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Las bailarinas lógicas: “Universalia”.

 

 

Universalia. Es una palabra que nombra un problema filosófico: una preciosa y revitalizante tarea para el pensamiento. Algunos filósofos, como Ernst Cassirer, consideraron que el problema de los universales es un pseudo-problema. ¿Cuál es ese problema que quizás ni siquiera exista?

Yo, en cualquier caso, no creo que estemos ante un problema, sino ante un prodigio que ofrece extraordinarias posibilidades cognitivas. Y sensitivas.

¿Existe, más allá del lenguaje, eso de “flor” o “agua” o “dinosaurio” o “cuatro” o, incluso, “hombre”? Platón intentó introducir en el pensamiento humano la certeza de que existen las ideas en sí, con independencia de que sean o no pensadas por los seres humanos y registradas o no en los lenguajes de los seres humanos. Schopenhauer, milenios después, al dibujar su modelo físico y metafísico, no supo muy bien dónde ubicar esos escurridizos seres platónicos.

No les gusta a las bailarinas lógicas que las toquen. Ellas están para bailar y hechizar: para que haya algo en lugar de nada, y para propiciar estupor maravillado.

San Pedro Damián (1007-1072 A. D.) afirmó en su obra Sobre la perfección monástica que los estudios gramaticales los había iniciado el Diablo. Quizás tuviera razón: el lenguaje podría ser más de lo que imaginamos. Algo divino (creador de nuestro ser y del ser del mundo entero). 

Creo que el tema de los universales tiene un interés extraordinario: agranda la mirada, la libera, la abre a otros mundos, y propicia la irrupción en nuestra conciencia de lo inefable (de lo divino si se quiere). La meditación requiere un silencio total: un silencio que desactiva los universales, que diluye la aparente división del mundo en “cosas” recortables en virtud de sustantivos. Ese es el Gran Silencio desde donde es posible sentir lo que hay.

Antes de exponer algunos apuntes y vértigos personales, sugiero prestar atención a las siguientes referencias:

1.- El estatus ontológico de los universalia. ¿Existen en sí mismos? Todo parece que empezó con la traducción que Boecio (477-524 A. D.) realizó del Isagoge de Porfirio (234-305 A. D.). El Isagoge es un texto que pretende unir la lógica aristotélica con el neoplatonismo. Y reinará durante casi toda la Edad Media.

2.- La solución nominalista: universalia post rem. Roscelino de Compiegne (1050-1120 A. D.): los universales son flatus vocis (emisiones de voz vacías, sin nigún valor semántico, no se refieren a nada). Solo existen las cosas individuales. 

3.- La solución realista: universalia ante rem. Guillermo de Champeaux (1070-1121 A. D.): los universales existen antes que las cosas concretas — que el león concreto, que el ejecutivo concreto — pero su existencia es de otro tipo (no estarían situados en el espacio/tiempo). ¿Dónde entonces? El mundo de las ideas según Platón.

4.- Posición intermedia. El realismo moderado. Pedro Abelardo (1079-1142 A. D.): (desde Aristóteles) el universal es lo predicable de varios entes. No es, por tanto, una cosa. En realidad solo existen individuos compactos (materia con forma). En el proceso cognoscitivo se extraen aspectos aislados — color, tamaño, etc. — que permiten encontrar similitudes entre individuos: rasgos comunes que permitirán hablar de especies (mujeres, nubes). 

5.- Nietzsche. Fröhliche Wissentschaft [La ciencia alegre]. Aforismo 121: “Nos hemos construido un mundo a medida para poder vivir — suponiendo que hay cuerpos, líneas, superficies, causas y efectos, movimiento y reposo, forma y contenido. ¡Ahora nadie podría vivir sin esos artículos de fe! Pero no por eso quedan demostrados. La vida no es un argumento; entre las condiciones de la vida podría estar el error”. Aforismo 189:  “Es un pensador: esto quiere decir que es un experto en hacer las cosas más simples de lo que son”.

6.- Epistemología del siglo XX: instrumentalistas versus realistas. ¿Las teorías científicas — esas redes coherentes de universales — describen lo que hay? ¿Existe, en sí, más allá de los cálculos, la ley de la gravedad? 

Y estas son mis reflexiones:

1.- El nominalismo es absurdo. No cabe hablar de leones concretos antes de que esté activada en la mirada el universal “león”. El león individual es el efecto de la interiorización de un universal: es consecuencia de una programación de la mente/la mirada, es una forma de crear individualidades.

2.- Los universalia son disciplinas de la mirada. Son tijeras metafísicas que recortan lo que se presenta ante la conciencia en aparentes individualidades que se repiten. Quizás sería mejor hablar de tijeras “ante-físicas”, apoyándonos en un lúcido neologismo de Ortega y Gasset [Véase].

3.- Los universalia no son anteriores ni posteriores a las cosas. Las “cosas” son palabras. Va todo en la misma frase. Tampoco sale de la frase la palabra “realidad”. El lenguaje no tiene palabra para nombrar lo que haya fuera de él.

4.- El mundo mismo es una abstracción: es una especie de lámina donde se han pegado los recortables exigidos por la estructura de nuestros universales lingüísticos. Podríamos decir que el “mundo” (lo que parece que hay ante el observador humano), es lo que le pasa a lo inefable cuando es observado a través del filtro de las palabras. Si se pudiera mirar sin palabras, accederíamos al infinito. No veríamos “nada”, en el sentido de que no veríamos la concreción de ningún universal, ni presente ni futuro. Nos veríamos a nosotros mismos tal y como somos “en realidad”: sin forma, libres, omnipotentes, no legaliformes. Nadas mágicas.

5.- Toda cosa concreta es ya un universal: una serie de impactos sensibles, desplegados en un vector de tiempo, son luego agrupados en una unidad. Pensemos en una persona concreta (Juan, María): suponemos que es una cosa concreta, siempre, eso que se nos presenta, eso que vemos, pero en realidad experimentamos una pluralidad de impactos espacio/temporales que luego agrupamos en una unidad. ¿Cómo sabemos que es la misma cosa esa Sofía de la playa, hace diez años, que la que ahora nos habla en un bar? Y es más, ¿cómo sostener la concreción (la multi-individualidad que sostienen los nominalistas) si tenemos presente que Sofía es una manada de células individuales? ¿Y cómo podemos recortar a Sofía en el magma meta-material que se vislumbra en el interior de los átomos?

6.- Cabe preguntarse de dónde salen los universalia (esas formas de finitizar el infinito). Una respuesta podría ser que surgen de nuestra adaptación al medio. El universal víbora me permite predecir el comportamiento de ese reptil y no cometer el error de acariciarlo, con ternura, cuando me lo encuentro bajo los cielos de Segovia. Podría decirse que una buena interiorización de la estructura de los universales me permite sobrevivir. Sí. Pero sería un grave error equiparar lo que hay con el dibujo de mundo que surge de mis necesidades de superviviencia biológica (de supervivencia en esta forma, en esta finitud). Recordemos el aforismo de Nietzsche (el 121 de la Ciencia alegre).

7.- Más aún: yo mismo, mi yo, digamos objetivo, ante mi conciencia (esa caja que no veo pero que recoge todos los mundos), es un universal: he agrupado en una unidad millones de impactos y he creído que eso soy yo: las imágenes y sensaciones del cuerpo, los recuerdos, los pensamientos. Aquí cabría remitirse a Hume y al budismo. Y nos abismaríamos en esta idea del Maestro Eckhart: “yo he querido que exista Dios y yo mismo”.

8.- Ya nos adentramos en la hoguera lógica de la Mística. Ya atisbamos lo que pasa si nos atrevemos a desactivar los universales. Ese es el objetivo de los koanes en el Zen.

9.- Un artista, si es verdaderamente creador, sería capaz de incorporar nuevos universalia a otras mentes que estén en red con la suya. ¿Cuántos universales son todavía posibles? O, lo que es lo mismo: ¿cuántos mundos son todavía posibles?

10. Los universalia son, a su vez, un universal (un género). Como lo es el universal “cosa concreta” o “individuo”. Aquí entramos en paradojas matemáticas. A las bailarinas lógicas, como a los magos, no les gusta ser contempladas desde demasiado cerca.

Cabría decir, dentro de la prodigiosa cárcel de universales desde la que escribo, que hay algo descomunal, infinito, que fabrica, desde la omnipotencia y la libertad,  algo así como máquinas metafísicas para mirarse a sí mismo. Para mirarse/ o finitizarse/ o crearse. Es lo mismo. Las formas de aparente autofinitización de ese infinito serían eso que desde este mundo (desde este lenguaje) llamamos “universales”.

Y la mente humana sería esa prodigiosa máquina metafísica: el taller de los mundos (si es que es solo “humana” nuestra mente).

 

David López

 

 

Las bailarinas lógicas: “Progreso”.

 

 

“Progreso”. Otra bailarina lógica dispuesta a hacernos creer que hay algo real simbolizado por ella.

En la imagen que sobrevuela estas frases se ve a un centauro salido de la imaginación del pintor John La Farge. A una centaura en realidad. Es muy probable que algún día veamos a esos seres galopando y charlando y pensando por nuestros parques. Y que alguien bostece a su paso (eso que sea el ser humano tiene una capacidad infinita para rutinizar prodigios) [Véase “Ser humano”]. También imagino a alguien bostezando, devorado por lo prosaico, en una casa de cristal construida en un anillo de Saturno.

Progreso. Una asociación mental casi mecánica nos lleva a reflexionar sobre el progreso tecnológico o científico. ¿Hasta dónde puede llegar esa magia baconiana? ¿Qué nuevas esencias — en sentido aristotélico — vamos a ser capaces de crear con la materia que nos es dada? [Véase “Materia”].

Otro progreso: el de las sociedades humanas (países desarrollados/no desarrollados/en vías de desarrollo). ¿Cómo se mide eso? ¿Está más desarrollado un alto ejecutivo de Google que un cazador-recolector del paleolítico? ¿Por qué? ¿De qué se trata con todo eso del “desarrollarse”? ¿Hacia qué vamos?

Y otro: el progreso personal. ¿Hacia dónde debe progresar el ser humano para alcanzar su plenitud? ¿Cabe progreso personal en una sociedad sin progreso?

Se supone que creer en el progreso es creer en que puede aumentar —progresivamente — el número de personas felices en la humanidad. Y también, la profundidad y la calidad de esa felicidad. Pero ¿es buena tanta felicidad? ¿O es que hay algo mejor que la felicidad? Quizás sí: la libertad, la creatividad, la admiración, el estupor maravillado ante el baile de Maya.

Pero, en cualquier caso: ¿Qué es lo que progresa en el progresar humano (en previsión de que en algún momento ya no podamos seguir sosteniendo el universal “humano”)? ¿Cabe hablar de un progreso en Dios? Sí. Escoto Erígena, entre muchos otros pensadores, imaginó (sintió quizás) la posibilidad de que Dios recorriera una especie de odisea metafísica hasta llegar a su plenitud. Son las odiseas del Ser.

¿Hay opción para no progresar? 

Ofrezco a continuación algunos esbozos de mis ideas sobre eso que haya detras de la bailarina “Progreso”:

1.- La gran pregunta es si el ser humano puede o no intervenir en las cadenas causales que, según los materialistas, mueven todo. Si no hay libertad, lo más que cabe esperar es que esas cadenas deterministas nos ofrezcan momentos de felicidad creciente para un número creciente personas y de sociedades (el presupuesto básico del progreso humano).

2.- Tanto los feligreses del progresismo (todo lo pasado fue peor y lo nuevo, lo ‘moderno’, es bueno de por sí), como los que anhelan la restauración, o la conservación, de ideales pretéritos, se mueven hacia algo: hay una Idea [Véase] que imanta su acción y su corazón. Avanzan hacia algo. Y ese algo es un constructo poético [Véase Poesía]. Las disputas políticas son disputas poéticas. Ganará  — moverá más mentes y cuerpos — el político que ofrezca más posibilidades de soñar, de ilusionarse.

3.- Se progresa o no hacia algo: hacia la plena encarnación de una idea de hombre y de sociedad (de cosmos en realidad). Una idea previamente encarnada en nuestra mente por obra de algún poderoso Verbo (humano o no humano).  Cabría decir que todo se mueve arrastrado por amor hacia una Idea, con mayúscula. Progresar sería reconfigurar lo real para acercarlo a lo ideal (a un mito, a un constructo poético necesitado de materia, de realidad).

4.- El progreso presupone tiempo. Si, con Kant, y no solo con él, negamos la existencia del tiempo más allá de eso que sea la maquinaria cognitiva del ser humano, nos vemos obligados a hablar de algo así como un progreso (cambios sucesivos hacia plenitudes) en nuestra conciencia: en nuestras propias secreciones mentales. Así, la sociedad, el cosmos entero, progresarían dentro de nosotros. ¡Qué lugar prodigioso somos! Aunque no sepamos en realidad lo que somos…

5.- El progreso también presupone carencia previa; esto es: la descripción de un estado de pre-plenitud. De carencia anhelante. ¿Cuál es el cielo de la ciencia?  (por cierto: el cielo, como el infierno, es un lugar donde ya no hay esperanza). ¿Qué cielo espera alcanzar la mágica ciencia de Francis Bacon, esa magia de la que se dice que sí funciona de verdad? De pronto imagino algo así como una red de magos sin materia condicionada (natura naturata), creando, siendo lo que quieran ser en cualquier universo posible, e imposible. Felices, si quieren. O infelices. ¿Es esa una sociedad absolutamente tecnológica y libre? ¿No será eso lo que está ya pasando detrás del velo de lo fenoménico?

6.- ¿Y si ya se hubiera progresado del todo? ¿Y si la iluminación consistiera en sentir/saber que ya se tiene la plenitud absoluta? ¿Hay algo más que pueda ofrecer el progreso científico y político de lo que ya se siente en un estado de meditación profunda? Quizás sí: el Arte; y amar a ‘lo  otro’ (aunque sea un hechizo de Maya). Me refiero a los niños, a la Naturaleza… a los cuerpos y los corazones de otros seres humanos, y también de otros seres no humanos: amar la vida en definitiva: amar a Maya. Al precio que sea, como diría Nietzsche.

7.- Recuperándonos del abismo meta-filosófico de la Mística, ya con los pies en la sólida tierra de Maya, cabría preguntarse por el tipo de sociedad, por la idea de belleza social, a la que debemos tender (y que debemos plantar en el precioso huerto del alma de nuestros hijos). Aristóteles pensó que el ser humano se actualiza en cuento tal  —alcanza su plenitud esencial — cuando filosofa.

8.- Quizás cabría medir el progreso de una sociedad por el brillo de los ojos de sus miembros. Yo he visto un brillo muy especial (sublime realmente) en los ojos de las personas que practican la Filosofía; la Filosofía radical: esa que se atreve a mirar y a pensar ,y a amar incluso, la inmensidad que somos y que nos envuelve. También veo eso brillo en los niños. No en todos, desgraciadamente. Bochornosamente. No hay progreso posible que no considere prioritaria la risa y la ilusión de los niños.

Sentido del humor y sentido del amor.

Creo que hay que apostar por una sociedad de filósofos; de filósofos capaces de amar (y de reír y de soñar y hacer soñar); que sería como decir que  hay que apostar por una sociedad de seres humanos plenos. Aunque quizás esa plenitud lleve implícita la posibilidad de autoconfigurar su cuerpo (su parte visible, pantallable) y convertirse en un centauro: un centauro-filósofo capaz de galopar, con los ojos encendidos de Metafísica, por un prado infinito.

Si ese futuro centauro es capaz de filosofar, de amar y de soñar (y de hacer soñar)…  llevara entonces a un ser humano dentro: será un ser humano. Si no, ya sí habrá ocurrido el fin del hombre.

David López