranean goddesses of the Earth and the gods of heaven. We can also think of the purusa-prakriti duality of the Indian Samkya. But from the Chinese worldview (at least that which is implicit in the Yin-Yang doctrine), it is not possible to speak of dualisms: within the goddesses of the Earth there would be gods of heaven. And vice versa. All together, interwoven, inter-fertilized.

5.- The diagrams. The best known is the Taijitu (literally “symbol of the highest, most extraordinary”). It is a symbol that shows polarity and movement; and that also appears, with few morphological differences, in the Celtic, Etruscan and Roman cultures. As far as China is concerned, I believe that a great philosophical expressiveness has been achieved by including within each color a circle of the opposite color, which, according to the Chinese sages, could always be subdivided into another diagram of two interlaced colours. And so on to infinity. To infinity. This must not be forgotten. But it would be better, in my opinion, to try a diagram in which within the Taijitu would appear a symbol that represents its absolute other… ‘that’ that is completely outside of that human and cosmic wheel and, therefore, of all its laws. I think that this would be the true symbol of “the highest”, and it should encompass what is presented to consciousness, and also consciousness itself (that infinite void).

6.- Some sources on Chinese philosophy. I suggest these two internet sites:

www.sacred-texts.com (created by John Bruno Hare).

www.sino-platonic.org. This last site is edited by Victor H. Mair (Department of Asian Languages ​​and Civilizations, University of Pennsylvania) and offers a large number of essays on Chinese culture in general.

I also recommend these works on Chinese philosophy:

– Feng Youlan: A History of Chinese Philosophy, Princeton University Press, 1952 (translation of Derk Bodde).

– Marcel Granet: La pensée chinoise, Paris 1934.

– Needham, Joseph: Science and Civilization  in China, Cambridge University Press, 1954-2016 (7 volumes in 25 books).

– Bauer Wolfgang: Geschichte der chinesischen Philosophie. Konfuzianismus, Daodismus, Buddhismus, München 2001.

– Encyclopedia of Chinese Philosophy (ed. Antonio S. Cua, Routledge, 2002).

Now I will try to organize my ideas, my intuitions, about the “Yin-Yang” logical ballerina:

1.- Yin-Yang. Permanent (and also metaphysically regulated) change. But, if we do really philosophize (if we do really think) we discover that change is impossible, illogical. As it is impossible -illogical- the movement (let’s remember, let’s not stop doing so, Zeno of Elea). In fact, everything that happens seems to be impossible (maybe because everything that happens is purely magical, the masterpiece, the outcome of the unlimited power and creativity of a prodigious magician). In any case, in order to just testify about changes, an observer should remain immutable (precisely the one who affirmed that something has changed… the one who is supposed to have noticed that the reality surrounding him has changed). But that observer, according to the Chinese tradition, at least as far as I get, and, even according to the current world view of Physics, is also constantly shaken by the great dance that moves everything. Therefore, there would be no place to locate (even to think) a fixed point from which to affirm that, a few minutes ago, there was not a hawk in the sky and now there is.

2.- Changes occurs only in Maya (in the magical spectacles of our conscience, or “mind”, or “brain” if you like). Change is fantasy (chemical-biological fantasy, for those who do not want to abandon the neurophysiological worldview). And there, only there – in that fantasy- it is possible to visualize the tension of complementary opposites. However, this tension seems to me finally linguistic (like everything that can appear in sentences): the Yin-Yang presupposes a certain structure of words. It is said that Yang would be the luminous slope of a mountain, and Yin the shadowy one. But “mountain” or “hillside” are the result of a certain mental form: they are the product of one of the infinite ways of cutting out what is presented as real. The opposite of something requires assuming the ontological reality of that something. Think of the possible tension between God and the Devil (which requires a theism), or of the tension between matter and antimatter (a tension only possible if the models offered by current Physics are assumed to represent reality).

3.- Changes and their internal logic only happen in the theatres of consciousness. They are artistic needs. They are necessary for it to happen -for us to feel- a world in our consciousness. In meditation state [See], and, certainly, not only in that state, it may happen that we realize that we are always still, ‘there’, immutable, in a meta-spatial and meta-temporal workshop, utterly capable of any Creation (Creation with capital letter). In meditation state we are aware of our infinite quietness and unchangeability. We become aware that we are that immobile Being which Parmenides considered the true, only reality.

4.- The model of totality implicit in the doctrine of Yin-Yang presupposes a legaliform metaphysics. I have the feeling that most of the Chinese philosophical approaches (except those derived from Buddhism, which is an ‘imported’ wisdom) offer ideas in order to optimize the position of human beings within an already regulated cosmos. I do not see in Chinese philosophy-sotoriology a quest for transcendence. The Chinese sage wants to optimize his stay in immanence. The Chinese seek accommodation in a changing cosmos that changes according to an order that the wise must detect, but not modify, erase or re-create. In general, system-escapes are not sought, but optimization in the system. Confucians seem to be willing to incorporate human society and even its bureaucracy into a cosmic and sacred whole. Taoists, in general, seem to reject that radical pure-human-socialism, but they also seem to aspire to a fusion with a kind of cosmic-natural-metaphysical bureaucracy. In both cases, individual freedom seems to be meaningless. We are facing legaliform metaphysics. Buddhism -that Indian sotoriology- would perhaps be the only form of freedom (of freedom in the absolute sense) that the Chinese spirit would have known. It could be said that Chinese wisdom is an imposing Apara-Vidya [See]. And, as far as I get, that “inferior wisdom” of China is based on the search for balance -harmony- inside a universe of changing but also metaphysically ‘coded’ forces; and also on the search for techniques that allow channeling, for the benefit of human beings, those same forces.

5.- From the worldview of modern neurophysiology we should consider the hypothesis that Yin-Yang schematizes, in a rudimentary way, the functioning of the two parts of the human brain and their physiological, vital needs (energetic needs if you want), to stay balanced [See “Brain”].

6.- I return to the possibility that I pointed out before: to draw a Taijitu (the classic Yin-Yang diagram) in which its own opposite is shown. I mean the opposite of the whole model of totality that that symbol wants to subject.

The Yin-Yang system allows human being to survive inside a cosmos, inside a cosmos of words, but it does not allow to see beyond. In order to see beyond the theatres of our consciousness we have got to be silent. To be the silence.

In any case, I hope to have time enough so as to contemplate with calm the majestic flutter of Chinese civilization: that huge, astonishing butterfly.

David López

 

 

 

Las bailarinas lógicas: “Cerebro”

“Cerebro”. Se supone que es el órgano crucial pero también imaginario de esta escultura de Rodin. Como realidad física y tangible, el cerebro es el objeto más sofisticado y deslumbrante del universo conocido. Yo tengo uno de esos objetos dentro de mí. Y tú, por el hecho mismo de que estás leyendo estas palabras, tienes otro. Otro de esos increíbles diamantes vivos. ¿Somos dueños de semejante joya o, por el contrario, somos propiedad de ella? 

“Cerebro”. El propósito de este diccionario filosófico no es dar significados a las palabras, no es limitar su semántica, sino calibrar su habilidad para generar hechizos: su fuerza para configurar los contenidos de la conciencia. Lo mundos.

Entremos ahora en un fabuloso laberinto de espejos. Primer paso: ¿Quién -o qué- quiere estudiar, ver, considerar, medir, modelar, etc., el llamado “cerebro humano”? ¿Quién -o qué- quiere crear en su propio cerebro una imagen, una idea, un atlas, de su propio cerebro? ¿Puede el cerebro ser objeto y sujeto de conocimiento al mismo tiempo? 

Fue leyendo a Schopenhauer cuando me sorprendió por primera vez la “paradoja del cerebro”. Se puede enunciar así: el cerebro, como una cosa entre las cosas, es parte del mundo (como los árboles o los caracoles o los coches o los anillos de Saturno o las estrellas). Visto de esa manera, como un corte concreto en la totalidad del impacto visual del mundo, aparece como algo tridimensional, diminuto, vulnerable; y también como algo creado (e implacablemente sometido por las leyes de la Naturaleza). Pero, por otro lado, según Schopenhauer (que era un amante de la filosofía de Kant), es precisamente dentro del cerebro, y solo allí, donde ocurre eso que llamamos “mundo” y por lo tanto también eso que llamamos “cerebro”. 

Si no filosofamos (si no somos conscientes de nuestro pensamiento), no nos daremos cuenta de que estamos identificando lo que las conexiones neuronales de nuestro cerebro pueden construir y también denominar “cerebro”, con ‘eso’ que se supone que rodea al cerebro mismo: el ‘mundo exterior’, incluyendo, por supuesto, la materia misma del propio cerebro. Las teorías de un neurofisiólogo actual (si aceptamos y seguimos esas mismas teorías) son fenómenos dentro del cosmos interno, eléctrico y viscoso, de sus propias galaxias de neuronas. Se podría decir, a partir del materialismo científico actual, que el cerebro es una de las cosas que se pueden contemplar dentro del cerebro si el cerebro funciona correctamente (dentro de esa caja mágica también puede suceder una brisa de otoño capaz de erizar la piel de la memoria). 

A partir de ese materialismo también se puede decir que seremos más conocedores del cerebro a medida que nos acerquemos a un cierto camino de conexiones neuronales, a una cierta forma, o baile si se quiere, de la materia que constituye nuestro cerebro: aquella que propicie una representación adecuada de lo que es el cerebro en sí mismo, si es que tal cosa existe. ¿Cómo sería tal “cosa”?

Vamos a intentar vislumbrar qué podría haber detrás de la palabra “cerebro”. Hagámoslo con los ojos infinitos de la diosa Filosofía, la cual, según la neurociencia actual, sería solo una actividad cerebral (la actividad cerebral que se modela, que se mira a sí misma… ¿Desde dónde?). 

La palabra “cerebro” (esa poderosa bailarina lógica) nos dará una maravillosa oportunidad para filosofar seriamente: sin pereza, con un coraje extremo, listos para nadar en el océano del infinito, de lo insoportable incluso (pero insoportable, a veces, por su extrema belleza). Comienza el gran éxtasis intelectual de la Filosofía. Realmente creo que nuestro filosofar puede recibir una lluvia extremadamente fértil si observamos lo que se dice sobre el cerebro a partir de los modelos actuales de neurofisiología (a partir de estas configuraciones determinadas de la química de nuestro cerebro, si aceptamos esos mismos modelos). 

Pero, ¿qué dicen esos modelos al día de la fecha? 

Hasta donde yo voy sabiendo, se dice que el cerebro (el cerebro humano en concreto) es una parte del cuerpo humano, un órgano que se considera el centro del sistema nervioso. Contiene miles de millones de células de un tipo especial: las llamadas “neuronas”, que, sorprendentemente, se conectan entre sí -o no- creando -o no- asociaciones (digamos sociedades… ¿Civilizaciones?). He leído que las neuronas pueden cooperar en sociedades de millones de miembros y que aún está por ser desvelado el misterio de cómo funciona realmente esa cooperación. También se dice que el tejido cerebral produce energía, electricidad de hecho (como una pequeña central nuclear orgánica), electricidad que, si muchas neuronas trabajan juntas, puede ser lo suficientemente potente como para salir del cráneo (la caja del cerebro) y ser detectable en el exterior. Ese órgano, esa ‘máquina’ crucial [Véase “Máquina”], se puede comparar con una computadora. En realidad, algunos modelos actuales de neurociencia usan esa comparación para mejorar la comprensión de su objeto de estudio. Y lo hacen sobre la base de que el cerebro es un centro de percepción y procesamiento de datos. El alcance de dicha percepción, según lo que parece comúnmente aceptado en la ciencia actual, es enorme: luz, sonido, composición química de la atmósfera, temperatura, orientación de la cabeza, posición de las extremidades, composición química del torrente sanguíneo… O eso es lo que luego se dice a sí mismo el cerebro que ha “percibido”.

Sigamos… El hipotálamo, que es una parte del cerebro, puede incluso controlar el nivel de sodio, el nivel de glucosa y el nivel de oxígeno en la sangre, y, según esos datos, enviar mensajes a la glándula pituitaria, la cual reacciona introduciendo hormonas en el torrente sanguíneo que son capaces de modificar la actividad celular. 

También se dice que el aprendizaje y la memoria son actividades centrales del cerebro. Santiago Ramón y Cajal podría haber explicado tales capacidades argumentando que se trataba de cambios en las conexiones sinápticas entre las neuronas. Dicha teoría podría haber comenzado a ser comúnmente aceptada por una serie de investigaciones iniciadas por un artículo de Tim Bliss y Terje Lømo publicado en 1966 en Journal of Physiology. El descubrimiento clave de ese artículo fue la llamada “Potenciación a largo plazo”: el fortalecimiento de la sinapsis entre las neuronas causada por la actividad reciente. También existe lo contrario: la “Depresión a largo plazo”. Ambos fenómenos podrían ser una prueba de lo que ahora se llama “plasticidad sináptica”, teoría que afirma que las conexiones entre las neuronas pueden fortalecerse o debilitarse según su actividad durante un período de tiempo. Miles de millones de neuronas capaces, dispuestas a conectarse entre sí… 

¿Qué puede ocurrir si se produce una conexión total? ¿El cerebro (ese enorme misterio) sería completamente consciente de sí mismo? La Filosofía, vista desde los modelos actuales de neurofisiología, podría describirse como una bellísima bomba de pensamientos conscientes, colocada dentro de esas galaxias de neuronas para desencadenar su conexión extática final: la plasticidad sináptica infinita. 

Los modelos científicos que acabo de esbozar son el marco teorético de algunos proyectos sorprendentes que me gustaría mencionar (y agradecer también): 

https://www.humanbrainproject.eu/en/. Aquí encontrarás la siguiente pregunta: “¿Te imaginas que un cerebro y su funcionamiento se replicaran en una computadora?” 

https://alleninstitute.org/what-we-do/brain-science/. En la página web de este instituto (que fue fundado por Paul Allen, uno de los creadores de Microsoft junto con Bill Gates), se dice lo siguiente: “El cerebro humano es la pieza más compleja de materia organizada en el universo conocido. Utilizamos nuestro singular enfoque para descubrir sus misterios y compartir recursos valiosos con la comunidad global de neurocientíficos “. 

La vanguardia científica de nuestra civilización está ahora fascinada con los cerebros: con esas complejas piezas de materia organizada. Y es que dentro de esas joyas cósmicas podría estar la clave de todo. 

Neurociencia. Filosofía. Veamos lo que dicen los siguientes pensadores individuales (cerebros individuales) sobre el cerebro: 

1.- Schopenhauer. La paradoja del cerebro. Volvamos a eso: el cerebro, como cosa entre cosas del universo físico, está en el espacio, pero el espacio (el continente, la ‘caja’ del universo físico) está solo en el cerebro (Pararega y Paralipomena II, p. 48, de acuerdo con la edición clásica de Arthur Hübscher, revisada por su esposa Angelika y publicada en Mannheim en 1988). El sistema filosófico de Schopenhauer supera tal paradoja ubicando el cerebro físico como parte del mundo creado, como una especie de herramienta utilizada por nuestro yo más profundo para contemplar nuestra propia creación. 

2.- Humberto Maturana. Biología de la cognición (Informe de investigación del laboratorio de computación biológica BCL 9.0. Urbana IL: Universidad de Illinois, 1970). Maturana es uno de los tres creadores del concepto “autopoiesis”, el cual se refiere a la supuesta capacidad de autogeneración y autogestión de los llamados “sistemas vivientes” (se dice que los otros dos creadores de dicho concepto son Francisco Varela y Ricardo B. Uribe). El cerebro: Maturana dice que la rana no puede ver a todos los animales (no ve los que son especialmente grandes y lentos). La actividad del cerebro (lo que es ‘realidad’ dentro de él) sería el resultado de las demandas del sistema vivo que lo nutre. La realidad es fabricada por los “sistemas vivientes”. ¿Es también esa misma teoría generada en el cerebro de Maturana algo que sirve solo para nutrir el “sistema viviente” que lo posee? ¿Cómo puede ser cierta esa teoría si es generada por un cerebro biológicamente esclavizado? Merece ser leído el estudio esquemático sobre el pensamiento de Humberto Maturana ofrecido por John Lechte en este trabajo: Fifty Key Contemporary Thinkers: From Structuralism to Postmodernity (Routledge, London 1994). Hay una edición en español: 50 pensadores contemporáneos esenciales, traducción de Carmen García Trevijano, Cátedra, Madrid 2010.

3.- El funcionalismo computacional de Hilary Putnam [Véase aquí, todavía solo en español] como solución para el problema mente/cerebro: la mente es el software; el cerebro es el hardware. La crítica de John Searle: “la habitación china” (Minds, Brains and Science, Harmondsworth, Londres 1984) [Edición española: Mentes, cerebros y ciencia, Cátedra, Madrid 1994]. Searle afirma que una computadora puede comportarse como si entendiera chino, pero no sería nunca una mente porque no puede pensar, ser consciente, de su propio comportamiento. Este pensador centra sus críticas exclusivamente en las computadoras digitales. Pero, ¿qué tipo de máquinas están todavía por ser creadas? [Véase “Máquina”]. Schopenhauer ya consideraba el cerebro humano como nuestra creación artificial más sofisticada. Porque en realidad no seríamos “seres humanos”. Los seres humanos serían en realidad nuestra creación.

4.- Antonio Damasio [Véase aquí, todavía solo en español]. Merece ser leída su obra El error de Descartes. Ese error fue creer que las operaciones más refinadas de la mente están separadas de la estructura y el funcionamiento del organismo biológico. El cerebro y el resto del cuerpo constituyen un organismo inseparable compuesto por circuitos bioquímicos y neuronales que se relacionan con el medio ambiente en su conjunto, y de esa interacción surge la actividad mental. Entonces… ¿Nuestro cerebro tiene el tamaño de todo el universo físico? ¿Pensamos con todo eso? ¿Es nuestro pensamiento fruto de todo eso? ¿Lo es también nuestro ‘yo pensado’?

5.- Richard Dawkins: The God delusion [El espejismo  de Dios]. En este libro hay un epígrafe que lleva por título “La madre de todos los burkas”. Dawkins afirma que lo que vemos del mundo real no es el mundo real, sino un modelo del mundo real, regulado y ajustado por datos sensoriales (un modelo que está construido de tal manera que es útil para relacionarse con el mundo real). Dawkins también afirma que la naturaleza de ese modelo depende del tipo de animal que somos. De acuerdo con esa teoría, podríamos preguntarnos: ¿No es esa misma teoría (el modelo de realidad que Richard Dawkins expone) simplemente algo útil que su cerebro (su cuerpo) necesita para lidiar con ese monstruoso misterio que parece ser el mundo real, pero real de verdad? Entonces: ¿Los cerebros reflejan la realidad o la crean? ¿La supervivencia del sistema requiere una ‘realidad’ reflejada en el cerebro o simplemente una fantasía capaz de desencadenar la voluntad de vivir? [Véase aquí mi artículo completo sobre Richard Dawkings todavía solo en español]. 

Ahora intentaré transmitir lo que parecen ser mis propios pensamientos (las secreciones de mi propio cerebro, o del universo entero a través de él) sobre el misterio del cerebro: 

1.- “Cerebro” es, en primer lugar, una palabra, un símbolo. Nada más. Y nada menos… También se puede decir que es el resultado de aplicar un determinado sistema de cortes en la realidad visual del llamado “universo” [Véase “Universales”]. No puedo ver ningún cerebro más allá de cierto software mental (si usamos la metáfora de Hilary Putnam).

2.- El lenguaje siempre nos hechiza. Para ser consciente de ese hechizo hay que pensar que tanto “átomo” como “neurona” o “cerebro” o “ciencia” son palabras: frutos artificiales de modelos mentales: secreciones de algo inefable que ahora no tengo más remedio que llamar “cerebro”. De hecho, es posible que en un futuro muy cercano surja un nuevo modelo de cerebro. Por ejemplo, un modelo que afirme la identidad absoluta entre lo que ahora llamamos “cerebro” y lo que ahora llamamos “universo”.

3.- La bailarina lógica “Cerebro” generalmente baila junto con otra: “Mente”. Se dice que desde el último tercio del siglo XX la filosofía de la mente está adquiriendo un lugar privilegiado en lo que llamamos reflexión filosófica. Pero hoy en día, la ideología predominante es la que afirma la dimensión material del cerebro. El problema (la maravilla) es que que cada objeto físico (el cerebro incluido), según la Física actual (Teoría M), tiene once dimensiones, no tres. Por lo tanto, los modelos (los dibujos) actuales del cerebro están mutilados: el cerebro en sí, incluso considerado como un objeto físico puro, es imposible de dibujar. Imposible de ver. Impossible de imaginar siquiera.

4.- El cerebro… Realmente no sé qué es eso, pero si cierro mi ojos, puedo sentirlo, ‘ahí’, como una enorme ballena mágica, infinita. Dentro de mí. Y yo dentro de ella. Es imposible, pero es así… Y también puedo enviarle calma, y silencio, e incluso amor, a ese ser.  Es  algo que hago casi todos los días. Créeme: después de no más de un minuto, ese ser parece nacer de nuevo, listo para seguir amando la vida, listo para seguir produciendo mundos. La pregunta es: ¿Desde dónde siento mi propio cerebro? ¿Dónde estoy yo realmente? 

Es suficiente. Saquemos a la diosa Filosofía del salón donde la bailarina lógica “Cerebro” necesita bailar. Esa preciosa bailarina es parte de un gran sueño: el sueño del materialismo científico, que ofrece mundos fabulosos. Y expectativas fabulosas también. 

David López