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Tribuna política: “Europa”

Europa. Más Europa. Es el único camino. Precioso camino por cierto, aunque ahora no lo parezca. Así lo dicen, creo yo, los mitos de la Grecia Antigua.

Vivimos momentos históricos, fascinantes, hipercreativos, peligrosos también. Estamos contemplando, hoy mismo, el nacimiento de algo grande, excepcionalmente fecundo e ilusionador. Hay que poner todas nuestras factorías de sueños al servicio de esa ilusión: al servicio de Europa: un futuro gran país.

Hace algunos días me estremecí leyendo los mitos de los que brotó eso de “Europa”. Y, lo confieso: me sacudió la brisa del misterio, de lo imposible, de ese océano mágico cuyo olor imprega todo lo que pasa, ahí, en “el mundo objetivo”. O “dentro de nuestra conciencia”. Es igual. El caso es que me estremecí hasta el punto de no poder moverme, de no poder hablar, durante horas.

Y sigo hoy estremecido ante algo que no sé si llamar “lo sublime kantiano”. O “lo transcente de Jaspers” [Véase]. Es algo sobrecogedor, por su fuerza, por su misterio.

Vivimos en mitos, somos vivificados por los mitos, aunque no sabemos exactamente cuál es la profundidad ontológica (y hasta teológica) de esos seres de palabras. Yo me estremecí con los mitos griegos porque tuve la sensación, la convicción, de que esos seres ya profetizaron que Europa va a ser raptada. No hay otra salida. Pero se trata de un rapto por amor, por amor/deseo: un rapto que convertirá a Europa en la reina de un gran territorio, no solo geográfico.

La crisis económica -que ya ha producido suicidios, sobre todo anímicos e ideólogicos- va a ser, está siendo, un segundo gran “sufrimiento creativo” [Véase] para Europa, del que se derivarán mundos -cielos- que ahora apenas podemos vislumbrar. El primer “sufrimiento creativo” tuvo lugar con las guerras mundiales (esos estúpidos ritos de sangre).

En cualquier caso los cielos que se avecinan tendrán una gran belleza. Y serán un duro golpe para el pesimismo. El pesimismo no es sino miedo, como bien supo ver Kierkegaard al leer a Schopenhauer: miedo a la decepción, a que nuestro esfuerzo configurador de la realidad no tenga frutos (a que no seamos realmente poderosos). Pero yo creo -con Ernst Bloch [Véase]- que lo esencial de la condición humana es la esperanza, la apertura a un futuro mejor, soñado, trabajado. También creo, con Paracelso, que el trabajo es pura magia. Y trabajar no es solo realizar actitividades económicas remuneradas… Trabajar es, sobre todo, trabajarse, sublimarse, dignificarse, exigirse más a uno mismo que a los demás, des-esclavizarse (sobre todo des-esclavizarse de los discursos esclavistas, que son los más cómodos, y los más indignos para la condición humana).

¿Es serio afirmar que los mitos griegos ya narraron lo que está ocurriendo y lo que podría ocurrir en Europa?

En mis textos filosóficos intento mostrar que todo modelo de realidad está siempre amenazado, y sublimado, por el misterio infinito. No cabe descartar nada, dirían, por ejemplo, C.G. Jung o Feyerabend [Véase]. Por eso me voy a permitir considerar la hipótesis de que la propia narración del mito griego de Europa sirve para entender el presente y para canalizar con lucidez el futuro. Un futuro grandioso. ¿Por qué no?

Como sugiero con ocasión de las palabras “hermenéutica” [Véase] y “Cabalah” [Véase], podría ocurrir que todo texto fuera algo así como una membrana celular por la que podrían estar entrando informaciones desde un “exterior” que, “aquí”, apenas podemos imaginar. También podría ocurrir que lo que nos envuelve, eso que vemos como “realidad” (el tejido de sueños del que habló Shakespeare), fuera en su totalidad membrana: una red de infinitos uesebés por los que estaríamos recibiendo algo así como “nutrientes” (mensajes).

También creo que nos podemos permitir una lectura de los cielos, trascendiendo tanto el esquematismo de la astronomía como el de la astrología: pudiera ser que estemos en algo absolutamente otro de lo que describen esos esquemas de mirada. Cabe realizar una interpretación “política” de una de las lunas de Júpiter: la que se llama Europa, y que parece estár llena de agua (de vida).

Según buena parte de los mitos griegos que yo he leído, Europa era una bella y joven princesa que estaba jugando con sus amigas en la playa. Zeus se enamoró de ella (se sintió atraído por ella, quiso fecundarla) y, para no asustarla, se conviritó en un manso toro blanco. Que yo sepa nunca Zeus, en la Grecia antigua, adopta la forma de toro, salvo para raptar a Europa.

La joven princesa colocó una girnalda de flores en torno al cuello del toro y, así, decidió montarlo. Zeus entonces se lanzó al mar y llevó a Europa hasta la isla de Creta, donde tuvo lugar un fecundo acto amoroso bajo una platanera.

Europa en ese trayecto por el mar parece tranquila, confiada, enigmática (véase el precioso cuadro de Serov que vuela sobre este texto). Se habla de “el rapto de Europa”, incluso de “la violación de Europa”, pero lo cierto es que Zeus se mueve por amor (amor-deseo) y Europa se muestra en todo momento confiada, y hasta ilusionada. No consta que, en ningún momento, Europa quisiera bajarse del toro, renunciar a ese viaje por el mar: un viaje que hay que suponer difícil, trabajoso (el toro es un animal que tiene fuerza, capacidad de trabajo). También sorprende el hecho de que Zeus haga un viaje tan largo, haga tantos esfuerzos, para fecundar a Europa.

Europa, según los mitos más aceptados, era la hija de Agenor y Telefasa. Agenor fue un rey que puso fin a los ritos cruentos. La actual Europa nació del horror ante la Segunda Guerra Mundial: un rito cruento que, incluso hoy en día, tiene devotos. Los padres de la actual Europa se comportaron como Agenor.

La madre de Europa se llamaba Telefasa. Ella intentó recuperar a su hija, salvarla de ese toro blanco que en realidad era un dios casi todopoderoso. Pero murió de agotamiento en Tracia (afortunadamente para el futuro de la bella Europa). Parece que la madre de Europa veía al toro blanco/Zeus como un enemigo. Tracia está en el norte de la actual Grecia. El maternalismo (exceso de mimo y de condescendencia) podría estar hoy agotándose en Grecia. Probablemente toca, para salvar Europa, que su madre se agote. Fin de los mimos discapacitantes. Europa necesita salir de los brazos de su madre para ser una mujer fértil. Un reina de verdad.

Zeus es el dios más poderoso de la mitología griega. Entre sus epítetos está “agoreo”: el que supervisa los negocios en el ágora y aplica sanciones a los comerciantes que no cumplen las normas (algo así como un super-auditor y, a la vez, un juez supremo en materia económica).

El comercio, los mercados… La gelatina mental colectiva en la que vivimos lleva discursos que demonizan los mercados, el comercio, etc. Sin embargo el mercado es un lugar donde se sublima la sociedad (y por tanto el individuo humano): es intercambio, posibilidad de despliegue de la ética, de la justicia, del enriquecimiento mutuo. En los mercados se intercambia de todo: comida, objetos, ideas, dioses, modelos de totalidad. El mercado es un diálogo que, si es fértil, si es respetuoso y abierto, sublima la condición humana.

Un diccionario muy recomendable sobre mitología griega y romana es el de Christine  Harrauer y Herbert Hunger. La edición española (Herder, 2008) cuenta con un prólogo de Javier Fernández Nieto en el que leemos una vitalizante cita de Ortega. Reproduzco su primera frase:

“La vida es, esencialmente, un diálogo con el entorno; lo es en sus funciones fisiológicas más sencillas, como en sus funciones psíquicas más sublimes”.

Hace dos días comenté con mi hija de dieciocho años parte de las ideas que quiero exponer en este texto. Ella me hizo llegar, con mucha lucidez, su euro-escepticismo. No cree en “los políticos”. Ve demasiada corrupción generalizada, a la vez que un exceso de ingenuo optimismo en su padre (que soy yo). Y tenía razón. Yo le dije -desde un optimismo a vida o muerte de padre que quiere lo mejor para sus hijos- que otro de los epítetos de Zeus es Horkios (el que vela por los juramentos). La corrupción política es, simplemente, un incumplimiento de juramentos. Europa requiere, efectivamente, un dios que vigile los juramentos de los políticos. Europa reinará y será fértil si Zeus ejerce como Horkios. Sin olvidar el amor, el deseo de fertilizar… Mi hija me sonrió algo más confiada. Me imagino a la princesa Europa esbozando la sonrisa de mi hija justo cuando accedió a montarse en el toro blanco.

Creo que Zeus se va a encarnar en un organismo internacional (un superministerio de economía, amoroso pero también antipático, muy concentrado en el control, la supervisión, etc.). Para ello deberá presentarse de forma amable (el toro blanco… envuelto en flores). El toro blanco podría representar el norte europeo (empuje, trabajo, exigencia, inflexibilidad, intransigencia con el error, con lo asistemático, con la falta de previsión…). Las flores podrían representar el sur (frescura, espontaneidad, presente efímero, sensual, no previsor, despreocupado…). Europa será rescatada si se auna el empuje -el trabajo- del norte, con la frescura, el color, la vitalidad del sur. Al norte (Alemania sobre todo) le falta con-descendencia. Al sur (España sobre todo) le falta con-ascendencia.

Puede incluso que la amabilidad, la “mansedumbre”, de ese mítico toro blanco la esté aportando en buena medida Angela Merkel. La actual canciller alemana representa algo así como la santidad en los paradigmas sociopolíticos actuales: es mujer (no sospechosa por tanto de superavits de testosterona) y fue ministra en carteras tan amables -tan achuchables- como la de “mujeres y juventud”, o la de “medioambiente, protección de la naturaleza y seguridad atómica”. No deja de ser curioso, además, que exista una orquídea que lleva su nombre: la Dentrobium Angela Merkel. Una flor más alrededor del cuello del toro blanco que raptará Europa. De otra forma no podría Zeus (Agorero y Horkios) llevarse a la princesa, sacarla de sus dulces, y ruinosos, juegos playeros.

Europa, tras el rapto, es fecundada por Zeus en Creta, y allí se hace reina. Tiene un hijo cuyo nombre puede inquietarnos: el Minotauro (que se alimenta con jóvenes vivos). Pero Zeus se retira finalmente, no sin antes dejar en el cielo una imagen eterna de ese toro que le sirvió para “raptar” a Europa. Esa imagen es la constelación Tauro. Europa por tanto deberá vivir ya siempre bajo un cielo en el que brille Agoreo y Horkios: un gran dios supervisor de las prácticas de los comerciantes y de aquellos que hacen juramentos (los políticos).

La retirada de Zeus podría simbolizar su papel de transición: era necesario que Agoreo y Horkios sacaran a Europa de su letárgica y bucólica playa, de sus juegos de recogida de flores, de los debilitadores mimos de su madre, y que la llevara a una tierra donde poder reinar, donde poder madurar, donde poder  ser fecundada de verdad.

Pero el mito sigue su curso -como sigue el curso giratorio del Yin-Yang [Véase]. De la luz de esa Europa-reina saldrá sombra: el Minotauro: un hijo de Europa que fue condenado por tramposo y que se alimentaba de personas en su cautiverio.

Podría ser que alguien quisiera a Europa para sí (que no la amara a ella en realidad) y que, en virtud de un verbo especialmente hechizante (populista, para hombres-masa), la convierta en un lugar de muerte mental, de denigración de la inmensidad humana. Habrá que estar atentos. El mejor supervisor es la Filosofía: es una ciencia experta en narrativas, en hechizos. Nietzsche (y Horkheimer, y también Foucault) nos empujaron a analizar las narrativas, las ideas, como si fueran el más importante manatial de agua del que beben las sociedades.

Veo al futuro Minotauro como un tramposo populista: un flautista de Hamelin capaz de empatizar con la tendencia populista a simplificar la realidad (a simplificar sobre todo la teoría del poder y del mal). Y le veo como alguien capaz de aumentar la intensidad de ese bogomilismo que apelmaza hoy en día millones de inteligencias. Los bogomilos fueron una secta de final de la edad media que creía -que sentía- que el poder en el mundo estaba en manos del Diablo. El futuro Minotauro europeo no devorará cuerpos humanos, sino algo mucho má suculento: sus mentes.

Eso es, simplemente, lo que yo leo en los mitos griegos, y lo que yo creo que están profetizando. Pero siempre cabe reorientar la Historia. Está en nuestras manos. Y somos magos. Creo que tenemos en nuestras manos los hilos de la “evolución creadora” [Véase “Bergson”].

Europa tiene unos atributos que pueden ser útiles para el resto del mundo: elegancia, sabiduría, serenidad: luz serena, antigua, melancólica, que alcanza su plenitud poética al atardecer. Europa es esa luz del atardecer.

Escuchemos otra vez a Ortega:

“La vida es, esencialmente, un diálogo con el entorno; lo es en sus funciones fisiológicas más sencillas, como en sus funciones psíquicas más sublimes”.

Europa tendrá vida si es raptada por el toro blanco del norte, si ese toro es embellecido -amansado- por las flores del sur y si en la nueva tierra, en el nuevo país, se dialoga, se escucha y se ama. Recordemos al viejo Russell [Véase] afirmando, con contundencia, que el odio es estupidez y el amor sabiduría. Nada peor, nada más estúpido, para Europa, para la entera Humanidad, y para cualquier individuo humano, que los discursos que incitan al odio.

Para salvar Europa -y a la entera Humanidad- habrá que poner fin al bogomilismo; esto es: los discursos de simplificación y demonización del poder que suelen agradar, y calmar, la vulgaridad del hombre-masa. Ortega, una vez más, nos ofrece un concepto que puede ser de gran utilidad para no dejar de soñar un futuro grandioso para la condición humana -individual y socializada-. El hombre-masa sería aquel que manifiesta una “radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia… El hombre masa es el niño mimado de la Historia”.

Por eso creo que Telefasa, la madre de Europa, tenía que agotarse en Tracia (no recuperar a su mimada hija). Tenía que prosperar el antipático Zeus (Agoreo y Horkios), disfrazado de toro (blanco). Europa se hará reina de un precioso territorio si sus habitantes (y sus corazones) se exigen más a sí mismos que a los otros; y si se superan los paralizantes mimos que caracterizan al hombre-masa (consumidor de las tóxicas narrativas bogomílicas).

Más Europa será más espacio para la grandeza humana. Estoy seguro de ello.

Ahora toca soñar (sin miedo), amar (sin mimos) y trabajar (trabajarse).

Todo esto creo yo haber oído en los mitos griegos sobre Europa. Y me he permitido a mí mismo aceptar la hipótesis de que esos mitos sean algo más que palabras.

La realidad pura y dura es la pura magia. Y es además una magia sacra.

David López

Sotosalbos, a 9 de julio de 2012.

Filósofos míticos del mítico siglo XX: Sartre

 

 

 

Sartre. Gafas. Pelo liso e inmóvil. Ojos asimétricos. Y algún objeto (pipa, cigarro, megáfono) casi siempre cerca de unos labios muy carnales que modularon mucho Verbo.

Por el momento ofrezco solo un borrador de mis ideas. 

En cualquier caso ofreceré siempre  titubeantes notas sobre lo que vaya viendo en su pensamiento. Creo que cualquier filósofo, y su secreción lingüística, son, ambos, un misterio que se crece con nuestra mirada (con nuestra lectura): un misterio que se crece en el sentido de sublimarse, de sacralizarse.

El misterio es infinito; y ubicuo: lo incinera y lo vivifica todo con su llama de amor viva.

Sartre…

Sartre es un impacto más en la cascada de impactos que recibe nuestra conciencia (fue un fenómeno entre fenómenos). Y es, sobre todo, un mito (un ser de palabras y de imágenes que vibra en el mítico siglo XX). Creo que Sartre, ese ser humano, fue también para el propio Sartre (más bien para lo que hubiera en el fondo de “Sartre”) algo que se le presentaba en la conciencia: apariencia, secuencia, cosa, cosa cualificada si se quiere… o, quizás, mejor, nada en realidad. Una nada condenada a la libertad. La nada -yo creo que sacra- que somos todos.

¿Es que alguien puede nombrar, poner sustantivo, a lo que siente en cuanto radical subjetividad?

Sartre, desde la propia física y metafísica sartrianas, murió. Ahora ya no tiene un lugar en el ser, en lo objetivo, en el mundo, por así decirlo. Pero si Sartre fue un ser humano, fue también una nada (así nos lo dice la metafísica sartriana).

¿Cómo puede morir una nada? ¿Cómo puede ocurrir que desaparezca aquello donde ocurren los fenómenos (el ser-para sí)? ¿Cómo puede morir la subjetividad (ese acorde abisal)? En la cuarta parte de su gran obra El ser y la nada, Sartre reflexiona con brillantez sobre ese acorde final de la vida humana. Merece la pena leerlo.

Sartre ve a los seres humanos como quasi dioses solitarios (o, mejor, como dioses fallidos), angustiados, arrojados a un mundo que produce náusea por su carencia de sentido, por la evidencia de estar de más todas las cosas que lo componen: quasi dioses finitos, condenados a la libertad y, paradójicamente, al fracaso (porque finalmente no podrán ser completamente Dios): seres libres capaces de autoconfigurarse, de elegir sus propios valores, de llevar el mundo entero en sus hombros, pero siempre condenados a sufrir las consecuencias de sus actos de libertad, los cuales, una vez materializados, se convertirían en una limitación de esa libertad (de una libertad que, por otro lado, será una condena; algo no elegido).

Una famosa frase de Sartre afirma que en el ser humano la existencia precede a la esencia. Es algo así como el lema del existencialismo. Primero existimos, estamos ahí, y luego decidimos quiénes somos y en qué nos comprometemos (mediante la acción… la acción). Desde Sartre hay que soportar la idea de que todo lo que vivimos lo hemos elegido: que no cabe decir “no puedo”, sino “he elegido no hacerlo”. Tendríamos por tanto un poder inmenso, sí, pero también frustrante, porque, según Sartre, los frutos de nuestra libertad frustran nuestra libertad. El ser humano puede y debe elegir su proyecto de vida, pero finalmente todo proyecto es absurdo. Vale lo mismo el proyecto del que dirige naciones que el que opta por el quietismo del borracho solitario.

Me pregunto cómo debería ser un proyecto de vida para que, según Sartre, no fuera absurdo. Y, más aún, ¿qué hemos de entender por “absurdo”? ¿Cómo debería ser la existencia humana -y el propio mundo- para que no fueran “absurdos”? ¿Qué esperaba él de la vida humana?

También Schopenhauer, apoyado parcialmente en Kant, y en el platónico Er, consideró que nuestro ser en el mundo había sido elegido en un lugar que ya no es mundo (este mundo, por así decirlo), pero donde sí somos libres… más o menos.

Sartre, que fue un “activista”, afirmó que no es necesario tener esperanza para actuar. ¿Actuar para qué, Sartre? ¿Para crear una sociedad donde los seres humanos puedan desarrollar su esencial libertad? Pero ¿no son ya libres todos ellos? ¿No será que, por ejemplo eso de “la explotación”, esté decidida por “el explotado”? ¿Quién le obliga al explotado a ser un explotado? ¿La supervivencia, una pistola, el amor a los hijos u otros amores igual de radicales, la todopoderosa educación recibida, la inercia civilizacional, la manipulación de los poderosos?

Algo sobre su vida

Nace en 1905. Muere en 1980. ¿Murió de verdad? ¿No era una nada?

Nace en París, con el inefable siglo XX casi recién estrenado. Su padre muere poco después. Como el padre de Nietzsche. No sé si a Sartre le amó tanto su padre como a Nietzsche el suyo. Tengo la sensación de que el “sí” nietzscheano a lo que hay (a la vida en el mundo) podría estar influenciado por ese amor de base que le insufló su padre, quizás simplemente a través de la piel, mientras caminaban juntos, de la mano. Nietzsche jamás olvidó esos momentos. No sé si Sartre tuvo acceso a esos paraísos: quizás no: su padre murió cuando él tenía un año y medio. Nietzsche creo que tenía cinco.

Sartre estudia Filosofía en la École Normal Supèrieur de Paris. Allí conoció a Simone de Beauvoir. Fueron una pareja abierta de por vida: una pareja abierta a “amores contingentes”.

1931-1933 enseña Filosofía en el liceo de Le Havre.

Fue a Berlín y estudió las filosofías de Husserl [Véase aquí] y de Heidegger [Véase aquí]. Allí escribe La trascendencia del ego (una obra en la que Sartre quiere sacar el mundo y el yo humano al exterior de la conciencia que los percibe): darles objetividad pura y dura, liberarlos de la boa idealista.

Con la publicación de su novela La Náusea atrae la atención de su tribu (París básicamente). Es una obra especial. Yo recomiendo su lectura. Se muestra el espectáculo que el ser de uno mismo -y del mundo entero- es para la propia conciencia (para en ser para-sí): un espectáculo absurdo, contingente (que podría no estar, que no tiene razón de ser): un espectáculo que, en definitiva, produce náusea.

Participa como soldado (meteorólogo) en la segunda barbarie mundial y es hecho prisionero en el París tomado por los alemanes. Antes de terminar esa guerra escribe su obra filosófica fundamental: El ser y la nada: un texto profundo que brotó de unos apuntes que realizó Sartre a partir de la obra fundamental de Heidegger: Ser y tiempo. Yo disfruto leyendo esta obra. Es metafísica pura y dura. Un placer difícil diría quizás Harold Bloom. Una delicia para el pensamiento y para la mirada. Hay frases de gran filósofo, y de gran poeta (es lo mismo diría Machado), aunque quizás se note en exceso la influencia poética de Heidegger.

En 1945 pronuncia una famosa conferencia en París que es taquigrafiada y convertida en un estimulante libro de Filosofía: El existencialismo es un humanismo. Es un texto de gran interés. Tiene fuerza. Y tiene también mucho de sermón fanático, exaltado; de maniqueísmo, de enfadismo y, sobre todo, de teología. No hay filósofo que no sea, a la vez, un teólogo. Porque Dios, finalmente, es lo que hay (si bien “Dios” es siempre una palabra fallida, pero esforzada).

1956. Sartre, que se había acercado al partido comunista francés, condena públicamente la invasión de Hungría por parte de la URSS. Pero Sartre siempre mantuvo una desconcertante pasión por los totalitarismos de izquierda (matrices sociales, muy militarizadas, donde la libertad humana es negada en el presente para sublimarla en un futuro que nunca llega). No obstante, en obras como la Crítica de la razón dialéctica, Sartre es muy crítico con el dogmatismo marxista, pues, en su opinión, se habría auto-constituido en un saber absoluto para el que los hechos no serían ya una amenaza.

1964. Impacta su rechazo del premio Nobel de Literatura. Sartre, en mi opinión, convirtió su vida en una especie de video-juego ideológico, aunque bien es cierto que las reglas de ese juego no las sacó solamente de su creatividad personal, sino, entre otros, de ese gran chamán-jugador que fue Marx. No creo que a Sartre le movilizara la compasión humana, o no siempre, sino la palabra (Vak), y, sobre todo, el juego, la lucha, el videojuego existencial que tiene lugar en la nada de la conciencia. Sartre fue inteligencia casi pura (distancia anti-pática), sin casi corazón (por así decirlo). Es la sensación que tengo. Pero puede que me equivoque. Ya iré dando cuenta de mis cambios de opinión en estas páginas de internet.

1968. Pone “su” Verbo -subyugante- al servicio del mayo francés. Lucha por la creación de un hábitat político basado en el marxismo pero liberado de centralismo y de dogmatismo. Me viene a la cabeza el anarco-sindicalismo por el que lucha actualmente Noam Chomsky. Es un tema del que me quiero ocupar en el futuro con mucho detenimiento.

Muere en 1980. Miles de personas acuden al funeral. No sé si son 20.000 ó 50.000. Sartre se eterniza, se diviniza, en esa cosa extraña que llamamos “cultura”: esa pócima de frases y de imágenes que nos tiene a todos sumidos en el sueño. En un sueño prodigioso.

Algo sobre sus ideas

– Equivalencia entre el ser y el aparecer. Sartre limita expresamente la realidad al fenómeno (lo que se nos presenta ahí, como espectáculo en la conciencia). Y lo que se nos presenta, lo que aparece ante nuestra conciencia, es, según Sartre, el ser mismo: el ser-en-sí: el mundo objetivo y real. Sí, de acuerdo, ¿pero que es lo que “aparece”? ¿Alguien lo puede nombrar? Yo desde luego no puedo. Contra Kant, y otros, Sartre afirma la inexistencia de algo que estuviera más allá de lo que se presenta (?) y que fuera por tanto el verdadero ser del fenómeno (de las sombras de la caverna platónica, podríamos decir). No habría ningún ser (verdadero) opuesto al (engañoso o imperfecto) aparecer (aparecer ante la conciencia humana). Y Sartre se ocupará del ser de ese aparecer en su obra filosófica capital (El ser y la nada): “Este problema nos ocupará aquí y será el punto de partida de nuestras investigaciones sobre el ser y la nada”. Ese ser que se nos muestra, se develará, según Sartre, mediante el hastío, la náusea, etc. Estamos ante una férrea ontologización -esquematización- del impacto de eso que llamamos “mundo”: Sartre hace equivalente el mundo a su mundo. Sartre hipostasía sus estados, digamos “anímicos”: los convierte en esencia del ser-en-sí (del mundo objetivo, de eso que algunos llaman “realidad pura y dura”).

– “Ser-en-sí” y “ser-para-sí”. Estas ideas las desarrolló Sartre en El ser y la nada. Habría dos “regiones de ser”, dos “tipos de ser” (en “el Ser como totalidad”): 1.- El ser-en-sí (la totalidad de las cosas, entidad sin fisuras, es lo que es, el ser, absurdo, gratuito, imprevisible). 2.- El ser-para-sí: surge como consecuencia del distanciamiento de la conciencia humana respecto del ser-en-sí. La conciencia, no obstante, aunque ser-para-sí, está arrojada al ser-en-sí. Está en el mundo, entre las cosas del mundo (pero como agujeros en el ser-en-sí). La conciencia por tanto -el ser humano, el ser-para-sí-, según leo yo a Sartre, es una nada, pues no es nada de lo que se presenta en ella (una nada relativa debemos decir). Aquí está influyendo la concepción husserliana de conciencia intencional (recibida a su vez de Brentano): la conciencia se refiere siempre a algo distinto de sí misma. Sí. Pero la Filosofía es incapaz de no querer mirar esa caja donde entran las cosas (o donde se representa el gran teatro del mundo). Al final de la introducción de El ser y la nada leemos: “Una multitud de preguntas queda todavía sin respuesta: ¿Cuál es el sentido profundo de estos dos tipos de ser? ¿Por qué razones pertenecen uno y otro al ser en general? ¿Cuál es el sentido del ser, en cuanto comprende en sí esas dos regiones de ser radicalmente escindidas? Si el idealismo y el realismo fracasan ambos cuando intentan explicar las relaciones que unen de hecho esas regiones incomunicables de derecho, ¿qué otra solución puede darse a este problema? ¿Y cómo puede el ser del mundo ser transfenoménico? Para intentar responder a tales preguntas hemos escrito esta obra”. [Traducción de Juan Valmar].

– El “ego”. Pertenece a la región de ser-en-sí. Está ahí: en lo objetivo. No es “agujero”. El ego no ha creado el mundo y ha sido creado por el mundo. Es cosa entre las cosas que se presentan ante la conciencia.

– El “ser-para-otro”. Los otros. Los otros seres humanos. Existen. Están en el ser-en-sí. “El otro”, según Sartre, es el que me ve, el que me oprime con su mirada y provoca en mí vergüenza, timidez. “El infierno son los demás”, afirma un personaje de una obra de Sartre. Y es que los demás me convierten en objeto, cuando yo me siento siempre como sujeto: me esquematizan, me juzgan, me petrifican. Todos esos “seres humanos” son, según la metafísica sartriana, seres-para-sí: nadas libres o liberadas, agujeros en el ser-en-sí por los que entra lo objetivo en lo subjetivo. Sartre insiste en que las conciencias están en el mundo, pero que son radicalmente distintas del mundo (agujeros en el ser del mundo).

– La mala fe. Es el título del segundo capítulo de la primera parte de El ser y la nada. Según Sartre es mala fe afirmar “no puedo”. En realidad se está escondiendo un “elijo no hacerlo”.

– La responsabilidad. El hombre, según Sartre, es responsable de su ser (ser que se evidencia en el actuar). El hombre lleva el mundo sobre sus hombros. Resuena el Übermensch de Nietzsche y también, como señalé al principio, la concepción schopenhaueriena de la libertad: somos en este mundo lo que hemos elegido ser desde otro mundo.

– La muerte. Por el momento puedo ir diciendo que Sartre está dentro de la narración materialista-existencialista-historicista. Cree que nos desplegamos en un vector temporal determinado, lineal, medible, aritmético por así decirlo. Yo no lo creo. Porque no creo que “vivamos”, sino que “hiper-vivimos” [Véase “Sueño”]. Sartre habla de la muerte del yo como dato incuestionable y despliega su metafísica (su fantasía racional) a partir de ahí. Pero me parece obvio que, siendo radicalmente empiristas, ante nuestra conciencia solo se presenta la muerte del “tú”, o del “él”: se muere (cambia) siempre lo otro, lo objetivo, lo “ahí”. Sartre considera que el ser humano es básicamente una nada. Y la nada no puede morir: solo mueren -cambian- los fenómenos que se presentan ante la conciencia “humana”, si es que ahí podemos seguir hablando de “lo humano”.

El existencialismo es un humanismo. Merece realmente la pena leer la obra que lleva ese título. Creo que Sartre está colocando a eso que sea el ser humano en el abismo de la aseidad de Dios. Dice que hay que ser ateos consecuentes, pero en realidad está eliminando toda deidad transcendente (exterior, objetiva) y la está llevando al abismo humano (un lugar donde ya no tiene sentido hablar propiamente de lo “humano”): una deidad con muchas limitaciones, pues esos hombres/quasi dioses (o dioses simplemente fallidos) en realidad están rodeados por un magma sólido y absurdo donde no cabe en realidad ninguna esperanza, ninguna posibilidad de sublimación de lo dado, por muchas buenas decisiones que se tomen en libertad.

– Libertad. Es un tema en el que Sartre me desconcierta. Por un lado considera que la libertad es la esencia del hombre y que no cabe afirmar “no puedo” para enmascarar un “he elegido no hacerlo”: el hombre es el demiurgo de su porvenir: no tiene esencia, sino que es lo que proyecta ser: el hombre está condenado a la libertad, condenado porque él no se ha creado, y está arrojado (muy heideggerianamente) al mundo, al ser-en-sí (un lugar absurdo que produce náusea). Por otro lado, en cambio, considera Sartre que hay que “comprometerse” para luchar por la libertad de los otros. Y no solo eso, sino que asumirá plenamente la tesis marxista que afirma que las formas de producción condicionan el desarrollo de la vida social… y coartan la libertad. Intentaré aclarar en otro momento esta aparente contradicción en la filosofía sartriana.

– La náusea, el absurdo. Antoine Roquentin, el célebre protagonista de la novela La Nausea, tiene la sensación de que tanto su persona como el mundo entero están “de más”: todo está ahí de forma absurda, sin razón de ser, pudiendo no ser sin que eso afecte a ninguna razón. Sartre parece condenar a su personaje al peor de los infiernos: el sinsentido, el absurdo. Pero, en mi opinión, Roquentin disfruta del paraíso lógico del lenguaje, de las frases: toboganes gramáticos por los que fluye su vida inventada. Me pregunto, una vez más, con ocasión del tema del absurdo y del sinsentido existencialistas, cómo debería haberse presentado el mundo, lo real, a Sartre, para que este filósofo hubiera afirmado que todo tiene sentido. ¿Qué es “sentido”? [Véase “Logos”]. En cualquier caso, según Sartre, el hombre es una pasión inútil: quiere ser Dios, pero fracasa siempre.

– En el ser humano la existencia está antes que la esencia. Yo creo que Sartre describe una existencia humana ya poetizada por su discurso materialista, historicista, hegeliano, marxista, etc. Un discurso “desencantado” podríamos decir apoyándonos en Max Weber. Esa existencia de los existencialistas (esa en concreto) está ya, por tanto, esencializada: sale de dentro, pero sale ya -insisto- poetizada (por el alma de la tribu alguien quiere pensar así, que es una, aunque convulsa). O por “Eso” que sea el lenguaje en sí [Véase “Lenguaje“]. Sartre debería haber disuelto el universal “hombre” en sus textos de filosofía: y ese proceso habría sublimado lo “humano” hasta llevarlo a las profundidades de la nada-mágica-sagrada.

¿Qué/quién saca esas “existencias”? [Véase “Existencia“].

En el hinduismo se habla de un ser primordial que está soñando conscientemente, creando dentro de sí mismo mundos en los que luego se mete él mismo. Es el autohechizo del que habló Novalis. También el Maestro Eckhart habló de algo así.

Hace seis años, más o menos, mientras subía unas escaleras en el metro de Madrid, sentí que había alguien/algo dentro de mí meditando: imaginando, con pasión, el mundo que a mí se me presentaba como real.

¿Qué era eso?

¿Donde estamos, qué está pasando aquí, pero de verdad?

Esa es, creo yo, la gran pregunta metafísica que nos mantiene subyugados.

David López

 

 

 

Curso sobre Mística y Filosofía francesas en la Dordogne (Francia).

 

Entre los días 21 y 24 de junio de 2012, en el bellísimo chateau que aparece en la fotografía, impartiré un curso sobre la filosofía y la mística francesas. Allí, en ese lugar paradisíaco, imaginaré un río de pensamiento y de sentimiento que, partiendo de Marguerite Porete (la beguina de los siglos XIII y XIV que tanto influyó en el Maestro Eckhart), pasaría por Montaigne, por Descartes, por Pascal, por  Madame Guyon, por Maine de Biran, por Bergson… hasta desembocar en otra gran mujer: Simone Weil (la mística-filósofa-marxista-católica que tanto admiró Camus).

Para imaginar ese río de almas y de palabras utilizaré un material que he tenido que elaborar con ocasión de mi tesis sobre la metafísica de Schopenhauer. Este filósofo, a pesar de que no nos consta que tuviera experiencias místicas, las consideró más lúcidas que cualquier razonamiento filosófico (y valoró en particular los escritos de Madame Guyón). Por otra parte, la schopenhaueriana metafísica de la voluntad se hace mucho más comprensible si se tienen en cuenta algunas ideas de Descartes y, sobre todo, de Maine de Biran.

El chateau donde tendrá lugar este curso es mucho más bello de lo que la fotografía es capaz de mostrar (recomiendo en cualquier caso hacer doble click en ella para contemplarla en su plenitud). Está en la Dordogne (la tierra de Montaigne). Fue construido en el siglo XIII, como también lo fue el propio cuerpo de Marguerite Porete. Así, este pequeño chateau de la Dordogne puede simbolizar también el nacimiento de ese río de Filosofía y de Mística que quiero imaginar junto con mis alumnos.

Este curso es posible gracias a la generosidad y al cariño de la actual dueña del chateau (Mariví Herrán de Verhagen). Ella me invitó en verano de 2010 a pasar allí unos días. Fui con  un gran mujer: Ana González-Madroño; y quedé deslumbrado por su belleza exterior e interior: la del chateau, la de la Dordogne y la de esa gran mujer.

El chateau está en lo alto de una colina rodeada de bosques. Y cuenta con una iglesia del siglo XII, completamente en ruinas, que hubiera fascinado al pintor Caspar David Friedrich.  En la noche de san Juan (el 23 de junio), con muchas velas encendidas, y espero que con las estrellas también encendidas, leeré textos de Pascal e intentaré que compartamos su sobrecogimiento ante las inmensidades del universo (y ante las manos de oro que envuelven al propio universo).

 

Programa


Jueves 21 de junio.

17.00.- Té de bienvenida. Presentación del curso.

18.00-19.30.- Marguerite Porete. El espejo de las simples almas aniquiladas. La influencia en el Maestro Eckhart.

 

Viernes 22 de junio.

10.00-11.30. Montaigne. “No he visto nunca tan gran monstruo o milagro como yo mismo”.

12.00-13.30. Descartes. Los sueños que iluminaron el pensamiento moderno. La materia como lugar sin alma.

 

Sábado 23 de junio.

-10.00-11.30. Madame Guyon. Les Torrens. La fascinación de Schopenhauer ante la gran mística francesa.

-12.00-13.30. Maine de Biran. Dios como ser que desea.

– (Hora indeterminada en la Noche de san Juan). Blaise Pascal. Asomarse al gélido universo desde la lógica del corazón.

 

Domingo 24 de junio.

-10.00-11.30: Henri Bergson. Intuir la infinita libertad del flujo vital.

-12.00-13.30: Simone Weil. El hiper-real abrazo de Jesucristo.

 

Dirección

Le Cheylard, Les Farges. (24.290) Francia.

Lo más rápido y barato es volar hasta Burdeos, que está a 90 minutos de coche.

 

Precio:

– 800 euros. Incluye el curso y la estancia en el castillo (tres noches con desayuno). He intentado bajarlo al máximo, consciente de los difíciles momentos que estamos viviendo en España.

– Estas condiciones son para las primeras diez personas que se inscriban.

– También cabe hospedarse en lugares cercanos al chateau. En ese caso habría que pagar sólo la matrícula del curso: 400 euros.

– Montignac está a 4.3 Km. del chateau y cuenta con preciosos hoteles.

 

Inscripciones:

– Por correo electrónico: contacto@davidlopez.info

– Por teléfono: 629.16.69.61.

 

Creo que en ese rincón de Francia vamos a vivir algo realmente excepcional. Lo creo de verdad.

Os espero.

 

David López

Madrid, 7 de marzo de 2012.

 

 

Filósofos míticos del mítico siglo XX: Ernst Bloch

 

 

Esperanza. Es el concepto nuclear del imponente sistema filosófico que construyó Ernst Bloch. Y, desde ese sistema, nos llega un susurro fundamental, un consejo decisivo. Oigámoslo: el desafío del ser humano es saber esperar.

El futuro. Ernst Bloch lo considera como la dimensión verdaderamente auténtica del hombre, que es un ser fabuloso que vuela, por así decirlo, hacia su verdadera casa: el futuro (lo que ahora no es).

Se supone que, cuando hablamos de esperanza, partimos de un estado de carencia, de no presencia de lo esperado. Creo que estamos ante uno de los grandes temas ante los que se enfrenta la condición humana. La esperanza implica fe en que en el futuro se encarnará, se materializará, lo que ensoñamos en el presente. Pero esa tensión entre mundos (el “real”, “objetivo”) y el soñado/esperado produce dolor, ansiedad. Hay tradiciones de sentimiento y de pensamiento que aconsejan no tener ilusiones: no tener esperanza; aunque en realidad anuncian un gran paraíso para aquellos que sean capaces de renunciar a sus deseos… sugieren desear el no desear para alcanzar mucho más de lo que puede llegar a ser deseado desde la condición humana. Aquí cabría ubicar buena parte de las tradiciones budistas y al propio Schopenhauer. Es el esquema de la renuncia. Nietzsche hablaría de simple cobardía: moral de esclavos.

Bloch marca un camino contrario al de la renuncia. Más heroico. Más nietzscheano. La esperanza sería la esencia de la condición humana (y no solo de la humana). Pero no sería una esencia negativa, sino algo que abriría nuevos horizontes: una salvación, digamos, expansiva y, a la vez, puramente terrenal. Social, en el sentido marxista.

Ernst Bloch fue marxista. Pero su marxismo fue considerado como excesivamente original y heterodoxo. Él, sin embargo, creyó que su pensamiento era el que más respetaba la esencia de esa fe. Porque el marxismo cree en que cabe una transformación radical del estado de las cosas. Y Bloch sería materialista en el sentido en el que he tratado el concepto de materia en mi diccionario filosófico [Véase aquí]. Materia entendida como Hyle, una palabra griega que se ha traducido en el sentido de “materia prima con la que hacer cualquier cosa”.

La esperanza, según nos la permite pensar un marxista-“materialista” como Ernst Bloch, sería una fe, una confianza sacra, en las posibilidades creativas de la materia, de todo lo que hay. Una fe en la dimensión, digamos alquímica, del mundo entero. Hay que esperar lo inesperado, nos dice Bloch.

Eso es también la fe. La esperanza sería una fe en el futuro, sí, pero también, según entiendo yo a Bloch, una fe en la materia: un lugar mágico donde constantemente se estarían engendrando futuros gloriosos para la condición humana. Sugiero la lectura de la palabra fe en mi diccionario filosófico [Véase aquí].

El 27/02/2012 viví dentro de un sueño -no lúcido- que me tiranizaba con un motor argumental aparentemente imparable. Yo no podía ni imaginar ahí dentro que me esperaba un despertar. Y al hacerlo en esta dimensión desde la que ahora escribo he sentido la magia de “la materia”. Es decir: he sentido que aquí sí puedo tener esperanza, porque puedo hacer cosas, puedo transformar situaciones, puedo marcar caminos, me puedo atrever incluso a dirigir mis pasos hacia un futuro soñado, muy difícil, pero “trabajable”. Aquí. En “la materia”: esa sustancia alquímica donde todo es posible.

Creo que la última frase que he escrito no sería rechazada por Ernst Bloch (un gran creyente, pienso yo, en la magia de la materia). Pero tengo la sensación de que no en todos los “mundos” (sueños) se nos ofrece la materia para ser modelada. En el sueño que tuve aquella noche desde luego no era así. La materia era opaca, frenética en su mecanicismo, incontrolable casi por completo. Solo he tenido un momento en el que he podido subir unas escaleras volando. Pero aun así, era un sueño sin materia, en el sentido griego de sustancia para hacer cosas.

Ernst Bloch. La esperanza. Dejémonos tomar por esta poderosa palabra y por este sorprendente pensador marxista.

Algo sobre su vida

Ludwigshafen 1885-Tubinga 1977. Familia judía burguesa de clase media.

Fascinado desde muy joven con el materialismo histórico de Hegel. Y afectado por el contraste entre su ciudad “proletaria” (Ludwigshafen) y la “burguesa” Mannheim.

Estudia en Munich.

Se doctora en Würzburg (dirigido por  Oswald Külpe). En su tesis desarrolla ideas de los pensadores utópicos.

Discípulo de Simmel en Berlin y cercano al círculo de Max Weber en Heidelberg (allí, en esa preciosa ciudad para filósofos-caminantes, se relaciona con Jaspers y Lukács).

Miembro del partido comunista.

La llegada del nazismo le obliga al éxodo. Pasa por Suiza, por Austria, por Praga y, tras vivir un tiempo en New Hampshire, llega hasta Massachussetts.

En la Widener Library de la universidad de Harvard escribe su obra fundamental: El principio esperanza.

Finalizada la segunda guerra mundial entra como profesor en Leipzig, ya constituida la República democrática alemana (1949).

Tiene que abandonar su cátedra por discrepancias teóricas con otros seguidores del credo marxista. Se le acusa de revisionista y  de hereje. Se le confisca además su trabajo filosófico fundamental: Das Prinzip Hoffnung [El principio esperanza].

Creo que hay una película ineludible sobre aquella Alemania: La vida de los otros, de Florian Henckel von Donnersmack. Una de sus imágenes vuela sobre el cielo del texto que dedico a la palabra libertad [Véase aquí]. La reproduzco de nuevo. Por puro placer:

1961. Se levanta el muro de Berlin. Ernst Bloch está en Baviera. Decide no volver a aquella Alemania amurallada con ladrillos y con frases.

Fue profesor en Tubinga y permaneció en esta ciudad hasta su muerte.

Tras su muerte tres mil estudiantes le rindieron homenaje con antorchas encendidas. ¿Cabe pensar la juventud sin ilusiones, sin un apasionado enamoramiento en un futuro glorioso y no imposible?

Por cierto, ¿alguien sabe qué es imposible?

Muerte…

¿Aceptaría Bloch un futuro inesperado para sí mismo tras el acabamiento de su cuerpo, digamos, “presente”?

No olvidemos que hay muchos seres humanos cuya esperanza se focaliza precisamente en lo contrario: que no haya más vida. Que no haya nunca más un yo en un mundo. Hay muchos seres humanos que ensueñan una nada tras la muerte, o una especie de serena nada pétreo-vegetal, compartida, en esos monasterios de verdadero silencio que son los cementerios.

Ernst Bloch se casó tres veces: en 1913 con la escultora Else von Stritzky, que murió en 1921; en 1922 con la pintora Linda Oppenheimer, de la que se separó al nacer su hija (1928); y en 1933 con la arquitecta polaca Carola Piotrowska, con la que permaneció hasta su muerte: 44 años juntos.

Dijo Oscar Wilde algo así como que un segundo matrimonio es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia. ¿Y un tercero qué es entonces?

Esperanza. Saber esperar la maravilla que está gestándose en el presente.

Algunas de sus ideas

– Esperanza. Es la idea y el ideal básico sobre los que Ernst Bloch edificó su gran sistema filosófico, comparable por su tamaño y su nivel de detalle a otros clásicos como los de Kant, Hegel o Schopenhauer. Bloch considera que nadie antes que él ha construido una filosofía de la esperanza. Y hace referencia a Heráclito, el cual habría afirmado algo así como que “quien no espera lo inesperado, no lo encontrará”. También vio Bloch una filosofía, no desarrollada, de la esperanza, en el Eros platónico y en la materia de Aristóteles, considerada como potencia, como capacidad de sacar de sí a los seres. La obra fundamental donde se edificó este sistema sobre la esperanza es la ya citada Das Prinzip Hoffnung [El principio esperanza]. Tiene cinco partes y cincuenta y cinco capítulos. La esperanza blochiana. Se trataría de un principio cósmico que empujaría hacia una realidad que todavía no es, pero que es esperada desde ese todavía no ser. La conciencia de ese futuro sería por tanto anticipatoria. Manifestaciones de esa conciencia anticipatoria serían detectables en el arte, en la religión, en nuestras ensoñanciones. La esperanza no obstante se apoyaría en una posibilidad real de transformación del estado actual de las cosas. El concepto de utopía será sublimado por Bloch, hasta el punto de que parecería que no cabe hablar de condición humana sin utopía. El ser humano tendría por tanto todavía mucho ante sí (yo creo que tiene mucho ante sí no solo en el futuro, sino también en el presente y en el pasado… es que el ser humano tiene mucho “delante”. Y dentro). La esperanza, en cualquier caso, será sentida y pensada por Bloch como una poderosísima palanca, capaz de levantar el mundo entero (el cual, desde el marxismo, es contemplado como algo negativo, opresor del ser humano, no capaz de ofrecer a este ser excepcional lo que él se merece). Pero no solo al ser humano lo movería la esperanza, sino a todos los demás seres: estaríamos ante el empuje del corazón mismo de las cosas. Sin duda nos acuden aquí otros conceptos como el Elan Vital de Bergson [Véase aquí] o la voluntad de Schopenhauer. Habría, según Bloch, un proceso de génesis que estaría latiendo en el corazón de todo lo existente. Y habría que aprender a vivir ahí (en esa pre-génesis): “Lo que importa es aprender a esperar”. Y sentir, quizás, una “corriente de calor” que, según Bloch, enarbola una esperanza indestructible de vida nueva.

– Apertura. La apertura consustancial del hombre hacia el futuro, aunque parte de la sensación de incompletitud, no es negativa según Bloch. Todo lo contrario: es emancipatoria, abre horizontes, evita restricciones, confinamientos (pensemos en el confinamiento del muro físico e ideológico de Berlin). Nuevos horizontes. Nuevos mundos que hay que saber esperar y que, según Bloch, serían consecuencia de una mutabilidad del mundo en el marco de sus leyes, las cuales, no obstante, podrán variar bajo condiciones nuevas, sin dejar de ser por ello leyes. Pensemos en los juegos del lenguaje de los que habló Wittgenstein [Véase aquí]: para los que los juegan funcionan como verdaderas leyes de la Física. Siempre mutables.

– El marxismo de Bloch. Muchos marxistas le acusaron de revisionista, de hereje, de no verdadero marxista. Los anti-marxistas le acusaron de marxista. Él estaría de acuerdo con esta segunda acusación, pues se consideró más cerca del pensamiento marxiano que los que le consideraban a él un hereje. En cualquier caso Bloch tomará de Marx el objetivo de transformar el mundo: y la Filosofía estaría al servicio de esa transformación (no de la mera contemplación y descripción de lo contemplado). Pero la filosofía de Bloch, me parece a mí, estaría más bien al servicio de la fe; de la fe en la esperanza: hay que esperar, pero activamente: hay que resistir -trabajando- dentro de ese motor mágico capaz de convertir la materia actual en eso que soñamos: el paraíso que está en el futuro. Marx, según Bloch, se había ocupado poco del futuro. Para Bloch el futuro es todo. Estamos ante un anti-conservadurismo radical, un progresismo místico. Se ha dicho también que la inclinación de Bloch hacia la metafísica sería una actitud poco marxista. Creo que esta consideración es errónea: el marxismo es una metafísica completa, pero dogmática, ya cerrada por dentro y por fuera; y quizás por eso mismo impide la práctica de la metafísica pura y dura: la que no se encapsula en sistemas.

– Religión. No cree Bloch que aliene al hombre (como lo creyeron Feuerbach, Marx, o Engels, entre otros), sino que, por el contrario, la religión es precisamente la reacción, la protesta, contra una existencia que no es propia del hombre.  Bloch critica tanto al ateísmo como al teísmo de la iglesia institucionalizada. Al ateísmo reprocha su capacidad de crear vacío [Hohlraum], un vacío que habría propiciado la irrupción de la barbarie nazi. Religión. Esperanza de plenitud. Bloch cita el Apocalipsis (21.5): “Y dijo el que estaba sentado en el trono: He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Tengo la sensación de que Bloch creyó que el ser humano -la sociedad humana- podría acceder a ese trono. En cualquier caso, Bloch vio en el Nuevo Testamento un fabuloso anuncio: la posibilidad de una nueva Jerusalem; que para el marxista Bloch debería ser por supuesto terrenal, pero humanísima. ¿Alguien se atreve a imaginar ese paraíso? ¿Sería realmente un paraíso ese lugar final? ¿No será ya el paraíso la propia esperanza del paraíso, si se vive con entusiasmo creador? ¿No estaremos ya en el paraíso?

– Utopía concreta [Konkrete Utopie]. Bloch comparte con Marx la idea de que la sociedad de su época estaría en la Prehistoria. Pero discrepará del gran gurú en su interés por el concepto de utopía (Engels y Marx se autoproclamaron “socialistas científicos”, los verdaderamente válidos frente a los “socialistas utópicos” y los “socialistas burgueses” (que estarían intentando mejorar las condiciones de los trabajadores, desactivando así la energía revolucionaria derivada de la desesperación). Bloch junta las palabras “utopía” y “concreta” para generar un concepto nuevo y sorprendente. Las utopías se suelen entender como fantasías irrealizables: Bloch apoya toda su propuesta filosófica en las utopías concretas, las realizables: las que palpitan en el prodigioso vientre de la materia.

– El Ser-en-lo Posible [In-Möglichkeit-Seiendes]. Bloch, con ocasión del concepto de materia (única realidad para un marxista), distinguió una derecha y una izquierda aristotélicas (siguiendo lo de la derecha y la izquierda hegelianas). La izquierda aristotélica se encontraría en la filosofía medieval persa y arábica, en la cosmología de Giordano Bruno y en el marxismo (particularmente en el suyo propio). La derecha aristotélica, por su parte, se manifestaría en la teología medieval cristiana. Diferencia fundamental, según Bloch: la izquierda aristotélica otorgaría el primado a la materia sobre la forma; la derecha a la forma sobre la materia. Podemos decirlo así también: los derechistas aristotélicos verían todo ya acaecido, ya derivado de lo posible. La materia sería pasiva, obediente a las formas. Los izquierdistas aristotélicos concebirían la materia como autocreadora, activa, capaz de sacar todavía de sí misma lo que nunca ha sido. La materia sería posibilidad [Möglichkeit].

Heimat. Esta palabra alemana la he traducido como “hogar”, aunque en rigor significa “patria”, “tierra de origen”, “origen”. Bloch apunta al acceso/regreso a lo que nos ilumina en la infancia. Leamos unas frases finales de El principio esperanza (ofrezco la versión alemana en primer lugar):

Der Mensch lebt noch überall in der Vorgeschichte, ja alles und jedes steht noch vor Erschaffung der Welt, als einer rechten. Die wirkliche Genesis ist nicht am Anfang, sondern am Ende, und sie beginnt erst anzufangen, wenn Gesellschaft und Dasein radikal werden, das heißt sich an der Wurzel fassen. Die Wurzel der Geschichte aber ist der arbeitende, schaffende, die Gegebenheiten umbildende und überholende Mensch. Hat er sich erfaßt und das Seine ohne Entäußerung und Entfremdung in realer Demokratie begründet, so entsteht in der Welt etwas, das allen in die Kindheit scheint und worin noch niemand war: Heimat.

Una traducción posible:

El ser humano vive aún por doquier en la Prehistoria, ya que todas y cada una de las cosas se encuentran todavía antes de la creación del mundo, de un mundo justo. El génesis verdadero no está al principio, sino al final, y no comienza a iniciarse hasta que la sociedad y el ser humano existente [Dasein] no se radicalizan, es decir, no se agarran a la raiz. La raiz de la historia, sin embargo, es el hombre trabajador, creador, transformador de circunstancias y enaltecedor. Si [el ser humano] se ha comprendido a sí mismo y ha fundamentado lo suyo, sin enajenación ni alienación, en una democracia real, entonces se origina en el mundo algo que a todos resplandece en la infancia y en lo cual todavía no estuvo nadie: Heimat [Hogar-Origen].

Estas frases de Bloch me han devuelto a unas reflexiones de Chantal Maillard. Las incluí en una crítica que se puede leer en la sección “Críticas literarias” de esta página. Y creo oportuno traer aquí estas frases:

Quizás así, sin palabras, sin abstracciones, libre y fresca, pueda Chantal Maillard regresar a un charquito de agua prodigioso; en Bélgica, en pleno centro de la pecaminosa Europa.

La poeta, en una entrevista, habló de ese charquito así:

“En ese charquito de agua lo que había era gozo, un gozo que solo puede tener el niño, antes del pensamiento, del juicio y del lenguaje”.

– Ensoñaciones [Tagträume]. Bloch les otorga una enorme relevancia metafísica e, incluso, epistemológica. Son fantasías que se presentan ante la conciencia despierta y que demuestran que hay mucho todavía por ocurrir: mucho prodigio (prodigio que él, como marxista, supeditará siempre a la consecución de una sociedad justa, verdaderamente democrática, que permita al individuo una plenitud compartida).

Algunas de las reflexiones y sensaciones que me provocan las ideas de Bloch

1.- Comparto su veneración por la ilusión, por la esperanza. Creo que hay que atreverse a soñar nuestro futuro y a resistir el dolor, la ansiedad, que provoca el embarazo: la no materialización “exterior” de lo que soñamos, de lo que amamos antes de que nazca siquiera. Muchas tradiciones de renunciantes parten del miedo al dolor: no quiero hacerme ilusiones porque no quiero sufrir si no se cumplen. Creo que el sufrimiento en el embarazo, sin no es, digamos, extremadamente “insano”, sublima la condición humana. Saber esperar es saber creer. Saber vivir. Amar la vida (la “hiper-vida”). Tener fe. Soñar un futuro amado y momentáneamente incapaz de tomar la objetividad, aunque eso nos haga sufrir.

2.- Hay no obstante, creo yo, ciertos peligros en la soteriología de Bloch. Por un lado, exige aceptar como premisa mayor que lo que hay es indigno, incompleto, rechazable. Creo que este modelo de mente -este discurso- puede ser muy injusto, muy miserable, y que puede arruinar la propia vida y las de los que nos rodean. No veo incompatible una sacralización del presente con una sacralización del futuro. E incluso del pasado. Todo formando parte de una corriente prodigiosa donde anidan nuestros sueños.

3.- Creo que cabe sentir el presente que vivimos como un futuro soñado, esperado, heroicamente, por conciencias que nos han precedido. Hay momentos en los que ya se siente el olor de un futuro perfecto, donde lo que se presenta supera incluso cualquier esperanza pasada. La negatividad del marxismo -entre otras negatividades religiosas- me parece en ocasiones terriblemente injusta y ciega.

4.- Tengo la sensación de que cualquier sueño (cualquier futuro ensoñado y amado) accederá a lo objetivo y será vivido como tal. Eso sería un paraíso. Tengo la sensación de que todo momento presente está preñado de paraísos (que requieren sus infiernos para destacar así su paradisíaca luminosidad).

5.- Desde el concepto chino “Yin-Yang” [Véase aquí] cabe contemplar, serenamente, y con fascinación también, ese punto negro que hay siempre dentro de cualquier dimensión blanca: ese punto negro que nos incrusta en el alma astillas mágicas -y dolorosísmas- para que no dejemos de mover nuestras alas por el infinito.

Creo que debemos resistir el dolor -creativo- que produce tener una ilusión todavía no materializada, no encarnada en lo objetivo, no transformada ya en un Maya vivible como realidad absoluta. Creo que hay que resistir el dolor de la espera, del embarazo. Todo por ese mundo soñado, amado antes de nacer. Pero sabiendo, que cuando nazca ese mundo amado, tendrá dentro la astilla mágica de la negritud que muestra el símbolo de Yin-yang.

Un paraíso completamente blanco no sería un lugar donde vivir. Sería un infierno para la condición humana.

En cualquier caso: no tener ilusión es no tener vida (porque la vida, a su vez, no es más que una ilusión… sagrada).

Ayer domingo mi hijo Nicolás (5 años) localizó “casualmente” una caja donde guardo recuerdos de mis padres. E insistió -con la insistencia de los niños de cinco años- en que quería que le enseñara alguna de las cartas que hay esa caja mágica.

Y encontré una carta escrita por mi padre a mi madre en 1960 (yo nací en 1964). Mi padre, Alfonso, estaba en la montaña, junto a su tienda, en Gredos, solo, con las manos enamoradas escribiendo bajo la luna. Y le dice a mi madre que la quiere con toda su alma; y que sería maravilloso que ella estuviera allí. Y le dice también “soñar no cuesta nada”.

Mi madre  y mi padre estuvieron allí, en esas montañas, miles de veces, compartiendo cielos incendiados de estrellas y de silencio. Y siguen haciéndolo ahora.

Soñar no cuesta nada. Y puede fabricar un futuro prodigioso; que hay que valorar cuando se materializa (cuando se convierte en una fantasía en cuyo interior se puede ya vivir).

Hay sueños (“diurnos” o “nocturnos”) que vienen del  sagrado taller de los mundos y que preñan lo real con un futuro que parece imposible. ¿Quién no los ha tenido? Es como si el futuro -soñado, amado- quisiera empezar a fabricarse ya en su pasado y viajara hasta él. La clave quizás esté en recoger sin miedo esa semilla de oro y aguantar los preciosos -pero a veces intensos- dolores de la espera. Como lo hizo mi padre en 1960 bajo la luna de Gredos.

Esperanza. Gracias querido Ernst Bloch.

David López

 

 

“Filósofos míticos del mítico siglo XX”: Karl Popper

 


karl-popper

 

Karl Popper está entre los filósofos fascinados (excitados) por el espectáculo de lo que parece ser un progresivo desocultamiento de la verdad (un espectáculo muy erótico por cierto… la Diosa Verdad se desnuda muy lentamente, pero nunca del todo… y si lo hiciera, si se desnudara, según Popper tampoco podríamos saberlo). No sé si Popper concibió que pudiera verse ese prodigioso cuerpo completamente desnudo -me refiero a la  Verdad- pero sí hizo todo lo que pudo para ofrecer un método de acercamiento a ella… La diosa “Verdad”. ¿Cómo imaginarla siquiera? ¿Alguien se atreve?

Un nombre que vibra en la narración clásica de la Filosofía occidental es el de Parménides, el hiper-mítico “filósofo” presocrático. En el prefacio a su antología de ensayos sobre la ilustración presocrática (27 de febrero de 1993-un año antes de su muerte), Popper afirmó que con Parménides había aprendido “a mirar a Selene (la luna) y a Helios (el sol) con nuevos ojos; ojos iluminados por su poesía”. Y dijo que Parménides abrió sus ojos a “la belleza poética de la Tierra y los cielos estrellados”.

Popper fue un cosmólogo y un cosmófilo: un enamorado de un mundo poético capaz de ofrecer vivencias contundentes a pesar de su incapacidad de mostrarse como verdad final. A Popper le fascinaban las ideas y las teorías (las palabras, las poesías en definitiva) y creyó en la existencia de la Verdad -con mayúscula.

Un concepto fundamental en Popper (y en toda la epistemología del siglo XX) es el de “teoría”. No está claro qué es eso de “teoría” y, de hecho, cada una de las distintas corrientes epistemológicas ofrece su particular definición de ese concepto para ellas fundamental. “Teoría”, según la segunda definición que ofrece la Real Academia Española, puede significar lo siguiente: “Serie de leyes que sirven para relacionar determinado orden de fenómenos”.

Y Popper ofreció una muy relevante teoría sobre las teorías: el falsacionismo (Falsifikationismus): toda teoría, para que sea científica, debe poder someterse a los hechos, debe ser falsable. No podemos saber nunca si una teoría es verdadera, pero sí podemos descartarla como falsa. Lo paradójico es que esta teoría de Popper no es falsable. No es científica por lo tanto. Quizás esto no preocuparía demasiado al propio Popper, pues este filósofo fue capaz de ver que la ciencia -la ciencia moderna- se apoya en una fe: en un sistema de creencias no verificables empíricamente: la creencia en que hay un cosmos ordenado, la creencia en que el mundo está ahí, objetivo, fuera de nosotros, la creencia en que existe la causalidad…

En cualquier caso Popper parece que creyó -o quiso creer, desde la fe- que vivimos bajo un cielo platónico: bajo una estructura ordenada y potencialmente cognoscible, al menos de forma parcial, e incluso expresable mediante teorías (esa mezcla entre tejidos matemáticos y tejidos de lenguaje común). Creyó también Popper que la ciencia avanza y que ese avance va ofreciendo porciones de la Verdad. ¿Y qué esperamos de la Verdad, de esa descomunal Verdad que sería el punto de llegada del método popperiano? ¿Qué haríamos con ella? Saquemos una vez más las alas de nuestra imaginación: ¿de qué seríamos capaces si supiéramos todos los secretos del universo, si tuviéramos todo el poder que esos secretos nos ofrecerían? ¿Para qué tanto poder?

¿Fabricaríamos mundos? ¿Nos meteríamos en ellos a jugar juegos diseñados por nosotros mismos? ¿Confeccionaríamos sueños artificiales para vivir en ellos todo lo que deseáramos? ¿Cómo desear algo desde la Omnipotencia implícita en la posesión de la Verdad absoluta?

Popper me desconcierta en muchas ocasiones. La verdad es que aún no le he leído lo suficiente. No termino de ver su mirada. Sí parece estar claro que es un realista metafísico y epistemológico (cree en la existencia de un mundo objetivo teorizable)… cree que lo que hay tiene forma y se presenta objetivamente ante subjetividades que pueden conocer esa forma (aunque de forma conjetural, nunca con certeza plena).

Sospecho que las teorías, si son eficaces con sus hechizos, crean mundos: no son acercamientos a la verdad, sino configuraciones poéticas de la mente de un mago prodigioso que coincide con nuestro verdadero yo. Quizás Popper vería en estas afirmaciones una suerte de charlatanería con reminiscencias romántico-alemanas. Pero la visión de la ciencia como actividad basada en una fe (en un “auto-hechizo” en definitiva) me empujan a vislumbrar esos abismos mágicos en el fondo de la metafísica popperiana. Más adelante trataré de configurar una epistemología teológica a partir de ciertas intuiciones hindúes.

Con ocasión de Popper considero que pueden mostrarse dos distintos tipos de metafísicas: 1.- las metafísicas legaliformes (las que vertebran el Ser en leyes fijas, accesibles o no al ser humano); y 2.- Las metafísicas no legaliformes, que soportan pensar lo que hay como algo libre, creador, omnipotente, mágico en definitiva: capaz de segregar desde dentro de su nada mágica infinitas formas de orden, todas provisionales, todas aparentemente inamovibles cuando están activadas.

Popper fue un racionalista, “un racionalista crítico”. Pero leerle produce una fabulosa sensación de inmensidad, sobre todo cuando se opone al historicismo y al holismo. Según Popper la ciencia se enfrenta a una descomunal inmensidad: sólo puede ofrecer teorías sobre aspectos minúsculos de esa inmensidad, nunca sobre la totalidad. Lo que hay, según uno va pensando con Popper, se expansiona hasta convertir nuestra mente en una pura ventana, cuyo sentido sería tan solo dejar que pasara la brisa del infinito (una ventana de una casa donde cobijarse con otros seres humanos, donde poder compartir esa brisa, teorizarla, disfrutarla, sabiendo que jamás podrá ser apresada en un sistema).

Algo sobre su vida

Viena 1902/Londres 1994. Origen judío. Estudió Física, Matemáticas y Filosofía en Viena. Se acercó al marxismo, pero enseguida se volvió muy crítico con las derivadas violentas, dogmáticas y totalitarias de este credo. Colaboró en la clínica de terapia infantil de Adler. En 1928 se doctoró en Filosofía con una tesis titulada Sobre la cuestión del método de la psicología del pensamiento. Más tarde consigue la cátedra de Matemáticas y Física para educación secundaria. En 1934 se publica su obra capital: Die Logik der Forschung (Traducida en España como La lógica del descubrimiento científico). Se le vinculó con el Círculo de Viena. Es cierto que el contacto con este grupo de metafísicos que creyeron ser antimetafísicos aportó mucho a Popper, pero también lo es que Popper fue algo así como el adversario oficial de dicho grupo. El hecho de ser judío le obligó a emigrar a Nueva Zelanda con parte de su familia (otra parte, dieciséis en concreto, fueron asesinados por los nazis). Popper ejerció la docencia en el Canterbury University College de Christchurch. Allí escribió una obra de gran relevancia política: The Open Society and its Enemies [La sociedad abierta y sus enemigos]. En 1946, recién acabada la segunda guerra mundial, Popper recibe una oferta de la London School of Economics. Miembro de la Royal Society, nombrado Sir, miembro también de la Mont Pelerin Society… En la London School of Economics,  debido a la vehemencia con la que exponía sus puntos de vista, Popper se ganó el mote de “liberal totalitario”. Sus cenizas están en un cementerio de Viena, junto a las de su esposa.

Desde la epistemología popperiana no cabría encerrar eso que sean “las cenizas de un cuerpo humano” en ninguna teoría ya petrificada como “verdadera”. Las “cenizas” -y las “muertes”- podrían estar ubicadas en realidades inimaginables para cualquier teórico humano.

Ofrezco un vídeo a continuación donde cabe contemplar la parte de Popper que nos permiten ver las teorías a partir de las cuales miramos -recortamos, configuramos- el infinito de lo real. Es una entrevista que realizó Ernst Gombrich en 1988:

Entrevista a Popper por Ernst Grombrich

Hay otra entrevista que merece ser contemplada. Incluso si no se conoce el idioma alemán. El baile de la cara de Popper es muy interesante:

Entrevista a Popper. Podemos saber si está o no está lloviendo.

En la entrevista anterior Popper afirma que hay afirmaciones correctas y afirmaciones falsas. Podemos decir si está o no lloviendo. Pero se trata de afirmaciones sobre temas triviales, no sobre las complejidades a las que se asoma la ciencia. Ahí no cabe verificación. Wittgenstein [Véase] llegó a negar la posibilidad de disfrutar incluso de esa certeza de la certeza de que esté o no lloviendo.

Algunas de sus ideas

– Cosmología. Popper es un cosmófilo y trabaja para que la humanidad se acerque, con sus teorías, a una cosmología. En su obra La lógica de la investigación científica afirma Popper que el problema filosófico de entender el mundo (la cosmología) interesa  a todos los hombres que reflexionan; y dice también Popper: “tanto la filosofía como la ciencia perderían interés para mí si abandonaran tal empresa”. Hay cosmos, cree Popper: y cabe conocerlo. Y para ello marca una especie de camino casi imposible pero prodigioso hacia un milagro, digamos, semántico: que alguien diga el Ser, que diga como es, cómo se comporta, y que lo haga con frases humanas. Popper, ante la pregunta de dónde demonios estamos, creo que respondería: estamos en un cosmos, en algo ordenado según está ordenada la razón humana. Y ese algo existe objetivamente: no es interior, no es un producto imaginativo de una conciencia.

– Verdad. Existe. Con mayúscula. Y cabe acercarse a ella. Cabe casi palparla con las llemas de los dedos de las teorías humanas. En su obra Conjeturas y refutaciones dice Popper algo muy interesante: las teorías, aunque sean refutadas, aspiran a describir algo real. Ponerlas a prueba permite comprobar que hay una realidad con la que entran en conflicto. “Nuestras refutaciones, por tanto, nos muestran, por así decirlo, los puntos en los que hemos tocado la realidad”. Me pregunto si esa “realidad absoluta” a la que parece estarse refiriendo Popper nos sería algo así como una incineradora de ideas, de cosmologías: un horno de legaliformidades que nacen y mueren ahí mismo: una “llama de amor viva” (por utilizar la potente imagen de San Juan de la Cruz), capaz, a su vez, de sacar de ella infinitos modelos de verdad a través de eso que, desde determinado cosmos, parecen ser “seres humanos” creando, imaginando, hipótesis validas sobre lo real (en realidad poesías, según mi visión).

Falsifikationismus (Falsacionismo). Es quizás la propuesta fundamental de Popper. Y se trataría de una propuesta puramente metodológica: un camino hacia algo. Para Popper el esfuerzo filosófico fundamental debe estar enfocado hacia la obtención de teorías que se acerquen lo más posible a la verdad. El falsacionismo serviría para distinguir las teorías científicas (la relatividad de Einstein) de las que no lo son (psicoanálisis). Y para que una teoría sea científica debe presentarse de forma que pueda ser refutada por los hechos, aunque esa teoría no sea capaz luego de explicar demasiado. Habría teorías científicas mejores y peores, pero para ser científica una teoría, según Popper, debe ser falsable con los hechos. No obstante, que una teoría no sea científica -que sea puramente especulativa, o metafísica- no convierte, según Popper, a esa teoría en algo carente de significación. De hecho, habría muchas teorías científicas que tendrían su origen en teorías metafísicas (como la teoría corpuscular de Demócrito). El falsacionismo, según Popper (pero no según Lakatos) nos permite descartar teorías, pero no nos permite afirmar la veracidad de ninguna teoría: no podemos comprobar todas las consecuencias de una teoría, ni podemos considerar las infinitas teorías alternativas que podrían desmentir la que creemos válida. Popper nos asoma al abismo de la inmensidad de lo que hay. Nos arroja al océano de la infinita ignorancia. En cualquier caso, tengo la sensación de que el falsacionismo es una teoría no falsable: una teoría no científica que serviría para guiar esa búsqueda en la que está involucrada la Ciencia. ¿Qué busca? ¿Qué quiere?

– Contra la inducción. La inducción fue considerada por la ciencia moderna (Bacon, Galileo, Newton) como un método eficacísimo para descubrir las leyes del universo. Popper, despertando gracias a Hume del sueño dogmático, ve con claridad que una repetición de hechos, por muy larga que sea, no permite afirmar -dogmáticamente- una ley general que ordene esa repetición. Por muchas miles de veces que veamos cisnes blancos, no podemos afirmar que todos los cisnes son blancos. La ciencia, desde la concepción de Popper, avanzaría hacia la Verdad, pero nunca podría disfrutarla. ¿O sí? ¿Cómo sería ese disfrute? Vuelvo a las preguntas y a las propuestas que compartí al comienzo de este texto.

– Contra la Cambridge-Oxford Philosophy. Popper afirmó que había que dejar de preocuparse por las palabras y sus significados, para centrarse en lo que para él era crucial: las teorías criticables, los razonamientos y su validez. No creyó Popper, como creo yo, que el lenguaje podría ser considerado una especie de protofísica: es dentro del lenguaje siempre donde trabaja el físico. El físico siempre trabaja en un sistema de universales [Véase]: no opera en lo que hay, sino en lo que un lenguaje determinado establece como lo que hay.

– Siempre se observa desde una teoría. No habría hechos puros. Popper propuso un experimento a sus lectores: “Observen, aquí y ahora”. Popper sabía que el lector se sentiría incómodo, deseoso de preguntar: “¿qué tengo que observar?”. Siempre se mira desde un presupuesto, desde una pregunta. Los experimentos de la ciencia buscan la solución de problemas teóricos, problemas que a su vez son considerados como relevantes para una determinada sociedad. Toda investigación intenta mejorar o corregir teorías anteriores. No parte de una mirada limpia. ¿Qué se vería si se mirara lo que hay desde un silencio teórico radical? ¿Qué cosas nos estarán rodeando sin que las podamos ver por carecer precisamente de una teoría que las destaque?

– La teorías. La imaginación. Popper afirmó que el origen de las teorías científicas puede ser de cualquier tipo. Pero que la clave estaría en la creatividad. Y en la imaginación. En mi opinión cabría exigirle a las teorías físicas actuales que expliquen su propio origen dentro de la materia: ¿cómo ocurre, físicamente, la génesis de las propias teorías de la Física?

– Determinismo/Libertad. En su obra The open universe. An argument for indeterminism (Routledge, New York, 1982), afirma Popper que no es determinista; y que quiere dejar un hueco en la física teórica y en la cosmología para el indeterminismo: el pasado, el presente y el futuro no estarían ya inmovilizados en una especie de película cinematográfica (p. 5). Y dice Popper estar profundamente interesado en la defensa de la libertad humana y de la creatividad humana (aunque, como es habitual en este pensador, se niega a entrar en cuestiones semánticas del tipo “¿qué entendemos por libertad o creatividad?”). Yo creo no obstante que esas cuestiones son decisivas. Y no termino de ver cómo es la libertad humana dentro del modelo de totalidad de Popper. Tampoco veo cómo se puede afirmar esa libertad si no contamos con una teoría probada sobre qué somos y dónde estamos y qué pasa en realidad cuando parece que pasa algo. En cualquier caso parece que Popper se niega a aceptar un futuro coexistente con el pasado; y, al referirse al determinismo religioso (Dios, creador, omnipotente y omnisciente, conoce ya el futuro) arguye que si efectivamente Dios conoce ya el futuro, entonces ese futuro está ya fijado, es inalterable, incluso para Dios (lo cual eliminaría su omnipotencia). Me vienen ahora a la memoria -a la conciencia- fenómenos que quizás sean comunes para todos los seres humanos (o para muchos, espero). Hay situaciones en las que nos vemos ante una encrucijada causal: sabemos que cabe hacer algo que puede provocar una concatenación de sucesos. Y los vemos, como una película entera. Somos algo así como omniscientes: el futuro nos es mostrado, pero decidimos no activarlo: no “crearlo” con nuestra decisión. Cabría por tanto se omnisciente de un futuro, omnipotente y, a la vez eliminar ese futuro. Soy consciente de la liviandad de mi argumento, pero creo que es oportuno traerlo aquí.

– Relojes y nubes. En la citada obra The open universe, ofrece Popper fuertes argumentos contra la teoría de que habría realidades sujetas a determinismo “científico” y otras libres del mismo. Popper utilizar las comillas para explicitar que la ciencia -la buena ciencia- no debe ser determinista. Y señala que el comportamiento de las nubes sería tan predecible como el de los relojes si nuestro conocimiento de las primeras fuera tan preciso como el de los segundos. Pero también dice que en realidad no conocemos en profundidad la situación inicial de ningún reloj, lo cual nos impide hacer predicciones sobre su comportamiento: no podemos saber exactamente lo que está influyendo  a nivel subatómico en sus manillas, etc…. Podemos predecir, según Popper, pero eso no nos permite admitir el determinismo “científico”: “El crecimiento continuo de nuestros poderes de predicción no constituyen ninguna razón válida para afirmar que el determinismo “científico” es válido” (p. 14). Popper fuerza mucho los cimientos de su propio método… problematiza aparentes obviedades, pero siempre dentro de un modelo de totalidad invariable: existencia del mundo objetivo, el cual estaría vertebrado en una Verdad que podría llegar a ser teorizada.

– Su fascinación por Parménides. Su debate con los presocráticos. Como ya indiqué al comienzo de este texto, disponemos de una antología de los ensayos que Popper dedicó a los pensadores presocráticos. Para estas notas estoy utilizando la edición española: El mundo de Parménides. Ensayos sobre la ilustración presocrática (traducción de Carlos Solís), Paidos, Barcelona, 1999. En el prefacio a dicha obra quizás esté todo Popper (una confesión final poco antes de su fallecimiento). Repito lo que escribí algunos párrafos más arriba: Popper afirmó que con Parménides había aprendido “a mirar a Selene (la luna) y a Helios (el sol) con nuevos ojos; ojos iluminados por su poesía”. Y dijo que Parménides abrió sus ojos a “la belleza poética de la Tierra y los cielos estrellados”. Poesía otra vez. Vak (la diosa védica de la palabra otra vez haciendo ostentación de su poder). Escribe Popper en el ensayo  siete de esta antología enamorada: “Las ideas, los productos y contenidos del pensamiento, ejercen una influencia casi omnipotente sobre las mentes humanas, así como la dirección que puede tomar la ulterior evolución de las mismas” (p. 195). Creo que es cierto. Pensemos en Kant, mirando fascinado un cielo estrellado, hiper-real, pero que en realidad era una poetización -una idea- de Newton. Sigamos con la antología. El ensayo número siete tiene un epígrafe que lleva por título “El conocimiento sin fundamentos”. Creo que aquí encontramos una especie de holografía de todo el pensamiento popperiano. Voy a reproducir íntegramente su primer párrafo:

“Lo que denomino la actitud racionalista crítica va un tanto más allá de la actitud de apreciar las ideas y su discusión crítica. El racionalismo crítico es consciente (cosa que no le ocurría a Parménides) de que nunca puede probar sus teorías, aunque en el mejor de los casos pueda refutar algunas de las de sus competidores. Así, el racionalista crítico nunca trata de establecer una teoría teoría acerca del mundo, pues no cree en las “fundamentaciones”. Con todo puede creer -como hago yo mismo- que si producimos muchas ideas en competición y las criticamos seriamente, con suerte puede que nos acerquemos a la verdad. Este es el método de conjeturas y refutaciones, es el método de correr muchos riesgos  produciendo muchas hipótesis (competidoras), es el método de cometer muchos errores y de tratar de corregir o eliminar algunos de esos errores mediante una discusión crítica de las hipótesis que compiten. Creo que este es el método de las ciencias naturales, incluida la cosmología, y pienso que también se puede aplicar a los problemas filosóficos. Sin embargo, en una época creí que la aritmética era diferente y que podía tener “fundamentos”.  Por lo que atañe a la aritmética, quien fuera mi colega, Imre Lakatos, me convirtió a la creencia contraria cuatro o cinco años de que escribiera la primera versión de su ensayo. A él le debo mi punto de vista actual de que no sólo las ciencias naturales (y, por supuesto, la filosofía), sino también la aritmética, carece de fundamentos. Con todo, ello no nos impide intentar siempre, como sugería Hilbert, “establecer lo fundamentos a un nivel más profundo, a la manera en que es preciso hacerlo con un edificio cuando aumentamos su altura”, siempre y cuando por “fundamentos” entendamos algo que no garantice la seguridad del edificio y que pueda cambiar de manera revolucionaria, como puede ocurrir en las ciencias naturales”. No obstante lo que acabamos de leer, tengo la sensación de que Popper rechaza la existencia de fundamentos para la ciencia -como camino hacia la Verdad- pero no que esa Verdad está perfectamente fundamentada. Tendré que pensar más sobre esto.

– El anti-historicismo. Popper, en su obra The Poverty of Historicism (1961), criticó duramente las concepciones historicistas; esto es: la creencia en que la Historia avanza en virtud de unas leyes -existentes en sí- que, además, el ser humano puede descubrir, lo cual le permitiría hacer predicciones. Popper consideró que esta creencia -esta superstición-tendría sus orígenes en Hegel y en Marx, ambos falsos profetas (y un deshonesto charlatán el primero). La Historia, según Popper, no tendría ley alguna. El futuro estaría siempre abierto. ¿Y por qué no dejó el cielo también abierto? ¿Por qué no escribió Popper una obra titulada “El ser abierto y sus enemigos”?

– El anti-holismo. En mi opinión aquí Popper estuvo inmenso. Los holistas serían aquellos que creerían que lo que hay puede ser completamente conocido; e, incluso, transformado gracias a ese conocimiento. Hay quien dice “cuando ya comprendes…” Para Popper no podemos conocer ni siquiera porciones minúsculas de la realidad. Las teorías de que disponemos solo se ocupan de parcialidades, y son además falsables hasta el infinito (nunca dispondremos de todos los hechos, ni de todas las teorías posibles). El holismo además, según Popper, puede empujar a un totalitarismo en política. Yo creo que hay totalitarismo peores que los de la política: me refiero a los totalitarismos del alma, de la mente: las robotizaciones, mineralizaciones, de la nada mágica que constituye nuestro verdadero ser.

– Agnosticsimo. Popper apenas se pronunció sobre el tema “Dios” o “religión”. Sí se distanció expresamente de las religiones clásicas (cristianismo, judaísmo) y del arrogante ateísmo. Veo el agnoscitismo de Popper como una mística del silencio. Vínculo sereno con el misterio infinito. Quizás Popper vibró ahí. Entusiásticamente.

– “La sociedad abierta y sus enemigos”. Una obra crucial del siglo XX. Popper se presenta como un pensador comprometido con el proyecto humano. Cree que un intelectual puede aportar ideas útiles para su sociedad. Y él cree en la libertad: toda sociedad debe propiciar las condiciones óptimas para el despliegue de la libertad humana; y también para que sea posible evolucionar (cambiar) sin derramamiento de sangre. Todo ello dentro de un templo colectivo llamado “razón”: cabe razonar, desde la libertad, y evolucionar, aprovechando los recursos que va ofreciendo la investigación científica a partir de teorías que, si bien nunca sabemos si son verdaderas del todo, sí son útiles para lo que la sociedad humana va necesitando en cada momento. Popper no obstante sí legitimó la violencia, siempre que su objetivo fuera crear un estado de cosas en virtud del cual fueran posibles las reformas sin violencia. Popper fue un gran enemigo de los totalitarismos en política. Por eso fue tan crítico con el marxismo, aunque vio en esta religión algunos presupuestos muy válidos. Sería Platón, según Popper, el gran impulsor de los totalitarismos. En mi opinión el totalitarismo de Platón alcanzaría el mismo cielo. No creería Popper, como sí lo hizo Kepler, que las estellas son Jesucristo: pura magia que nos ama. No veo a Popper dispuesto a luchar por una liberación -una desteorización radical- del cielo. Al trasluz de las frases de Popper se atisba un cielo descomunal, fascinante por su complejidad (más fascinante incluso de lo que parece ser el propio Dios desde algunas teologías), pero no libre.

Algunas ideas mías

– Todas las teorías de ese credo autodenominado “Ciencia moderna” son metafísicas: ofrecen modelos de lo invisible (de todo en realidad, porque no vemos nada). Y toda metafísica se presenta ante la tribu (ante la sociedad) como un preparado lingüístico: son poesías [Véase “Poesía“]. Pero poesías capaces de crear un mundo entero en la conciencia, mundos habitables, pero temblorosos siempre. Las teorías/poesías que va suministrando la Ciencia son Verbo en el sentido que esta palabra tiene en el famoso arranque del Evangelio de San Juan: “Al comienzo fue el Verbo”.

– Toda teoría científica inscribe un cielo, no lo describe. Me fascina imaginar cuántos cielos físicos están todavía por ser descritos/inscritos.

– Desde cierta teología hindú cabría ensayar una epistemología. Me refiero a la trinidad Brahma-Vishnú-Shiva. Se trata de tres lados de un mismo triángulo prodigioso. Brahma es el creador de los mundos (imaginemos a Newton creando la mecánica clásica o a Einstein creando la teoría de la relatividad). Vishnú es el custodio de los mundos (imaginemos a todos los profesores de Física, a los filósofos paradigmáticos, a los buenos ciudadanos que sienten ese mundo creado y lo protegen con vehemencia). Shiva es el destructor de los mundos (toda teoría del mundo, todo paradigma, todo cielo platónico, termina por ser destruido: pensemos en Copérnico dinamitando el universo geocéntrico y produciendo estupor horrorizado a poetas como John Donne). Lo prodigioso es que esas tres divinidades hindúes son en realidad una, que opera así, como un artista que estuviera creando, custodiando y destruyendo universos de arena en las infinitas playas de su propia mente.

– Hay leyes más poderosas que las de la Física. Me refiero a las de la Ética y a las de la Lúdica. El conocimiento de las leyes de la Física permiten crear una bomba capaz de desintegrar una ciudad entera con todos sus habitantes. Pero esa bomba es incapaz de modificar la estructura misma del universo donde ella ha explotado. Eso que sea el ser humano, sin embargo, en virtud de un gesto ético puede modificar radicalmente la textura de la materia en la que vive: la simple transmutación del rencor por amor tiene efectos genésicos: trans-físicos. Sugiero leer las últimas frases de la obra capital de Schopenhauer (El mundo como voluntad y representación). Creo que una bomba no altera el orden de los cielos. Pero la Ética sí, porque la Ética es, en realidad, una poderosísima Alquimia: cambia mundos enteros.

¿Y la Lúdica? ¿Qué es eso? Me remito a la palabra “Lila” de mi diccionario filosófico [Veáse]. Creo que estamos en un juego sagrado, y que tiene leyes: se da lo que se recibe, el infierno se configura con el egoísmo, la ilusión fabrica realidades, el respeto/amor sacraliza lo resptado/amado y lo transforma que un surtidor de luz que afluye a nuestro propio cosmos artificial y lo transmuta en paraíso… Las leyes de la Lúdica.

David López

 

 

Filósofos míticos del mítico siglo XX: Max Scheler

 

 

 

Max Scheler es un gran mito filosófico del siglo XX, que, a partir de los textos de que disponemos -mitos en definitiva-, se nos presenta como un agitado entramado de vida y de producción lingüística que influyó en muchas inteligencias y en muchos corazones (si es que cabe distinguir esas dos bailarinas lógicas). Uno de esos corazones fue de Karol Wojtyla, futuro papa, cuya segunda tesis doctoral (la que leyó en Cracovia) ofrecía un estudio sobre la relación entre Max Scheler y la ética cristiana. Karol Wojtyla leyó su primera tesis doctoral en Roma, la cual llevaba por título “La doctrina de la fe según San Juan de la Cruz”.

Se ha dicho a veces que el pensamiento de Scheler, aunque estimulante, original, rico y poderoso, adoleció de cierto desorden: demasiados temas tratados, demasiadas ideas, carentes de un adecuado hábitat sistémico.

Arthur Hübscher, en su obra Denker gegen den StormSchopenhauer: Gestern-Heute-Morgen [Pensador a contracorriente. Schopenhauer: ayer-hoy-mañana],( Bonn 1973), con ocasión de su defensa de la solidez de la metafísica schopenhaueriena, valora en Scheler el desasosiego de sus preguntas, de sus búsquedas, de sus luchas (p.265)

Heidegger pensó de Scheler que se trataba de la más poderosa fuerza filosófica [stärkste philosophische Kraft] no sólo en la Alemania, sino también en Europa y en la Filosofía de la época. Ortega y Gasset, por su parte, afirmó que Max Scheler era “el primer hombre del paraíso filosófico”. ¿Qué paraíso es ese? ¿Una tierra en la que la Filosofía fuera el quehacer fundamental de la condición humana? Quizás. Pero Scheler, que tuvo una vida complicada y desconcertante, puso el foco de su pensamiento en el sentimiento humano. Estaríamos, quizás, ante un paraíso de filósofos que, sobre todo, sienten; mucho. Una tierra de hombres que filosofarían a corazón abierto.

Una de las aportaciones filosóficas fundamentales de Max Scheler es su teoría de los valores (valores morales), los cuales serían objetivos, absolutos, independientes de toda “valoración subjetiva” y accesibles, no por el intelecto, sino por lo que él denominó emotionale Wertgefühl (algo así como “sensación emocional del valor”). Esa sería la vía de acceso -de “conocimiento”- de unos valores que están ahí, siempre, y que se organizan jerárquicamente (inmunes a todo relativismo y a todo subjetivismo).

Scheler pensó y escribió sobre muchos temas del mundo, pero creo que al final ubicó al ser humano -su “espíritu” en realidad- donde ya no hay mundo: un lugar/una nada, infinitamente “espiritual” frente a la que ocurriría todo lo “objetivo”. Creo que se estaría señalando el único “lugar” desde el que cabe amar: desde “fuera” del mundo, pero con un vínculo sagrado con esa objetividad (el “mundo”, y sus seres, sobre todo humanos). Dios, para el último Scheler, estaría inacabado, se estaría desarrollando -creciendo- con el ser humano y con el universo, todo a la vez, en un tiempo absoluto.

Dios, según Max Scheler, se estaría haciendo. Ahora.

¿Cómo será, la Cosa, lo que hay, el “Cosmos” si se quiere, cuando Dios esté ya hecho? ¿Alguien se atreve a acercar las alas de su imaginación a esa enormidad?

Algo sobre su vida y algo de bibliografía

Munich 1874/Frankfurt del Meno 1928. Madre judía ortodoxa y padre luterano. Ya en la adolescencia se siente Max Scheler atraído por el catolicismo, al parecer por la especial concepción del amor que ofrecería esta religión. Estudia en Munic y en Berlín: Medicina, Filosofía, Psicología y Sociología. Entre sus profesores están Dilthey, Simmel y Eucken. En 1897 obtiene su doctorado. En 1900 lee a Husserl, lo cual provoca una nueva orientación en su pensamiento. Scheler ya nunca abandonará el método fenomenológico, aunque lo utilizará de forma muy personal y alejada de los planteamientos de Husserl.

Aparte Husserl, le influyen poderosamente Kant, Nietzsche, Bergson y Pascal.

En 1905 es profesor en Jena. Tiene que abandonar su puesto por un escándalo, digamos, moral (o ético, según mi concepción [Véase]): Scheler tiene un affaire con la mujer de un colega (Eugen Diederichs). Otro escándalo le obliga a abandonar su puesto de docente en Munich. Se traslada a Gotinga y a Berlin. En 1911 inicia su desbordante productividad filosófica. En 1912 se separa de su mujer y se casa con Märit Furtwängler. No puede alistarse en la segunda guerra mundial por razones de salud.

Entre 1916 y 1922 colabora en la revista católica Hochland. Después de la guerra afirma que Europa necesita un socialismo solidario, o un solidarismo cristiano, que sería un punto intermedio entre el Occidente capitalista y el Oriente comunista.

En 1921 publica Vom Ewigen im Menschen (Sobre lo eterno en el hombre). Esta obra provoca un fugaz movimiento renovador dentro de la tradición católica. En 1922 da comienzo lo que algunos especialistas consideran como “segundo Scheler”. El punto de inflexión es su distanciamiento del catolicismo, hecho público desde su puesto docente en la universidad de Colonia. Scheler afirma estar ahora más cerca del spinozismo venerado en la época de Goethe (un spinozismo idealista/romántico en definitiva).

En 1924 Scheler se vuelve a separar de otra mujer. Los católicos le juzgan muy duramente.

1927. Scheler pronuncia una conferencia en la Schule der Weisheit del conde Hermann Keyserling. Es un foro al que acuden también Richard Wilhelm (el famoso traductor del I Ching) y su amigo C.G. Jung. Confluyó en la casa de aquel conde una descomunal energía psíquico-filosófica.

1928. Se publica Die Stellung des Menschen in Kosmos (La posición del hombre en el cosmos) a partir de la conferencia del año anterior.

El mismo año de la publicación de la citada obra (1928) murió Scheler en Frankfurt, al salir de casa, de forma inesperada. Dejó sin cumplir su proyecto de elaborar una antropología filosófica. Al parecer la quería tener terminada para 1929, y sería un desarrollo de las ideas anunciadas en La posición del hombre en el cosmos.

La muerte de Scheler causó un gran abatimiento en el mundo filosófico: muchos de los grandes hubieran querido seguir asistiendo a aquel espectacular estallido de poesía filosófica.

Obras completas de Scheler (quince tomos): Bouvier Verlag. Pueden adquirirse a través de la página web de esta editorial:

http://www.bouvier-verlag.de/

En español sugiero la lectura de las siguientes obras:

– Scheler, M., De lo eterno en el hombre (trad. Julián Mar), Encuentro, Madrid, 2007.

– Scheler, M., El puesto de hombre en el cosmos, (trad. José Gaos), Losada, Buenos Aires, 1938 (y sucesivas ediciones; hay una de 2003).

– Scheler, M., El puesto del hombre en el cosmos; la idea de la paz perpetua y el pacifismo (trad. Vicente Gómez), Alba Editorial, Barcelona, 2000.

– Suances Marcos, M. A., Max Scheler: principios de una ética personalista, Herder, Barcelona, 1986.

– Martín Santos, L., Max Scheler. Crítica de un resentimiento, Akal, Madrid, 1981.

Algunas de sus ideas

– Ética material a priori. Scheler rechaza el formalismo ético kantiano y reivindica la existencia de valores materiales, anteriores a la experiencia misma, no sometidos al método inductivo. Kant había ofrecido una especie de fórmula para medir el nivel de moralidad de un acto, pero sin contenido concreto. Scheler se atreve a afirmar que existen valores materiales, en sí, accesibles por la vía del sentimiento, no del pensamiento (o el intelecto puro). Esos valores se presentarían ante la conciencia con la misma legitimidad que las esencias de las que hablaba su admirado Husserl. Es importante tener presente que Scheler filosofó casi siempre desde la fenomenología husserliana. Así, según Scheler, los valores serían materiales: realidades objetivas y eternas que se presentan ante la conciencia humana, pero no afectadas por la lógica del intelecto. Aquí la influencia de Blaise Pascal es notable: habría un orden del corazón, una lógica del corazón, independiente de la lógica pura del intelecto. El ser humano sentiría los valores eternos y, además, los sentiría como jerarquizados. Estas ideas las publicó Scheler en el Jahrbuch de Husserl entre los años  1913-1916. La obra resultante lleva por título Der Formalismus in der Ethik und die materiale Wertethik [El formalismo en la ética y la ética material de los valores].

– La jerarquía de los valores materiales (también mostrada por Scheler en la obra citada en el punto anterior). Los valores, existentes en sí, eternos, objetivos, y accesibles al ser humano por la vía del sentimiento, estarían, según Scheler, jerarquizados. Y esa jerarquía sería también “sensible”, como hecho fenomenológico de nuestra conciencia. Ésta es la jerarquía que “siente”, al menos, Scheler:

1.- Valores sensibles [Sinnliche Werte]. Serían los básicos, los inferiores: se basan en las sensaciones de agrado/ desagrado, placer-dolor. En este primer nivel se valorará como bueno lo que produce agrado o placer. Sin más.

2.- Valores vitales [Lebenswerte]. Aquí se distinguirá entre “edel” y “gemein”. “Edel” es un vocablo alemán que cabe ser traducido como “noble”, “generoso”, “magnánimo”… “Gemein”, por su parte, puede traducirse como “vulgar”, “común”, “ordinario”, “bajo”, “sucio”…

3.- Valores espirituales [geistige Werte]. Justo/injusto; bello/feo; Verdadero/falso. Creo que estos valores a los que se refiere Max Scheler no son bien entendidos en español si “geistige” se traduce como “espirituales”. La palabra “Geist” en alemán no tiene un equivalente preciso en español. Quizás sería mejor hablar de valores “culturales”, “intelectuales” o, incluso, “sociales”. Esta idea la dejo muy provisional. Tengo que darle alguna vuelta más.

4.- Valores religiosos. Sagrado [heilige]/Profano [profane].

Según lo que se presenta en mi conciencia, veo que Scheler ha colocado demasiado abajo lo que él llama “valores vitales”. No creo que haya algo más elevado que la nobleza, la generosidad y la magnanimidad. De hecho, creo que se trata de valores que sólo pueden ser asumidos y ejercitados desde una extrema religiosidad que presupondría, por un lado, un distanciamiento del mundo (un no estar ya esclavizado por el esquema dolor-placer) y, por otro, un amor sin límite hacia propio mundo y hacia el ser humano que se objetiva en ese mundo (y hacia Dios mismo si se lo ubica -como hizo en último Scheler- como un estarse haciendo en el mundo y en el hombre). La nobleza, la generosidad y la magnanimidad implican la capacidad de asumir un sufrimiento [Véase “Tapas”] para el sostenimiento, para el embellecimiento, de un determinado cosmos amado. La nobleza es grandeza. Y amor. No otra cosa es lo religioso. Creo.

Creo no obstante que lo que Scheler ofrece en su jerarquía de valores es, en realidad, una jerarquía de placeres. Los valores pueden ser entendidos como guías hacia algo, como principios rectores de la conducta: si quieres…, debes… Son siempre imperativos hipotéticos, en el sentido kantiano. La jerarquía de Scheler está mostrando que hay placeres superiores a otros. El placer de lo sagrado sería el más grande: un placer que desbordaría quizás las necesidades egoístas de placer.

El placer que proporciona la nobleza, a mi juicio, sería el placer de los dioses (de los dioses creadores): capaces de desplegar una generosidad sin límite en sus mundos amados, dejándose la vida entera en ellos si es necesario, sabiéndose en realidad “exteriores” a sus mundos, pero capaces de encarnarse en ellos por amor puro y duro. Yo creo que esa es la única forma noble de vivir nuestras vidas (noble y sabio son palabras equivalentes en, por ejemplo, el Tao Te Ching y el I Ching).

– La persona. Scheler intentó construir una antropología filosófica: una metafísica, por así decirlo, que mostrara la completitud de lo humano, no sólo algunas de sus partes (como harían, por ejemplo, la Anatomía, la Biología, la Psicología o, incluso, la propia Física). Scheler falleció relativamente joven y este proyecto quedó inacabado. En el mismo año de su fallecimiento publicó Scheler una obra –La posición del hombre en el mundo [Die Stellung des Menschen in Kosmos]- cuyas ideas ya había expuesto en la Schule der Weisheit del conde Hermann Keyserling. Esta obra crucial de Scheler empieza así:

“Si se le pregunta a un europeo culto qué entiende con la palabra “ser humano”, aparecen casi siempre en su cabeza tres círculos de ideas [Ideenkreise] en recíproca tensión y no unificables”.

Esos tres círculos serían: 1.- La tradición judeocristiana (Creación, paraíso y caída). 2.- La tradición de la antigua Grecia (el hombre tomaría conciencia de sí mismo y, por poseer el atributo de la razón,  tendría una posición especial en el mundo). 3.- La ciencia moderna (el hombre sería un producto del planeta, un ser que solo diferiría en complejidad de los demás seres de la naturaleza).

Y dice Scheler que tenemos una antropología teológica, una filosófica y una científica [naturwissentschafliche], pero que “no tenemos una idea unitaria del ser humano”. Y eso es lo que él va a ensayar en su obra La posición del hombre en el cosmos. ¿Cuál va a ser finalmente esa posición? ¿Cuál será la mejor idea de ser humano”? La posición en el cosmos, será, paradójicamente, “frente” [gegenüber] al cosmos. Fuera del mundo, mirando al mundo. Y eso que está fuera será el espíritu, el espíritu individual de cada ser humano. Dice Scheler que el hombre puede quedar libre del vínculo con la vida y con lo que le pertenece, que es un ser espiritual que, en realidad, no está atado a impulsos y al ambiente. El ser humano, en su pureza, se abriría por tanto al mundo, desde fuera… Recuerdo ahora el concepto de “conciencia testigo” que, según Mircea Eliade, sería la más valiosa aportación de la sabiduría de la India antigua. En definitiva, y según Scheler, el hombre sería persona en cuando sujeto espiritual, pero como individuo concreto. Sería un sujeto espiritual, individual, que utiliza el cuerpo para vivir en la vida, porque sin eso no tendría vida.

– La “ascesis mundana”. Quiso Scheler encontrar el “quid” que diferenciaría al ser humano de los demás seres. Ese “quid” estaría en su capacidad de decir no a los condicionamientos biológicos y ambientales que pueden convertirle -al ser humano-en cosa sin más. El ser humano, según Scheler, puede controlar los instintos, puede conquistar la plena libertad y el poder de su voluntad. Cabría decirle a Scheler que un perro bien educado también controla sus instintos (no coger chuletas de la mesa del comedor, por ejemplo). Pero quizás Scheler replicaría afirmando que el hombre es un animal capaz de reprimirse a sí mismo, desde la autoconciencia y desde la libertad. Y que puede -podemos- construir un mundo ideal con la energía latente en los impulsos reprimidos: esto, según Scheler, nos permitiría ir hacia el “espíritu” y habitar en él (en nuestro verdadero ser, en realidad). Creo que aquí debemos tener de nuevo presente el concepto “Tapas” de la filosofía/teología de la tradición védica [Véase aquí].

-Sociología del saber. Scheler deslumbró con algunas intuiciones sociológicas. A mi juicio, la más impactante es la que muestra que la ciencia moderna fue posible tras la mortificación de la naturaleza realizada por el cristianismo. El mundo material, sin alma, queda ahí, inerte, a disposición de las miradas y los utensilios de los científicos.

– Dios. Scheler se convirtió al catolicismo, por amor al amor, hemos de suponer, pero más tarde abandonó esta fe y la sustituyó por visiones más cercanas a Spinoza y a Nietzsche. Su obra Vom Ewigen im Menschen [Lo eterno en el hombre] -1921- provocó algo así como un movimiento de renovación ideológica dentro del catolicismo. Scheler partió de la obviedad de que existe algo en lugar de nada. Y afirmó seguidamente que hay un ser absoluto que es libre, que es omnipotente y que es sagrado. Más tarde Scheler se referirá a un Dios en desarrollo, inacabado, haciéndose en el hombre y en el cosmos (un cierto panteísmo que podría recordarnos a Bergson).

Algunas reflexiones mías

– En mi opinión, el ser humano sí está, siempre, en el “cosmos”, pero sólo como palabra, como concepto si se quiere. En realidad las palabras “ser humano” y “cosmos” están en el mismo “cosmos lingüístico”… en la misma frase, como acabamos de ver. Nosotros -tú lector, y yo- no somos “seres humanos”. Lo que somos en realidad ni siquiera está “fuera” del cosmos. Sería lo contrario: el cosmos está dentro de nosotros: es un constructo lingüístico que permite vivir un sueño. “Hombre” y “Cosmos” son palabras apresadas en la misma frase.

– Dentro de ese sueño, si es que aceptamos la libertad, parece que cabría actuar según unos valores morales (éticos diría yo). Un sí y un no. Así sí, así no. Hay cosas que se hacen, y otras que no. La moral kantiana ofrecía dos imperativos categóricos. Uno era algo así como que actuemos de forma que la máxima de nuestra conducta pueda convertirse en ley universal. El otro, menos conocido, pero para mí más valioso, sugería que actuáramos teniendo al ser humano siempre como fin y no como medio. Scheler creyó que cabría rellenar esa forma kantiana, que cabía una ética material. Ya lo hemos visto. Yo voy a sacralizar el valor que en alemán se nombra con la palabra “edel” y que podemos traducir como “nobleza”, “magnanimidad”, “generosidad”. Para practicar “edel” hay que estar ya desligado del mundo, pero, a la vez, enamorado del mundo; de forma que se asumen sufrimientos -mundanos- al servicio del “embellecimiento” -la “sublimación”- del mundo que se ama. Y entiendo por mundo -o “cosmos” si se quiere- una determinada articulación del infinito, una estructura vital hechizada bajo un cielo de ideas platónico: un Matrix concreto, si se quiere recordar la famosa película de los hermanos Wackowski. La nobleza sería actuar al servicio de un cielo concreto, de un orden amado (de una Gran Obra de Arte), sin calibrar el dolor o sufrimiento que esa actuación puede provocar. Es el debes porque debes del Gita, y de Kant también, pero una vez asumido el vínculo -religioso- con una determinada creación; con un mundo; con una Obra de Arte.

– Desde el mundo en el que vibran mis sentimientos, los valores nobles serían dos: respeto al ser humano (a ese constructo mental, a esa objetividad onírica pero crucial) y respeto a la “naturaleza” (asumiendo que vivo bajo un modelo de “naturaleza” idílico, estético: no amaría en absoluto un planeta que, de forma “natural”, se convirtiera en una esfera de serpientes entrelazadas, por muy naturales que fueran… el ecologismo es una forma de romanticismo, es una devoción poética de la que yo participo encantado… nunca mejor dicho).

Nobleza. El valor de los valores. Es curioso: hay “algo” que premia el ejercicio de este valor. Se podría decir incluso que el infierno ocurre simultáneamente a la pérdida de la nobleza. Ser mezquino y estar en el infierno serían hechos simultáneos. El mundo -cualquier mundo- se arrebata de belleza cuando se es capaz de amarlo, desde fuera, más allá del dualismo placer/dolor. Con nobleza.

Es como si el noble (el grande, el generoso, el magnánimo) se hiciera partícipe de la propia Creación. Y se sacrificara -entero- por ella. Por puro amor a los seres que palpitan en esa Creación (pensemos, por ejemplo, en los niños… que somos nosotros mismos en otro punto de ese Élan Vital del que habló Bergson). Y por puro amor también a ese ser -prodigioso, delicuescente- que aparece como su “yo” en el mundo.

Scheler quiso definir eso que sea el “hombre”. No tuvo vida suficiente para escribir su antropología filosófica: un retrato final, completo, de ese prodigio cotidiano con el que convivimos. Yo intenté dar significado a la palabra “Ser humano” [aquí]. Ahora creo que un rasgo determinante de ese “ser” es su capacidad de sobrecogerse, de fascinarse, de sentir una especie de dolor sublimado; y también de provocarlo. El ser humano sería quizás definible como un momento metafísico -y delicadísimo- del despliegue del Ser. Un “momento” capaz de sobrecogerse a sí mismo -y de sobrecoger a los demás- así:

Vídeo de María Callas Casta Diva. (Se entra directamente por el título subrayado).

Vuelvo a plantear la pregunta con la que acababa la introducción a este texto. Simplemente quiero compartir el inefable estremecimiento que me produce. Era ésta:

Dios, según Max Scheler, se estaría haciendo. Ahora.

¿Cómo será, la Cosa, lo que hay, el “Cosmos” si se quiere, cuando Dios esté ya hecho? ¿Alguien se atreve a acercar las alas de su imaginación a esa enormidad?

David López

Las bailarinas lógicas: “Ser”/”Nada”.

 

 

Ser/ Nada.

Por el momento voy a hacer equivalentes las bailarinas “Nada” y “Ser”. Son dos bailarinas lógicas gemelas que, en mi opinión, bailan y hechizan lo mismo. Pero creo que la palabra “Nada” es mucho más eficaz para nombrar el prodigio, la inmensidad y la magia de lo que hay: de lo que de verdad hay aquí, ahora mismo, siempre.

“Nada”.

Si, como creyó Leibniz, hubiera algo en lugar de nada, yo –eso que sea “yo”- padecería algo así como “claustrofobia física; y metafísica”.

Este diccionario puede ser visto y sentido como una sala de baile en la que las palabras -las “Bailarinas lógicas”- muestran la transparencia de sus cuerpos, su poderosa, sensualísima, hiperhechizante, carne de Nada. Es la Nada lo que se ve a través de sus cuerpos prodigiosos, es de la Nada, creo yo, de donde toman su fuerza genésica, es en la Nada de nuestra conciencia donde bailan para que haya “algo”: algún mundo, algún hechizo… alguna ilusión, en el doble sentido que tiene esta palabra en español.

Se podría iniciar esta zambullida lingüística en la Nada afirmando que la Nada se autohechiza a sí misma fabricando aparentes “algos”… con nada: con la mágica nada que vamos vislumbrando detrás de todas nuestras bailarinas lógicas: la nada mágica que tenemos que ser si queremos ser libres; o si queremos que haya algo libre en el fondo de todas las existencias.

Schopenhauer colocó una ventana  infinita al final de su obra El mundo como voluntad y representación. Es ésta:

“[…] lo que queda tras la  completa supresión de la voluntad es, para aquellos que todavía están llenos de la voluntad, realmente nada. Pero también a la inversa, para aquellos en los que la voluntad se ha dado la vuelta y se ha negado, este mundo nuestro tan real con todos sus soles y galaxias es  -Nada.” (Traducción de David López).

Las idea fundamental que intentaré expresar en esta entrada de mi diccionario es que esa “Nada” a la que se refirió Schopenhauer está ya aquí, en este mismo momento, siempre. Y que “este mundo nuestro tan real con todos sus soles y galaxias…” era una fantasía de Schopenhauer, una leyenda narrada desde el poetizar de los físicos de la época.

Ya estamos en la Nada –gloriosa Nada- que Schopenhauer colocó al final de su obra y que vislumbró como lugar de llegada de la mística más salvaje.

En realidad estamos, y somos, una Nada, sagrada, capaz de adoptar infinitas formas en función de infinitos modelos de universales [Véase “Universales”]. Esa Nada supera en “peso físico y metafísico” cualquier “ente” (“cosa”) que se pueda imaginar desde cualquier nivel de conciencia. No hay que olvidar que “conciencia” es también concepto, pequeñez en definitiva.

La Nada –siempre con mayúscula- a la que intento acercar mis frases –mis frases de nada- en realidad es un supra-Ser, un Ser “reventado” por sobreabundancia: algo (Nada) que podría ser cualquier cosa porque goza de aseidad.

Antes de desarrollar con algo más de detalle estas “sensaciones metafísicas” (por llamarlas de alguna forma), creo que puede ser de utilidad tratar los siguientes temas y autores:

1.- La nada en el budismo. Sunyataa. Nagarjuna. El vacío del vacío: todo discurso sobre la vacuidad de los discursos está también vacío. Los mundos son lenguaje. Hechizo lingüístico. No hay nada que exista por sí. Creo que debe leerse esta obra de Juan Arnau: La palabra frente al vacío. Filosofía de Nagarjuna (Fondo de Cultura Económica, Méjico, 2005).

2.- Gorgias. Nada existe. Si algo existiera sería incognoscible. Y si fuera cognoscible sería inexpresable.

3.- Maestro Echkart. En español hay una edición excepcional de algunos textos de este gran pensador alemán: El fruto de la nada (edición y traducción de Amador Vega Esquerra, Siruela, Madrid, 1998). Este título se refiere en realidad a uno de los sermones elegidos (p. 87). En este sermón, el Maestro Eckhart hace una equivalencia entre Dios y la Nada a partir de este pasaje de la Biblia:

“Saulo, respirando amenazas de muerte contra los discípulos del señor, se llegó al sumo sacerdote, pidiéndole cartas de recomendación para las sinagogas de Damasco, a fin de que, si allí había quienes siguiesen este camino, hombres o mujeres, los llevasen atados a Jerusalén. Cuando estaba de camino, sucedió que al acercarse a Damasco, se vio de repente rodeado de una luz del cielo; y al caer a tierra, oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él contestó: ¿Quién eres, Señor? Y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer. Los hombres que le acompañaban quedaron atónitos oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Saulo se levantó de la tierra, y con los ojos abiertos, nada veía. Lleváronle de la mano y le introdujeron en Damasco, donde estuvo tres días sin ver y sin comer ni beber [Hch 9]“.

Y dice el Maestro Eckhart con ocasión de este célebre hecho bíblico:

“En la luz que le envolvió [Pablo] fue lanzado al suelo, y se le abrieron los ojos, de forma que con los ojos abiertos veía todas las cosas como [una] nada. Y cuando veía todas las cosas como [una] nada, entonces veía a Dios” (p. 89 op. cit. supra).

El Maestro Eckhart está haciendo referencia a la verdadera visión: la que ve lo que de verdad hay: la mirada liberada de conceptos: la “mirada silenciosa”, podríamos decir. [Véase “Concepto”].

4.- Schopenhauer. Diferencia entre la nada absoluta y la nada relativa. ¿Cabe pensar en un mundo sin soles ni galaxias? ¿Cabe un mundo absolutamente otro del que -físicamente- vio Schopenhauer?

5.- Sartre. Le he ofrecido el cielo de este texto. Este gran pensador, según yo lo he leído, en La Náusea sintió un ”debilitamiento” de su mundo físico-objetivo (de su hechizo). Como narra el protagonista de esta novela, de pronto, todas las cosas, se mostraron como una nada absurda. Sartre, curiosamente, creía en la realidad objetiva (física) de esas “cosas” absurdas; plurales. Y me parece que lo siguió haciendo en el Ser y la nada y en El existencialismo es un humanismo. Cierto es que afirmó que el ser humano es una nada condenada a la libertad (un pequeño dios, absurdo también: una pasión inútil). Pero, sumiso ontológicamente, dejó intacto el kosmos noetos platónico que solidificaba “el ser en sí” (el mundo, digamos, “no humano”). Sartre no llevó esa nada condenada a la libertad más allá de lo que le permitía el modelo de la Física en el que él creía: Sartre se creía que había soles y galaxias, como se lo creyó Schopenhauer: se creyó esos universales y no percibió su transparencia, su realidad puramente lingüística: no fue consciente de que daba por realidad -”realidad objetiva”- unos hechizantes recortes en la Nada. Sartre sintió náusea, y angustia, bajo un cielo ideológico moribundo, incapaz ya casi del todo de hacer soñar: las bailarinas lógicas que habitaban en la conciencia de Sartre estaban moribundas, apenas podían bailar ahí dentro: el hechizo vital perdía fuerza.

6.- La nada (el vacío) desde el discurso cientista. Gracias a mis -impagables- conversaciones con Álvaro Calle he podido saber que, desde el modelo de la física, digamos “clásica”, el vacío se consigue retirando moléculas (“materia”, por simplificar) de un espacio confinado. En realidad el vacío nunca se consigue del todo, pero sí es cierto, al parecer, que si se retiran muchas “cosas” de ese espacio confinado (si se vacía mucho dicho espacio) se accede a un “pozo de energía inconmensurable”, según palabras del propio Álvaro Calle. Algún físico -como Andrei Linde- habría afirmado incluso que de ese vacío podrían surgir universos enteros.

En meditación lo que hacemos es, precisamente, un gran vaciado…

7.- Enomiya Lassalle: “El zen“. En esta obra, con  veinte años, tuve mi primer encuentro con el glorioso silencio infinito de la nada zen. Recomiendo su lectura, todavía hoy.

8.- El nihilismo. Desde esta corriente de pensamiento y de sentimiento se suele afirmar -con una especie de sufrido desdén existencial- que “no hay nada”. ¿Nada dónde? ¿Nada de qué? ¿Qué debería haber para que sí hubiera algo? ¿Debería haber más vida después de la muerte; o no muerte; o no sufrimiento; o no decepciones; o qué? No olvidemos que muchos nihilistas dan por existente el materialismo ateísta de corte decimonónico. ¿No será que esa –utilísima y provisionalísima- leyenda sobre lo que hay tiene muy poca capacidad para ilusionar conciencias?

Mi posición ante el nihilismo está expuesta, parcialmente, en esta crítica de una obra de Fernando Gil Villa:

https://www.davidlopez.info/wp-content/uploads/2010/01/creer-que-no-se-cree.pdf

Quizás el nihilista lo que echa en falta es una materialización de lo soñado (lo deseado) en el ámbito de lo real. Tiene miedo al sufrimiento que produce la distancia entre los imaginado/deseado y lo que, “de hecho”, llega a acceder a lo “objetivo”. Pero el “nihilista” (como el Sartre de La nausea) siempre cree en algo, aunque no sea consciente de ello. Lo que ocurre es que, en ocasiones, eso en lo que cree pierde su fuerza de hechizar, de generar entusiasmo vital… y el ser humano se marchita, a la espera de que le asalte otra creencia (otro hechizo, otro kosmos noetos platónico) que le revivifique: que le haga soñar entusiásticamente (con Dios/Zeus dentro, literalmente).

Expongo a continuación algunas notas -muy provisionales- sobre lo que la palabra/la bailarina ”Nada” provoca en mi conciencia:

1.- Mi idea fundamental, ya adelantada al comienzo de estas notas, es que estamos en/somos la “Nada”. No estamos en ese “mundo nuestro con soles y galaxias” en el que creyó Schopenhauer estar habitando. Ese mundo es una fantasía (por decir algo desde este lenguaje de fantasías). Cualquier descripción de lo que hay (cualquier modelo de la Física si se quiere) es una leyenda; una leyenda útil. Una gran obra de arte en la conciencia. Pero las leyendas se marchitan, hay que renovarlas. A mí me gustan mucho las galaxias y los soles y los océanos. Pero a veces siento la necesidad de rebautizarlos, de retirar esos velos, ya gastados, y sustituirlos por otros, con olor a nuevo, con más capacidad para fascinar conciencias.

2.- Muchos de nosotros contemplaremos descripciones de lo real -probadas, eficaces, capaces de fabricar artefactos- desde las que ya no quepa hablar de los soles y las galaxias cuya objetividad tanto convenció al propio Schopenhauer. Y esos nuevos modelos -esos nuevos mundos- serán también reducidos a la nada de la fantasía por otros nuevos. ¿Así hasta el infinito? ¿Dónde anidan esos modelos/fantasía? ¿Quién/qué los fabrica? Los poetas. Y lo que opera a través de los poetas. Los físicos son poetas, pero en general no lo saben. Triunfarán las poesías que más hagan soñar: las poesías que fabriquen kosmos noetos platónicos especialmente subyugantes. Para eso están los cielos y los conceptos que los finitizan: para mover, para hacer soñar.

3.- ¿Cabe vivir sin conceptos? [Véase “Concepto“]. Sólo puedo hablar de mi “experiencia” “personal”. En estados de meditación profunda (estados en los que no hay ni “estado” ni “meditación”) sí puedo despejar todos los cielos (todos los kosmos noetos) que se disputan mi conciencia [Véase “Cosmos“]. En ese estado puedo seguir “siendo” sin ser David López: sin mundo, sin galaxias, sin soles, sin dioses, sin materia, sin humanidad… Pero ocurre el regreso, bajo un cielo (bajo un hechizo) y en él, por amor (por apego sagrado) quiero seguir soñando. Seguir soñando, sí, como diría Nietzsche. Y seguir soñando, sobre todo, a los seres a los que amo. Perdidamente.

4.- Cabría -cabe de hecho- habitar bajo un cielo artificial sabiendo que sobre ese cielo está la Nada sagrada que lo incinera y lo vivifica todo. Una Nada -sagrada, amorosa y terrible también- que se muestra ubicua, inmanentísima, aquí mismo, con sólo mirar atentamente el cuerpo transparente de las bailarinas lógicas, que son las que cubren los cielos de nuestra conciencia haciéndonos creer que hay algo en lugar de nada. Y cabría sacralizar estos mundos de ”algo” en los que estamos soñando -en los que estamos autohechizados-  precisamente porque son prodigiosas burbujas que se sostienen, por amor, por nuestro amor, en esa descomunal hoguera de la Nada cuyo crepitar se oye en cuanto nos callamos un poco.

5.- La fe puede ser definida como confianza en la Nada [Véase “Fe“]. La Filosofía, tal y como yo la entiendo, y tal y como ella me arrastra, abriría todas nuestras compuertas ideológicas para dejar paso a los –fabulosos, aunque aterradores- océanos de la Nada. La Filosofía sería un camino de progresivo no conocer para vivir en una extática, gozosa, sacralización de la infinita pista de baile que hay en eso que desde aquí puedo llamar “conciencia”. O “mente” si se quiere también.

6.- Podría decirse, y sentirse con cierto horror, que cada instante que vivimos está muriendo: que se está haciendo nada en la despiadada trituradora del tiempo. Podría decirse quizás también que, como mucho, cada instante que vivimos se está transformando en un espectro caprichoso que deambula y fantasea por las algas y las nieblas de nuestra memoria… mientras no ingresemos en la nada de nuestra muerte. Hay una palabra en este diccionario que, en mi opinión, proporciona una esplendorosa visión de todo lo vivido: en lugar de estar nuestro pasado ya en la nada de lo pasado -y el pasado de todos los que nos precedieron en la vida- ese pasado estaría aquí, en este instante, entero: todo vibrando a la vez… y construyendo algo prodigioso que nuestra imaginación, ahora, por el momento, no sería capaz de alcanzar. [Véase “Aufhebung“].

7.- Al ocuparme de la palabra “Libertad” [Véase] hago mención al concepto de “Aseidad”, clave en la teología medieval cristiana. Dios, para ser libre, debe ser Nada: una existencia sin esencia. Ser “algo” ya sería un condicionamiento, una limitación, un algoritmo que robotizaría el baile de lo que hay. Sólo la Nada, como objeto sin concepto, permite pensar el Ser como libre, mágico y creativo.

Por último, creo que no sería honesto por mi parte ocultar esta sensación: la Nada nos asiste y nos ama más de lo que nosotros -esos preciosos árboles de nada- nos asistimos y nos amamos a nosotros mismos en este nivel de conciencia (por decir algo). Aunque cabría decirlo quizás algo mejor: somos nosotros mismos, donde ya no cabe sostener el plural, esa Nada que ama, con locura, sus propios frutos de la  Nada.

David López

 

Las bailarinas lógicas: “Ética/Moral”.

 

 

“Moral” (Mos; costumbre). Moralis sería, según Cicerón, la traducción latina de Ethikós.

El caso es que los seres humanos repiten comportamientos sistemáticamente. Y también sistemáticamente emiten juicios de valor sobre los actos cometidos por ellos mismos y por los demás. El “cargo de conciencia”, visualizable con nitidez en obras como Crimen y castigo de Dostoievski, es uno de los huracanes más terribles que puede acontecer en el pecho de un ser humano. Es la “conciencia moral”: un tema crucial en las metafísicas de Kant y de Schopenhauer. Y también en la de Nietzsche, muy a su pesar.

Ser un ser humano es algo extraordinariamente vertiginoso y difícil [Véase “Ser humano”]. Pero sin duda es también un honor, como lo es tratarse con otros seres humanos. Tener siquiera esa opción. Pero ahí la dificultad es casi infinita. Se podría decir que el diario, constante desafío ético, sería algo determinante de la condición humana  y, a la vez, paradójicamente, una exigencia sobrehumana, un esfuerzo sobrehumano al servicio de la belleza. De la Gran Belleza. Quizás efectivamente el mundo solo tenga sentido en cuanto fabulosa, constante, sagrada obra de arte.

La imagen que flota sobre estas frases pertenece a una película de Stanley Kubrick: Eyes Wide Shut. En ella pude ver con claridad la diferencia entre moralidad y ética (al menos tal y como esos dos conceptos tienen tomada mi mente al día de la fecha).

La película es una especie de Bildungsroman (con un muy inelegante final) en la que el protagonista (Tom Cruise), tras ser consciente de una radical inmoralidad que estuvo a punto de cometer su esposa, se deja llevar, aturdido, por callejuelas mojadas por preciosas luces de neón y termina sentado en la cama de una prostituta. Los dos acuerdan, amablemente, una permuta de placer sexual por dinero. Empiezan a besarse. Ella tiene una belleza y una dulzura que sacuden los diques morales de ese marido que está a punto de ser infiel. ¿Es la infidelidad una falta de ética o una inmoralidad?

Suena un teléfono móvil. Tom Cruise se levanta para atender la llamada. Es su esposa, que le espera en casa. La moralidad -¿la ética?- activa su imán metafísico. Tom Cruise vuelve a la cama y le dice a la prostituta que él debe irse. No ha habido más contacto sexual que el beso (sublime, por cierto). Pero él quiere pagar de todas formas a la prostituta. Ella no acepta. Él insiste. La ética se sublima al mismo nivel de belleza que el beso inmoral que se ofició pocos minutos antes.

La soga del argumento de Eyes Wide Shut arrastrará a su protagonista a una especie de palacio donde hombres escondidos tras lúgubres máscaras participan, fríos, en una gélida ritualización de la transgresión de una determinada moral sexual: la puritana/anglosajona. Entre coreografías pornográficas frías como monedas, rituales de sociedad secreta y máscaras de espanto infantil, ocurre otro gran momento ético (ética sublimada en un ritual de sistemática transgresión de la moralidad sexual compartida por los asistentes). Ese otro gran momento ético lo representa una mujer desnuda, sin cara (sin “persona”), que da su vida para salvar la de Tom Cruise: un médico que, según nos es mostrado en la película, ama más a las personas que a los sistemas de moralidad.

Recordemos esa idea de Paracelso de que el médico solo puede serlo, solo puede curar, si ama a su paciente.

Así, cabría afirmar que la moral es un vínculo, una forma de amor si se quiere, entre un ser humano y un modelo de conducta compartido tribalmente (una determinada coreografía, un arquetipo social). La ética, según yo siento este concepto, es un vínculo intersubjetivo de sacralización mutua que trasciende las distintas formas de organización grupal que ha ido adoptando la condición humana para su supervivencia (física y psíquica).

La ética, como sacralización (no utilitarista) de la intersubjetividad, implica un individualismo radical y sagrado. Es un guiño entre personas por detrás del telón de la moralidad. Es una forma de amor puro y duro que podría encajar en la frase “ama al prójimo como a ti mismo”… sin condiciones, aunque no seas, como no lo soy yo mismo, cristiano. Estamos ante un amor meta-cívico, meta-nómico, meta-moral si se quiere. Es esa sonrisa que nos regalamos unos a otros cuando nos cruzamos por los caminos de las montañas [Véase “Humanidad”].

Antes de desarrollar con algo más de detalle estas intuiciones, creo que es necesario considerar los siguientes rincones de la historia del pensamiento:

1.- Yoga-Sutras de Patañjali: una ética al servicio del poder, la libertad y la inmortalidad. Creo que sigue siendo crucial la lectura de El Yoga (Inmortalidad y libertad), de Mircea Eliade. ¿Por qué una impecabilidad ética nos da poder y libertad? Tat twam asi. La ética, finalmente, se dirige siempre a uno mismo: porque todo -todo lo que existe- sería “uno mismo”. Siempre se escupiría contra el viento…

2.- Sócrates/Platón. El que conoce el bien hace el bien. Intelectualismo moral. El sabio es virtuoso y eso le conduce a la felicidad. ¿Por qué? En este punto me remito a esta obra: Beatriz Bossi: Saber gozar (Trotta); y a mi crítica sobre la misma, disponible  aquí: Crítica de Saber Gozar. Beatriz Bossi. Por David López

3.- Aristóteles. Ética a Nicómaco. Ética a Eudemo. Magna Moralia. Aristóteles dibujó un modelo de totalidad en el cual el mundo y todas las cosas del mundo se movían irresistiblemente atraídas por un primer motor inmóvil (Dios) o idea del Bien. La ética virtuosa sería aquella que se dirige hacia la idea del bien. Sin más. Pero… ¿cabe resistirse a ese Imán metafísico (en realidad físico) del que habla Aristóteles… y obrar “mal”? Volvemos al problema de la libertad [Véase].

4.- Kant. Crítica de la razón práctica. Los juicios morales no pueden basarse exclusivamente en la experiencia. Se caería en el empirismo y en el utilitarismo. No hay libertad para el ser humano dentro del mundo. Es libre el ser humano nouménico, el que está ubicado fuera del mundo. Ahí sí es responsable por su conducta. El imperativo categórico: debes porque debes. El imperativo hipotético se basaría en un “si quieres… debes”. La conexión con la ética del Gita es evidente: cumplir con el deber sin esperar nada a cambio. Lo curioso es que esta actitud provoca la irrupción de la plenitud (de la “felicidad”)… siempre, creo, en otro mundo (porque el mundo del ser humano feliz es otro, absolutamente, que el del ser humano infeliz).

Dos fórmulas kantianas:

I. “Actúa de modo que la máxima de tu voluntad tenga siempre validez, al mismo tiempo, como principio de legislación universal”.

II. “Actúa de modo que consideres a la Humanidad, tanto en tu persona, como en la persona de los demás, siempre como un fin y nunca como un simple medio”.

Me gusta más esta segunda definición. En la primera estaría legitimada la violencia contra “los malos”. Legitimaría, por tanto, eso que desde “aquí” llamamos “terrorismo”. La segunda sacraliza a todos los seres humanos -buenos y malos- y los ubica en un altar meta-moral (muy nietzscheano por cierto; y cristiano a la vez). De Kant quisiera recordar la importancia capital que otorgó -en su “fría moralidad”- al respeto. Yo ubico el respeto por encima del amor: es más sacralizador del otro, menos invasivo, menos interesado: en el amor siempre se busca, de alguna forma, un placer: el placer de amar. El respeto es más grande, más silencioso, más heroico.

Por último, dando por evidente esa conciencia moral, Kant considera necesario postular (postular, como hace la ciencia moderna) la existencia de tres cosas: 1.- La libertad humana; 2.- la existencia de Dios (que hace posible que las personas que han cumplido con el imperativo moral sin esperar nada a cambio reciban su premio en la eternidad); y 3.- la inmortalidad del alma para que sea efectivo ese premio.

6.- Schopenhauer. La ética es siempre descriptiva, no prescriptiva. Nadie va a ser virtuoso o no virtuoso por convicción. El intelecto humano está al servicio de la voluntad (algo, abisal, pero inmanetísimo a la vez, que le agarra como por debajo de su ser fenoménico y que le sacude como a una marioneta).

7.- Nietzsche. La moral de los esclavos: el resentimiento contra el que está pletórico de vida (de ilusión): el que culpabiliza de su pequeñez y de su escasez vital a un amo, permanente, que va cambiando de rostro con el paso de la historia: el que necesita cobijarse en un sistema fijo de verdades inmutables, objetivas, impuestas, de las que el esclavo no es creador ni, por tanto, responsable: el que carece de auto-nomía (capacidad de otorgarse una moral propia y de cumplir con ella heroicamente, más allá del placer y de sufrimiento… siempre teniendo como objetivo la creación de una vida/obra maestra). Recomiendo la -siempre sorprendente y siempre vivificante- lectura de estas dos obras de Nietzsche: La genealogía de la moral y Más allá del bien y del mal. Hay una edición de las obras de Nietzsche en la editorial Gredos con introducción y notas, muy interesantes, de Germán Cano. También sugiero la lectura de mi novela El nuevo filósofo del martillo.

8.- La ética más allá de los límites de lo humano. Los derechos de los animales. Recomiendo esta obra de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Mi crítica puede leerse directamente aquí: Adela Cortina y las bailarinas de hierro.pdf.

Ofrezco a continuación algunas ideas, ya parcialmente diseminadas en los párrafos anteriores:

1.- Parto de una distinción entre ética y moral, tal y como la he enunciado al comienzo de este texto: la moral sería un vínculo con un modelo organizativo de una determinada tribu (que puede ser o no común con otras tribus). La ética es un vínculo interpersonal que transciende las puntuales formas de organizar los comportamientos de los individuos en las colectividades. Cabe incluso que la moralidad -lo social- tenga tanta fuerza que un individuo pueda arrasar -ignorar- éticamente a otro, sintiéndose con ello un auténtico héroe tribal (pensemos en un torturador al servicio de la democracia).

2.- No obstante lo anterior, creo que hay que tener presente la enorme fuerza configurativa que tienen las moralidades tribales: pueden llegar a convertirse en un órgano -como un hígado- que duele si es agredido. Una pareja de homosexuales, todavía hoy en España, retozando en la hierba, junto a parque de niños, produce dolor a muchas madres (y a muchas más abuelas). Ninguno a los niños, que celebran ubicuamente el sagrado juego nietzscheano (y el de Schiller, y el del Linga Purana también) más allá de las puntuales músicas morales que vayan sonando en las salas de baile civilizacional. Pero la ética, como respeto y sacralización del otro, puede ser un motor, muy bello, que convenza a los homosexuales de que merece la pena evitar daños innecesarios: que las ancianas están sufriendo, que hay sitios más retirados y más románticos en el parque para disfrutar de su recién estrenada moralidad sexual; que las moralidades, cuando han de ser cambiadas, es mejor cambiarlas “éticamente”; esto es: teniendo siempre presente, como el que está ante un altar, la piel exterior e interior de los demás seres humanos. Los principos éticos (los que rigen, o deberían regir, la intersubjetividad humana) pueden ser eternos, inamovibles. Las moralidades, por el contrario, mutan porque se basan en la utilidad.

3.- El ser humano es social. La sociedad es una especie de exo-cuerpo que nutre y que es nutrido por el propio ser humano. Toda sociedad necesita costumbres, morales. El hecho de que sean esencialmente mutantes no les quita a las moralidades -a todas- su dignidad.

4.- La palabra “moral” provoca normalmente una asociación inconsciente con “sexualidad”. Moral es, muchas veces, moral sexual. Creo que en este ámbito, y como he señalado con ocasión de la película Eyes Wide Shut, la tensión entre mis conceptos de ética y de moralidad se hace especialmente visible. Una revolución sexual pendiente, a mi parecer, es la que, trascendiendo cualquier modelo de interacción corporal (bilateral o multilateral, hetero u homosexual) se centrara la ética: la ética sexual. El ser humano, con independencia de qué universo sexual visite u ofrezca, debería –debería– sentir que está siempre entre dioses (o entre criaturas divinas, si se quiere bajar el tono). Creo que en nuestros sistemas educativos se ha insistido demasiado en la moral sexual. Falta elevar el tono ético de la sexualidad.

4.- Tengo la -poco original- sensación de que la actual crisis económico-financiera ha sido consecuencia directa de una falta de ética. Solo de ética, no de moralidad. Se han vulnerado principios éticos básicos, incuestionables, universales: no mentir, no robar, cumplir los pactos. La economía requiere confianza entre los seres humanos y fe en la posibilidad de construir y de compartir sueños. También requiere respeto. Lo dice el Tao Te Ching, con palabras misteriosas e inquietantes: “El imperio es un aparato muy espiritual. Cogerlo es ya perderlo”. Mientras escribo esto me doy cuenta, estupefacto, de que me he convertido en un iusnaturalista. Lo asumo sin demasiado problema. En cualquier caso, creo que no es imposible ganar dinero, incluso mucho dinero, desde una ética impecable. Conozco ejemplos. Seamos serios desde un punto de vista empírico y no eliminemos los hechos que no dan la razón a nuestras creencias. Existe también la honestidad intelectual. Es ardua, pero ineludible.

5.- Me inquietan de forma creciente los discursos que demonizan el ego. Creo que la ética, tal y como la estoy desarrollando en este escrito, implica una legitimación total de los egos (por muy fenoménicos u “oníricos” que sean). La ética intersubjetiva presupone un radical “alter-egoísmo” compatible con el “auto-egoísmo” (Ama al prójimo como a ti mismo). Estas reflexiones -estas emociones- nos llevan, creo, a algo que cabría denominar “multi-egoísmo sagrado” (algo insoportable para los colectivistas radicales). La cuestión crucial es si, de verdad, nos gustan, si amamos, si respetamos, a las personas, a los individuos humanos, más allá de toda moral (de toda puntual coreografía tribal).

6.- El gran misterio es que, como afirma el Raja-Yoga, la virtud transforma la materia del mundo (porque transforma nuestra mente, que es el hábitat de eso que llamamos mundo). Impresiona comprobar los efectos que nuestros actos realmente virtuosos (generosos, desinteresandos, amorosos por simplificar) producen en el despliegue del espectáculo de nuestras propias vidas. Kant se vio obligado a postular la existencia de Dios para dar sentido a ese prodigioso fenómeno: al hecho, muy sorprendente, de que la impecabilidad ética tiene efectos desbordantes. No buscados. Ni siquiera deseados. Quizás porque esa impecabilidad implica ya una plenitud previa: son síntomas, no efectos.

La virtud, la ética llevada al extremo, es genésica: es mágica. Eso es lo que no me queda más remedio que decir después de lo hecho, lo visto y lo vivido hasta ahora. También lo es la falta de ética: fabrica el infierno (un infierno siempre nutritivo, un dolor creativo… [Véase “Tapas”]...

Finalmente, quisiera compartir aquí la sensación (la creciente convicción) de que todo lo que hacemos es hecho por algo que conspira a nuestro favor. Los actos que nos llevan al infierno (¿quién no ha estado alguna vez en el infierno?) son pasos hacia el cielo.

David López

 

La bailarinas lógicas: “Mística”.

 

El Mont Blanc visto desde Lyon.

 

Mística.

Otra bailarina lógica. ¿Nombra algo —una “experiencia humana”— que esté más allá de los hechizos que ella consigue con su baile lingüístico?

Al ocuparme de la palabra “Dios” [Véase] narro una ‘vivencia’ personal que debo reproducir aquí.

Fue muy parecida a la que tuve en el desierto del Sahara en 1989, y que narro en mi bailarina lógica “Religión” [Véase].

Creo que en Filosofía no podemos eludir la honradez empírica: hay que soportar, y comunicar a otros, lo que se experimenta (aunque se trate de un “hecho” incompatible como el tejido lógico más favorable para la supervivencia social). ¿Cabe hablar de “hecho” más allá de lo que permite experimentar nuestra mente lingüistizada? Quizás no. Pero, en cualquier caso, yo hablaré de lo que se me presentó, lo que irrumpió de forma absurda e inesperada, dando un paseo nocturno por los alrededores del aeropuerto de Lyon. Era el año 1991. La foto que ocupa el cielo de este texto corresponde a ese aeropuerto tal y como es hoy día.

Algo gigantesco que no era yo, algo/alguien consciente, vivo, casi carnal, que me amaba, lo tomó todo, lo fue todo, lo transparentó todo: los árboles, los postes de la luz, los surcos del sembrado que desdibujaba la noche, las estrellas, los edificios, los coches, los aviones… Fue una experiencia grandiosa que censuré durante años por exigencias sistémicas de mi caja lógica.

¿Era aquello lo que la palabra “Dios” pretende significar? ¿Era aquello mi yo esencial (Atman-Brahman) que se traslucía a través de las imágenes de “mi” mente?

Yo no estaba rezando, no rezaba nunca, ni había texto alguno entre mis manos fabricando prodigios metafísicos.  El único credo al que estaba adscrito era el cientista-ateísta. “Aquello” que tenía delante no me pidió ni me prometió nada. Solo se mostró. Descomunal. Glorioso. Omnipotente. Omnisintiente. Siendo todo lo existente: ahí, ante mí … y amándome de una forma casi insoportable.

Años después, estudiando textos de pensamiento místico (o de “meta-Mística”) descubrí que aquella experiencia, absurdamente sobrevenida, la habían vivido otras personas a lo largo de la historia (dentro y fuera de sistemas religiosos).

Por el momento no puedo ofrecer aquí ni siquiera un texto esquemático que exprese mis ideas sobre la mística. El tema es serio. Muy serio. Espero ampliar este breve texto en un futuro cercano.

No obstante, y mientras tanto, quisiera recomendar la lectura de cinco obras relativamente recientes sobre el fenómeno de la Mística:

1.- Elemire Zolla: Los Místicos de Occidente (cuatro volúmenes), Paidós, 2000. Traducción de José Pedro Tosaus Abadía.

2.- Juan Martín Velasco: El fenómeno místico, Trotta, 1999.

3.- Raimon Panikkar: De la Mística, Herder, 2005.

4.- Michel Hulin [Véase]: La mística salvaje, Siruela, 2007. Traducción de María Tabuyo y Agustín López.

5.- Ramón Andrés: No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (Siglos XVI y XVII), El Acantilado, 2010. Mi crítica sobre esta obra puede leerse aquí:      Ramón Andrés y eso que sea el silencio.pdf

Adelanto lo que por el momento soy capaz de decir respecto a la experiencia de las experiencias (la experiencia radical):

1.- La experiencia mística es, para mí, la sensación de que hay un mundo (un cosmos si se quiere) y un habitáculo (la “mente”) donde ocurre ese mundo (ese “cosmos”). Y sentir (sentir, no pensar) que Algo está creando ahí prodigios (incluyendo entre esos prodigios lo que se nos presenta, en la “mente”, como el “yo fenoménico”).

2.- Lo místico es la sensación de que está ocurriendo algo descomunal ahora mismo. Es el estupor ante ESTO. Y ESTO es muy extraño, muy sospechoso: sobrecogedor por sus intolerables niveles de magia; esto es, de intervención, de modulabilidad, de fantasía. Algunos románticos alemanes (Lüdwig Tieck por ejemplo) llegaron a afirmar que vivimos en una novela. Novalis habló de auto-hechizo. Schopenhauer afirmó que somos el secreto director de la obra de teatro de nuestra propia vida. Yo siento, cada día, que estamos en algo muy sorprendente, muy poderoso: cabría sospechar que estamos dentro de una secreción imaginativa.

3.- En algunos textos de ayuda a la iniciación “mística” se insiste en que hay que estar atentos, no distraerse: que hay que vivir “con conciencia”. ¿Atentos a qué? ¿Conscientes de qué? ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde estamos? Sospecho que en el fondo de ese decir se está diciendo (por una fuerza que se nos escapa) que estemos atentos a lo que se va inoculando en nuestra conciencia. Me veo obligado a reconocer que las hipótesis de Berkeley me parecen abrumadoramente lúcidas: aquí solo podemos afirmar que experimentamos “mundo”. Y tengo la sensación de que, efectivamente, hay algo introduciendo realidades (vida, sucesos, atardeceres, personas) en nuestras mentes. Sentir esa permanente Creación en nuestra conciencia sería una experiencia mística: oler la piel de las manos de “Dios” aquí mismo. Ahora.

En este diccionario, me he propuesto practicar un empirismo radical como el que propuso William James [Véase]. Y dentro del haz de mis experiencias privadísimas hay una que quiero traer a este diccionario expresionista: simplemente, en algunas ocasiones, he sentido que hay algo (alguien) que está meditando en el fondo de mi yo consciente o fenoménico (o como quiera “yo”  llamar a ese David López que puedo apresar en mi mente); y que mi mundo es el fruto de su fantasía. Una fantasía que es sagrada.

Sentir eso, y sacralizar, con absoluta entrega, esa prodigiosa fantasía, es mi mística.

Aunque, siendo sincero, y como ya he afirmado muchas veces aquí, yo no sé muy bien quién soy; o qué soy. Solo sé que estamos en algo descomunal, algo inabarcable por ningún sistema filosófico ni religioso.

Y sé también que cabe, aquí dentro, crear belleza extrema en los cielos de la mente de los demás.

David López

 

 

Diccionario filosófico: “Metafísica”.

 

 

[Acceso a mis cursos de Filosofía]

 

Metafísica.

A esta palabra, a esta bailarina lógica, se le ha dicho muchas veces que no baile. O que baile, al menos, fuera de la pista en la que bailan las bailarinas de la Verdad, esas que llevan como nombres “Hecho”, “Física”, “Matemática”, “Conocimiento”, “Pragmatismo”, “Positivismo”.

Se la ha expulsado, paradójicamente, desde posiciones metafísicas más o menos inconscientes.

Una aproximación simple a esta palabra: creer en la Metafísica es creer en que hay algo -que no se ve- que mueve lo que se ve. La Física moderna, que afirma estar liberada de toda Metafísica, cree que hay algo que no se ve -las leyes de la Naturaleza- que mueven todo lo que se ve.

La palabra parece que la inventó Andrónico de Rodas en el siglo I a.C. Bajo ese símbolo -“Metafísica”- se agrupó una serie de escritos de Aristóteles que se ocupaban de lo que este filósofo denominó “Filosofía primera”, “Teología” o “Sabiduría”. Estos libros fueron colocados después de los ocho que componían la “Física”. Así, una opción bibliotecaria instauró ya un visión sobre la totalidad: habría algo que estudiar, que pensar, que decir a otros, de lo que está detrás de la Física (entendiendo por “Física” lo que se presenta más o menos inmediatamente ante los sentidos).

Pero, ¿qué se presenta ante los sentidos? ¿Alguien lo sabe? ¿Qué vemos? ¿Alguien ve algo si se le pregunta qué ve, qué ve en la totalidad del ver?

Y, sobre todo: ¿cómo sabemos que, efectivamente, hay algo fuera de los sentidos “presentándose”, disponible para ser incardinado en un modelo mental de naturaleza verificable… con los sentidos? ¿Cómo salir de los sentidos para “ver” si hay algo más allá de ellos?

José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofía, afirma que no hay nada que pueda llamarse “la metafísica”: “Hay modos de pensar filosóficos muy diversos que conllevan diversos tipos de metafísicas, a menudo incompatibles entre sí”. Bueno, esa fue su Metafísica: la creencia en que existe pensamiento humano y modos distintos de pensar lo pensable.

Un primer uso de la palabra Metafísica (un uso que creo que puede ser útil para vislumbrar el poderío de las bailarinas lógicas que bailan en este diccionario) sería el que la convierte en sinónimo de la palabra “Filosofía”, pero en el sentido de Filosofía radical: aquella que aspira a dibujar un modelo donde se expliquen todos  los hechos que se presentan en nuestra conciencia. Son muchos, ¿no? Salvo que hagamos el truco de coger sólo lo que interesa a nuestras hipótesis. a esos sistemas legaliformes en los que nos cobijamos. ¿Cabe vivir en la intemperie meta-sistémica? Sí. De hecho es ahí donde vivimos.

¿Diferencia entre Metafísica y Filosofía? Hay filosofías que niegan, o prohíben, la Metafísica.

La Metafísica (más allá de que sepamos cuál es su objeto de estudio) podría ser entendida como una especie de competición entre retratistas: dibujantes que aspiran a hacer el dibujo final: el dibujo donde se armonicen todos los dibujos. Así, un buen sistema metafísico -como el que intentó crear, entre otros, Schopenhauer- debería integrar y explicar el mundo entero (solo el mundo), incluidas las teorías metafísicas que compiten dentro de él, y el hecho de que exista esa competencia entre retratistas.

Pero la bailarina “Metafísica”, y también las que prohíben que baile, presuponen un modelo de totalidad. La negación de la Metafísica es una metafísica. Ese modelo de totalidad, en el caso de la Metafísica entendida como actividad filosófica radical, implica la aceptación del dualismo: hay un objeto (la realidad en sí) y hay un sujeto: el filósofo-metafísico (o el científico de la totalidad, si se quiere) que quiere conocer lo que hay y apresarlo en conceptos comunicables a otros pensadores de su tribu. Eso ya es dar por real ese dualismo. Eso es ya creer en una Metafísica.

¿Cabe, entonces, saber algo, sentir (intelectualmente si se quiere)  lo que hay? Pero, ¿qué hay? ¿Qué es el Ser? ¿Qué presupone el mero hecho de construir la pregunta sobre el “qué”?

¿No será que todo sistema metafísico es ya una forma de conocer, una música inconsciente desde la que mira al infinito (la Nada si se quiere)?

¿No será que eso que se denomina “Física” ofrece modelos que dan sentido a los hechos que una Metafísica, digamos “inconsciente”, suministra? Esto suena algo a Kant. Y a Berkeley. Pero no del todo.

Pero, ¿y si lo que hay fuera libre? Me refiero a la posibilidad de una Metafísica no legaliforme. Aseidad. Aquí ya nos alejaríamos de la Filosofía, incluso de la Teología, y nos adentraremos en ese camino de gloriosa disolución de toda legaliformidad que es la Mística: nos adentraríamos en el silencio del que nacen todos los modelos de totalidad: todas las metafísicas posibles: todas las formas que el infinito tiene de autoconfigurarse y de autocontemplarse.

Y todo por arte de Magia: la única realidad metafísica que considero seria.

Nos adentraríamos en esa Tiniebla a la que me refiero con ocasión de la palabra “Luz” [Véase].

Antes de desarrollar  con algo más de detalle las sensaciones que he expuesto anteriormente, creo que puede ser de gran utilidad hacer el siguiente recorrido:

1.- La Metafísica de Aristóteles. La ciencia que estudia las primeras causas. Estamos ante la “Filosofía primera”. Ante la Teología si se quiere. Creo que no debería uno perderse la joya editada por Gredos, a partir de la traducción trilingüe de  Valentín García Yebra. Dice Aristóteles (Libro I, 2):

Pues esta disciplina comenzó a buscarse cuando ya existían casi todas las cosas necesarias y las relativas al descanso y el ornato de la vida. Es, pues, evidente, que no la buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, así como llamamos hombre libre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única ciencia libre, pues ésta sola es para sí misma. Por eso también su posesión podría con justicia ser considerada impropia de un hombre. Pues la naturaleza humana es esclava en muchos aspectos; de suerte que, según Simónides, “sólo un dios puede tener este privilegio”, aunque es indigno de un varón no buscar la ciencia a él proporcionada. Por consiguiente, si tuviera algún sentido lo que dicen los poetas y la divinidad fuera por naturaleza envidiosa, aquí parece que se aplicaría principalmente, y serían desdichados todos los que en esto sobresalen. Pero ni es posible que la divinidad sea envidiosa (sino que, según el refrán, mienten mucho los poetas), ni debemos pensar que otra ciencia sea más digna de aprecio que ésta. Pues la más divina es también la más digna de aprecio. Y en dos sentidos es tal ella sola: pues será divina entre las ciencias la que tendría Dios principalmente, y la que verse sobre lo divino. Y ésta sola reúne ambas condiciones; pues Dios les parece a todos ser una de las causas y cierto principio, y tal ciencia puede tenerla o Dios solo o él principalmente. Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna.

¿Habrá algo -un Dios- que de verdad sepa qué pasa aquí, qué se está moviendo en este gigantesco océano? ¿Y será posible que ese conocimiento, esa macro-Verdad, sea accesible a la condición humana? Aristóteles, al parecer, creyó que sí. ¿No fue la suya una fe prodigiosa en el ser humano?

2.- La postura de Kant: la Metafísica, como ciencia, no permite conocer nada, pero es inevitable, y nos mueve, nos empuja, hacia el infinito. Kant prohíbe el baño en el océano metafísico que rodea la isla del conocimiento posible. Pero describe un enorme modelo de totalidad (un modelo metafísico) sin posibilidades de verificación fuera de la maquinaria psíquica que él mismo describe (una maquinaria psíquica, la humana, capaz de crear una naturaleza newtoniana dentro de sí misma, a partir de algo exterior que esa maquinaria no puede conocer; ni ver siquiera).

3.- Schopenhauer: la Metafísica sólo se ocupa del mundo. Ese es su límite como ciencia: la ciencia que más datos es capaz de recoger en sus modelos. La Metafísica completaría por tanto a la Física en su intento de convertir el mundo en conceptos comunicables.

4.- Los anti-metafísicos: de Hume al neopositivismo, pasando por Compte, y culminando en el Círculo de Viena (una red de mentes hechizadas por Wittgenstein; y abandonadas más tarde por su hechicero: abandonadas en el abismo de la falta de fe en “lo puesto”, en lo “físico de verdad”, en lo “no-metafísico”). Todas la posturas anti-metafísicas presuponen una metafísica, ferrea, que vertebra mentes y miradas: lo que el anti-metafísico llama “Física” es, en realidad, una fantasía provocada por una metafísica inconsciente.

5.- Ortega y Gasset: La “ante-física”. En varios lugares de este diccionario he recomendado esta obra excepcional: ¿Qué es filosofía? Bajo este título se agruparon once conferencias que impartió Don José en 1929. La primera tuvo lugar en la Universidad Central, que fue cerrada por razones no metafísicas. O quizás sí. Las demás fueron acogidas, primero en la sala Rex de Madrid y después, por el exceso de asistentes, en el teatro Beatriz. La Metafísica en el teatro. En el teatro del Mundo.

En la transcripción de lección cuarta se puede leer lo siguiente:

Donde acaba la física no acaba el problema; el hombre que hay detrás del científico necesita una verdad integral, y, quiera o no, por la constitución misma de su vida, se forma una concepción enteriza del Universo. Vemos aquí en contraposición dos tipos de verdad: la cíentífica y la filosófica. Aquella es exacta pero insuficiente, esta es suficiente pero inexacta. Y resulta que esta, la inexacta, es una verdad más radical que aquella -por tanto, y sin duda, una verdad de más alto rango-, no solo porque su tema sea más amplio, sino aun como modo de conocimiento; en suma, que la verdad inexacta filosófica es una verdad más verdadera.

Y leemos también en la transcripción de esa lección cuarta:

No será nuestro camino ir más allá de la física, sino al revés, retroceder de la física a la vida primaria y en ella hallar la raíz de la filosofía. Resulta esta, pues, no meta-física, sino ante-física. Nace de la vida misma y, como veremos muy estrictamente, esta no puede evitar, siquiera sea elementalmente, filosofar.

Pero en realidad Ortega está hechizando y siendo hechizado por una metafísica: ¿qué es eso de “la vida misma”? ¿Alguien lo sabe? Creo que la creencia de Ortega en eso de “la vida” como dato inmediato tiene una textura lingüística: es un modelo de totalidad fabricado por bailarinas lógicas (esos seres que contemplo, estupefacto, en el presente diccionario).

6.- La Física moderna:u conversión en pura especulación metafísica si consideramos las reflexiones de tres epistemólogos del siglo XX (Popper, Lakatos, Feyerabend). Considero que toda Física es siempre una Metafísica: básicamente porque sus postulados hablan de lo que se no ve: las leyes de la Naturaleza no son perceptibles, sino inducibles-deducibles. Como se quiera. ¿Postulables para dar explicaciones a las cosas, a las pocas cosas que se “ven”? No. No se ve nada. Para ver algo -para que haya cosas como “los átomos”- hay que dejar que funcione una maquinaria lingüística. Un sistema determinado de universales [Véase “Universales“].

Creo, además, que conocemos lo que nuestro cosmos [Véase cosmos] permite que conozcamos: él nos ofrece una determinada forma de cobijarnos (y de cobijar nuestro filosofar) en el infinito. Así, cualquier sistema metafísico, si es que ordena totalidades de hechos, está limitado a esos hechos, los cuales jamás serán todos los hechos. Porque todos los hechos no están ahí, sino que son construibles: son fruto de la Magia [Véase Magia]: de eso de verdad “serio” que está en el fondo de todo lo que ocurre ante cualquier conciencia.

En cualquier caso, la Metafísica -como mera actividad del intelecto si se quiere- es una de las actividades más sublimes que podemos practicar en cuanto seres humanos. Aunque sospecho que cuando se filosofa de verdad, cuando somos radicalmente metafísicos, no somos exactamente “humanos”; o mejor al reves, de acuerdo: dicho desde Aristóteles: cuando filosofamos -cuando somos metafísicos activos y conscientes- es cuando actualizamos plenamente nuestra condición de hombres: cuando damos nuestro máximo: cuando llegamos a ser quienes somos.

¿Y quienes somos? Creo que somos esa Tieniebla a la que me refiero en la palabra “Luz” [Veáse “Luz“]: algo incognoscible, inifinitamente misterioso y oscuro, pero capaz de irradiar luz para todos los mundos posibles.

E imposibles.

Fichte dijo que “nada ilumina al yo, sino que él mismo es luminoso y la absoluta luminosidad”.

La imagen que preside este texto se dice que corresponde a Aristóteles. Yo creo que este gran filósofo disfrutó, de verdad, quizás no de La Verdad, sino del inefable placer que se siente al mirar y pensar lo que se presenta en la inmensidad de “nuestra” conciencia.

El sublime placer de la Metafísica. La Metafísica no sirve para nada. Es un fin en sí mismo. Alguien podría llegar a pensar que quizás ese sea una de las razones por las que mereció la pena crear un mundo. Un mundo muy misterioso.

Coincido con Friedrich Schlegel en la idea de que un mundo que fuera plenamente conocido sería espantoso (por aburrido sobre todo).

Sin duda la inconoscibilidad radical del mundo -o de “lo que hay”- aumenta su fuerza y su belleza.

David López

[Acceso a mis cursos de Filosofía]