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Nueva crítica literaria: Jacobo Muñoz ante el infinito de la Historia.

 

Os ofrezco a continuación una crítica que ha sido publicada en el número 726 de Cuadernos Hispanoamericanos (Agencia Española de Cooperación Internacional). Las demás críticas que he realizado son accesibles desde [aquí].

Y os deseo, de paso, un año que justifique y que dé un enorme valor a vuestra vida entera.

* * * * *

Jacobo Muñoz frente al infinito de la Historia

Jacobo Muñoz ([1]) se ha enfrentado al infinito de la Historia en un libro importante, un libro que, en mi opinión, debe ser leído en este momento histórico. Su título es Filosofía de la Historia (Origen y desarrollo de la conciencia histórica). Y creo que debe ser leído porque ofrece una rigurosa amplificación y una fecunda problematización de nuestra mirada a “lo histórico”,  a lo que “de verdad” ha pasado, a eso que, en muchos casos, fabrica el sentir –soñar/amar/odiar- de los hombres y de los pueblos.

Vivimos tiempos, especialmente en España, en los que el debate político se nutre, con renovada pasión, de relatos históricos estandarizados. Son tiempos éstos, como todos, que requieren sosiego y lucidez: lucidez para no vivir con los ojos y los corazones demasiado empequeñecidos por una teoría histórica.

En la obra de Jacobo Muñoz leemos lo siguiente: “Todo hecho es ya teoría”.

Se trata de una cita de Goethe, inquietante, fértil, exigente en exceso. Como oportunamente destaca Jacobo Muñoz, esta cita la utilizó Ortega en su introducción a las Lecciones de Filosofía de la Historia de Hegel.

Ortega también utilizó esta cita de Hegel:

“El historiador corriente, mediocre, que cree y pretende conducirse receptivamente, entregándose a los meros datos, no es, en realidad, pasivo en su pensar. Trae consigo sus categorías y ve a través de ellas lo existente”.

Pero tanto Ortega como Hegel, a pesar de su potencia filosófica, y de su capacidad para tomar cierta distancia de las teorías y sus hechizos, creyeron en la Historia en sí: en que efectivamente ha habido una racional (y por tanto cognoscible/lingüistizable/colectivizable) concatenación e interrelación de hechos concretos, ontológicamente independientes del hecho (también histórico) de ser o no pensados por un ser humano. Y que merece la pena estudiar esos hechos concatenados, narrarlos, incorporarlos a los planes de estudio.

Jacobo Muñoz también parece creer en la utilidad, en la salubridad, de las ciencias que se ocupan de la Historia y, por tanto, de los relatos históricos. Esto nos dice en los últimos párrafos de su obra:

“No hará falta insistir más, llegados a este punto de nuestro razonamiento, en la crisis contemporánea de la creencia en un curso histórico único, pautado por una lógica interna llamada a encaminarlo hacia un determinado fin, sea la salvación, el progreso o el reino de la libertad –de la “verdadera historia”, como escribió Marx-. Ni en la consiguiente puesta en cuestión de una cultura, de un sentido de nuestro vivir en el tiempo e incluso –o sobre todo- de nuestra percepción del futuro, totalmente desvalorizado hoy en nombre de un presente casi eternizado […] Y si el pasado queda así, y en este preciso sentido, abierto, abierto queda también el futuro, con la consiguiente incitación a asumir, más allá de la cultura de la necesidad y el automatismo, de la redención y la promesa, una cultura de la conjetura racional, del método de ensayo y error, de la precisión y del reconocimiento de la complejidad. Resultaría difícil, por todo ello, poner en duda que la verdad histórica, entendida más como una instancia normativa capaz de alentar un proceso inacabable que como algo ya definitivamente conseguido, no puede ser monopolio de nadie y sí obligación de todos”.

Habría, por tanto, una verdad histórica (una “Historia en sí”) dispuesta a ser reconstruida, y estudiada, tanto en sus hechos aislados como en las leyes internas que enhebrarían esos hechos. Y ese estudio –“inacabable”- sería algo necesario, ineludible, para que los seres humanos (en conjunto, hemos de suponer) caminen hacia un futuro mejor.

¿Qué es un futuro mejor?

En este libro de Jacobo Muñoz podemos encontrar, entre otras muchas cosas, diversos modelos de “futuro mejor”, según han ido apareciendo a lo largo de la Historia. Pero “Historia” es una palabra ambigua. Y es de enorme relevancia filosófica tomar conciencia de esa ambigüedad (p. 14):

“Importa partir del reconocimiento –una vez más- de una ambigüedad. Ambigüedad no por repetidamente citada menos relevante para, y aún determinante de, la problemática que nos ocupa. Máxime cuando en este caso se trata de una doble ambigüedad. Como “historia” hay que entender tanto las res gestae, lo acontecido como tal, el flujo histórico en su propia materialidad, cuanto la “narración”, “reconstrucción” o “estudio científico” de ese acontecer ya consumado, la historia rerum gestarum. Reconstrucción discursiva, desde luego, y en consecuencia sujeta a la lógica misma de la palabra”.

Consciente de esta ambigüedad, y desde ella, Jacobo Muñoz describe así su libro (p. 13):

“Las siguientes páginas, escritas en un momento de incertidumbre y perplejidad, de escepticismo histórico, de presunta posthistoire e incluso de puesta en cuestión –una vez más- del sentido mismo de la historia como disciplina, están dedicadas a las grandes filosofías especulativas de la historia, en el orden de su sucesión efectiva, y al proceso de constitución de la historia como “ciencia” a partir de y en cierto modo contra aquellas. Un proceso que no deja de ofrecerse él mismo como un interesante objeto de estudio no sólo para el filósofo de la historia –tanto si se reconoce como tal, como si lo es, al modo de Jacob Burckhardt, a pesar suyo-, sino, y además, en grado no menor, para cuantos se limitan a hacer suyo el imperativo de “pensar históricamente””.

Esa sucesión de filosofías especulativas de la Historia la despliega Jacobo Muñoz en seis capítulos a lo largo de los cuales fluyen frases arquitectónicamente imponentes, construidas a partir un exquisito dominio del lenguaje, sin miedo a utilizar una puntuación compleja (muy dinámica, muy proteica), aunque, en ocasiones, las subordinadas son demasiado largas e incómodas.

Sirva el siguiente párrafo tanto como prueba de lo dicho, como de explicación de qué es eso de “Filosofía de la Historia” según Jacobo Muñoz (p. 16):

“Como “filosofía de la historia” cabe, en efecto, entender tanto la reflexión de cuño teológico o metafísico-especulativo, según las épocas y los autores, sobre el sentido del acontecer histórico, de acuerdo con la tesis, mil veces defendida y mil veces reelaborada, de la existencia de un principio en base al que “se ponen en relación acontecimientos y consecuencias históricas, refiriéndolos a un sentido último” [la cita es de Herder], cuanto, más “contemporáneamente” la reflexión crítica, de segundo orden o propiamente “metalingüística”, acerca del discurso histórico como tal”.

Filosofía. Historia. Tiempo. Lenguaje. Podría decirse que Jacobo Muñoz, en este libro, ha posado sus ojos de filósofo en lo que ya no es (el “pasado”/la nada), y en las teorías, también pretéritas, sobre eso que sea “la Historia” (su “textura ontológica”, diría Ortega). Y lo ha hecho desde un “presente” (¿el suyo? ¿el de todos?) que él define como de “incertidumbre y perplejidad” (p. 13).

Pero cabría decir también que eso que ahora ya no es, eso del “pasado de la Humanidad” y sus hechos, tiene riqueza suficiente para ser configurado –discursivamente- hasta el infinito. Y sin renunciar por ello a la honesta y rigurosa búsqueda de la verdad. La Historia, en cuanto narración (incluidas las narraciones sobre las narraciones), aunque mire para atrás, es algo que ocurre siempre en el presente. Ahí, en el presente, es donde se siente y se configura el pasado. Ahí es donde vibran los efectos de las narraciones (siempre superables, siempre expuestas a ser falsas, siempre sospechosas de estar al servicio del poder; o de los distintos poderes, políticos, intelectuales,  que quieren todo para ellos). Cabría decir que la “Historia” solo afecta al presente, solo ocurre en el presente: que el pasado es inefable. O, al revés, que es el presente el que decide qué ocurrió en el pasado: que es el presente, por así decirlo, la clave genésica de lo histórico. En esta cita de Orwell, recogida por Jacobo Muñoz al comienzo de su obra (p. 11), podría estar retirado un velo crucial:

“Quien controla el pasado controla el futuro, y quien controla el presente controla el pasado”.

Pero, ¿quién/”qué” controla el presente?… este presente. ¿Quién/qué, por lo tanto, decide qué ocurrió en eso que sea “el pasado” y decide lo que podemos esperar del futuro?

Hay un momento en este buen libro de Filosofía que puede ofrecer alguna luz para acometer esta pregunta; aunque sea una luz en cierta forma “inhumana” (P. 292):

“Optaba así [se refiere a Lévi-Strauss], como tantas veces se ha señalado, por el sistema frente al viejo sujeto intencional, consciente y protagonista, como es bien sabido. Nada más lógico: si Saussure representaba para Lévi-Strauss la “gran revolución copernicana” en el ámbito de los estudios del hombre es precisamente por “haber enseñado que la lengua no es tanto propiedad del hombre como éste propiedad de la lengua”, lo que para él no viene a significar sino que “la lengua es un objeto que tienes sus leyes, que el hombre mismo ignora, pero que determina rigurosamente su modo de comunicación con los demás y, por tanto, su manera de pensar”.

Estamos ante una idea –ciertamente espeluznante, pero también prodigiosa- que fue proclamada hace milenios en la India, y recogida en el Rig Veda (10.125). Es el himno a Vak (la palabra). O de Vak, en realidad: “Ellos no lo saben, pero habitan en mí”.

En cualquier caso, el hábitat de palabras que ha escrito Jacobo Muñoz (o que la palabra ha escrito a través de eso inefable que sea Jacobo Muñoz) ofrece una gran experiencia filosófica. Y poética. Si es que seguimos manteniendo la distinción entre Filosofía y Poesía.

 

David López

Sotosalbos, enero de 2011.

 


*Jacobo Muñoz: Filosofía de la Historia (Origen y desarrollo de la conciencia histórica), Biblioteca Nueva, Madrid, 2010.

Feliz Navidad

 

        “Navidad”.

        Es una palabra capaz de bailar músicas muy diferentes según sea la textura ideológica de las mentes humanas.

        A mí, a pesar de todo lo que ha llovido desde la Ilustración, a pesar de que no soy cristiano, y a pesar de los claroscuros del consumismo, me sigue pareciendo una palabra preciosa y un ritual fértil.

        Navidad. Nacimiento. ¿De qué? De la Fe. La Fe significa que podemos propiciar que irrumpan en nuestra conciencia -y en la de los “otros”-  paraísos ahora inimaginables. Es cuestión de trabajo, de bajar a nuestro taller de los mundos (un lugar donde se da forma a la Materia).

        Creo que una clave para conseguir este prodigio creativo es el amor; a los otros y a nosotros mismos. Esto significa, en mi opinión, un trabajo constante de sacralización del yo. Del mío y del tuyo. Una sacralización que solo es posible desde una conciencia testigo que ama a esas individualidades -la mía incluida- pero que no se agota en ninguna de ellas. Una conciencia que sabe que entrará y saldrá de muchos mundos y de muchos yoes aparentes. Pero siempre sagrados.

        Yo supongo que Jesucristo no estaría demasiado en desacuerdo con estas ideas. O quizás sí. No sé. Pero, en caso de no estar de acuerdo, quiero creer que me amaría con su energía infinita, aunque yo no sea cristiano.

        Yo deseo que ocurra una Navidad eterna en vuestras conciencias: una fe absoluta en que sois sagrados ( y en que estáis rodeados por seres sagrados).

        Feliz Navidad queridos amigos.

        David López

        Madrid, 25 de diciembre de 2010.

Las bailarinas lógicas: “Felicidad”.

 

 

 

 

“Felicidad”. Otra bailarina lógica. Un símbolo que quiere que creamos que existe algo nombrado por él: que existe aunque dicho símbolo no existiera.

¿Qué es la felicidad? La Real Academia define el ámbito de esta palabra así: “Estado de ánimo que se complace en la posesión de un bien”. ¿De qué bien? ¿Calma? ¿Placer? ¿Es lo mismo la felicidad que el placer? ¿Hay algo que esté por encima de la felicidad? ¿Es buena la felicidad? ¿Es malo el sufrimiento?

Ayer por la mañana llovía en Sotosalbos. Y había poca luz. Pero aun así, la “Materia” parecía preñada de posibilidad, como siempre. Le había prometido a mi hijo Nicolás que íbamos a poner bolas de Navidad en su abedul. Y en el de su hermana Lucía. Todas de color oro. Como el sol que ocultaban las nubes.

Salimos a la calle, lloviendo, casi nevando. Me subí a una escalera y, con las manos embrutecidas por el frío, fui colocando bolas de oro falso en las ramas blancas de los abedules. Nicolás me asistía desde abajo. Con la mirada encendida. Vestido como un explorador del Ártico. Y, de pronto, se encendieron a la vez el sol y todas las bolas de oro que habíamos colocado en los abedules. Y también se encendió algo en mi interior. Una felicidad extrema. Casi insoportable.

Dijo en cierta ocasión Goethe algo así como que el ser humano no soporta una sucesión demasiado larga de días felices. Pero el que ha sufrido y sufre cada día no tiene problemas con la felicidad. La recibe como un regalo de los dioses. La celebra. La observa y la atesora como si fuera un precioso bebé nacido de un parto muy doloroso. Mi visión sobre el sufrimiento creativo (el Tapas hindú) se puede leer [aquí].

La felicidad existe. Y es un fenómeno misterioso y desconcertante. A los pesimistas, por miedo, por debilidad, les gusta minimizar su presencia en “lo real”. El sufrimiento también existe. Creo que no es necesario que, como hizo Schopenhauer, escriba miles de frases para convencer a los dudosos. Pero ambos fenómenos tienen fronteras muy gelatinosas y su hábitat son los sueños. Maya. Nuestra mente. El mundo. Es todo lo mismo.

La historia de las ideas y de las sensaciones está repleta de consejos para ser feliz. Para ser un “sabio feliz”. Al ocuparme de “Apara-Vidya” reivindiqué este tipo de sabiduría, digamos, “para soñadores”, para los que sabemos que estamos soñando pero que no nos importa. Supongo que muchas personas leerán con cierto interés el texto que estoy ahora redactando por si en él apareciese algún nuevo truco para conseguir, por fin, la felicidad… o, al menos, algo menos de sufrimiento.

Desde un punto de vista metafísico la pregunta crucial es si somos o no libres para escuchar consejos sobre la felicidad y para aplicarlos a nuestras “vidas”. Recomiendo leer “Libertad”. Si, como afirman gran parte de los físicos [Véase “Física”], todo está determinado por leyes matemáticas implacables, lo que ocurrirá a continuación es que yo voy a escribir exactamente lo que permitan esas leyes, las cuales tendrían tomada la estructura y el funcionamiento de mi cerebro. Y no solo eso, sino que el lector leerá y hará exactamente lo que permitan -lo que tengan “previsto”- esas mismas leyes. Así, finalmente, tanto los consejos para ser más felices -más sabios si se quiere- como las posibilidades de aplicación de esos consejos estarán ocurriendo mecánicamente. Se será o no feliz mecánicamente, algorítmicamente. En cualquier caso, habría que sentirse maravillado por lo que esas leyes son capaces de hacer con eso de la “materia”, pues gracias a su fuerza, a su autoridad, gracias al baile que consiguen que se produzca en el Ser -en “lo que hay”-, ocurren cosas como la sonrisa que alumbra estas frases.

Yo sostendré que sí somos libres para configurar un paraíso en el cosmos en el que estamos soñando. Y que somos algo así como magos capaces de reconfigurar, en cualquier momento, la textura de nuestro sueño (de nuestra vida). Y desde esa libertad -absurda lógicamente- me atreveré a compartir mis trucos para la felicidad, uno de los cuales es considerar el sufrimiento como una prodigiosa factoría de paraísos. Yo lo compruebo cada día.

Antes de exponer mis propias ideas sobre esa bailarina lógica llamada “Felicidad”, creo oportuno hacer un recorrido, aunque sea casi telegráfico, por los siguientes temas (no debemos olvidar que esto es un diccionario filosófico, por muy expresionista que se muestre en ocasiones):

1.- Buda: la vida es sufrimiento. Y el sufrimiento es malo. Hay que erradicarlo erradicando el deseo. Yo discrepo con la primera premisa del budismo. La vida es mucho más compleja y desbordante que lo que esa palabra -“sufrimiento”- puede llegar a abarcar nunca. En cualquier caso, creo que huir de sufrimiento afea la vida. Y la muerte.

2.- Heráclito: “Que a los hombres les suceda cuanto quieren no es lo mejor”. Ha habido muchas afirmaciones similares a lo largo de la historia del pensamiento. Cabría sospechar que hubiera una mano que guía nuestra vida mejor que lo que lo harían nuestras rabietas. Y que la guía hacia algo que no podemos ni imaginar (¿por lo maravilloso que va a ser?). Escuchemos de nuevo a Heráclito “el oscuro”: “A los hombres, tras la muerte, les esperan cosas que ni esperan ni imaginan”. Yo creo que eso está ya ahora. Que estamos ya en algo inimaginable. Sigo recomendando la edición comentada de Alberto Bernabé de los siempre sorprendentes “Fragmentos presocráticos” (Alianza Editorial, Madrid, 1988).

3.- Platón. Creo que merece acercarse a las ideas de este gran poeta desde una obra de Beatriz Bossi: Saber gozar (Trotta, Madrid, 2008). La idea clave que se expone en este libro sería que, según Platón (Sócrates) el sabio es un hedonista, un experto en placeres y que, como tal, sabe cómo conseguir una perfecta armonía entre placeres para que ninguno de ellos se convierta, paradójicamente, en una fábrica de sufrimiento. Mi crítica sobre esta interesante obra se puede encontrar en “Críticas literarias” [Véase aquí].

4.- Epicuro. Creo que para acercarse al pensamiento de este filósofo del placer puede ser de gran utilidad -y puede proporcionar gran placer- esta obra de Anthony A. Long: La filosofía helenística (Alianza universidad, Madrid, 1977). También me parece recomendable Epicuro, de Carlos García Gual (Alianza, Madrid, 2002). Y, por supuesto, Defensa de Epicuro contra la común opinión, de Francisco de Quevedo (Tecnos, Madrid, 2001). Epicuro (341-271 a. C.) quiso crear nuevas palabras, nuevas ideas, para evitar el sufrimiento humano. Así, creyó necesario decir -que se dijera, que se pensara- que los dioses no influyen ni en la Naturaleza ni en los asuntos humanos (así se acabaría con el sufrimiento derivado del miedo a los caprichos de esos seres). También creyó necesario que se dijera -que se pensase- que no hay nada experimentable por eso que sea el ser humano más allá de la muerte de su cuerpo físico. De esta forma creyó Epicuro que se acabaría la angustia por un juicio final que determinara si se ingresa o no en el infierno: que se alcanzaría el más preciado de todos los bienes: la paz mental.  Se podría decir, desde Maturana quizás, que Epicuro, como cualquier otra fuente de “palabras” -de Logos- sería un órgano al servicio del sistema viviente que nutre nuestros cerebros -las cajas de nuestros mundos_. [Véase “Cerebro”]. Epicuro generó las ideas que él creyó más útiles para alcanzar la felicidad, para evitar el miedo. Quizás cabría encontrar aquí la razón de que muchos físicos rechacen con tanta contundencia -e irracionalidad- la posibilidad de más experiencias tras la muerte del cuerpo físico y, sobre todo, que existan seres poderosos -dioses- detrás del baile de lo fenoménico.

5.- Schopenhauer. El mundo, la vida humana, y la de todos los seres de la naturaleza, es sufrimiento. Hay que dejar de querer para que este mundo se diluya. Lo curioso en Schopenhauer es que dedicara tantas páginas de su obra capital (El mundo como voluntad y representación) a dejar claro que este mundo es un horror, por mucho que queramos afirmar que hay niños en él que sonríen. Parecería, por lo tanto, que la cosa no está tan clara. Es el problema de los pesimistas, y de los optimistas también: no soportan la complejidad infinita que nos envuelve y que nos nutre. Y que nos mata. La complejidad infinita que, en realidad, constituye nuestro verdadero ser.

6.- Nietzsche. “Nos aspiro a la felicidad. Aspiro a mi obra”. Quizás esta frase podría provenir del Artista Primordial. Dios si se quiere. Un ser que, disponiendo ya de la felicidad infinita, decide, sorprendentemente, crear un mundo y meterse en él. Y crucificarse en él. Nietzsche quizás sea de los filósofos que más han sacralizado el sufrimiento: que más han sabido ver sus posibilidades alquímicas.

7.- Freud. No debería renunciarse al placer de leer este libro: La interpretación de los sueños (Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1983). Los sueños tienen una función terapéutica. Cabría decir que la vida sería el sumatorio de “realidades” que se armonizan en eso que sea nuestra conciencia. Cabría decir también que la felicidad está garantizada en el producto onírico final. ¿Qué sentirá quien esté soñando y viviendo todo a la vez?

Procedo ahora a exponer algunas ideas. Las voy a transcribir directamente, tal y como están en un cuaderno que me ha acompañado estos días de prodigio (un fin de semana con mis hijos, con el fuego encendido, rodeado de nieblas, fresnos y abedules con soles de plástico):

1.- No sé muy bien qué es exactamente eso de la “felicidad”. Yo puedo dar cuenta de momentos en los que se produce una especie de chasquido estructural: un sonido que parece provenir de las profundidades del Ser, un “Sí” que tiene fuerza suficiente como para embellecer todo lo vivido hasta ese momento. Sugiero la lectura de “Aufhebung”. Creo que hay momentos que tienen una textura arquitectónica prodigiosa. Y que hay que celebrarlos. Religiosamente. También creo que hay que celebrar los momentos en los que se está en el andamio, sufriendo, fabricando esos momentos prodigiosos: el “chasquido”.

2.- Creo -a pesar de la insostenibilidad lógica de la libertad en el mundo donde gobierna la lógica- que somos magos: ingenieros de nuestro propio sueño: los creadores de nuestro propio Maya. Y que podemos hacer cosas sorprendentes. No sólo cabe ser feliz aquí dentro, sino que cabe “felicitar” a los demás; esto es: insuflar no sé qué en la textura de los instantes en los que vamos entrando para que las demás personas reciban ese no sé qué y sientan una dulzura inesperada en la textura de sus respectivos sueños. Cabe embellecer mucho el sueño ajeno. Cabe amar.

3.- La vida es una experiencia impresionante. Una obra de arte que deja sin palabras a los artistas que viven entre sus óleos. La vida es una tempestad de armonías, un abrazo apasionado entre luces y sombras, dolor y placer, sabiduría y estupidez. No querer sufrir es no querer vivir. El que tiene fe -el que confía en lo real, en lo real en su totalidad, en su infinitud- no tiene miedo al sufrimiento, ni tiene miedo siquiera al miedo, ni al deseo: el que tiene fe se siente amado y asistido, en todo momento, por el infinito: Dios se aprieta, pero no se ahoga. Recordemos los momentos en los que, en un sueño, ya no resistimos más la hostilidad que nos rodea, y de pronto nos sabemos poseedores de un gran secreto: que cabe salirse del infierno, despertar… bueno, despertar no, sino cambiar de sueño. Seguir soñando, seguir disfrutando de la creatividad de Dios.

4.- Creo, no obstante lo afirmado antes, que cabe aplicar la inteligencia -la prudencia del sabio socrático, o del confuciano, o del que sea- a la vida. Creo que con algunos trucos la vida puede ser hermosa, que el sabio, efectivamente, sabe cómo ser feliz aquí dentro.

5.- El consejo para ser feliz que me parece más útil es el siguiente: autarquía: que tu felicidad no dependa de nadie: sé feliz amando, dando, sin pedir nada a cambio, sin sacar después la cuenta. El amor, aunque sea una palabra que produzca algo de agotamiento, y que empalague -a mí a veces mucho-, es decisivo para la felicidad. Quien no ama está como condenado en vida. La gente infeliz que me rodea tiene grandes problemas para dar amor. O lo da sintiendo que está siendo demasiado generoso. También veo que tienen muchos problemas con la felicidad los que se creen muy buenos y los que ya se sienten en alguna verdad absoluta: desde sus casitas de chocolate lógico ven el mundo lleno de pecadores, de ignorantes, de malos, etc… Un mundo muy feorro y amenazante, un mundo “impuro” del que ellos quieren salir: un mundo que ya no tiene el olor a eterna primavera que había en el paraíso, esa forma de mente en la que todavía no había “conceptos”. Chantal Maillard habló alguna vez de un charquito al que se asomó de pequeña, en Bélgica, y su anhelo de regresar a aquel paraíso pre-conceptual. Sugiero la lectura de la crítica que hice de su libro Adiós a la India [Véase “Críticas literarias”].

Los soles que se encendieron ayer en el cielo, en los abedules y en los ojos de mi hijo  no pueden ser ignorados por la Filosofía. Son un misterio absoluto. Un exceso de belleza que parece forzar cualquier modelo lógico. La felicidad es un misterio absoluto. Pero yo no sentí sólo felicidad en aquel momento.

Había algo más.

Algo que espero tocar algún día con las manos de mis frases.

David López

 

Las bailarinas lógicas: “Física”.

 

 

“Física”. Durante muchos años esta bailarina lógica fue casi capaz de hechizarme del todo. De apresarme en su baile gigantesco pero finitizante. De separarme de la Filosofía: esa bailarina que es capaz de bailar en el infinito (en la no legaliformidad). Gozósamente. Valiéntemente. Entusiásticamente.

Física. Proviene de Physis, palabra griega para “Naturaleza”. ¿Alguien sabe o ha sabido jamás qué es eso de “Naturaleza”? Otra bailarina lógica. [Véase aquí].

En este texto me voy a ocupar de la Física. Con mayúscula. Como Filosofía. No me gustan las minúsculas. Presiento detrás de ellas una lima que me inquieta.

La imagen que flota en el cielo de este texto representa a uno de los físicos teóricos más importantes del siglo XX: Richard Feynman. Quisiera que se observase con atención su gesto extático, entusiástico, su mano extendida, bella, poderosa, hipnótica; y su vestimenta, en la que aparecen símbolos de su magia: de su Logos: del gran Logos de la Física. Quisiera que se viese en esa imagen a un chamán, a un sacerdote, poseído por una diosa matemática; porque las matemáticas serían, según este chamán, la única expresión posible del funcionamiento de la realidad, del universo: esa -según él- bellísima masa de átomos uniformes bailando al ritmo de leyes físicas, matemáticas…

Las teorías físicas de Richard Feynmann han servido de punto de apoyo para la última obra publicada por Stephen Hawking (que ha sido escrita, al parecer,  por él y por Leonard Mlodinow). La obra se titula, en español, El gran diseño; y es, en verdad, un gran diseño… poético: una combinación hechizante de símbolos: una combinación de “Universales” [Véase] que pretenden decir algo de lo inefable, finitizar el infinito, crear un cosmos donde fabricar y, a la vez, refugiar, una conciencia finitizada.

No pensaba leer la citada obra de Hawking y Mlodinow para escribir este texto. Tengo mi despacho abarrotado de libros de Física que merecerían mil años de vida en mil islas desiertas. Pero el jueves pasado se me estropeó, casualmente (mejor, causalmente), el coche. Y a partir de ese ‘hecho físico’ se desplegó una insólita cadena causal que culminó en un paseo por la calle Ferraz de Madrid. Y en un escaparate de esa calle me asaltó la portada de El gran diseño (Crítica, Barcelona 2010; traducción de David Jou i Mirabent). Decidí comprarlo —aunque desde el determinismo que este libro establece no tuve opción para no hacerlo— y decidí también, también sin libertad, dejarme devorar por él: por su Poesía voraz: por sus hechizantes combinaciones de “universales”. ¿Estaba ya en el gran diseño de los multiversos, ya programado, que yo leyera este libro?

La metafísica implícita en las ideas que expone este libro nos obliga a contestar que sí.

Llegué a mi casa, encendí el fuego y, en sincronía con mis abedules y un sol neblinoso, me puse a leer El gran diseño. En la frase número quince recibí el puñetazo de un patoso, como de bar de película, sin mala intención, como recibido de un borracho bonachón, risueño, medio dormido:

“Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda del conocimiento”.

Miré la foto de Mlodinow. El rostro de Hawking ya lo conocía. Es un icono del siglo XX, como el Che, Elvis o Bin Laden. Mlodinow, mucho menos conocido que Hawking, aparece en una de las solapas de este libro muerto de la risa. Respiré profundamente.

Esta obra de Hawking/Mlodinow está llena de bromas, chistes, caricaturas… y concluye con una frase en la que, tras dar las gracias a ciertos colaboradores, se dice: “Por otra parte, siempre supieron dónde hallar los mejores pubs“.

Pero aparte pubs, cervezas, risas y puñetazos bonachones, este libro ofrece miradores privilegiados para asomarnos, desde la Filosofía (la mirada de las miradas), hacia eso que se cree el físico -o algunos físicos- que es la Naturaleza. No olvidemos que la Filosofía analiza, también, las miradas: intenta explicitar esa fantasía, esa ubicación invisible, donde se cree que está cualquier emisor de modelos de mundo. La Filosofía explicita la bellísima artificialidad de los modelos, con respeto, con fascinación hacia la belleza y la eficacia de la Física, desbroza caminos (Jaspers [Véase aquí]) para que no se cierre el camino a lo inefable, a lo metamodélico. A lo prodigioso. A lo real.

Antes de exponer lo que siente mi mente cuando entra en ella a bailar la “Física”, quisiera sugerir los siguientes lugares de estudio:

1.- Los presocráticos. Sus obras fueron “sobre la Naturaleza”. Pero esa “Naturaleza” excedía, con mucho, lo que los físicos estudian hoy.

2.- Concepciones físicas de Platón. Cabría entender las sombras que se presentan en la caverna si se acude a conceptos matemáticos, los cuales tendrían su hábitat fuera de la caverna: fuera, por tanto, de lo que muchos físicos contemporáneos denominan “naturaleza” o “universo/multiverso”.

3.- La Física en Aristóteles: estudio de las causas segundas. El tema fundamental sería el estudio, la explicación, del movimiento… Pero todo, según este gigantesco filósofo, se movería hacia Dios, por atracción irresistible… hacia un Ser que en realidad no nos amaría, pero cuya belleza inefable tendría hechizado al universo entero.

4.- Nacimiento y desarrollo de la Física moderna: Galileo. Newton. La panmatematización de la Naturaleza. Elementos generalmente no problematizados de la Física moderna: la Matemática como lenguaje (y como esencia) de la Naturaleza; tiempo y espacio homogéneos y no causales; lo cualitativo siempre reducible a lo cuantitativo; materia corpuscular (esencialmente muerta e inconsciente) en movimiento; eliminación de la posibilidad de la acción a distancia; capacidad del hombre para explicar los fenómenos naturales mediante modelos; legaliformidad. Negación absoluta, por tanto, de la libertad y de la creatividad.

5.- La Física contemporánea. Reconocimiento de que toda Física teórica sería una creación de metáforas útiles: símbolos no representativos de ninguna realidad en sí, útiles para ubicarse en una Naturaleza inefable (tan inefable como el propio Dios), que se deja conocer y no conocer a la vez: una Naturaleza que no termina de ser ni objetiva ni subjetiva. Hay una obra de gran utilidad para sintonizar con el imponente logos [Véase “Logos“] que cosmiza actualmente la conciencia de muchos importantes físicos: Diccionario de lógica y filosofía de la ciencia (Alianza editorial). Los autores son Jesús Mosterín y Roberto Torretti.

Una parte de mis ideas sobre la bailarina lógica “Física” la voy a ir exponiendo en relación al libro de Hawking/Mlodinow. Debo reconocer que la lectura de esta obra me ha estimulado mucho. También me ha irritado. Pero mi enfado se ha ido aflojando cuando me he dejado llevar, acríticamente, festivamente, crédulamente,  por el gamberro y a la vez grave ritual desde donde estos dos chamanes anglosajones y baconianos han preparado sus brebajes de palabras. Brebajes que, como veremos, ofrecen a ‘nuestra’ mente (único hábitat de cualquier universo o multiverso) imágenes fabulosas: sueños prodigiosos: Ideas [Véase] capaces de enamorar a nuestra conciencia y de sacarla de paseo por el infinito.

Ofrezco a continuación mis comentarios a algunas de las ideas que Hawking/Mlodinow han expuesto en El gran diseño. Muchas de ellas, como se verá, son realmente sorprendentes por su radicalidad metafísica (no física):

1.- “La filosofía ha muerto”. Lo dicen en la página 11. Pero esta obra tiene algo ‘cuántico’ (una cosa puede ser a la vez onda y partícula… La Filosofía está muerta y viva a la vez…). Creo que merece la pena reproducir aquí, ahora, unas frases que aparecen en la p. 53 de El gran diseño –poético/chamánicode Hawking/Mlodonow: “George Berkeley (1685-1753) fue incluso más allá cuando afirmó que no existe nada más que la mente y sus ideas. Cuando un amigo hizo notar al escritor y lexicógrafo inglés Samuel Johnson (1709-1784) que posiblemente la afirmación de Berkeley no podía ser refutada, se dice que Johnson respondió subiendo a una gran piedra para, después de darle a ésta una patada, proclamar: lo refuto así. Naturalmente, el dolor que Johnson experimentó en su pie también era una idea de su mente, de manera que no estaba refutando las ideas de Berkeley. Pero esta reacción ilustra el punto de vista del filósofo David Hume (1711-1776), que escribió que a pesar de que no tenemos garantías racionales para creer en una realidad objetiva, no nos queda otra opción sino actuar como si dicha realidad fuera verdadera”. No obstante estos breves temblores de lucidez, es cierto que esta obra de Hawking/Mlodinow no es filosófica: no hay en ella un análisis o problematización lógicamente rigurosa de los presupuestos desde los que se construyen sus teorías: no hay conciencia del modelo de totalidad desde el que se generan sus modelos de universo o de multiverso.

2.- La teoría unificada —teoría M— es plausible (p. 16). Predice que nuestro universo no es el único, que otros miles de millones de universos fueron creados de la nada. Hay que excluir la intervención de un Dios o cualquier otro ser sobrenatural. Me pregunto: ¿qué es “natural”? ¿Lo visible? En realidad la Física ha sido siempre una Metafísica pura y dura: ha ofrecido modelos de lo que no se ve (el átomo no se ve, ni la ley de la gravedad) para explicar lo que se ve… No, es más: lo que se ve se ve así porque hay instalado un modelo de mirada. Volvemos a los universales [Véase “Universales“].

3.- Miles de millones de universos surgen naturalmente de la “ley física”. “Cada universo tiene muchas historias posibles y muchos estados posibles en instantes posteriores, es decir, en instantes como el actual, transcurrido mucho tiempo desde su creación” (p. 16). El modelo de totalidad donde se vertebra la conciencia de Hawking/Mlodinow tiene un presupuesto crucial y muy “ciudadano”: la ley. La Física se basa en la creencia en una naturaleza legaliforme, radicalmente determinista, donde no hay libertad, solo obediencia, obediencia a entes platónicos: las leyes físicas, o la teoría M, que no son visibles, sino presupuestas, narradas (esas leyes, esas diosas) por los chamanes de este credo eficacísimo en nuestra tribu… tan eficaz como lo fueron y los son todos los credos en todas las tribus. Veo en la Física un monoteísmo radical, único en la historia de las religiones, sobre todo en la Física que intenta no ser transcendente, la que intenta negar a un Dios o a un alma transcendente. Se trataría de admitir la existencia y el poderío absoluto de una especie de Faraón cósmico, no antrópico morfológicamente, que tendría sometidos todos los rincones posibles del Ser (de lo que hay), por muy descomunal que sea eso que hay: miles de millones de universos, todos existiendo a la vez, pero todos esclavizados en definitiva. Creo que algunos físicos tienen una conciencia esclavista: observan fascinados el reino de su señor invisible y se contentan con hacer predicciones, como esclavos que conjeturan cuándo vendrán sus amos a darles la comida o cuando llegará el momento de su ejecución.

4.- “Este libro está enraizado en el concepto de determinismo científico, que implica que la respuesta a la segunda pregunta es que no hay milagros, o excepciones a las leyes de la Naturaleza”. La afirmación que acabamos de leer merece ser unida a ésta: “Si ya nos parece difícil conseguir que los humanos respeten las leyes de tráfico, imaginemos lo que sería convencer a un asteroide a moverse a lo largo de una elipse” (p. 29). Esta frase es contradictoria en una narración que establece el determinismo radical. Si no hay libertad en esta matriz matemática de multiversos que parece ser la así llamada “Naturaleza”, no cabe cumplir o no una ley de tráfico, la cual estaría vertebrada en el descomunal corpus jurídico que amordazaría el Ser (lo que hay) en su totalidad.

5.- Ideas/sorpresa que he encontrado en este libro importante: “Los realistas estrictos a menudo argumentan que la demostración de que las teorías científicas representan la realidad radica en sus éxitos. Pero diferentes teorías pueden describir satisfactoriamente el mismo fenómeno a través de marcos conceptuales diferentes”. Y proponen estos autores una especie de estrategia gnoseológica que denominan “realismo dependiente de modelo” (p. 54). Esta estrategia nos exigiría aceptar que no hay teorías físicas válidas en sí (que no hay una verdad física fuera del cerebro humano, si es que es humana esa cosa). En la p. 59 se llega a decir incluso que, para teorizar el origen del universo, el modelo de Física de San Agustín es tan válido como el que acoge al Big Bang. (!)

¿Qué siento en ‘mi’ mente cuando la bailarina “Física” entra a bailar en ella? Algo así:

Claustrofobia, admiración, rebeldía y mucho respeto por la gran cantidad de honestidad y de trabajo que despliegan sus fieles.

Se podría decir que hay que agradecer a la Física (y a la tecnología que se basa en esta ciencia) el que podamos volar: gracias al conocimiento de las leyes de la Naturaleza parece que —nosotros— hemos podido fabricar aviones.

Pero nosotros, los “seres humanos”, en realidad no hemos construido los aviones. Ni los teléfonos móviles. Ni los ordenadores. Ni internet. Según el determinismo radical desde el que está poetizado el libro de Hawking/Mlodinow, los aviones se han construido en el mismo taller matemático (la misma factoría lógica) de la que han brotado las galaxias, los mares o las sonrisas de los niños: todo lo que hay en todos los rincones de todos los universos posibles es consecuencia necesaria del despliegue de una diosa descomunal que mantiene atrapado y sacudido todo lo existente.

El Gran Algoritmo.

Y no solo no hemos construido (nosotros) los aviones, sino que tampoco hemos generado ninguna teoría física: los cerebros de Hawking y de Mlodinow estarían programados para generar unas ideas concretas, no otras, sobre qué demonios sea esto de la “Naturaleza” y qué leyes la dirigen. Hawking/Mlodinow serían chamanes anglosajones poseídos por una diosa matemática omnipotente, poseídos para cantar, para poetizar, para hechizar, con símbolos pre-programados, al servicio siempre del despliegue esa diosa implacable.

Tengo la sensación de que la Física teórica —como cualquier otro chamanismo lógico, como cualquier otra magia de palabras— mete conceptos en la mente del feligrés y crea en ella mundos fabulosos, eficacísimos siempre. Todas las Físicas han funcionado siempre: son pócimas de ideas, y las ideas mueven con más poder que cualquier “ley natural”.

Cualquier Física teórica, como la que nos ofrecen con tanto buen humor Hawking y Mlodinow, es Poesía [Véase], baile lógico: una coreografía concreta para símbolos arbitrarios: un coreografía para bailarinas lógicas admisibles en un determinado ritual religioso.

Al final del libro de Hawking/Mlodinow aparece un “glosario”. En realidad se trata de un desfile de bailarinas lógicas, de sacerdotisas, seleccionadas para este baile de la mente. Todas atentas a los movimientos de esa mano que aparece en el cielo de estas frases.

En cierta ocasión, explicando el decisivo tema de los “Universales” [Véase], pregunté a una alumna qué es lo que veía, en ese mismo instante, más allá de los posibles recortes que podía hacer su mente con el impacto brutal de “lo que se presenta”. Respondió: “Nada”. Esa fue la respuesta más sabia y libre que he oído jamás. Esto nos llevaría a la nada que quiso pensar Kitarô Nishida [Véase].

Para mí —para mi conciencia si se quiere, y si es mía— lo que se nos presenta no es un “universo”, ni “Naturaleza”: es pura singularidad, puro infinito, pura no-legaliformidad, pura magia/creatividad/libertad.

En el glosario a que antes he hecho referencia aparece una curiosa bailarina. Se llama “Renormalización”: “técnica matemática diseñada para eliminar los infinitos que aparecen en las teorías cuánticas”.

Decir “la Filosofía ha muerto”, que es lo que dice Hawking, es una forma de re-normalización; porque la Filosofía nos abisma en la más prodigiosa e insoportable inmensidad.

Yo no eliminaría los infinitos. Sacaría a la mente de sus cobijos. Esas “apariciones” coinciden con lo que Simone Weil llamó Gracia [Véase]. Son irrupciones de lo sagrado, del inquietante “Demonio” al que se refirió Stephen Zweig, pero vivifican los universos cerrados en los que, con su mejor intención, nos quieren co-esclavizar los físicos-esclavos. Aunque me temo que no hay “renormalización” capaz de quitar el olor a Infinito que tiene cualquier rincón de cualquier universo (de cualquier casita de chocolate para la mente).

Ese olor, ese olor sagrado, silencioso, hiperfértil (fascinante y desasosegante a la vez), es el que yo quisiera que tuviera este diccionario filosófico. Por eso lucho contra la “renormalización” de mi mente, y ofrezco en este blog mis crónicas de esa lucha.

David López

 

Aviso importante sobre el Diccionario Filosófico (Las bailarinas lógicas)

 

       

        El diccionario filosófico que estoy construyendo -o que me está construyendo- está vivo. Más vivo quizás que yo mismo. Me consta que muchas personas están imprimiendo los textos de presentación de cada una de las palabras y que los están coleccionando, a pesar de que, por el momento, sólo estoy ofreciendo ideas sueltas, esbozos, resúmenes de conferencias en realidad.

        Pero las bailarinas lógicas están vivas, crecen, agarran sus manos temblorosas por debajo de mis textos, ingrávidas en el infinito, y crean así bailes nuevos, más amplios, más sorprendentes, más hechizantes si cabe. 

        Hoy mismo voy a ampliar la palabra “Estado”. Probablemente pase mi vida entera haciéndolo. Y ampliando también las demás. Por eso creo que no deben coleccionarse mis textos como si ya estuvieran petrificados en el participio pasivo.

        Quisiera manifestar públicamente mi sorpresa, y mi agradecimiento, por la gran cantidad de personas que están compartiendo conmigo esta experiencia filosófica.

       

        David López

Las bailarinas lógicas: “Estado”

 

 

“Estado”. Dice el Tao Te Ching que es un aparato muy espiritual. Muy delicado. ¿Estará -ese “aparato”- también hecho con la misma materia con la que, según Shakespeare, se hacen los sueños? Creo que sí. El mundo es una red de sueños y soñadores.

Pero podría ser que, con ocasión de la histórica pandemia provocada por el coronavirus, esos sueños mutaran en pesadillas, que los Estados se hipertrofiaran y que el ser humano perdiera, por miedo, su sacra libertad: que dejara que el Estado entrara, y edificara, y gobernara, en los más sublimes valles y bosques de su alma. Sería un gran error, pues el Estado, por sí mismo, carece de vida, de alma, de magia, de sacralidad: no es nada sin el prodigio del ser humano individual. El Estado puede ser una amenaza real para la ecología del alma. Pero puede ser también un garante (una especie de macro-sacerdote) de esa sacra ecología.

“Estado”. ¿Qué es eso? ¿Alguien lo ha visto? ¿Alguien lo ha podido tocar, oler?

¿Es el Estado una creación humana o al revés?

La inquietante imagen que vive en el cielo de este texto corresponde a un fabuloso ser vivo denominado Dictyostelium discoideum. También conocido como “Moho del fango”. Supe de él leyendo esta obra: Emergence, de Steven Johnson. Ese moho me parece una imagen perfecta de un Estado. Lo explicaré más adelante. Otra imagen perfecta de Estado es, en mi opinión, la que aparece en el video que incorporé en el texto que explica lo que entiendo por “Bailarina lógica” [Véase].

Antes de exponer mis ideas sobre eso que haya detrás de la palabra “Estado”, creo que puede ser muy útil, como propedéutica, caminar y escuchar por los siguientes parajes:

1.- El Tao Te Ching. “Poder amar al pueblo y gobernar el Estado, sin actuar”./ “El imperio es un aparato muy espiritual. No se puede manipular con él. Manipular con él es estropearlo. Cogerlo ya es perderlo”. (Tao Te Ching, traducción de Carmelo Elorduy, Tecnos, 2000). Creo que “manipularlo” es, simplemente, corromperlo. No ponerlo al servicio de la plenitud, de la sacralización del ser humano. Que el ser humano no sea el fin único del Estado, sino su medio, la materia de la que se nutra.

2.- Los sofistas de la antigua Grecia. El Estado sería equivalente a una mezcla de lo que ellos denominaron “Polis” y “Nomos”.  ¿Es el Estado –Polis/Nomos– el enemigo del hombre? ¿Es simplemente un instrumento en manos del poderoso? Protágoras de Abdera: el Estado sería un pacto colectivo derivado de la necesidad (de la connatural indigencia humana). Trasímaco: el que gobierna llama justo a lo que satisface su interés egoísta. Gorgias: el Estado al servicio del más fuerte; y el más fuerte es aquél -ser humano- que domine la palabra. Volvemos a nuestra diosa Vak (la palabra que habla y alardea de su propio poder en el Rig Veda). Tal como parece que pensaba Gorgias, el hombre (poderoso) se creería dueño de esa diosa. Foucault [Véase], o Levi-Strauss [Véase], entre muchos otros, creyeron, o al menos dijeron, lo contrario. ¿Es la palabra entonces la que gobierna los Estados, o gobiernan ellos en virtud de la palabra… estatalizada? Respecto de los tesoros de ideas disponibles en la antigua Grecia no dejéis de leer  estas dos obras: W. K. C. Guthrie: A History of Greek Philosophy (Cambridge University Press, 1969). Edición en español: Historia de la Filosofía Griega (Gredos, Madrid, 1988); y Sofistas: testimonios y fragmentos (introducción, traducción y notas de Antonio Melero Bellido, Gredos, Madrid 1996).

3.- Agustín de Hipona y la Ciudad de Dios: el Estado sería una congregación de hombres que tienen unas creencias comunes. Y que comparten un objeto de su amor. San Agustín distingue entre una ciudad celeste espiritual (civitas coelestis spiritualis), una ciudad terrena espiritual (civitas terrena spiritualis) y una ciudad terrena carnal (civitas terrena carnalis). Hay una página en internet que me parece de enorme utilidad para quien quiera estudiar a este gran pensador y sentidor cristiano. Es ésta: http://www.augustinus.it/. Y una obra de gran interés sobre la posible pervivencia y transformación del concepto de Ciudad de Dios a lo largo de la historia es la siguiente: E. Gilson:  Les métamorphoses de la cité de Dieu (Vrin, Paris 1952). Edición española: La metamorfosis de la ciudad de Dios (Rialp, Madrid 1965). En mis conclusiones afirmaré que todo proyecto político debe contar con un modelo de “Ciudad” ideal y amarlo. Y que cualquier Estado es, siempre, “civitas spiritualis”.

4.- Thomas Hobbes. Leviathan. El estado como monstruo necesario, y violento. Ese monstruo es es la única forma de frenar la “guerra de todos contra todos”. Triste. Vergonzoso. ¿No crees?

5.- Baruch Spinoza: Tratado teológico-político (Alianza editorial, Madrid 1986). Al final de esta obra se dice que “nada es más seguro para el Estado, que el que la piedad y la religión se reduzca a la práctica de la caridad y la equidad; y que el derecho de las supremas potestades, tanto sobre las cosas sagradas como sobre las profanas, solo se refiera a las acciones y que, en el resto, se conceda a cada uno pensar lo que quiera y decir lo que piense”. Creo que este consejo de Spinoza es de inmensa valía. Sin libertad de pensamiento y de expresión no hay persona humana.

6.- Nietzsche: Así habló Zaratushutra. En el capítulo titulado “Sobre el nuevo ídolo”, el filósofo del martillo dice esto: “Ahí, donde termina el Estado, ¡mirad bien hermanos míos! ¿No veis el arco iris y los puentes del Super-ser humano”. (Edición de Colli y Montinari, Deutscher Taschenbuch Verlag, München 1999, p. 64). A partir de estas frases de Nietzsche cabría decir que todo Estado necesita de seres humanos que se aparten de él para, así, revivificarlo con nuevas ideas: nuevas cosas a las que amar colectivamente: nuevos sueños que soñar en red. Y ese apartarse del Estado no tendría que implicar un acto ni siquiera físico. Valdría una cierta capacidad mental de -relativa- desprogramación: de lúcida y revivificante distancia. Nietzsche en realidad se consideró una especie de terapeuta de la civilización: creyó en la creación de algo así como un “logos azul” que podría modificar el estado de conciencia de eso que, desde este nivel de conciencia, llamamos “Ser humano”.

7.- Simone Weil: “una vida colectiva que, aun animando calurosamente a cada ser humano, le deje a su alrededor espacio y silencio”. Creo que no pueden no leerse: La pesanteur et la grâce (Plon, Paris 1988). En español: La gravedad y la gracia (Traducción e introducción de Carlos Ortega, Trotta, Madrid 2007). Y: L’Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain. En español: Echar raíces (Presentación de Juan-Ramón Capella, Trotta, Madrid 2014).

8.- El moho del fango (Dictyostelium discoideum). Me parece muy interesante este libro: Steven Johnson: Emergence. The Connected Lives of Ants, Brains, Cities and Software (Scribner, New York, 2001). Edición española: Sistemas emergentes. O qué tienen en común hormigas, neuronas, ciudades y software (Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid 2003). La tesis fundamental de esta obra es que los sistemas (como las ciudades por ejemplo) se organizan “de abajo arriba”, sin una guía superior. Todo funcionaría perfectamente sin que nadie -ninguna inteligencia particular-sepa cómo funciona. El moho del fango sería un sistema biológico prodigioso: una congregación espontánea de seres vivos individuales que, temporalmente, dejan de ser varios y pasan a ser uno: pasan a querer, a amar, a ser, lo mismo. Yo sostendré que eso podría ser un Estado: ilusión colectiva. Pero frágil. Casi delicuescente.

Ofrezco a continuación algunas reflexiones personales:

1.- El tema del Estado -o la “Ciudad” en sentido amplio- me parece de importancia capital. El ser humano -el individuo- es social y esa sociedad, ese cuerpo, es determinante para sus posibilidades de desarrollo. Y viceversa.

2.- El Estado como objetivización y, a la vez, garante, de sueños colectivos, como una divinidad meta-antrópica, un Dios creado por el hombre y creador del hombre que usa la violencia, y el amor, a la vez, para cohesionar voluntades e ilusiones particulares. Pensemos en el cuadro de Escher en el que dos manos se pintan (se otorgan realidad, se configuran) recíprocamente.

3.- El Estado es un ser muy poderoso: controla, en buena medida, la educación: el programa básico de los soñadores. El Estado instala un cosmos entero en la conciencia de sus ciudadanos. Se puede decir que el universo entero es estatal, porque es un producto educacional. No sabemos como es el universo en sí: solo sabemos cómo es el universo que nos ha narrado el Estado.

5.- El Estado se crea discursivamente (se teoriza) a sí mismo, como un Dios con cierta aseidad. El Estado depende de los cerebros estatalizados de sus ciudadanos para existir en la materia, y también para recibir materia discursiva: el Estado es algo pensado, teorizado, por los ciudadanos estabilizados.

6.- Un buen Estado debe fabricar ilusiones permanentes. Ilusiones posibles. Un estado debe ser algo así como Dream Works. Su mayor amenaza no es, como dijo Hobbes, la guerra civil, sino el aburrimiento: la falta de ilusión: la ausencia de hechizos capaces de movilizarnos bioquímicamente (por utilizar una palabra aceptada hoy día por el sistema educativo de este Estado).

7.- Un fenómeno desconcertante, metafísicamente fabuloso: el Estado es una fuente poderosa de emisión de Logos (el sistema educativo, la Ley, medios de comunicación, etc.). Pero esa emisión, a la vez, está nutrida por la emisión lógica de sus ciudadanos: por lo que piensan y dicen. Estamos ante un flujo lógico impresionante y desbordante para nuestra inteligencia, digamos, estatalizada: el conjunto y la parte se autofecundan permanentemente: no se sabe dónde está el poder.

8.- ¿Cómo será el “Estado en sí”, esto es: no mirado a través de nuestra conciencia estatalizada?

9.- El Estado es un mito que se hace a sí mismo. Una fuerza invisible que modifica la materia al servicio de ese mito (armas, por ejemplo). Es pura magia pragmática al servicio de una idea. El Estado controla incluso la narración histórica. Es su raíz lógica. Su teogénesis. Creo que puede ser útil aquí leer la palabra “Historia” [Véase].

10.- “Ciudad de Dios”. Si por “Dios” entendemos la Idea superior a la que debe estar -o está de hecho- sometido todo lo que se entienda por “real”, cabría afirmar que todo modelo de Estado presupone la creencia en una “Ciudad de Dios”. La sociedad sin clases que soño Marx sería un ejemplo. Otro lo sería ese mundo de paz y armonía globalizada, basada en la Democracia, los Derechos Humanos (con mayúscula), etc. Otro lo sería una Humanidad completamente islamizada, sin un solo “infiel”.

11.- Creo que, mientras vivamos vertebrados con otros seres humanos, es crucial que amemos esa vertebración: que amemos el Estado; y que ese amor nos lleve a querer lo mejor para “él” (la mejor forma para “él” si se quiere, lo cual implicaría una constante vigilancia, y la asunción de algo así como un modelo ideal: una “Ciudad de Dios”). Y el Estado debe amar, incondicionalmente, a sus ciudadanos. A todos.

12.- ¿Cuáles son los límites físicos, o incluso espirituales, del Estado? ¿Cuáles las fronteras entre el Estado y la Naturaleza? Ninguna. Ya afirmé antes que tengo la sensación de que el universo (como modelo, como narración, como Cosmos) es estatal: forma parte de la estatalizada forma de mirar al infinito misterio (la magia) que nos envuelve y que nos constituye. [Véase”Naturaleza”].  Pero podría decirse también que esa infinita magia arde también (con fuego consciente) en todos los rincones lógicos y físicos y burocráticos de todos Estados. Esos seres “artificiales” no pueden escapar de la tormenta de prodigios que sacude todos los rincones de lo real. Nada puede hacerlo.

13.- Desde la Apara-Vidya [Véase] que yo venero, creo que un Estado debe tener un objetivo ineludible: encender los ojos, de los niños primero, y de los que no lo son después. Un Estado debe ser capaz de generar ilusiones sostenibles (para poder seguir soñando). Y, sobre todo, debe ser capaz de actualizar seres humanos (desarrollarlos en plenitud). Esa actualización, como diría Aristóteles, ocurre cuando el ser humano activa plenamente el filósofo que lleva dentro.

14.- Pero no solo la Filosofía debe ser propiciada y amada por el Estado, sino también la creatividad de sus individuos: precisamente de ahí obtiene él sus nutrientes, su vida misma, su textura onírica, su poderío ilusionante.

15.- Los estados totalitarios, hiper-colectivistas, primero secan los manantiales espirituales de sus ciudadanos y después, se secan ellos por completo.

16.- En “estado” de meditación desaparece el “Estado”. Pero, a su vez, un Estado debe ser capaz de entregar espacio y tiempo a sus ciudadanos para que puedan meditar. Pues será gracias a esos espacios, a esos silencios, como podrá entrar en el Estado la energía infinita de lo sagrado.

17.- Un Estado que propicie, con amor y con respeto, la Filosofía y el Arte sentirá muchos más vértigos, deberá asumir -él y sus ciudadanos- posturas mentales más difíciles, pero disfrutará -él y sus ciudadanos-, todos, del olor de la brisa de la fertilidad y de la belleza infinitas. Estará vivo de verdad: sublimado.

Cabría por tanto acuñar el concepto de “Estado sublimado” y luchar por su materialización: que ese Verbo se haga carne.

David López

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Las bailarinas lógicas: “Existencia”.

 

 

“Existencia”. ¿Se refiere esta bailarina lógica a lo que hay “ahí? ¿Ahí, dónde? ¿Qué es “haber ahí”? ¿Por qué y para qué hay “haber ahí”?

Parecería que el objetivo del conocimiento sería algo tan simple como saber qué existe, pero de verdad, y qué no existe. Y una vez sabido qué es lo que existe, y qué no, saber cómo funciona lo que existe; o bien para optimizar nuestras posibilidades vitales o bien para disfrutar del puro placer de saber qué es lo que hay (placer éste que, por cierto, optimiza nuestras posibilidades vitales).

Ricardo de San Víctor (1110-1173) en su obra De Trinitate señaló el prefijo crucial: “ex”. Este prefijo mostraría un origen, un flujo: un movimiento de “materia” entre dos polos. Digamos que la existencia sería algo que sale de algo… o, quizás, permitiría contemplar lo que “está ahí” como recién creado, recién creado en todo momento, con olor a nuevo. Siempre. Porque lo que está ahí no estaría “existiendo” sino siendo ex-istido. Creado. ¿Por “Quien”/”Qué”? ¿Para qué?

A partir de Kierkegaard se ha hablado de filosofías de la existencia. Y se ha dicho, con cierta unanimidad, que se trata de pensadores (“sentidores” diría yo) que consideraron que la existencia precede a la esencia: algo así como que lo primero que se muestra a la conciencia “humana” es el estar ahí del sujeto humano concreto, arrojado a una cosa -¿materia? ¿vida?- carente de esencia: de sentido, de Logos en definitiva [Véase “Logos“]. Más adelante intentaré compartir la sensación de que los filósofos existencialistas no se ven arrojados a una nada necesitada de sentido, sino a unos Logos (o Cosmos [Véase]) simplemente “feos”:  discursos finitizadores de sus mentes y de sus corazones, asfixiantes. El caso de Sartre en La Náusea me permitirá explicar mejor esta sensación.

“Existencia”. Hay ahí algo. Ahí. No “aquí”. Pero… ¿”Dónde” ocurre ese “ahí” y ese “aquí”? ¿A qué espacio, digamos, absoluto, se asoma la Filosofía cuando es practicada con cierta radicalidad?

Intentaré ordenar y compartir estas ideas a partir de este breve recorrido histórico por el concepto de existencia:

1.- Filosofía Samkya. Diferencia entre el Purusa y la Prakriti. Nuestro verdadero yo (el Purusa) estaría “existido”, salido de sí, alienado si se quiere, en lo que él no es: la materia (Prakriti/lo onírico en realidad). Habría que salvarse de lo “existido”. O, dicho de otra forma: habría que dejar de “existir” (de soñar mundos y personas y dioses), utilizando este verbo en sentido transitivo (con objeto directo).

2.- Platón. Lo que existe de verdad no está ahí. Lo que está ahí -en la caverna- no es la realidad verdadera. ¿Qué es entonces? ¿De qué está hecha la caverna de Platón?

3.- Los filósofos de la escolástica cristiana. Relación entre la existencia y la esencia. Señalaré, una vez más, que todo filósofo es escolástico (porque piensa a partir de un Logos del que no se puede desprender, si no quiere perder su propia individualidad como filósofo).

4.- Ricardo de San Víctor. “Ex-istencia”. ¿Es entonces eso que sea “Dios” el origen de toda existencia? ¿Como puede entonces “existir” Dios, “existir” no transitivamente?

5.- San Anselmo de Canterbury (1033-1109). La prueba de la existencia de Dios.

6.- El Libro de los veinticuatro filósofos: “Dios es aquello de lo que nada mejor se puede pensar”. Creo que este libro merece horas y días de estancia entre sus frases. “Dios” es uno de los seres cuya “existencia” más se debate entre los que luchan por pactar un modelo común -tribal, global, práctico, finito- de lo que existe. De “lo que está ahí”.

7.- Kant: decir que algo existe implica incurrir en una tautología. Y decir que algo no existe es incurrir en una contradicción. Todo existe. Cualquier cosa existe en el momento en que tiene un concepto. Habrá que determinar los modos -los lugares- de esa existencia. Me pregunto cómo atisbar lo otro -absolutamente otro- de cualquier existencia (incluidas las existencias imaginarias).

8.- Los filósofos existencialistas. “La existencia precede a la esencia”. ¿Aseidad para el ser humano?

9.- El caso de Sartre. La Náusea.

10.- El Dasein de Heidegger.

11.- El “compromiso ontológico”. Quine: las cosas que estamos comprometidos a decir que existen dependen del modo como utilizamos el lenguaje. Y ese uso sería siempre pragmático.  Considero que debe ser leída su obra Theories and Things, 1981. Hay una edición en español: Teorías y cosas (Universidad Nacional Autonoma de Mexico, 1986).

12.- Reflexiones de Ferrater Mora en su Diccionario filosófico: “compromiso ontológico” como criterio para determinar qué entidades se admiten como que “existen” o “son”. La posibilidad de edificar lógicas sin presuposiciones existenciales ha mostrado cuán flexiblemente puede concebirse, o usarse (o dejar de usarse) “existir“.

Creo que debe destacarse la utilidad “práctica” que tuvieron las geometrías no euclidianas del siglo XX (geometrías no basadas en el espacio -o la arquitectura del espacio- que parece que está ahí: el existente de verdad).

Después de estas atalayas que acabamos de visualizar, procedo a mostrar mis ideas propias (o que creo que son propias):

1.- Considero necesario ampliar el concepto de “existencia”. Creo que “existir” debería ser un verbo transitivo: un verbo que requiera siempre objeto directo. Así, no cabría decir que algo del mundo existe (ahí, por sí solo), sino que es existido. Y quizás -por decir algo de “Dios” desde el lenguaje- cabría decir que Dios existe (crea, en definitiva), pero que no es existido: en cuanto Dios metalógico [Véase “Dios“]. El Dios “lógico” sí sería “existido” (su esencia tendría un armazón lógico, cultural, etc.)

2.- El existencialismo de los siglos XIX-XX (al menos ese) cabría mirarlo como lo que ocurre cuando eso que sea el “ser humano” (ese constructo lógico-cultural) se queda ante sí mismo (ante el “sí mismo” que resulta de la aplicación del Logos en el que vive… Europa, ateísmo, guerras, etc.) Lo curioso es que, aparte de enfangarse con un logos, digamos, feo, termina el filósofo existencialista por mirarse al ombligo: la persona individual, el sujeto libre, propietario, votante,  etcétera… y ocurre que, en ese ombligo ve un abismo de profundidad mayor que la que la mayoría de los teólogos fue capaz de atribuir al objeto de su estudio. Y en ese ombligo del filósofo existencialista se vislumbra algo tan fabuloso -y aterrador a la vez- como la aseidad: seríamos -los “seres humanos”- una especie de nada que se tiene que dar a sí misma el algo: una nada que se tiene que “existir” (crear en definitiva) a sí misma. Volvemos a la aseidad.

3.- En mi opinión,  el problema fundamental de los existencialistas es que no consiguieron componer (o “recibir” si se quiere) un logos estimulante: suficientemente hechizante. Creo que cabe hacer mención desde aquí a lo que parece que reclamaba Emilio Lledó en una obra cuya crítica puede leerse [aquí].

4.- Lo que yo siento -filosóficamente si se quiere- es algo así: estoy existiendo mundos (fantasías de nivel diverso, organizadas en un edificio descomunal y prodigioso). O, mejor, puedo decir que siento “algo” más íntimo que mi propio yo, una sombra descomunal, latiendo bajo los latidos de mi corazón y de mi cerebro y de todos mis mundos (“reales”, “imaginados”, “soñados”… todos ordenados en el gran edificio de mi existencia). Podría decir que David López (ese esquema cultural, esa forma, esa figura, esa “cosa” se se me presenta ante “mi” conciencia) está siendo existido. Puesto “ahí”. Ante mi conciencia  (que no es la conciencia de David López, sino que David López uno de los contenidos de mi conciencia. Es una ilusión. Una ilusión a la que puedo amar. O no).

5.- Cabría por tanto decir que “existir” y “crear” es lo mismo. Vivimos en una creación. Nuestra creación. Y probablemente nuestra fuerza creativa se esté desplegando en muchos planos de la materia: muchos mundos en los que existimos (en los dos sentidos) y en los que ocurre el prodigio de habitar fantasías sagradas.

6.- Porque creo que toda existencia es sagrada. Y que cabe vivirla así. Siempre. En cualquier rincón del infinito de la mente de “Dios” en el que nos encontremos (del Dios metalógico, quiero decir). Porque en cualquier rincón de ese infinito sigue pudiendo ser percibido el sublime olor de ese Ser -existente, transitivamente- del cual nada mayor puede ser pensado.

7.- Ese olor, por cierto, también está en otros lugares de lo que está siendo existido: como los sueños, las fantasías (¿tienen olor los mundos mentales que propician las novelas?), las ensoñaciones, o las meditaciones creativas (cuando ponemos en nuestra mente las cavernas platónicas que queremos).

No escribo más, por el momento. La verdad es que no tengo tiempo ahora. Espero completar estas notas cuando me decida a editar ordenadamente este diccionario filosófico (cuyo nombre creo que seguirá siendo “Las bailarinas lógicas”).

Sólo me queda decir que estas notas surgieron en una madrugada de Sotosalbos. Eran las seis y palpitaba un silencio en el que parecía que podría haber nacido cualquier mundo: un silencio sagrado, genésico: un silencio-templo invisible donde (desde donde) existir en plenitud. En plenitud artística. ¿No es esa la plenitud de Dios -del Dios creador?

Había niebla mientras tomaba estas notas. Y un templo cercano. Dormido (una iglesia románica sin misa, sin Logos). Y había también estrellas, delicuescentes: dispuestas a dejar de existir para que el sol fuera existido.

Llevemos por último la Filosofía a dar cuenta de la sensación más intima que quepa nombrar: el existir: ¿podemos sentir ese flujo: ese salir mundo y ponerse “ahí” desde lo más “aquí” que cabe pensar? A esta sensación, si la tenemos, si la reconocemos, si la aislamos en su descarnada inmediatez, cabría denominarla “sensación existencialista radical”.

David López

 

La bailarinas lógicas: “Empirismo”.

 

 

“Empirismo”.

Existe un debate entre empiristas y racionalistas desde, al menos, eso que se denomina “la Antigüedad”, la Antigüedad griega en concreto. Los empiristas han creído, y siguen creyendo, que todo conocimiento proviene de los sentidos y que, además, debe ser verificado por esos mismos sentidos. Los racionalistas -al menos los que son considerados como tales en oposición a los empiristas puros- sospechan de la capacidad de los sentidos para acceder a lo real, hasta el punto de que algunos, como Platón, acusarán a esos sentidos de engañosos (carceleros).

Al ocuparnos de la palabra “cerebro” [Véase] tuvimos que considerar la hipótesis de que eso que suponemos que es nuestro cerebro no reciba lo que entendemos propiamente como realidad (“realidad exterior”), sino que, en cierto modo, la fabrique; eso sí: al servicio de algo “real” que, por ejemplo Humberto Maturana, denomina “sistema viviente”.

Antes de mostrar lo que experimento en mi conciencia cuando lo que supongo que es mi mente es tomado por la palabra “empirismo”, creo que puede ser muy útil hacer un recorrido por los siguientes temas:

1.- Aristóteles versus Platón. ¿Nacemos sabiéndolo todo ya… o no sabiendo nada en absoluto?

2.- Locke. A las ideas complejas no les corresponde nada real. Sólo hay una idea compleja que sí tiene equivalente en la realidad exterior a nuestro entendimiento: la idea de “substancia” (el soporte material de cualidades). Pero Locke admitió, sin darse cuenta, la existencia de otras muchas ideas complejas: la idea de que existen ideas simples y complejas; la idea de que existe un entendimiento -una mente- que capta realidades exteriores a la suya, etc.

3.- Berkeley. Estamos ante uno de los filósofos más brillantes que nos ofrece la narración canónica de la historia de la Filosofía occidental. Se propuso refutar a Locke con esta obviedad (obviedad al menos entre los empiristas): sólo existe percepción, nada más. No podemos ir más allá. La materia es nuestra mente, y nuestra mente es como un teatro en el que Dios despliega su imaginación (sus obras de arte en definitiva).

4.- Hume. Hace casi veinte años quise iniciar una tesis doctoral a partir de lo que me parece un evidente error de este filósofo. Hume afirmó que el ser humano recibe impresiones (impactos sensitivos) del exterior, no ideas. Y que las ideas son los recuerdos de esas impresiones. Pero no problematizó Hume el dogma (muy empirista por cierto) de la pluralidad de impresiones. Para hablar de impresiones en plural antes ha de haberse instalado, dogmáticamente, un sistema de universales en el entendimiento humano. Kant afirmó que Hume le había despertado del sueño dogmático. Eso es imposible. No se puede despertar del sueño dogmático, al menos si se quiere seguir viviendo (soñando, es lo mismo). En algún cosmos (subyugado por algún Logos) hay que vivir.

5.- Empirismo lógico. El Círculo de Viena. La fe en la verificación por los sentidos compartidos tribalmente. La demonización de la Metafísica (de otras metafísicas en realidad).

6.- El “empirismo radical” de William James. Merecen ser leídos los Essays in Radical Empiricism, editados y publicados póstumamente por Ralph Barton Perry en 1912. En esa obra encontramos una legitimación de todo tipo de experiencia. Es oportuno relacionar esta forma de empirismo con la que el propio James sugiere en Las variedades de la experiencia religiosa.

Esto es lo que experimento en mi conciencia al reflexionar sobre eso que sea el “empirismo”:

1.- En primer lugar el “empirismo” se me presenta como un credo (una fe, una autofinitización del pensamiento y del sentimiento). De ahí el sufijo “ismo”. Y es un credo cuyos presupuestos no son verificables empíricamente; a saber:  a) que mi “mente” o “entendimiento” o “cerebro” (o lo que sea) está siendo impactado por algo exterior; b) que “eso” captura la realidad tal y como es (o al menos, una parte de ella); y c) que lo que hay está ahí, objetivo, activo, sin que yo intervenga en su configuración -esto es: que percibimos, pero que no creamos lo real-.

2.- Los empirismos que se han ido proclamando a lo largo de la historia del pensamiento primero instalan, dogmáticamente, un modelo de mirada; y luego verifican que lo que se ve desde ese modelo de mirada es lo real (lo único existente por tanto).

3.- Pero si se mira sin filtro, sin modelo de mirada, sin un cosmos que finitice nuestro pensamiento y nuestro sentimiento, lo que se ve es la nada, el infinito. Eso es la Mística. Una vez más nos traga el agujero negro por el que desaparecen todos los universos que es capaz de fabricar el pensamiento humano.

4.- Una cuestión decisiva, por lo menos desde el paradigma de la ciencia actual, es si nuestro “cerebro” [Véase]  percibe realidad o si, por el contrario, la crea. Aunque cabría una tercera posibilidad: que primero creara realidad (contenidos de conciencia) y que, después, la percibiera. Quedaría no obstante la siguiente pregunta abisal: ¿De dónde saca el “cerebro”  tanta fuerza genésica?

4.- Mientras nos mantengamos en el nivel de conciencia que reconoce la existencia de otros seres humanos en el mundo -un nivel, digamos, no advaita – creo que debemos esforzarnos en embellecer la experiencia ajena. Estaríamos ante un tipo de arte que podríamos llamar “genésico”, pues su objetivo sería crear mundos, mundos maravillosos si nos es posible, en la conciencia ajena. En la conciencia de los que amamos (de los que, lógicamente, amamos dentro del cosmos en el que vibran nuestras emociones). Y dentro de este tipo de arte estaría, por ejemplo, la sonrisa con la que una madre recoge a su hijo en el colegio (sonrisa que permanecerá eternamente en la conciencia de ese ser humano, como un sol eterno, calentando e iluminando su vida hasta, al menos, su muerte). O un gesto amable en la calle; o un perdón inmerecido; o una mesa con flores en una casa donde nunca hubo flores. Obras de arte genésico: fabricación de la experiencia ajena. Empirismo activo, creativo, amoroso, que operaría directamente en los barros de la conciencia ajena.

5.- Llegados a este punto cabría decir que el verdadero empirismo (“radical” lo denominó William James) debería dar cuenta de cualquier contenido en nuestra conciencia, incluidos los sueños y los fenómenos que no sean compartidos, ni comunicables, tribalmente. E incluso aquellos que no se pueda reproducir, que solo hayan ocurrido una vez y que sean, incluso, imposibles (imposibles desde una determinada legaliformidad). [Véase “Parapsicología”].

Ahora quisiera compartir una experiencia radical: la experiencia de la experiencia. Quisiera que el lector de estas líneas fuera consciente del impacto unitario, de la placa total de eso que llama “mundo”, o “realidad”; y que en esa placa total incorporara también sus impresiones internas (y que las dejara de considerar “internas”). Quisiera llamar a esta experiencia la “sensación total”: la sensación de que hay “Cosa”. Para ello hay que olvidar la concreta parcelación de ese impacto en “cosas” (sustantivos). Sería algo así como experimentar el todo sin activar el lenguaje que lo ordena. No estoy refiriéndome a la conciencia advaita: la superación del dualismo sujeto-objeto. Quiero dejar ahí, quieto, palpitante, el hecho mismo de la experiencia.

Hume habló de impresiones, en plural, como lo primigenio. Pero, antes del lenguaje, antes del pensamiento, solo hay una impresión. Muy sutil. Pero descomunal.

David López

 

 

Regreso a las montañas de “El filósofo del martillo”.

 

       

       

        Este verano regresé, doce años después,  a las montañas y a los cielos donde fui imaginando -y gozando y sufriendo- buena parte de mi novela El filósofo del martillo.

        Y allí, con el pecho inundado por el color azul, quise grabar unas imágenes, y unas palabras, para que entraran en la “post-física” de internet. La calidad del vídeo es muy deficiente, pero no puedo evitar traerlo a este mundo que, sin darme cuenta, voy contruyendo; día a día. Un mundo (este blog) que surge de lo más profundo y vivo de mi ser, pero que, paradójicamente, se despliega en una “Materia” (por utilizar alguna palabra conocida)  que me parece, por el momento, inerte. Gélida. Me refiero a esa novísima dimensión que al día de la fecha llamamos “Internet”.

        Éste es el vídeo:

 

Las bailarinas lógicas: “apara vidya”.

 

Fragmento de la Mundaka Upanishad.

 

“Apara vidya”.

Encontré a esta bailarina lógica hace ya bastantes años mientras caminaba, hechizado, por esta obra: The Upanishads [introducción y traducción al inglés de Swami Nikilanada], Ramakrishna-Vivekananda Center, Nueva York 1949.

Y el claro de bosque donde bailaba la bailarina es este  (vol. I, p.78):

“Ya hemos hablado de los dos aspectos de Brahman: Nirguna y Saguna. Nirguna está caracterizado por la total ausencia de atributos. Es Pura Conciencia y el fundamento inmutable del universo. Pero, cuando está asociado a Maya, Brahman aparece como Saguna Brahman, el cual, desde el punto de vista del Absoluto, es mutable e impermanente. El conocimiento del primero [de Nirguna Brahman] es denominado Conocimiento Superior, y el conocimiento del segundo conocimiento inferior [en minúscula en el original de Nikilananda]. El Conocimiento Superior conlleva la liberación inmediata, cuyo resultado es la completa cesación de todo sufrimiento y la consecución de la suprema bienaventuranza [Bliss]. El conocimiento inferior conduce a la realización de la posición de Brahma [no confundir con Brahman]. Ofrece la más alta felicidad en el mundo material. Pero no es todavía la Inmortalidad. La consecución de la Sabiduría Superior, o Para Vidya, es el objetivo de la vida espiritual. Pero el conocimiento inferior, o apara vidya [en minúscula], no debe ser rechazado o despreciado. Mientras un hombre sea consciente de su ego y del mundo exterior, y mientras los considere reales, debe cultivar este conocimiento. El Bhagavad Gita dice que si un hombre que se identifica con el cuerpo sigue el camino de lo Inmanifiesto, solo buscará miseria. La Mundaka Upanisad exhorta al alumno a cultivar tanto el Conocimiento Superior como el conocimiento inferior”.

La cita de la Mundaka Upanisad que recoge Nikilananda es ésta (Mu. Up. II. Ii. 8): “Se rompen los grilletes del corazón, se resuelven todas las dudas, y todas las obras dejan de producir frutos, cuando Él [con mayúscula] se ve como el que es a la vez alto y bajo”.

No voy a valorar el rigor de la interpretación que Nikilananda hizo de estas frases de la Mundaka upanisad. Mi intención es otorgar un sentido metafísico-sistémico al hecho mismo de que exista sabiduría inferior (sabiduría de “la vida”). Al hecho mismo de que exista algo –la vida, el mundo, o como se lo quiera llamar- donde, si se tienen determinados conocimientos, se puede ser muy feliz.

Y como no estamos ahora en la sabiduría superior (si lo estuviéramos no habría un “yo” que escribe y otro que lee), podemos seguir disfrutando de la imponente tormenta intelectual de las dudas no resueltas. Empecemos a preguntar. Empecemos a disfrutar del placer de la Filosofía:

¿Queremos de verdad dejar resueltas todas las dudas, queremos la cesación absoluta de todo sufrimiento? ¿Queremos la libertad y la inmortalidad? ¿Queremos, como parece que quiso Schopenhauer, la beatífica nada?

Apara vidya. También podría denominarse “sabiduría de la vida”. O sabiduría “del sueño”.

Pero, ¿qué es la vida, la vida “humana”? ¿Una sucesión más o menos ordenada de contenidos de conciencia? ¿Un sueño entre otros? ¿Un proceso físico-químico?

¿Se puede ser más o menos dichoso en una vida en función del conocimiento que en ella se pueda alcanzar? ¿Merece la pena ser sabio aquí dentro? ¿El sabio es más feliz? ¿Qué es “ser sabio”? ¿Qué es ser feliz?

¿Somos –los “seres humanos”- libres para escoger y decidir el nivel de nuestro conocimiento?

¿Tenemos -los “seres humanos”- poder suficiente para transformar nuestra vida en una obra de arte, en algo maravilloso… desde nuestro propio modelo de lo que es y no es maravilloso?

Esta última pregunta, crucial, puede ser planteada también así: ¿Merece la pena nuestro esfuerzo, nuestra lucha diaria, nuestra llamada de esta mañana a ese familiar al que un día decidimos odiar para siempre, el cuidado y el respeto que mostramos a nuestro cuerpo, nuestras oraciones a no sabemos muy bien qué omnipotencias, nuestros desvelos con el trabajo, nuestra lucha contra lo peor de nosotros mismos? ¿Merece la pena educar a nuestros hijos, gestionar nuestra economía con diligencia, gobernar bien?

¿Merece la pena este mundo, esta vida, aunque sea un sueño, aunque sea una efímera ondulación de la mente de algo innombrable?

Pero, ¿a qué me estoy refiriendo yo, concretamente yo, con “esta vida”? ¿La mía, el contenido de mi conciencia tal y como respira en ese cosmos que se me ha ido construyendo a partir de ideas que me han fecundado sin que yo lo haya decidido? ¿Dónde vivo yo? ¿Qué/quién soy dentro de él? ¿Y fuera de él?

Schopenhauer, subyugado por algunos modelos de Mística,  y torturado por su propio infierno psíquico y familiar, propuso un radical desprecio y abandono del mundo. Nietzsche propuso justamente lo contrario: una radical y apasionada permanencia en el mundo, en el mundo éste en el que tanto se duda y se sufre (y se goza): permanencia heroica, con todos los sentidos activados, expuestos (no narcotizados), metiendo nuestras manos en todos los barros y en todas las lágrimas y en todas las estrellas posibles, e imposibles, para hacer de nuestra vida una gran obra de arte. Nuestra obra de arte. El objetivo no sería la felicidad, sino la obra.

¿Para qué entonces la sabiduría superior, la Para Vidya? ¿Para qué escapar de este prodigio? ¿Todo por no sufrir? ¿Todo por no morir, esto es, por no cambiar de cuarto de magos?

¿Cabe hacer uso de ese excelso conocimiento y ponerlo al servicio de la vida? ¿O podríamos aprovechar lo que nos dice que somos para, desde ahí, crear otro mundo?

Creo que antes de ocuparnos de estas cuestiones puede ser útil leer las siguientes obras:

1.- Platón. Su “sabiduría inferior”. Beatriz Bossi: Saber gozar. Estudios sobre el placer en Platón, ed. Trotta, Madrid 2008. [Véase aquí mi crítica de esta obra].

2.- María Zambrano. Los poetas se adentran en la caverna, se condenan, aumentando, más aún, el mundo de las apariencias, de la no verdad, de la vida. Referencia al texto De la noche oscura a la más clara mística. San Juan de la Cruz (Publicado en la revista Sur, Buenos Aires, en 1939) [Véase aquí mi crítica de esta joya].

Algunas de mis ideas (de mis sensaciones):

1.- Sospecho, compruebo cada día, que tenemos una sobrecogedora influencia en el despliegue de eso que llamamos “nuestra vida” (eso que, según los materialistas, ocurre, o se recoge y ordena, en un bloque de materia llamado cerebro).

2.- Creo que, si tomamos conciencia de lo que somos, lo real queda posado en la palma de nuestras manos, dispuesto a ser nuestra Creación (lo que siempre fue). Así, Para Vidya, el conocimiento superior (el que nos permite saber que somos el fondo de todos los mundos y de todos los dioses) nos permite amar la vida, lo creado, lo que se presenta ante nuestra conciencia finitizada en un cerebro, con la sensación de ser sus creadores. Me refiero a un amor infinito, y a una distancia infinita, respecto del baile de la realidad. Desde ese amor y distancia infinitos cabría relacionarse con nuestro yo aparente: una criatura (un avatar) que podemos amar -y cuidar- sin confundirnos del todo con ella.

3.- Los esfuerzos merecen la pena. Podemos hacer alquimias sorprendentes: podemos transformar cualquier infierno en un paraíso. Cabe desplegar niveles sorprendentes de belleza a nuestro alrededor. Somos muy poderosos.

4.- Pero antes de que haya un infierno transformable, o un tipo de luz deseable, debe haberse instalado un cosmos en nuestra conciencia. Cuando luchamos por la belleza de nuestro mundo, lo hacemos siempre hechizados por ideas. La idea de amor, de hijo, de amigo, de anciano al que se puede llevar al cielo con una sola sonrisa, de naturaleza protegible por el hombre, de crecimiento económico, de lo que sea. Y mataremos una cucaracha, o una bacteria, o meteremos en la cárcel a un delincuente, o regañaremos a un hijo, o expropiaremos un banco, si con eso creemos que puede sostenerse, en la inmensidad metamórfica del Ser, nuestro amado mundo. En algún mundo hay que vivir. En algún mundo se tienen que materializar nuestros sueños.

5.- La sabiduría superior (Para vidya), al menos tal y como la propone el vedanta, nos permitiría saber qué somos en realidad. Nos permitiría estar en un sueño sabiendo que somos los creadores de ese sueño. La figura soñada, y la conciencia que ahí se ha finitizado, sabe que su ser no se agota ahí, en esa preciosa máscara delicuescente, ontológicamente vacua. El conocimiento superior ofrece un despertar, dentro del sueño, sin desactivar el sueño: para amarlo, ahora más que nunca.

6.- La historia del pensamiento y del sentimiento humanos (si es que son “humanos”) nos ofrece un enorme catálogo de sabidurías inferiores (Apara vidya). Una de las ofertas más sobresalientes de sabiduría inferior (de sabiduría la vida) la ofrece el Hatha Yoga. Ahí destaca la idea de que solo se puede ser feliz y virtuoso a la vez. El mundo es nuestra mente. Y nuestro cuerpo entero. Una simple limpieza de intestinos influye en la intensidad del azul del cielo y minora la maldad aparente de un familiar. Un gesto de cariño a quien hace años nos amargó la vida embellece las calles y purifica nuestras vísceras. Mente, cuerpo, mundo… todo se fusiona en una máquina prodigiosa donde cabe hacer verdadera magia. Y donde cabe sentir –y ser- lo sagrado.

7.- Otra sensación. Los mundos aman a los que los aman. Impresiona comprobar lo sensible que es lo real –o lo onírico, es igual-. Se podría decir que la materia que nos circunda y nos constituye, al menos en este nivel de conciencia, está en carne viva. La razón sea quizás muy simple: no hay nada fuera de nuestro interior. Todo acto se dirige a nosotros mismos. No hay a quien engañar. El virtuoso (como el mago) sabe que todo se sabe en todos los rincones del Todo, que la materia lee su pensamiento, que “el otro” –el otro ser humano- es él mismo: otro de sus avatares, otra de sus máscaras. Si le ama se ama a sí mismo.

8.- Desde la preciosa cárcel del lenguaje cabe ensayar algo así:  hay algo, omnipotente, libre, de fertilidad infinita, que es capaz de autodifractarse en infinitos mundos y en infinitos niveles y formas de conciencia. En cada uno de ellos ese monstruo sagrado sabe lo que necesita saber, lo que quiere saber y la felicidad o sufrimiento que quiere sentir. No hay que sorprenderse. ¿No es posible todo esto, e infinitamente más, para un ser omnipotente?

9.- Todo conocimiento siempre es inferior. También el que la Mundaka Upanisad llama “superior” (Para vidya). Todo conocimiento es ignorancia, porque el destino final de toda sabiduría es descubrir que es un hechizo, que es falso, que es algo así como un sueño, el presupuesto básico de todo conocimiento: eso de que haya un sujeto y un objeto. Así, el conocimiento superior se autosuprime a sí mismo al señalar que no hay algo ahí susceptible de ser reproducido en el cerebro de una de sus criaturas (sea un científico o un yogui).  Advaita: con este símbolo se pretende decir que la Cosa Entera puede tomar conciencia de su ser en uno de sus puntos (¿Puntos?… el lenguaje se desangra). Heidegger habló de advenimiento [Véase]. En el cristianismo hay quien habla de la Gracia. El Maestro Eckhart afirmó que la divinidad se desvela a sí misma cuando quiere… dentro de sí misma. ¿Qué otro lugar puede haber?

10.- ¿No hay nada que hacer entonces desde aquí? Todo lo contrario.  Merecen mucho la pena nuestros esfuerzos aquí dentro, dentro de este sueño. Lo veo cada día. Paracelso dijo algo así como que a la magia no le gustan los vagos. Conozco a personas que han luchado ferozmente, desde el silencio, por mantener limpios los conductos invisibles que unían a los miembros de su familia (sin sometimiento alguno a los arquetipos sociales). Y lo han conseguido. Claves que me han dado esas personas (son dos ancianas que no se conocen entre ellas): evitar la maledicencia, no cotillear, dar ejemplo antes que buenas lecciones, no dejar de amar nunca, a muerte, no mentir, no quejarse, ser muy fuerte (muy resistente al sufrimiento), no tirar nunca la toalla, rezar… Las dos ancianas creen que todo esto merece mucho la pena. Que la vida puede ser muy bella o muy fea dependiendo de cómo la cuidemos. A las dos, por cierto, les encantan los jardines.

11.- El conocimiento no se obtendría de fuera, cogiendo cosas que están ahí para ser aprendidas. Se inocula desde dentro. Estamos involucrados en profundísimos y misteriosísimos flujos de información. Estamos en algo mucho más grande y prodigioso de lo que ninguna sabiduría podrá saber nunca.

12.- Quizás sirvan imágenes de la película Matrix para que sigamos practicando aquí la Metafísica, saltándonos las prohibiciones de Kant. Mentes humanas cultivadas por inteligencias no humanas para obtener energía. A esas mentes se les mete lo que sea -el mundo que sea- para que sigan prefiriendo la vida antes que la muerte. Desde el modelo de totalidad del que brotó nuestra bailarina lógica (Apara vidya) se podría decir que somos, a la vez, los esclavos de Matrix y los arquitectos de los mundos que se inoculan en esas mentes esclavizadas. Saberlo sería el conocimiento superior. Saberlo es asumir la creatividad absoluta. Y una enorme responsabilidad.

13.- Me siento cada vez más sorprendido de la plasticidad de la vida (aunque esa plasticidad se reduzca a la materia lingüística, a la posibilidad de modificar los sistemas de universales que constituyen los mundos). Yo amo esta vida. Yo amo el sistema de universales en el que está atrapada mi mirada [Véanse “Universales”]. Amo este sueño porque hay en él seres a los que amo sin límite. Seres –no solo humanos- que, para mí, justifican cualquier esfuerzo que yo tenga que realizar para que este sueño, este Maya, no se disuelva en la descomunal hoguera del infinito. 

Percibo, desde el empirismo más radical que quepa practicar, que algo/alguien nos asiste desde ahí fuera para que luchemos por este sueño.

Y, en el silencio (solo en el silencio), esa cosa descomunal, aparentemente externa a nuestro yo y a nuestro universo,  nos indica cómo caminar, cómo convertir nuestra vida en un espectáculo maravilloso. Solo hay que estar callados –radicalmente callados- y atentos.

Bueno, todo esto es lo que ocurre en el salón de baile de mi mente si dejo que la bailarina lógica “apara vidya” baile en ella, y lo haga en libertad, lo más salvaje y desnuda posible.

David López