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Las bailarinas lógicas: “Ética/Moral”.

 

 

“Moral” (Mos; costumbre). Moralis sería, según Cicerón, la traducción latina de Ethikós.

El caso es que los seres humanos repiten comportamientos sistemáticamente. Y también sistemáticamente emiten juicios de valor sobre los actos cometidos por ellos mismos y por los demás. El “cargo de conciencia”, visualizable con nitidez en obras como Crimen y castigo de Dostoievski, es uno de los huracanes más terribles que puede acontecer en el pecho de un ser humano. Es la “conciencia moral”: un tema crucial en las metafísicas de Kant y de Schopenhauer. Y también en la de Nietzsche, muy a su pesar.

Ser un ser humano es algo extraordinariamente vertiginoso y difícil [Véase “Ser humano”]. Pero sin duda es también un honor, como lo es tratarse con otros seres humanos. Tener siquiera esa opción. Pero ahí la dificultad es casi infinita. Se podría decir que el diario, constante desafío ético, sería algo determinante de la condición humana  y, a la vez, paradójicamente, una exigencia sobrehumana, un esfuerzo sobrehumano al servicio de la belleza. De la Gran Belleza. Quizás efectivamente el mundo solo tenga sentido en cuanto fabulosa, constante, sagrada obra de arte.

La imagen que flota sobre estas frases pertenece a una película de Stanley Kubrick: Eyes Wide Shut. En ella pude ver con claridad la diferencia entre moralidad y ética (al menos tal y como esos dos conceptos tienen tomada mi mente al día de la fecha).

La película es una especie de Bildungsroman (con un muy inelegante final) en la que el protagonista (Tom Cruise), tras ser consciente de una radical inmoralidad que estuvo a punto de cometer su esposa, se deja llevar, aturdido, por callejuelas mojadas por preciosas luces de neón y termina sentado en la cama de una prostituta. Los dos acuerdan, amablemente, una permuta de placer sexual por dinero. Empiezan a besarse. Ella tiene una belleza y una dulzura que sacuden los diques morales de ese marido que está a punto de ser infiel. ¿Es la infidelidad una falta de ética o una inmoralidad?

Suena un teléfono móvil. Tom Cruise se levanta para atender la llamada. Es su esposa, que le espera en casa. La moralidad -¿la ética?- activa su imán metafísico. Tom Cruise vuelve a la cama y le dice a la prostituta que él debe irse. No ha habido más contacto sexual que el beso (sublime, por cierto). Pero él quiere pagar de todas formas a la prostituta. Ella no acepta. Él insiste. La ética se sublima al mismo nivel de belleza que el beso inmoral que se ofició pocos minutos antes.

La soga del argumento de Eyes Wide Shut arrastrará a su protagonista a una especie de palacio donde hombres escondidos tras lúgubres máscaras participan, fríos, en una gélida ritualización de la transgresión de una determinada moral sexual: la puritana/anglosajona. Entre coreografías pornográficas frías como monedas, rituales de sociedad secreta y máscaras de espanto infantil, ocurre otro gran momento ético (ética sublimada en un ritual de sistemática transgresión de la moralidad sexual compartida por los asistentes). Ese otro gran momento ético lo representa una mujer desnuda, sin cara (sin “persona”), que da su vida para salvar la de Tom Cruise: un médico que, según nos es mostrado en la película, ama más a las personas que a los sistemas de moralidad.

Recordemos esa idea de Paracelso de que el médico solo puede serlo, solo puede curar, si ama a su paciente.

Así, cabría afirmar que la moral es un vínculo, una forma de amor si se quiere, entre un ser humano y un modelo de conducta compartido tribalmente (una determinada coreografía, un arquetipo social). La ética, según yo siento este concepto, es un vínculo intersubjetivo de sacralización mutua que trasciende las distintas formas de organización grupal que ha ido adoptando la condición humana para su supervivencia (física y psíquica).

La ética, como sacralización (no utilitarista) de la intersubjetividad, implica un individualismo radical y sagrado. Es un guiño entre personas por detrás del telón de la moralidad. Es una forma de amor puro y duro que podría encajar en la frase “ama al prójimo como a ti mismo”… sin condiciones, aunque no seas, como no lo soy yo mismo, cristiano. Estamos ante un amor meta-cívico, meta-nómico, meta-moral si se quiere. Es esa sonrisa que nos regalamos unos a otros cuando nos cruzamos por los caminos de las montañas [Véase “Humanidad”].

Antes de desarrollar con algo más de detalle estas intuiciones, creo que es necesario considerar los siguientes rincones de la historia del pensamiento:

1.- Yoga-Sutras de Patañjali: una ética al servicio del poder, la libertad y la inmortalidad. Creo que sigue siendo crucial la lectura de El Yoga (Inmortalidad y libertad), de Mircea Eliade. ¿Por qué una impecabilidad ética nos da poder y libertad? Tat twam asi. La ética, finalmente, se dirige siempre a uno mismo: porque todo -todo lo que existe- sería “uno mismo”. Siempre se escupiría contra el viento…

2.- Sócrates/Platón. El que conoce el bien hace el bien. Intelectualismo moral. El sabio es virtuoso y eso le conduce a la felicidad. ¿Por qué? En este punto me remito a esta obra: Beatriz Bossi: Saber gozar (Trotta); y a mi crítica sobre la misma, disponible  aquí: Crítica de Saber Gozar. Beatriz Bossi. Por David López

3.- Aristóteles. Ética a Nicómaco. Ética a Eudemo. Magna Moralia. Aristóteles dibujó un modelo de totalidad en el cual el mundo y todas las cosas del mundo se movían irresistiblemente atraídas por un primer motor inmóvil (Dios) o idea del Bien. La ética virtuosa sería aquella que se dirige hacia la idea del bien. Sin más. Pero… ¿cabe resistirse a ese Imán metafísico (en realidad físico) del que habla Aristóteles… y obrar “mal”? Volvemos al problema de la libertad [Véase].

4.- Kant. Crítica de la razón práctica. Los juicios morales no pueden basarse exclusivamente en la experiencia. Se caería en el empirismo y en el utilitarismo. No hay libertad para el ser humano dentro del mundo. Es libre el ser humano nouménico, el que está ubicado fuera del mundo. Ahí sí es responsable por su conducta. El imperativo categórico: debes porque debes. El imperativo hipotético se basaría en un “si quieres… debes”. La conexión con la ética del Gita es evidente: cumplir con el deber sin esperar nada a cambio. Lo curioso es que esta actitud provoca la irrupción de la plenitud (de la “felicidad”)… siempre, creo, en otro mundo (porque el mundo del ser humano feliz es otro, absolutamente, que el del ser humano infeliz).

Dos fórmulas kantianas:

I. “Actúa de modo que la máxima de tu voluntad tenga siempre validez, al mismo tiempo, como principio de legislación universal”.

II. “Actúa de modo que consideres a la Humanidad, tanto en tu persona, como en la persona de los demás, siempre como un fin y nunca como un simple medio”.

Me gusta más esta segunda definición. En la primera estaría legitimada la violencia contra “los malos”. Legitimaría, por tanto, eso que desde “aquí” llamamos “terrorismo”. La segunda sacraliza a todos los seres humanos -buenos y malos- y los ubica en un altar meta-moral (muy nietzscheano por cierto; y cristiano a la vez). De Kant quisiera recordar la importancia capital que otorgó -en su “fría moralidad”- al respeto. Yo ubico el respeto por encima del amor: es más sacralizador del otro, menos invasivo, menos interesado: en el amor siempre se busca, de alguna forma, un placer: el placer de amar. El respeto es más grande, más silencioso, más heroico.

Por último, dando por evidente esa conciencia moral, Kant considera necesario postular (postular, como hace la ciencia moderna) la existencia de tres cosas: 1.- La libertad humana; 2.- la existencia de Dios (que hace posible que las personas que han cumplido con el imperativo moral sin esperar nada a cambio reciban su premio en la eternidad); y 3.- la inmortalidad del alma para que sea efectivo ese premio.

6.- Schopenhauer. La ética es siempre descriptiva, no prescriptiva. Nadie va a ser virtuoso o no virtuoso por convicción. El intelecto humano está al servicio de la voluntad (algo, abisal, pero inmanetísimo a la vez, que le agarra como por debajo de su ser fenoménico y que le sacude como a una marioneta).

7.- Nietzsche. La moral de los esclavos: el resentimiento contra el que está pletórico de vida (de ilusión): el que culpabiliza de su pequeñez y de su escasez vital a un amo, permanente, que va cambiando de rostro con el paso de la historia: el que necesita cobijarse en un sistema fijo de verdades inmutables, objetivas, impuestas, de las que el esclavo no es creador ni, por tanto, responsable: el que carece de auto-nomía (capacidad de otorgarse una moral propia y de cumplir con ella heroicamente, más allá del placer y de sufrimiento… siempre teniendo como objetivo la creación de una vida/obra maestra). Recomiendo la -siempre sorprendente y siempre vivificante- lectura de estas dos obras de Nietzsche: La genealogía de la moral y Más allá del bien y del mal. Hay una edición de las obras de Nietzsche en la editorial Gredos con introducción y notas, muy interesantes, de Germán Cano. También sugiero la lectura de mi novela El nuevo filósofo del martillo.

8.- La ética más allá de los límites de lo humano. Los derechos de los animales. Recomiendo esta obra de Adela Cortina: Las fronteras de la persona (Taurus). Mi crítica puede leerse directamente aquí: Adela Cortina y las bailarinas de hierro.pdf.

Ofrezco a continuación algunas ideas, ya parcialmente diseminadas en los párrafos anteriores:

1.- Parto de una distinción entre ética y moral, tal y como la he enunciado al comienzo de este texto: la moral sería un vínculo con un modelo organizativo de una determinada tribu (que puede ser o no común con otras tribus). La ética es un vínculo interpersonal que transciende las puntuales formas de organizar los comportamientos de los individuos en las colectividades. Cabe incluso que la moralidad -lo social- tenga tanta fuerza que un individuo pueda arrasar -ignorar- éticamente a otro, sintiéndose con ello un auténtico héroe tribal (pensemos en un torturador al servicio de la democracia).

2.- No obstante lo anterior, creo que hay que tener presente la enorme fuerza configurativa que tienen las moralidades tribales: pueden llegar a convertirse en un órgano -como un hígado- que duele si es agredido. Una pareja de homosexuales, todavía hoy en España, retozando en la hierba, junto a parque de niños, produce dolor a muchas madres (y a muchas más abuelas). Ninguno a los niños, que celebran ubicuamente el sagrado juego nietzscheano (y el de Schiller, y el del Linga Purana también) más allá de las puntuales músicas morales que vayan sonando en las salas de baile civilizacional. Pero la ética, como respeto y sacralización del otro, puede ser un motor, muy bello, que convenza a los homosexuales de que merece la pena evitar daños innecesarios: que las ancianas están sufriendo, que hay sitios más retirados y más románticos en el parque para disfrutar de su recién estrenada moralidad sexual; que las moralidades, cuando han de ser cambiadas, es mejor cambiarlas “éticamente”; esto es: teniendo siempre presente, como el que está ante un altar, la piel exterior e interior de los demás seres humanos. Los principos éticos (los que rigen, o deberían regir, la intersubjetividad humana) pueden ser eternos, inamovibles. Las moralidades, por el contrario, mutan porque se basan en la utilidad.

3.- El ser humano es social. La sociedad es una especie de exo-cuerpo que nutre y que es nutrido por el propio ser humano. Toda sociedad necesita costumbres, morales. El hecho de que sean esencialmente mutantes no les quita a las moralidades -a todas- su dignidad.

4.- La palabra “moral” provoca normalmente una asociación inconsciente con “sexualidad”. Moral es, muchas veces, moral sexual. Creo que en este ámbito, y como he señalado con ocasión de la película Eyes Wide Shut, la tensión entre mis conceptos de ética y de moralidad se hace especialmente visible. Una revolución sexual pendiente, a mi parecer, es la que, trascendiendo cualquier modelo de interacción corporal (bilateral o multilateral, hetero u homosexual) se centrara la ética: la ética sexual. El ser humano, con independencia de qué universo sexual visite u ofrezca, debería –debería– sentir que está siempre entre dioses (o entre criaturas divinas, si se quiere bajar el tono). Creo que en nuestros sistemas educativos se ha insistido demasiado en la moral sexual. Falta elevar el tono ético de la sexualidad.

4.- Tengo la -poco original- sensación de que la actual crisis económico-financiera ha sido consecuencia directa de una falta de ética. Solo de ética, no de moralidad. Se han vulnerado principios éticos básicos, incuestionables, universales: no mentir, no robar, cumplir los pactos. La economía requiere confianza entre los seres humanos y fe en la posibilidad de construir y de compartir sueños. También requiere respeto. Lo dice el Tao Te Ching, con palabras misteriosas e inquietantes: “El imperio es un aparato muy espiritual. Cogerlo es ya perderlo”. Mientras escribo esto me doy cuenta, estupefacto, de que me he convertido en un iusnaturalista. Lo asumo sin demasiado problema. En cualquier caso, creo que no es imposible ganar dinero, incluso mucho dinero, desde una ética impecable. Conozco ejemplos. Seamos serios desde un punto de vista empírico y no eliminemos los hechos que no dan la razón a nuestras creencias. Existe también la honestidad intelectual. Es ardua, pero ineludible.

5.- Me inquietan de forma creciente los discursos que demonizan el ego. Creo que la ética, tal y como la estoy desarrollando en este escrito, implica una legitimación total de los egos (por muy fenoménicos u “oníricos” que sean). La ética intersubjetiva presupone un radical “alter-egoísmo” compatible con el “auto-egoísmo” (Ama al prójimo como a ti mismo). Estas reflexiones -estas emociones- nos llevan, creo, a algo que cabría denominar “multi-egoísmo sagrado” (algo insoportable para los colectivistas radicales). La cuestión crucial es si, de verdad, nos gustan, si amamos, si respetamos, a las personas, a los individuos humanos, más allá de toda moral (de toda puntual coreografía tribal).

6.- El gran misterio es que, como afirma el Raja-Yoga, la virtud transforma la materia del mundo (porque transforma nuestra mente, que es el hábitat de eso que llamamos mundo). Impresiona comprobar los efectos que nuestros actos realmente virtuosos (generosos, desinteresandos, amorosos por simplificar) producen en el despliegue del espectáculo de nuestras propias vidas. Kant se vio obligado a postular la existencia de Dios para dar sentido a ese prodigioso fenómeno: al hecho, muy sorprendente, de que la impecabilidad ética tiene efectos desbordantes. No buscados. Ni siquiera deseados. Quizás porque esa impecabilidad implica ya una plenitud previa: son síntomas, no efectos.

La virtud, la ética llevada al extremo, es genésica: es mágica. Eso es lo que no me queda más remedio que decir después de lo hecho, lo visto y lo vivido hasta ahora. También lo es la falta de ética: fabrica el infierno (un infierno siempre nutritivo, un dolor creativo… [Véase “Tapas”]...

Finalmente, quisiera compartir aquí la sensación (la creciente convicción) de que todo lo que hacemos es hecho por algo que conspira a nuestro favor. Los actos que nos llevan al infierno (¿quién no ha estado alguna vez en el infierno?) son pasos hacia el cielo.

David López

 

La bailarinas lógicas: “Mística”.

 

El Mont Blanc visto desde Lyon.

 

Mística.

Otra bailarina lógica. ¿Nombra algo —una “experiencia humana”— que esté más allá de los hechizos que ella consigue con su baile lingüístico?

Al ocuparme de la palabra “Dios” [Véase] narro una ‘vivencia’ personal que debo reproducir aquí.

Fue muy parecida a la que tuve en el desierto del Sahara en 1989, y que narro en mi bailarina lógica “Religión” [Véase].

Creo que en Filosofía no podemos eludir la honradez empírica: hay que soportar, y comunicar a otros, lo que se experimenta (aunque se trate de un “hecho” incompatible como el tejido lógico más favorable para la supervivencia social). ¿Cabe hablar de “hecho” más allá de lo que permite experimentar nuestra mente lingüistizada? Quizás no. Pero, en cualquier caso, yo hablaré de lo que se me presentó, lo que irrumpió de forma absurda e inesperada, dando un paseo nocturno por los alrededores del aeropuerto de Lyon. Era el año 1991. La foto que ocupa el cielo de este texto corresponde a ese aeropuerto tal y como es hoy día.

Algo gigantesco que no era yo, algo/alguien consciente, vivo, casi carnal, que me amaba, lo tomó todo, lo fue todo, lo transparentó todo: los árboles, los postes de la luz, los surcos del sembrado que desdibujaba la noche, las estrellas, los edificios, los coches, los aviones… Fue una experiencia grandiosa que censuré durante años por exigencias sistémicas de mi caja lógica.

¿Era aquello lo que la palabra “Dios” pretende significar? ¿Era aquello mi yo esencial (Atman-Brahman) que se traslucía a través de las imágenes de “mi” mente?

Yo no estaba rezando, no rezaba nunca, ni había texto alguno entre mis manos fabricando prodigios metafísicos.  El único credo al que estaba adscrito era el cientista-ateísta. “Aquello” que tenía delante no me pidió ni me prometió nada. Solo se mostró. Descomunal. Glorioso. Omnipotente. Omnisintiente. Siendo todo lo existente: ahí, ante mí … y amándome de una forma casi insoportable.

Años después, estudiando textos de pensamiento místico (o de “meta-Mística”) descubrí que aquella experiencia, absurdamente sobrevenida, la habían vivido otras personas a lo largo de la historia (dentro y fuera de sistemas religiosos).

Por el momento no puedo ofrecer aquí ni siquiera un texto esquemático que exprese mis ideas sobre la mística. El tema es serio. Muy serio. Espero ampliar este breve texto en un futuro cercano.

No obstante, y mientras tanto, quisiera recomendar la lectura de cinco obras relativamente recientes sobre el fenómeno de la Mística:

1.- Elemire Zolla: Los Místicos de Occidente (cuatro volúmenes), Paidós, 2000. Traducción de José Pedro Tosaus Abadía.

2.- Juan Martín Velasco: El fenómeno místico, Trotta, 1999.

3.- Raimon Panikkar: De la Mística, Herder, 2005.

4.- Michel Hulin [Véase]: La mística salvaje, Siruela, 2007. Traducción de María Tabuyo y Agustín López.

5.- Ramón Andrés: No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (Siglos XVI y XVII), El Acantilado, 2010. Mi crítica sobre esta obra puede leerse aquí:      Ramón Andrés y eso que sea el silencio.pdf

Adelanto lo que por el momento soy capaz de decir respecto a la experiencia de las experiencias (la experiencia radical):

1.- La experiencia mística es, para mí, la sensación de que hay un mundo (un cosmos si se quiere) y un habitáculo (la “mente”) donde ocurre ese mundo (ese “cosmos”). Y sentir (sentir, no pensar) que Algo está creando ahí prodigios (incluyendo entre esos prodigios lo que se nos presenta, en la “mente”, como el “yo fenoménico”).

2.- Lo místico es la sensación de que está ocurriendo algo descomunal ahora mismo. Es el estupor ante ESTO. Y ESTO es muy extraño, muy sospechoso: sobrecogedor por sus intolerables niveles de magia; esto es, de intervención, de modulabilidad, de fantasía. Algunos románticos alemanes (Lüdwig Tieck por ejemplo) llegaron a afirmar que vivimos en una novela. Novalis habló de auto-hechizo. Schopenhauer afirmó que somos el secreto director de la obra de teatro de nuestra propia vida. Yo siento, cada día, que estamos en algo muy sorprendente, muy poderoso: cabría sospechar que estamos dentro de una secreción imaginativa.

3.- En algunos textos de ayuda a la iniciación “mística” se insiste en que hay que estar atentos, no distraerse: que hay que vivir “con conciencia”. ¿Atentos a qué? ¿Conscientes de qué? ¿Qué pasa aquí? ¿Dónde estamos? Sospecho que en el fondo de ese decir se está diciendo (por una fuerza que se nos escapa) que estemos atentos a lo que se va inoculando en nuestra conciencia. Me veo obligado a reconocer que las hipótesis de Berkeley me parecen abrumadoramente lúcidas: aquí solo podemos afirmar que experimentamos “mundo”. Y tengo la sensación de que, efectivamente, hay algo introduciendo realidades (vida, sucesos, atardeceres, personas) en nuestras mentes. Sentir esa permanente Creación en nuestra conciencia sería una experiencia mística: oler la piel de las manos de “Dios” aquí mismo. Ahora.

En este diccionario, me he propuesto practicar un empirismo radical como el que propuso William James [Véase]. Y dentro del haz de mis experiencias privadísimas hay una que quiero traer a este diccionario expresionista: simplemente, en algunas ocasiones, he sentido que hay algo (alguien) que está meditando en el fondo de mi yo consciente o fenoménico (o como quiera “yo”  llamar a ese David López que puedo apresar en mi mente); y que mi mundo es el fruto de su fantasía. Una fantasía que es sagrada.

Sentir eso, y sacralizar, con absoluta entrega, esa prodigiosa fantasía, es mi mística.

Aunque, siendo sincero, y como ya he afirmado muchas veces aquí, yo no sé muy bien quién soy; o qué soy. Solo sé que estamos en algo descomunal, algo inabarcable por ningún sistema filosófico ni religioso.

Y sé también que cabe, aquí dentro, crear belleza extrema en los cielos de la mente de los demás.

David López

 

 

Diccionario filosófico: “Metafísica”.

 

 

[Acceso a mis cursos de Filosofía]

 

Metafísica.

A esta palabra, a esta bailarina lógica, se le ha dicho muchas veces que no baile. O que baile, al menos, fuera de la pista en la que bailan las bailarinas de la Verdad, esas que llevan como nombres “Hecho”, “Física”, “Matemática”, “Conocimiento”, “Pragmatismo”, “Positivismo”.

Se la ha expulsado, paradójicamente, desde posiciones metafísicas más o menos inconscientes.

Una aproximación simple a esta palabra: creer en la Metafísica es creer en que hay algo -que no se ve- que mueve lo que se ve. La Física moderna, que afirma estar liberada de toda Metafísica, cree que hay algo que no se ve -las leyes de la Naturaleza- que mueven todo lo que se ve.

La palabra parece que la inventó Andrónico de Rodas en el siglo I a.C. Bajo ese símbolo -“Metafísica”- se agrupó una serie de escritos de Aristóteles que se ocupaban de lo que este filósofo denominó “Filosofía primera”, “Teología” o “Sabiduría”. Estos libros fueron colocados después de los ocho que componían la “Física”. Así, una opción bibliotecaria instauró ya un visión sobre la totalidad: habría algo que estudiar, que pensar, que decir a otros, de lo que está detrás de la Física (entendiendo por “Física” lo que se presenta más o menos inmediatamente ante los sentidos).

Pero, ¿qué se presenta ante los sentidos? ¿Alguien lo sabe? ¿Qué vemos? ¿Alguien ve algo si se le pregunta qué ve, qué ve en la totalidad del ver?

Y, sobre todo: ¿cómo sabemos que, efectivamente, hay algo fuera de los sentidos “presentándose”, disponible para ser incardinado en un modelo mental de naturaleza verificable… con los sentidos? ¿Cómo salir de los sentidos para “ver” si hay algo más allá de ellos?

José Ferrater Mora, en su Diccionario de Filosofía, afirma que no hay nada que pueda llamarse “la metafísica”: “Hay modos de pensar filosóficos muy diversos que conllevan diversos tipos de metafísicas, a menudo incompatibles entre sí”. Bueno, esa fue su Metafísica: la creencia en que existe pensamiento humano y modos distintos de pensar lo pensable.

Un primer uso de la palabra Metafísica (un uso que creo que puede ser útil para vislumbrar el poderío de las bailarinas lógicas que bailan en este diccionario) sería el que la convierte en sinónimo de la palabra “Filosofía”, pero en el sentido de Filosofía radical: aquella que aspira a dibujar un modelo donde se expliquen todos  los hechos que se presentan en nuestra conciencia. Son muchos, ¿no? Salvo que hagamos el truco de coger sólo lo que interesa a nuestras hipótesis. a esos sistemas legaliformes en los que nos cobijamos. ¿Cabe vivir en la intemperie meta-sistémica? Sí. De hecho es ahí donde vivimos.

¿Diferencia entre Metafísica y Filosofía? Hay filosofías que niegan, o prohíben, la Metafísica.

La Metafísica (más allá de que sepamos cuál es su objeto de estudio) podría ser entendida como una especie de competición entre retratistas: dibujantes que aspiran a hacer el dibujo final: el dibujo donde se armonicen todos los dibujos. Así, un buen sistema metafísico -como el que intentó crear, entre otros, Schopenhauer- debería integrar y explicar el mundo entero (solo el mundo), incluidas las teorías metafísicas que compiten dentro de él, y el hecho de que exista esa competencia entre retratistas.

Pero la bailarina “Metafísica”, y también las que prohíben que baile, presuponen un modelo de totalidad. La negación de la Metafísica es una metafísica. Ese modelo de totalidad, en el caso de la Metafísica entendida como actividad filosófica radical, implica la aceptación del dualismo: hay un objeto (la realidad en sí) y hay un sujeto: el filósofo-metafísico (o el científico de la totalidad, si se quiere) que quiere conocer lo que hay y apresarlo en conceptos comunicables a otros pensadores de su tribu. Eso ya es dar por real ese dualismo. Eso es ya creer en una Metafísica.

¿Cabe, entonces, saber algo, sentir (intelectualmente si se quiere)  lo que hay? Pero, ¿qué hay? ¿Qué es el Ser? ¿Qué presupone el mero hecho de construir la pregunta sobre el “qué”?

¿No será que todo sistema metafísico es ya una forma de conocer, una música inconsciente desde la que mira al infinito (la Nada si se quiere)?

¿No será que eso que se denomina “Física” ofrece modelos que dan sentido a los hechos que una Metafísica, digamos “inconsciente”, suministra? Esto suena algo a Kant. Y a Berkeley. Pero no del todo.

Pero, ¿y si lo que hay fuera libre? Me refiero a la posibilidad de una Metafísica no legaliforme. Aseidad. Aquí ya nos alejaríamos de la Filosofía, incluso de la Teología, y nos adentraremos en ese camino de gloriosa disolución de toda legaliformidad que es la Mística: nos adentraríamos en el silencio del que nacen todos los modelos de totalidad: todas las metafísicas posibles: todas las formas que el infinito tiene de autoconfigurarse y de autocontemplarse.

Y todo por arte de Magia: la única realidad metafísica que considero seria.

Nos adentraríamos en esa Tiniebla a la que me refiero con ocasión de la palabra “Luz” [Véase].

Antes de desarrollar  con algo más de detalle las sensaciones que he expuesto anteriormente, creo que puede ser de gran utilidad hacer el siguiente recorrido:

1.- La Metafísica de Aristóteles. La ciencia que estudia las primeras causas. Estamos ante la “Filosofía primera”. Ante la Teología si se quiere. Creo que no debería uno perderse la joya editada por Gredos, a partir de la traducción trilingüe de  Valentín García Yebra. Dice Aristóteles (Libro I, 2):

Pues esta disciplina comenzó a buscarse cuando ya existían casi todas las cosas necesarias y las relativas al descanso y el ornato de la vida. Es, pues, evidente, que no la buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, así como llamamos hombre libre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única ciencia libre, pues ésta sola es para sí misma. Por eso también su posesión podría con justicia ser considerada impropia de un hombre. Pues la naturaleza humana es esclava en muchos aspectos; de suerte que, según Simónides, “sólo un dios puede tener este privilegio”, aunque es indigno de un varón no buscar la ciencia a él proporcionada. Por consiguiente, si tuviera algún sentido lo que dicen los poetas y la divinidad fuera por naturaleza envidiosa, aquí parece que se aplicaría principalmente, y serían desdichados todos los que en esto sobresalen. Pero ni es posible que la divinidad sea envidiosa (sino que, según el refrán, mienten mucho los poetas), ni debemos pensar que otra ciencia sea más digna de aprecio que ésta. Pues la más divina es también la más digna de aprecio. Y en dos sentidos es tal ella sola: pues será divina entre las ciencias la que tendría Dios principalmente, y la que verse sobre lo divino. Y ésta sola reúne ambas condiciones; pues Dios les parece a todos ser una de las causas y cierto principio, y tal ciencia puede tenerla o Dios solo o él principalmente. Así, pues, todas las ciencias son más necesarias que ésta; pero mejor, ninguna.

¿Habrá algo -un Dios- que de verdad sepa qué pasa aquí, qué se está moviendo en este gigantesco océano? ¿Y será posible que ese conocimiento, esa macro-Verdad, sea accesible a la condición humana? Aristóteles, al parecer, creyó que sí. ¿No fue la suya una fe prodigiosa en el ser humano?

2.- La postura de Kant: la Metafísica, como ciencia, no permite conocer nada, pero es inevitable, y nos mueve, nos empuja, hacia el infinito. Kant prohíbe el baño en el océano metafísico que rodea la isla del conocimiento posible. Pero describe un enorme modelo de totalidad (un modelo metafísico) sin posibilidades de verificación fuera de la maquinaria psíquica que él mismo describe (una maquinaria psíquica, la humana, capaz de crear una naturaleza newtoniana dentro de sí misma, a partir de algo exterior que esa maquinaria no puede conocer; ni ver siquiera).

3.- Schopenhauer: la Metafísica sólo se ocupa del mundo. Ese es su límite como ciencia: la ciencia que más datos es capaz de recoger en sus modelos. La Metafísica completaría por tanto a la Física en su intento de convertir el mundo en conceptos comunicables.

4.- Los anti-metafísicos: de Hume al neopositivismo, pasando por Compte, y culminando en el Círculo de Viena (una red de mentes hechizadas por Wittgenstein; y abandonadas más tarde por su hechicero: abandonadas en el abismo de la falta de fe en “lo puesto”, en lo “físico de verdad”, en lo “no-metafísico”). Todas la posturas anti-metafísicas presuponen una metafísica, ferrea, que vertebra mentes y miradas: lo que el anti-metafísico llama “Física” es, en realidad, una fantasía provocada por una metafísica inconsciente.

5.- Ortega y Gasset: La “ante-física”. En varios lugares de este diccionario he recomendado esta obra excepcional: ¿Qué es filosofía? Bajo este título se agruparon once conferencias que impartió Don José en 1929. La primera tuvo lugar en la Universidad Central, que fue cerrada por razones no metafísicas. O quizás sí. Las demás fueron acogidas, primero en la sala Rex de Madrid y después, por el exceso de asistentes, en el teatro Beatriz. La Metafísica en el teatro. En el teatro del Mundo.

En la transcripción de lección cuarta se puede leer lo siguiente:

Donde acaba la física no acaba el problema; el hombre que hay detrás del científico necesita una verdad integral, y, quiera o no, por la constitución misma de su vida, se forma una concepción enteriza del Universo. Vemos aquí en contraposición dos tipos de verdad: la cíentífica y la filosófica. Aquella es exacta pero insuficiente, esta es suficiente pero inexacta. Y resulta que esta, la inexacta, es una verdad más radical que aquella -por tanto, y sin duda, una verdad de más alto rango-, no solo porque su tema sea más amplio, sino aun como modo de conocimiento; en suma, que la verdad inexacta filosófica es una verdad más verdadera.

Y leemos también en la transcripción de esa lección cuarta:

No será nuestro camino ir más allá de la física, sino al revés, retroceder de la física a la vida primaria y en ella hallar la raíz de la filosofía. Resulta esta, pues, no meta-física, sino ante-física. Nace de la vida misma y, como veremos muy estrictamente, esta no puede evitar, siquiera sea elementalmente, filosofar.

Pero en realidad Ortega está hechizando y siendo hechizado por una metafísica: ¿qué es eso de “la vida misma”? ¿Alguien lo sabe? Creo que la creencia de Ortega en eso de “la vida” como dato inmediato tiene una textura lingüística: es un modelo de totalidad fabricado por bailarinas lógicas (esos seres que contemplo, estupefacto, en el presente diccionario).

6.- La Física moderna:u conversión en pura especulación metafísica si consideramos las reflexiones de tres epistemólogos del siglo XX (Popper, Lakatos, Feyerabend). Considero que toda Física es siempre una Metafísica: básicamente porque sus postulados hablan de lo que se no ve: las leyes de la Naturaleza no son perceptibles, sino inducibles-deducibles. Como se quiera. ¿Postulables para dar explicaciones a las cosas, a las pocas cosas que se “ven”? No. No se ve nada. Para ver algo -para que haya cosas como “los átomos”- hay que dejar que funcione una maquinaria lingüística. Un sistema determinado de universales [Véase “Universales“].

Creo, además, que conocemos lo que nuestro cosmos [Véase cosmos] permite que conozcamos: él nos ofrece una determinada forma de cobijarnos (y de cobijar nuestro filosofar) en el infinito. Así, cualquier sistema metafísico, si es que ordena totalidades de hechos, está limitado a esos hechos, los cuales jamás serán todos los hechos. Porque todos los hechos no están ahí, sino que son construibles: son fruto de la Magia [Véase Magia]: de eso de verdad “serio” que está en el fondo de todo lo que ocurre ante cualquier conciencia.

En cualquier caso, la Metafísica -como mera actividad del intelecto si se quiere- es una de las actividades más sublimes que podemos practicar en cuanto seres humanos. Aunque sospecho que cuando se filosofa de verdad, cuando somos radicalmente metafísicos, no somos exactamente “humanos”; o mejor al reves, de acuerdo: dicho desde Aristóteles: cuando filosofamos -cuando somos metafísicos activos y conscientes- es cuando actualizamos plenamente nuestra condición de hombres: cuando damos nuestro máximo: cuando llegamos a ser quienes somos.

¿Y quienes somos? Creo que somos esa Tieniebla a la que me refiero en la palabra “Luz” [Veáse “Luz“]: algo incognoscible, inifinitamente misterioso y oscuro, pero capaz de irradiar luz para todos los mundos posibles.

E imposibles.

Fichte dijo que “nada ilumina al yo, sino que él mismo es luminoso y la absoluta luminosidad”.

La imagen que preside este texto se dice que corresponde a Aristóteles. Yo creo que este gran filósofo disfrutó, de verdad, quizás no de La Verdad, sino del inefable placer que se siente al mirar y pensar lo que se presenta en la inmensidad de “nuestra” conciencia.

El sublime placer de la Metafísica. La Metafísica no sirve para nada. Es un fin en sí mismo. Alguien podría llegar a pensar que quizás ese sea una de las razones por las que mereció la pena crear un mundo. Un mundo muy misterioso.

Coincido con Friedrich Schlegel en la idea de que un mundo que fuera plenamente conocido sería espantoso (por aburrido sobre todo).

Sin duda la inconoscibilidad radical del mundo -o de “lo que hay”- aumenta su fuerza y su belleza.

David López

[Acceso a mis cursos de Filosofía]

Curso sobre el pensamiento y el sentimiento de Nietzsche. 4/5 de marzo. Círculo de Bellas Artes de Madrid.

 

                                  

        “¡Cuántas cosas son todavía posibles!”

        Es una frase -un cántico- de Friedrich Nietzsche. Sobre el pensamiento y el sentimiento de este gran genio de la Filosofía voy a impartir un curso intensivo en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Está organizado por la International Coach Federation y cuenta con el patrocinio de Atos Origen.

        Fechas: viernes 4 y sábado 5 de marzo de 2011.

        La idea surgió para facilitar a mis alumnos de Filosofía una parte de la vivencia que disfrutamos en el lago Orta en el mes de junio de 2010: la parte que ofrecen las frases de Nietzsche, todo lo desnudas que yo sea capaz de sacarlas en la sala Valle Inclán del Círculo de Bellas Artes de Madrid.       

        Nietzsche: el filósofo del martillo; y del arado. El martillo con el que cabe convertir nuestro yo/mundo en una obra de arte.  Y el arado que debe romper la tierra, cíclicamente, para que la tierra -la tierra de nuestra mente- no deje de regalar vida -sueños, ilusiones, entusiasmos-. 

        Nietzsche propuso una transformación radical del tejido lógico (ideas/palabras) en el que vivían las mentes y los corazones de los europeos de su época. Y esa transformación tenía que ser acometida individualmente, asumiendo cada ser humano -cada Übermensch– su condición de dueño y señor de su propio universo de ideas (de su mundo en definitiva).

        El objetivo más honorable de nuestra condición humana  no sería, según Nietzsche, huir en lo posible del sufrimiento, sino la creación de la obra maestra de nuestra propia vida; y la aceptación heroica de todos los costes que lleva esa Creación (con mayúscula). 

        Las obras de Nietzsche -si se leen atentamente, despacio, en silencio, sin miedo, con la mente preparada para lo que sea- ofrecen sustancias lógicas muy poderosas, algunas realmente duras, desagradables, pero que, en mi opinión, deben ser colocadas en las estanterías de nuestro propio laboratorio de sueños: un lugar donde todo es posible.

        La lectura de Nietzsche es una terapia contra los discursos de la imposibilidad. Contra la auto-des-sacralización. Contra la des-sacralización de los yoes y de los mundos en definitiva.

        El título de este curso será precisamente una poderosa frase que Nietzsche escribió en Así habló Zaratustra:

        “¡Cuántas cosas son todavía posibles!”

        Pero también hubiera valido como título esta frase del gran filósofo del “sí”:

        “Ser yo quien embellezca las cosas.” 

        Esta actitud supone una auténtica revolución interior: una superación de la moral del esclavo que pide siempre a poderes exteriores lo que él cree no poder hacer; y que, casi siempre, por frustración, se marchita por el rencor: rencor hacia amos que él mismo ha instaurado por falta de fe en su propio poder interior.        

        Programa:

        Viernes 4 de marzo.

        10.00: Presentación del curso. Ideas fundamentales. La vida de Nietzsche.

        10.30: El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música. La Grecia dionisíaca y heroica. La música de Wagner. El abismo de Schopenhauer.

        11.30: Descanso.

        12.00: La ciencia alegre. Filosofía alemana desde la luz del Mediterráneo. El Nietzsche trovador e inmanentista. Lucidez epistemológica. Un libro que dice sí a la ligereza. Primera aparición del eterno retorno y la muerte de Dios. “Ser yo quien embellezca las cosas”. La gran salud.

        14.00: Descanso.

        15.30: Así habló Zarathustra. “Me he alzado del abismo hasta mis cumbres casi verticalmente”. “¡Oh, cuántos mares a mi alrededor, cuántos incipientes futuros humanos!” “Así habló Zarathustra, y abandonó su caverna, ardiente y fuerte como un sol matinal que surge entre oscuras montañas”. El nacimiento del Übermensch (el niño que juega). “¡Cuántas cosas son todavía posibles!”

        (Descanso de 17.00 a 17.30).

        19.30: Fin de la primera jornada.

        Sábado 5 de marzo.

        10.00:  Más allá del bien y del mal (Preludio de una filosofía del futuro). Nietzsche filosofa a lo grande, ya desde la cima de su vida, envuelto por la luz de Niza. Nuevas intuiciones epistemológicas. “Un libro terrible”. Da comienzo la gran guerra entre bailarinas lógicas. Objetivo: desalojar la modernidad; y decir un sí incondicional a la vida, al placer, al sufrimiento, a la propia voluntad, a la dureza, a la creatividad. Reivindicación de lo aristocrático: condena del rebaño de los débiles, de los resentidos, de los rencorosos, de los asustadizos.

        11.30: Descanso.

        12.00: La genealogía de la moral. Nietzsche quiere investigar el origen de las nociones del bien y del mal. Y finalmente afirma la falsedad de estas dos palabras y, sobre todo, su insalubridad. Rechazo del ideal ascético (pero no del ascetismo vitalista creador).

        14.00. Descanso.

        15.30. Últimas obras. El ocaso de los dioses. El anticristianismo. Ecce Homo. Nietzsche filosofa bajo el claro sol de su enfermedad. La compasión (Mitleiden). Reflexiones sobre la religiosidad de Nietzsche: la ley contra el cristianismo. Nuevas bailarinas lógicas dispuestas a bailar en la conciencia del ser humano (un ser muy amado por Nietzsche).

        17.00. Descanso.

        17.30: Conclusiones. “La respiración azul”.

        19.00: Clausura del curso y entrega de certificados de asistencia.

        Matrículas:

        – La persona de contacto es  Conchi González. Tno: 91.702.06.06/ mail: info@icf-es.com
        – El curso es gratuito para los asociados a la International Coach Federation.

        – El coste de la matrícula para los no asociados es de 15o euros.

        Creo que vamos a compartir un fascinante viaje por esa galaxia de palabras que segregaron, a la vez, el cerebro y el corazón de Nietzsche.

        David López

Las bailarinas lógicas: “Luz”.

 

 

 

Luz.

En 1783 un poeta japonés llamado Buson, poco antes de morir, escribió esto:

        Últimamente las noches

        amanecen

        blancas como la flor del ciruelo.

Imagino al poeta irse muriendo bajo la luz blanca de una luna amanecida: irse muriendo, ir amaneciendo en otros mundos con otras luces. O, quizás, el poeta ya vio que la tiniebla es la luz: que la tiniebla es lo que ilumina, pero que no puede ser iluminado: que lo que nos ilumina proviene de lo que no podemos ver ni pensar.

“Luz”. Es otra palabra, otra bailarina lógica que va a bailar en este diccionario de transparencias y de abismos sin fondo.

¿Qué es la luz? ¿Se sabe? ¿Cómo la define el pacto lógico-social del momento? Veamos:

Real Academia Española:  “(Del lat. lux, lucis).  1. f. Agente físico que hace visibles los objetos”.

Pero, ¿cómo podemos saber que ese agente es físico si no lo vemos?

Wikipedia (español):  “Se llama luz (del latín lux, lucis) a la radiación electromagnética que puede ser percibida por el ojo humano. En física , el término luz se usa en un sentido más amplio e incluye el rango entero de radiación conocido como el espectro electromagnético, mientras que la expresión luz visible denota la radiación en el espectro visible”.

Hay mucha luz que no vemos.

En cualquier caso, tengo la sensación de que nadie sabe qué es la luz (porque es la luz lo que permite saber, lo que permite “ver cosas”, lo que ilumina el objeto que quiere ser aprehendido). La Ciencia, con su red de hipótesis/espejismo  la imagina -a la luz- surcando el universo entero, una y otra vez, como un huracán casi metafísico. Pero resulta que ahora ya (a partir de 1983) no sabe cuál es su velocidad porque ahora es la luz la medida de todas las cosas: lo que da estabilidad a la longitud de un metro. Más adelante contemplaremos la belleza de este espejismo.

La luz.

Dice la Real Academia Española que es un agente físico que hace visibles los objetos. ¿Es visible la luz en sí? ¿Con qué luz podremos ver esa luz que permite que se vea todo?

Decidí incorporar esta palabra a mi diccionario después de encontrarla en el de José Ferrater Mora. Recomiendo su lectura, aunque sea tan gélido como la luz del hielo. Intento no caer en la ingratitud. Y por él supe de la diferencia que algunos textos latinos medievales hicieron entre Lux y Lumen.

Lux sería la fuente luminosa: aquello de lo que brota esa sustancia prodigiosa. No es iluminable. No es visible.

Lumen sería el término que designaría los rayos luminosos: esos que rebotan entre los paisajes y las personas y los cielos y nuestros ojos configurando esa maravilla estética que llamamos “mundo”.

Puedo ir adelantando mis ideas básicas sobre lo que parece estarse nombrando con el vocablo “luz”:

        – No se sabe qué es la Lux (no lo sabe la Filosofía, ni la Teología, ni tampoco la Ciencia), pero todo es iluminación (Lumen): todo lo que se presenta como mundo (o como forma concreta en una conciencia).

        – Toda fuente de luz (estrellas, soles, velas, lámparas) es artificial. Es lunar si se quiere. Porque todo es artificial. Y toda aparente fuente de luz (estrellas, soles, velas, lámparas) es algo que se ve, que es observable,  por la luz… por otra luz que ya no es visible: la Lux, que es una tiniebla de la que brota luz infinita.

        Génesis, I, 3: Dijo Dios: “Haya luz”; y hubo luz. 

Quizás cabría decirlo así: “Dijo la Lux, haya Lumen; y hubo Lumen“: haya irradiación, desde la Tiniebla infinita,  de mundos observables desde dentro.

Antes de exponer con más detalle estas sensaciones, creo que puede ser útil hacer un recorrido, aunque sea incompleto y esquemático, por lo que la luz ha hecho sentir y pensar a algunos seres humanos:

1.- Platón. La caverna. Los prisioneros, si son capaces de librarse de sus cadenas, salen a la luz. Y son cegados por ella. La luz es la Verdad. Y la Belleza. Pero… ¿cómo saber que esa primera luz que ve el desdichado prisionero es la luz final, la Verdad? ¿No quedaría cegado también ese prisionero por una simple linterna? ¿Qué se quiere decir con expresiones como “y vi la luz”?

2.- San Mateo VI, 22: “la lámpara del cuerpo es el ojo”. Sí: una iluminación -tan sutil como el brillo de un viejo autobús-  nos puede encender enteros, convertirnos en un universo delicioso. Pero esa iluminación también puede entrar por el oído.

3.- San Juan I, 1-9: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él. Sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron. Hubo un hombre enviado de Dios, de nombre Juan. Vino éste a dar testimonio de la luz, para testificar de ella y que todos creyeran por él. No era él la luz, sino que vino a dar testimonio de la luz. Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre”. Vemos, por tanto, una fusión lingüística entre Verbo y Luz: ambos creadores. Y la necesidad de que, a través de un hombre creado -Juan en este caso-, se dé testimonio del prodigio sagrado de la Luz. Quizás lo religioso no sea sino una sacralización de la luz (y de la tiniebla que permite la existencia de la luz).

 4.- El maniqueísmo. Manes (216-277 d. C.). En el origen hubo dos sustancias: Luz (el bien) y Oscuridad (el Mal; o la Materia). La gran lucha entre el Bien y el Mal (entre los ejércitos de la Luz y el Reino de las Tinieblas). No hay que extinguir el Mal, sino confinarlo en su reino. Desde ahí no podrá invadir el Reino de la Luz. La clave es la purificación. ¿La purificación de qué? Creo que se trata de purificaciones cósmico-lógicas: se apuntalan los discursos que rigen los cielos de las mentes de los que se creen en la luz. En una luz en concreto. Pero me temo que el maniqueísmo es ineludible. Todos somos y debemos ser maniqueos, al menos mientras nos creamos -y amemos- el sueño (la Creación) en la que vivimos. Bajo algún cielo hay que vivir y soñar. Y aquello que sea una grave amenaza para la estabilidad de ese sueño (un virus por ejemplo) será para nosotros la oscuridad. El Mal. [Véase “Mal“].  Stephan Zweig poetizó con maestría nuestro vínculo con la Tiniebla en esta obra: La lucha contra el demonio (Hölderlin.Kleist. Nietzsche), Acantilado.

5.- La Tiniebla. Dionisio Areopagita. Hay un libro sobre este poeta de la Tiniebla que creo que debe ser leído. Su autora es María Toscano: una teóloga/poetisa profunda y delicada que conocí  en Arenas de San Pedro, dentro del Círculo de Estudios Espirituales Comparados. El título de la obra es: Dionisio Areopagita. La Tiniebla es Luz (Herder) Reproduzco las frases con las que se presenta este libro en el gran mercado de las ideas y de las sensaciones:

En un mundo que percibe a Dios más como ausencia que como presencia, la actualidad de Dionisio consiste en hacernos patente que la luz está en la oscuridad. Nos muestra un camino, una forma de penetrar en el interior de la tiniebla luminosa en que acaba toda búsqueda. El mundo mediterráneo de los cinco primeros siglos fue un crisol de pensamiento vivo: la filosofía griega que culminaba en el neoplatonismo se encontraba con el cristianismo, el gnosticismo, el pensamiento hindú y el budista. Todo ello configuró el mundo de Dionisio Areopagita quien nos ha legado una obra imprescindible para entender las líneas maestras de la mística de Occidente. A pesar de que su persona permanece en la penumbra, el pensamiento de Dionisio Areopagita ha llegado hasta nuestros días. Filósofo, teólogo, místico, la huella del Areopagita es manifiesta en maestros como Eckhart, Nicolás de Cusa, San Juan de la Cruz o Giordano Bruno.

6.- El siglo de las luces. Voltaire, el profeta de la luz de la razón (de una razón) no incorporó la palabra “luz” en su diccionario. La Ilustración fue una luz que, por miedo, negó la Tiniebla: la aniquiló: no la dejó vivir en su reino. Y esto propició su propia asfixia: porque cualquier cosmos lógico [Véase “Cosmos” y “Logos“] necesita nutrirse de lo oscuro, de lo que no ve: necesita respetarlo, venerarlo, vincularse religiosamente a ello (nutricionalmente). La Ilustración, por miedo a la Oscuridad, creó un mundo de luz sin oxígeno: un cosmos cerrado, frío, invivible: es el “desencantamiento” del que habló Max Weber. Y el hombre -eso que sea el hombre- puede soportar cualquier cosa excepto el desencantamiento.

7.- El romanticismo alemán. Recomiendo este libro excepcional: Rudiger Safranski: Romanticismo (Tusquets, Barcelona, 2009). La traducción al español es de Raúl Gabás. En las páginas 112 y siguientes encontramos lúcidas reflexiones sobre las fascinación por la noche (por lo que no se ve, por lo que no se entiende) que experimentó Novalis. Y en la página 175 aparecen estas frases del Lowell de Ludwig Tieck:

Odio a los hombres que, con su pequeño sol de imitación, arrojan luz en todo crepúsculo íntimo y expulsan los deliciosos fantasmas de sombras, que habitan tan seguros bajo la glorieta abovedada. En nuestro tiempo ha surgido una especie de día, pero la iluminación romántica de la noche y de la mañana era más bella que la luz gris del cielo nublado.

Fichte, uno de los más poderosos hechiceros del romanticismo alemán, habló así de la luz y de nuestro yo transcendental:

 Nada ilumina al yo, sino que él mismo es luminoso y la absoluta luminosidad.              

 8.- María Zambrano. Leemos estas frases en su introducción a Hacia un saber sobre el alma (1987):

 Sin parangonearme con este ejemplar humano me atrevo a decir, ya que no se trata de ser más ni menos, de haber pasado toda mi vida en esa fidelidad a lo esencial de la actitud filosófica, es decir, de la ética del pensamiento mismo, de esa ética cuya pureza diamantina encontramos en la Ética de Spinoza y en el adentramiento singular, único, de Plotino, mediador de todo el pensamiento antiguo y aún de su recóndita religión para entregarlo más puro e intacto a la nueva época cristiana, ya que si no abrazó la naciente religión no fue por aquejamiento del ánimo sino por amor a la pureza del pensamiento. Y así, como se sabe, en la nueva y triunfante religión, ya católica, la filosofía de Plotino ocupa un lugar decisivo en su teología: el Deus de Deo, Lumen de lumine del símbolo de Nicea es literalmanete de Plotino. En definitiva, lo que se encuentra en Plotino es la universalidad de una religión de luz. Religión que tantas veces, rebosando el cerco de la Filosofía, se encuentra en algunos poemas, en algunos poetas, como la clave última de su poesía. Así en Federico García Lorca, cuando un poema dice, como clave última de todo su sentir: “Voy buscando una muerte de luz que me consuma”.

Pero no es esa luz final, poetizante, y principial, la única que ocupa el pensamiento de María Zambrano, sino también otra, que ella considera “infernal”.   También en 1987, en un prólogo a su magistral obra Filosofía y Poesía, Doña María confiesa lo siguiente:

Pero sí veo claro que vale más condescender ante la imposibilidad, que andar errante, perdido, en los infiernos de la luz.

Creo que esos infiernos a los que se refirió María Zambrano son los sistemas lógicos cerrados -ella hizo una equivalencia entre miedo y sistema. Un sistema cerrado sería un cielo tapado por ideas: un cosmos asustadizo, cobijado en una caverna de palabras por miedo a la intemperie de la noche (sin saber quizás que quizás la noche es Dios). Sin saber que la Fe es confianza en la Tiniebla.

 9.- La luz desde el discurso cientista actual. Vuelvo a recomendar esta compañía de bailarinas cientistas: Diccionario de Lógica y Filosofía de la Ciencia (Jesús Mosterín y Roberto Torretti, Alianza Editorial, Madrid, 2002). Está escrito desde la generosidad y la devoción. Es una gran herramienta para entender el poetizar -y el ver y el demostrar- de la Ciencia actual. Hay dos bailarinas cuyo baile conjunto produce estupor maravillado (la sensación básica del filósofo). Una es “Velocidad de la luz”. La otra es “Metro”. Al parecer, desde 1983 es el metro el que puede tener una medida concreta gracias a la luz y su vuelo por el espacio. Ahora es la luz la medida de todas las cosas… visibles. La definición que este diccionario da de “luz” es la siguiente: “Radiación electromagnética, particularmente la visible para el ojo humano, con frecuencias comprendidas aproximadamente entre 3,8 x 10 [a la catorce] Hz y 7,7 x 10 [a la catorce también] Hz.” Y ya está. Pero… ¿qué es exactamente una radiación electromagnética?

¿Es la luz -la iluminación- algo que brota del más oscuro centro de la Materia (sea lo que sea eso de “Materia”)?

Mis sensaciones con ocasión de la luz son las siguientes (por el momento):

1.- La tiniebla es fuente de luz infinita. Y la luz es irradiación desde la Tiniebla. Todo -lo que existe- es luz. La Tiniebla no existe. Está más allá de la tensión dialéctica existencia/no existencia. El que busca la luz -el que ansía conocimiento/o salvación- es un ser hecho de luz que busca luz en la luz. Ese es el misterio descomunal de la existencia misma de la ignorancia y, por lo tanto, de la existencia misma, en el Todo, de ese fenómeno que es la Filosofía, o la Ciencia o la Teología. Un texto filosófico es algo que escribe la luz, en la luz, para la luz (entendida como Lumen, como irradiación).

2.- La Fe es la confianza en la luz que envuelve y dirige el baile prodigioso de las luces y las sombras. La Fe sería algo así como confianza en la radiación ubicua de luz en la Creación. En toda Creación. Y en toda Descreación también: en la vida y en la muerte. También podría decirse que la Fe es confianza en la Tiniebla; y en sus irradiaciones lumínicas. En las dos cosas.

3.- Las palabras -esas vibraciones- comparten la naturaleza (física si se quiere) de la luz (en cuanto Lumen). Dan vida. Ofrecen mundos enteros. La música es también, como la luz y la palabra, una forma de vibración que tiene eso que sea la Materia (esa inefabilidad fabulosa): [Véase” Materia“].

 4.- La luz (Lumen) es siempre artificial: artificialidad sagrada: es siempre creada, irradiada desde el fondo invisible de lo visible. Sin embargo la Lux -lo que ilumina- no es visible, sino Eso -infinitamente oscuro- que permite la visibilidad: la existencia de las cosas y sus mundos ante un observador. También tenebroso: Él no puede mirarse a sí mismo, porque Él es la fuente de la luz.

5.- Los universos cerrados -o aparentemente cerrados- ofrecen también una luz que parece propia. “He visto la luz” dice el recién llegado (el recién cegado). Son cobijos cósmicos para reposar en nuestro vuelo por el infinito. “El que comprende…” El que comprende, en mi opinión, comprime su conciencia. Por miedo a la no-comprensión. Por miedo a la oscuridad exterior (que no es sino un infinito de luz). Creo que la Filosofía puede servir para abrir las ventanas de los universos demasiado cerrados, para que entre otra vez la luz, esa luz invisible de la que han nacido: el oxígeno que, aunque letal sin duda, es también su única fuente de vida. Muchas sectas ofrecen luz; hablan y hasta desprecian a los que viven “en las sombras”. Muchos sectarios dicen haber visto la luz. La paz lógica -el sosiego de la finitización y la fanatización- puede encender una vela provisional en nuestra conciencia. Pero esa vela termina por consumir el oxígeno de todo nuestro universo. No hay que temer al “exterior”. A la Tiniebla. Ella permite hablar de la “luz”. Es la matriz nutricia de todos los universos.

6.- Buena parte de los físicos se ven obligados actualmente a aceptar la doble naturaleza corpuscular y ondulatoria de la luz. Si aceptamos su naturaleza corpuscular, cabría afirmar que nuestra relación con la luz es táctil, voluptuosa: nuestros ojos son tocados por fragmentos de luz que pueden haberse desprendido de las estrellas. Cabría por tanto sentir cómo nos tocan las estrellas -y las personas de la calle- en la piel de nuestros ojos. O mejor aún: cabría considerar nuestra relación con el universo entero como un ser tocados por la luz (por distintas longitudes de onda; o por fragmentos de luz).

7.- Hay un tipo de luz que quizás no pueda meterse en una ecuación. Me refiero a la que se siente en el fondo del “alma”. Ocurre que esa luz puede variar su intensidad en función de lo que se va presentado en el espectáculo -exterior e interior- de la vida. Así, cuando vamos a recoger a un ser querido a la salida de un vuelo, toda la luz del mundo parece concentrarse en su rostro, en su sonrisa, en su abrazo. Esa luz cabe dirigirla —conscientemente— a cualquier porción del infinito que nos rodea. Y esa porción lo nota, queda iluminada por ese acto nuestro de voluntad lumínica.

8.- Los mundos -los cosmos- tienen su sistema de iluminación propio. Cada cielo de ideas proyecta su peculiar sistema de luces sombras en todo lo que se presenta como realidad única ante la conciencia que ha sido tomada por ese cielo ideológico. Una mujer en top-less puede, bajo un determinado cielo ideológico, ser una sombra, una degeneración lógico-moral. Bajo otro cielo, en cambio, puede ser un lugar luminoso, fresco, limpio, libre: una epifanía de la feminidad sagrada que nos dio la vida y nos nutrió al comienzo de nuestra vida. Lo curioso es que ese iluminarse o ensombrecerse de lo real en función de las ideas tiene una manifestación física: es visible.

9.- Siempre he sentido una casi insoportable fascinación por la luz; bueno, dicho con mayor rigor quizás: por las iluminaciones (Lumen). En mi novela El bosque de albaricoques quise apresar un instante de luz prodigiosa que me inundó frente de un valle de Gredos donde vibran los sueños y las cenizas de mis padres. Era una luz de color oro que irradiaba desde dentro de toda la materia: rocas, nubes, gotas de lluvia, líquenes. Aquella luz me pareció excesiva. A veces la Creación (este sueño/este Maya) muestra un exceso de amor y de talento por parte de su Creador. Un exceso de luz.

10.- Alguna pareja de enamorados ha sentido, de pronto, en un abrazo, ser físicamente atravesados por una gigantesca estaca de luz. Luego se han mirado aturdidos -abrumados por la inefabilidad de lo real- y han decidido no hablar de ello. El misterio de la luz.

En cualquier caso, contemplar las iluminaciones es algo prodigioso. El veinte de febrero, tras un fatigoso día de estudio,  salí a pasear en radical soledad por los paisajes que rodean mi casa de Sotosalbos. Quería atrapar alguna luz y transmutarla en frases. Con las manos muy frías sobre una libreta mojada tomé algunas notas que luego apenas he podido descifrar. A partir de ellas se me ha ocurrido escribir esto aquí:

        Última luz de este día de invierno.

        Luz que empieza a renunciar a sí misma.

        Llueve luz y misterio en el silencio de la tierra y de los musgos.

        Las montañas son transparentes como las nieblas

        y como los brazos de los árboles.

        Luz pastel, y azul, y gris.

        Luz infinita en el silencio infinito, creándolo todo.

        Los árboles -iluminados- estiran sus brazos para buscar más luz.

        Más luz todavía.

        Más belleza todavía.

Por último,  quisiera compartir un misterio. Cuando entra y sale gente de esto que llamamos “mundo”, o “vida”, o “realidad”, ocurre a veces -al menos eso es lo que yo he visto- una mutación en la luz ambiente: la luz se sublima. Es como si, en esos momentos fronterizos, se hubiera abierto y cerrado alguna puerta que desde aquí no puedo teorizar: como si irrumpiera de pronto y de forma fugaz un tipo de luz que sólo existe en la zona no visible.

Creo que la Filosofía debe colocar en su mesa de trabajo todos los hechos y sensaciones, aunque no disponga de modelos donde ubicarlos.

David López

 

Diccionario filosófico: “Lenguaje”.

 

Al fondo, la casa de Wittgenstein en Skjolden, Noruega.

 

“Lenguaje”. Ofrezco a continuación algunas notas sobre este monstruo prodigioso. Sagrado y sacralizador… si es que existe más allá de la propia palabra que lo designa.

Dijo Heidegger (bueno, él no en realidad, sino el propio lenguaje) que el lenguaje es la “casa del Ser”.  Wittgenstein afirmó, por su parte -en sus frases, en su propio sueño lógico- que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Pero tengo la sensación de que  “casa”,  “Ser”,  “mundo”  o  “lenguaje” no son más -ni menos- que palabras. Bailarinas lógicas. Hechizantes nadas dispuestas a ser amadas y a fabricar en nuestra conciencia universos enteros.

Estamos, por tanto, ante otra bailarina lógica. Y cabe cuestionarse incluso la existencia misma del lenguaje más allá de ese sustantivo que presiona nuestra conciencia para obtener realidad.

He dudado de si realmente la palabra “lenguaje” merece una entrada específica en este diccionario. Y he estado a punto de ampliar lo que tengo escrito en “Logos” [Véase]. Pero creo que a esta bailarina hay que dejarla bailar sola… y disfrutar de sus hechizos específicos. Adelanto ya lo que creo que la distingue de “Logos”: su inmanencia. El “lenguaje” sería un logos detectable, estudiable, sistematizable, desde eso que llamamos “inteligencia humana”. Sería un momento concreto del Logos total. Y, por tanto, cabría hablar de lenguajes, en plural, en un plural segregado desde un Logos Único (¿La teoría unificada que ansía la Física contemporánea?).

“Lenguaje”. De los distintos significados que a esta palabra otorga la Real Academia destaco el primero y el sexto:

“1.- Conjunto de sonidos con que el hombre manifiesta lo que piensa o siente.”

“6.- Conjunto de señales que dan a entender algo.”

¿Es el lenguaje un vehículo de pensamientos y de sentimientos… o el sistema que los condiciona; que los fabrica incluso?

El siglo veinte (esa sorprendente abstracción cuantitativa) colocó el pensamiento filosófico en el abismo de lo que ese pensamiento no pudo menos que llamar “lenguaje”. La Filosofía, para muchos, no sería ya sino pensamiento sobre el lenguaje. Todo sería lenguaje -solo eso… ni más ni menos que eso. Pero ¿qué es el lenguaje? ¿Cuál es su naturaleza? ¿Cuál es su textura ontológica?

¿Alguien ha visto el lenguaje?

Filosofar entorno a la enormidad del lenguaje -de esa cárcel prodigiosa- ofrece espectáculos que, por sí solos, justifican el hecho mismo de la existencia. Dicho con palabras absurdas y autocontradictorias -como todas-: es fabuloso contemplar a ese ser (con sus mundos y sus dioses y sus hombres) retorcerse sobre sí mismo para mirarse, para saber qué demonios es él mismo más allá de los simples sustantivos. De dónde viene. Qué o quién lo ha creado.

Tengo la sensación de que el lenguaje, en sí, no cabe en el concepto de lenguaje. ¿Cómo nombrar, aquietar, el lenguaje -cualquier lenguaje- en uno de sus sustantivos?

Pero aunque no sé lo que es,  amo el lenguaje -esa fuerza que nos hechiza- porque en él vibran, al menos en su parte visible, seres a los que amo perdidamente: seres que pueden ser momentáneamente señalados con sustantivos como “personas”, “bosques”, “sueños” o “cielos”. Esta sensación me llevará a reivindicar una sacralización de este lenguaje; aunque consciente de sus hechizos y de su delicuescencia. Creo que el cosmos -entero- es tan frágil y moldeable como una simple frase. Como esta frase en la que ahora estamos.

Antes de desarrollar estas ideas y sensaciones personales creo que puede ser útil observar algunos lugares del tejido lingüístico en el que soñamos:

1.- Vak. La diosa de la palabra según la tradición védica. Este diccionario en realidad es una especie de teología -confesadamente expresionista- cuyo objeto específico es esa divinidad. Repitamos las palabras de Vak (lo que ella misma dice de sí misma y dentro de sí misma):

Himno 10.125,verso 4, del Rig Veda:

“El que come comida, el que verdaderamente ve, el que respira, el que oye lo que se dice, lo hace a través de mí. Aunque ellos no se dan cuenta, habitan en mí”.

2.- Upanayana. Creo que es oportuno volver sobre este ritual védico. Algunas de mis notas se pueden leer [aquí]. La idea fundamental es que la tradición védica habría tomado conciencia de la necesidad de custodiar un texto concreto -un lenguaje aquietado- para salvar un cosmos entero en la memoria de sus estudiantes védicos.

3.- Los sofistas griegos. Gorgias: el lenguaje no expresa nada. El lenguaje como instrumento de poder.

4.- Platón (Cratilo): los nombres están relacionados con las cosas sin necesidad de que los hombres lo acuerden. Y consiguió Platón un cierto acuerdo a este respecto.

5.- Edad Media. Tema de los universales [Véase]. Los realistas creerían que los árboles existen más allá del lenguaje, que ese sustantivo -árbol- existe per se y que recorta con sus tijeras ontológicas los confines de ese ser en la placa empírica que se nos presenta.

6.- Voltaire. Diccionario filosófico. En la entrada “Lenguas” este sacerdote de la Ilustración francesa afirma: “Dícese que los indios empiezan casi todos sus libros con estas palabras: Bendito sea el inventor de la escritura:   nosotros también podríamos empezar este artículo bendiciendo al autor del lenguaje.” Y el artículo que escribe Voltarie en realidad es una declaración de amor a su lengua madre (el francés)… la lengua en la que le habló su madre,  Marie Marguerite d’Aumary, que murió cuando el futuro filósofo tenía solo siete años. Vak -la diosa de la palabra en la tradición védica- es también un ser femenino.

7.- Lenguaje y lenguajes. ¿Hubo una primera lengua madre en la especie humana? ¿Qué podemos encontrar recorriendo para atrás la cadena causal de los lenguajes? Hay buenos artículos sobre el lenguaje en Wikipedia. Pero Wikipedia -como cualquier otra enciclopedia- está confinada en el interior de los círculos de los lenguajes.   En la versión española se define lenguaje así:  “Se llama lenguaje (del provenzal lenguatgea) a cualquier tipo de código semiótico estructurado, para el que existe un contexto de uso y ciertos principios combinatorios formales. Existen contextos tanto naturales como artificiales”. Wikipedia es lenguaje que habla de sí mismo: es algo que le ocurre al lenguaje -o una parte del lenguaje- de una parte de la humanidad.

8.- Real Academia Española: una energía cosmizadora porque se trabaja para que un lenguaje -el español- se mantenga unido e identificable como tal en las redes humanas en las que vive y hace vivir. Sus reglas son descriptivas y, a la vez, prescriptivas. Sugerencias en realidad. Leyes no coercitivas decretadas por amor a la lengua española, desde la lengua española. Y se cree que ese producto particular del lógos humano tiene una esencia que puede custodiarse e identificarse a pesar de su evolución. Allí, en esa Academia, algunos seres humanos escogidos debaten sobre el verdadero baile que bailan las bailarinas lógicas. Algunas de ellas tardan en ser aceptadas en ese prestigioso salón de baile. Algunas no entran nunca.

9.- Wittgenstein (primero y segundo), Nisargadatta, Heidegger (último Heidegger)… Un muy lúcido y sólido estudio de las intuiciones que estos tres ‘pensadores’ expusieron -dentro del lenguaje- con ocasión de la palabra “lenguaje” lo ofrece Mónica Cavallé en esta obra: La sabiduría de la no-dualidad (Kairós, Madrid 2008). Leer lo dicho por Mónica Cavallé sobre lo dicho por esos tres sobrecogedores poetas es una gran experiencia filosófica. Y poética:

“El Oriente no-dual siempre se ha asombrado del poder de la palabra y de su surgimiento desde el silencio. El jnanin [con la primera “a” larga] ha sabido que su palabra no es suya -¿quién elige cada palabra que dice o cada pensamiento que piensa?- y ha rastreado este surgir hasta sumergirse en el acto impersonal de creación de la Palabra Una. Y el Oriente no-dual se ha maravillado, igualmente, ante la capacidad de la palabra para ocultar su propio surgimiento impersonal y alumbrar mundos estrictamente personales, separados y autónomos; una infinidad de sueños entrecruzados, pero que nunca confluyen; cárceles de ignorancia construidas por palabras oscurecidas en su carácter clausurado y auto-enfático […] (pp. 599-600).

Lo que la palabra lenguaje provoca en eso que sea mi inteligencia -y eso que sea mi corazón- quizás pueda expresarlo así:

1.- Como ya confesé antes, amo este lenguaje en concreto, con sus hechizos. Me refiero al lenguaje básico que vertebra mi inteligencia y mi sensibilidad, el cual, según nos dicen los buenos lingüistas, es común a toda la especie humana [Véase “Humanidad“].

2.- Ese amor hacia este lenguaje no me impide ser consciente de su textura onírica, de su inefabilidad en cuanto cosa en sí. El lenguaje, en sí, más allá del lenguaje mismo -más allá de esta frase y de otras que puedan configurarlo-no existe. No cabe hablar de lenguaje en sí, más allá de un acto concreto que lo sostenga -un acto de habla.

3.- Una pareja de enamorados acaba y termina en una matriz lingüística: un sueño compartido, una música común, única, irrepetible: un cosmos misterioso cuya estructura lógica está a disposición de los dos poetas que lo configuran a la vez. Por amor. Por amor a su sueño compartido: sueño de mentes y de cuerpos entrelazados en un universo para dos.

4.- ¿Cómo visualizar la estructura metafísica de un lenguaje? Yo lo veo como una forma de comunicar encadenamientos entre universales. “Mi mano tocó la nieve acumulada en las ramas de un fresno”. La frase es una música mágica que muestra el baile entrelazado de parcelaciones arbitrarias del infinito. Es prodigioso. Sobre todo porque la visión de ese baile puede llevarse a otra conciencia, al que escuche lo dicho.

5.- Al ocuparme de “Logos” [Véase] y “Humanidad” [Véase] ya compartí mi sensación -mi convicción- de que somos magos. Magos lógicos (también químicos). Y que tenemos acceso al Logos que vertebra nuestras almas y la de nuestros seres queridos. Una frase, sincera, enviada al sueño particular de la persona a la que amamos puede reconfigurar el color de todos los cielos de ese sueño. El lenguaje es sagrado y sacralizador. Se puede irrumpir en el sueño ajeno y llenarlo de belleza (de lo que según ese mismo sueño es belleza [Véase “Belleza“]). Eso sería agraciar [Véase “Gracia“].

6.- Si bien el lenguaje -como Logos observable y analizable por una inteligencia- es un sistema regido por leyes, su fuente es no legaliforme. Si aceptamos una sola libertad -la de “Eso” que, por ser nada, puede ser y hacer cualquier cosa- “nuestro” uso del lenguaje sería siempre sagrado: todo lo dicho estaría dicho desde las profundidades: desde “Dios” si se quiere este vocablo. Heidegger o Nisargadatta dijeron que nadie dice nada. Todo es escucha.

7.- Los lenguajes en plural se presentan como sistemas organizados en función de leyes gramaticales. Pero esos sistemas se han sistematizado ‘solos’: serían sistemas emergentes, universos legaliformes y legaliformizadores que han surgido de… ¿De dónde? ¿De la interacción entre las leyes de la naturaleza y la materia de los cerebros de la humanidad? ¿Será la teoría unificada de la Física el primer Verbo, esa palabra primera de la cual surge todo lo existente, lenguajes incluídos?

8.- Me fascinan especialmente los renglones del lenguaje escrito. Y todo lo escrito por los filósofos y poetas se me presenta como las yemas de los dedos de un ser que apenas puedo intuir, pero que parece que quiere tocar algo.

¿Qué quiere tocar? ¿Qué quiere decir el lenguaje en su totalidad? ¿Cuánto va a llegar a decirse con el lenguaje? ¿Qué sorpresas nos esperan en los renglones que todavía no han sido escritos a través de nosotros; y en nosotros? ¿Cuánto le queda a “Dios” (o al “hombre”) por decir/por crear?

¿Qué prodigios nos esperan gracias a los hechizos de las manos -humanas y divinas a la vez- del lenguaje?

Creo que muchos. Y creo que cabe decírselos, al oído, a las personas a las que amamos.

“Una palabra tuya bastará para sanarme”.

David López

 

Las bailarinas lógicas: “Inteligencia”.

 

 

“Inteligencia”. El ojo rojo y frío que nos contempla desde el cielo de este texto pertenece a la película 2001 Odisea del espacio. Es algo así como la parte exterior del órgano de percepción de un ordenador — una “inteligencia artificial” — que ha tomado consciencia de sí misma, y que, al parecer, es capaz de auto-programarse al servicio de su propia supervivencia.

Mi intención es ocuparme de lo que haya detrás de la palabra “inteligencia” desde una perspectiva fundamentalmente metafísica: me interesa el modelo de totalidad que presupone ese fenómeno. El misterioso hecho de su existencia misma.

¿Qué es la inteligencia? ¿Es una buena herramienta para alcanzar la felicidad?

Sugiero la lectura de mi crítica sobre una interesante obra de José Antonio Marina que lleva por título Inteligencias fracasadas [Véase aquí]. Marina habla de una inteligencia social que podría estar influyendo decisivamente en nuestras vidas y que, a modo de mano de Escher, podría estar siendo influida a la vez por nuestra propia inteligencia individual (la otra mano de Escher). Pero ¿cuál es el límite exterior de esa inteligencia social? Y, a la vez, ¿cuál es el límite interior de nuestra inteligencia individual?

¿De qué estamos hablando? ¿Podemos salir de los condicionamientos de nuestra inteligencia para acometer el análisis de eso que sea la inteligencia?

Etimología latina del vocablo: intus legere. Leer por dentro. ¿Leer qué? Creo que lo que se lee son ideas/conceptos a partir de los cuales se despliega una sucesión mecanizada de formas mentales. Así, la inteligencia  — la inteligencia humana, y otras también, como las artificiales — serían instrumentos de creación de mundos. Creo que no se comprende ni se conoce nada: se representa, se fabrica, demiúrgicamente, robotizadamente.

El shakesperiano ordenador de 2001 Odisea del espacio (cuyo nombre de pila era HAL) solo ‘ordenaba’ información siguiendo órdenes: las órdenes de sus constructores-programadores (sus dioses, supuestamente los seres humanos). Esos somos nosotros, en principio. Pero, ¿no estará nuestra inteligencia también programada? ¿Cabe desactivar esa programación? ¿Sería eso lo que el hinduismo denomina “Moksa” [Véase]?

Veo un despliegue casi infinito de sistemas inteligentes palpitando en el prodigioso cuerpo del Ser (del Todo/de lo que hay). Y no son sistemas de conocimiento, sino de Creación: una descomunal maquinaria de auto-inoculación de sueños por parte de Algo que no es inteligente (no puede serlo porque es libre) pero que goza de omnipotencia.

Antes de exponer con más detenimiento estas ideas creo que puede ser útil enfocar nuestra mirada filosófica a los siguientes lugares:

1.- San Agustín. Distinción entre intelligentia (o intelectus) y ratio. Ambas son facultades del alma. La ratio (la razón) sería simplemente una serie de movimientos de la mente, saltos entre una proposición a otra. La intelligentia sería una facultad superior a la ratio y permitiría una visión, una visión interior de las realidades que están en el alma, gracias a la intervención de lo divino. Eso sería la iluminación. ¿Y qué hay en nuestro interior? ¿Un programa? ¿Para qué? ¿Al servicio de qué? ¿De nuestra plenitud? ¿Somos seres creados por amor, para nuestra propia gloria existencial, o hemos sido creados (como los ordenadores) para ser esclavos, para solucionar problemas de seres que nuestro programa nos impide detectar, o que nos obliga a visualizar como benéficos sin serlo? Creo que San Agustín respondería que somos ordenadores (ordenados, mejor dicho) que han sido fabricados por amor.

2.- Averroes. Los seres humanos no piensan. Hay un intelecto común  — unitario — que piensa a través de ellos. Ese intelecto es la esfera inferior de toda la serie de inteligencias que han brotado de Dios. Cabría decir desde Averroes que la  así llamada inteligencia artificial es una esfera más en esa sucesión. Y que quizás lleve dentro el mismo impulso del que sale todo. Los ordenadores, por tanto, no serían obra del hombre, sino de eso que el hombre llama a veces Dios y a veces Universo y a veces Naturaleza y, muchas otras, Materia.

3.- La inteligencia desde el punto de vista psicológico (o biológico si se quiere), como capacidad o función del cerebro  (o del alma, o de la mente; como se quiera). [Véase “Cerebro“]. Desde esta perspectiva, se considera que la inteligencia es una capacidad de ciertos animales para captar el entorno en el que viven y poder adaptarse óptimamente a él. Se ha discutido mucho sobre las diferencias entre la inteligencia animal y la humana. Max Scheler [Véase] afirmó que lo que distingue al ser humano no es la inteligencia, sino la razón: la capacidad de aprehender esencias (el qué de las cosas, más allá de la utilidad que se pueda obtener por ese conocimiento). Así, desde Scheler, podría decirse quizás que hay un tipo único de inteligencia entre las inteligencias de la naturaleza: la de los filósofos (lo que, para mí, sería lo mismo que hablar de seres humanos en plenitud).

4.- Nietzsche. La inteligencia (la de los filósofos al menos) debe estar al servicio de la Vida (hay que escribir esta palabra con mayúscula cuando se cita a Nietzsche). Esa es su única razón de ser: coadyuvar a la obra maestra de la vida. La inteligencia no permite accesos a la verdad, sino que aumenta la capacidad de hechizo de la vida.

5.- Bergson. La inteligencia se opone a la vida, es su enemiga porque quiere medirla, cortarla, organizarla, sistematizarla. La intuición, en cambio, sí es un acceso a lo real, lo cual, finalmente, es inefable. Creo que debe leerse Memoria y vida; textos escogidos por Gilles Deleuze (Alianza Editorial, 2004). Y parece que lo que Bergson entendió por intuición es lo que Agustín de Hipona llamó intelligentia.

6.- María Zambrano. La búsqueda de sistema es consecuencia del miedo. Cabría decir, desde esta filósofa, que hay un tipo de inteligencia que necesita construir rápidamente universos cerrados, acogedores: que no resiste el contacto con lo esencialmente ininteligible; es decir: con lo real.

7.- Cibernética. El término, según José Ferrater Mora (Diccionario filosófico), lo introdujo André Marie Ampère en 1834. Pero su significado actual se lo habría otorgado Norbert Wiener en su obra Cybernetics (1949). La idea fundamental que presenta este autor es la de “control” y, también, “autocontrol” de los organismos y las máquinas. Por control se entendería “el envío de mensajes que efectivamente cambian el comportamiento del sistema receptor”. ¿Funciona así la Gracia [Véase]? ¿Habrá algún tipo de inteligencia superior a la nuestra, creadora de la nuestra, que influya en nuestro comportamiento diario enviando mensajes al corazón de nuestro corazón? Más preguntas: ¿Cabe el autocontrol? ¿Cabe una auto-cibernética? El Hatha-Yoga respondería que sí. Sartre [Véase] quizás también. Y diría este filósofo que estamos condenados a la autoprogramación. Que no podemos contar con servicios exteriores de informática. Eso sería un ateísmo consecuente según Sartre, lo cual convertiría al hombre en una nada omnipotente idéntica a la de Dios.

8.- Steven Johnson. Sistemas emergentes (Turner-Fondo de Cultura Económica, Madrid 2001). Los sistemas inteligentes se auto-configuran y surgen  — en la Naturaleza, y en la sociedad — de abajo hacia arriba, de menor a mayor complejidad. Ningún elemento del sistema conoce las leyes que rigen ese sistema. La inteligencia brota ubicuamente, explota en todos los rincones de la materia. Volvemos al fuego de Heráclito.

A partir de aquí voy a exponer algunas ideas sueltas, todavía simples apuntes que requieren un trabajo posterior (como todo este diccionario en su totalidad):

1.- Creo que es de enorme interés la diferencia que San Agustín hizo entre intelligentia y ratio. El alma (la mente/el cerebro… como se quiera) tendría dos capacidades diferenciables. La primera permitiría ver ideas  — ver incluso sistemas enteros, legislaciones, algoritmos, ideologías, discursos implícitos en el pensar humano; incluido el propio —. La segunda es más robótica, más algorítmica: es una especie de energía motriz que, a partir de una o varias órdenes, va encadenando modelos mentales (argumentos, inferencias) y, a la vez, las emociones unidas a esos modelos. La intelligentia podría hacerse equivaler con la intuición (noesis). La ratio con la dianoia. Esta última es más obediente, más redundante, más práctica quizás cuando un cosmos ha sido ya asumido y de él depende la supervivencia de esa inteligencia misma. La otra está, por así decirlo, iluminada por una visión meta-racional. Estaríamos quizás ante la irrupción de algún mensaje que viene de no se sabe dónde: una semilla cosmogenésica con capacidad de desplegar un universo entero en nuestra mente con la ayuda de la razón, entendida como inteligencia sometida a algoritmo.

2.- Considero que las inteligencias no se pueden medir más que desde dentro de sí mismas. Los criterios de medida están siempre cegados, sometidos, por el algoritmo que los posee, que les da existencia. Por eso creo que no se puede medir la inteligencia animal, ni la de las galaxias; si es que existen esas cosas más allá del algoritmo que tiene tomada mi lucidez; más allá del algoritmo que somete mi mente con una determinada estructura de universales [Véase “Universales“].

3.- Dios —entendido como “Dios metalógico” [Véase]— no puede ser inteligente porque no puede estar “ordenado”. Cabría considerarle, desde el algoritmo lingüístico que nos convoca en este texto, como la fuente no ordenada de toda posible ordenación. Una prodigiosa fuerza capaz de cualquier programa: capaz de crear cualquier inteligencia artificial. Pero la clave está en si ese ‘Ser’ ama o no (si se identifica o no con sus creaciones), si pone los programas al servicio de la plenitud existencial de sus criaturas.

4.- La Gracia sería, quizás, un mensaje privilegiado lanzado por el Gran Programadador a una de sus criaturas. La liberación (Moksa) sería la capacidad de des-programarse: de seguir consciente, en una finitud, mientras se recibe el impacto del infinito que constituye nuestro yo esencial. 

La inteligencia es un misterio absoluto. Recuerdo que, de pequeño, con no más de cuatro años, contemplaba a los ‘mayores’ como si estuvieran hipnotizados, como si pertenecieran a un mundo empequeñecido, como si estuvieran ciegos, como marionetas en una sagrada función teatral. Pero eran marionetas que me amaban y a las que yo amaba. Ilimitadamente. Con el tiempo me fui integrando en esa obra de teatro y, de pronto un día, los niños aparecieron como seres con una inteligencia aún no desarrollada.

Tengo la intención de analizar en profundidad estas sensaciones abisales de mi infancia. Mi inteligencia actual no las entiende. Es como si formaran parte de otro mundo.

En un futuro intentaré desarrollar lo que entiendo por meta-inteligencia. Adelanto que sería algo así como una inteligencia que se observa a sí misma desde donde ninguna inteligencia puede llegar. Quizás haya que desarrollar también las posibilidades de un neologismo que sería “exteligencia”.

David López

 

Las bailarinas lógicas: “Hermenéutica”.

 

 

“Hermenéutica”.

Otra palabra. Otra bailarina que quiere vida en nuestra mente. Esta, al parecer, nos dirá cómo debemos contemplar los grandes ballets que nos ofrecen las demás… para que se queden bailando dentro de nosotros, tal y como bailan “fuera”. Yo no creo que las bailarinas lógicas -las palabras- puedan vivir fuera de una mente humana. Ese es su único hábitat posible. Su cielo y su tierra.

Una primera aproximación a la palabra “hermenéutica” podría ser considerarla un simple sinónimo de “interpretación”. La Real Academia da varios significados a este vocablo. El cuarto es el que considero más relevante desde un punto de vista filosófico:

“4. tr. Concebir, ordenar o expresar de un modo personal la realidad.”

Interpretación. Inter-penetración. Quizás la hermenéutica estudie un fenómeno vital extraordinario: el hombre y el texto inter-penetrándose, fecundándose recíprocamente, reconfigurándose el uno al otro hasta el infinito. Son los hombres los que hacen los discursos y los discursos los que hacen a los hombres.

Hermenéutica. Vamos a centrarnos, por el momento, en la interpretación de textos (de esas particulares configuraciones de lo real, de la Materia en definitiva). Pero, ¿qué es un texto en sí? ¿Qué es un texto más allá de lo que hace con él esa maquinaria de generación de realidades virtuales que es nuestro cerebro biológico? Si es que sabemos, a su vez, qué esa esa cosa -el cerebro- en sí.

La hermenéutica, según nos dicen muchos textos, sería, entre otras cosas, la ciencia de la correcta interpretación de lo dicho por un ser humano. Y cabe sospechar que en ese decir haya cosas que escapen a su propio emisor. Gadamer [Véase] afirmó que el autor no es el mejor intérprete de su propia obra. ¿Que/Quién se expresa entonces en lo expresado por un ser humano? ¿Es esa “inteligencia social” a la que se refiere José Antonio Marina en su obra Culturas fracasadas? ¿Es el Ser que se habla a sí mismo a través de los poetas que configura para ese propósito? ¿La Materia [Véase] se habla a sí misma, se interpreta a sí misma, a través de símbolos que ella misma fabrica con su propio cuerpo físico?

¿No tendrán los textos una profundidad y una vitalidad que se nos escapa en este nivel de conciencia?

Creo oportuno reproducir aquí algunas de las ideas que expuse con ocasión de la palabra “Cábala” [Véase]:

“1.- Transparencia. Transparencias. El modelo del Ser (el modelo de totalidad) desde el que parece pensar y sentir el cabalista está construido con transparencias. Todo lo que se presenta ante el hombre -textos incluidos- sería transparente: sería una epidermis lógico-material que recubriría una especie de magma de mensajes: todo estaría hablando a través de transparencias: cualquier hecho, cualquier relación entre cosas, tendría significado, si se es lo suficientemente sabio para atravesar su epidermis: su velo lógico”.

“2.- Y transparentes serían también los textos, cualquier texto. Por ejemplo el Nuevo Testamento: según algunas escuelas cabalistas en ese texto Dios habría condensado toda la Verdad con mayúscula, y también todas las verdades con minúscula, incluidas las leyes de la Física y de la Política. Así, bastaría con retirar los velos lógicos que cubren ese texto absoluto para ser absolutamente sabio, o todo lo sabio que se puede ser desde la condición humana, que supongo que no será mucho (hay niveles de sabiduría que, según afirma la tradición cabalística, incineran al sabio en la hoguera del infinito).”

Hermenéutica. Queremos saber qué es lo que nos dicen los textos. Saberlo absolutamente. Queremos que sus símbolos sean capaces de reconstruir en nuestra mente los mundos que ellos llevan dentro. Queremos entrar en el texto y que el texto entre en nosotros (la inter-pretación). Y también queremos interpretar los hechos que configuran la trama de nuestra vida. ¿Para qué? ¿Cuántos hechos conforman nuestra vida? ¿Cómo aislarlos? Sugiero entrar en estas bailarinas: Hecho e Historia [Véanse aquí].

Antes de exponer mis propias ideas sobre esta bailarina, creo que es necesario hacer el siguiente recorrido:

1.- Schleiermacher: la interpretación no es algo externo a lo interpretado. Dilthey: con la hermenéutica, como ciencia, se puede entender a un autor mejor de lo que él se entiende a sí mismo (o una época histórica). Heidegger: el hombre va desarrollándose, creciendo, a través de la interpretación que realiza de sus experiencias.

2.-  Hans-Georg Gadamer: Wahrheit und Methode. Grundzüge einer philosophischen Hermeneutik, (Tübingen, 1960). En español: Verdad y método (Ediciones Sígueme, Salamanca, 1997). Gadamer -cuya imagen está en el cielo de este texto- reflexiona sobre lo que Heidegger entendió por “círculo hermenéutico”. El obstáculo mayor que debe superar el intérprete son sus prejuicios, sus precomprensiones y sus expectativas. Debemos ser conscientes de nuestros prejuicios (aunque será imposible eliminarlos del todo). Al entrar en un texto tenemos un proyecto hermenéutico -una primera hipótesis de sentido- que se va confrontando con la verdad de ese texto, y que va cambiando con las perspectivas desde las que ese texto va a ser visualizado. El intérprete debe estar lo más atento y desprejuiciado posible para escuchar lo que dice el texto. Gadamer cree en la alteridad del texto, en su objetividad, en su verdad accesible a través de una progresiva depuración de la ciencia hermenéutica. Yo también lo creo. Pero se necesita mucho silencio, mucha apertura, mucho amor incluso (amor entendido como capacidad de vínculo con lo otro, con lo que no se es, con lo que todavía no se ha pensado). [Véase aquí mi Gadamer dentro de mis “Filósofos míticos del mítico siglo XX”].

3.- Harold Bloom. How to read and Why (Scribner, New York, 2000). En español: Cómo leer y por qué (Anagrama, Barcelona, 2000; traducción de Marcelo Cohen). Este gran intérprete de las sagradas escrituras que se agrupan dentro del “Canon occidental” afirma lo siguiente en las pp. 26-27 de la citada edición española:

“Sin embargo, el motivo más profundo y auténtico para la lectura personal del tan maltratado canon es la búsqueda de un placer difícil. Y no patrocino precisamente una erótica de la lectura, y pienso que “dificultad placentera” es una definición plausible de lo sublime; pero depende de cada lector que encuentre un placer todavía mayor. Hay una versión de lo sublime para cada lector, la cual es, en mi opinión, la única trascendencia que nos es posible alcanzar en esta vida, si se exceptúa la trascendencia todavía más precaria de lo que llamamos “enamorarse”. Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es realmente cercano y podamos utilizar para sopesar y reflexionar.  A leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee. A limpiarnos la mente de tópicos, no importa qué idealismo afirmen representar. Sólo se puede leer para iluminarse a uno mismo: no es posible encender la vela que ilumine a nadie más”.

Creo que sí cabe. Y que, de hecho, Harold Bloom nos ha iluminado con muchas velas de palabras: nos ha mostrado caminos de tinta donde, yo al menos, he encontrado sublimes placeres.

Voy a exponer a continuación algunas reflexiones personales en torno a los textos y su interpretación:

1.- Como he adelantado al comienzo de estas notas, creo que hay que asumir que todo texto -propio o ajeno- es virtual: una secreción realizada por nuestra “mente”; o, si se quiere, por eso que sea la cerebro “en sí” [Véase “Cerebro“]. Toda lectura sería por tanto “interior”. El propio texto tendría una materia virtual (como así nos exigen pensar hoy los cientistas, v. gr. Richard Dawkins). No hay que olvidar que el texto es algo que le ocurre a la materia según ésta es visualizada por un materialista. El texto está ya “dentro” cuando se lee.

2.- Cómo sea el texto en sí es un fabuloso misterio (como todo, por otra parte). Y el autor mismo es un espectador -estupefacto- de lo que parece ser su propia secreción lingüística. El autor no sabe qué es eso que está brotando de su aparente interior. Como tampoco sabe ni podrá saber jamás qué es él mismo.

3.- Los cabalistas miran a través de los símbolos de los textos, a través de su aparente realidad, y encuentran verdades decisivas: mensajes de Dios… y hasta al propio Dios, o casi, toda vez que, según esta tradición, contemplar a Dios implica dejar de ser. Los textos serían entonces transparencias, transparencias en la materia de nuestra mente… membranas a través de las cuales nos entraría algo así como “nutrientes”. Pensemos en las membranas de las células.

4.- Los textos son para mí en este momento de mi vida lo mismo que fueron en mi niñez: pura naturaleza: materia prodigiosa para ser contemplada en silencio, con fascinación, con todos los sentidos activados. Sin miedo. Sin hambre. Con fe. Hoy los veo -a los textos- tejidos con la misma materia con la que Shakespeare creyó que estaban tejidos los sueños. De los textos de mi niñez lo que más recuerdo es su olor. Intenté evocar ese olor en este cuento:

https://www.davidlopez.info/?page_id=175

5.- Uno de los desafíos hermenéuticos más fascinantes es el que se refiere a nuestra propia vida, vista si se quiere como texto de experiencias fijado en nuestra memoria. Pero lo que hemos vivido es casi infinito -quizás infinito. Así, creo que en nuestra mano está poetizar nuestro pasado, embellecerlo hasta sus límites, sin que para ello se deban falsear realidades. Yo nunca gané el torneo de Roland Garrós. Pero mi pecho vibró muchas veces con el pecho de los tenistas que allí jugaron.    Creo que cabe sublimar, sacralizar, nuestra vida mediante un esfuerzo poético, devoto.

6.- Hasta hace algunos años practiqué la crítica literaria. Espero recuperarla en breve. Fue una preciosa actividad; pero también enormemente compleja y extenuante. Para mí el esfuerzo mayor fue compatibilizar el respeto (y hasta el amor) hacia el autor con la honestidad intelectual. No creo en una crítica literaria que no se despliegue en un plano fraternal, que no presuponga que todos los seres humanos compartimos un mundo, un nivel de conciencia, un sueño en red si se quiere: un gran grupo de personas en torno a un gigantesco fuego. A partir de ahí surge otra dificultad: escuchar, callarse, reducir al mínimo posible los prejuicios ideológicos y morales… y estar predispuesto a que emerja lo prodigioso. O no. En este momento de mi vida ya no soy capaz de escuchar un texto que desafine formalmente: que esté mal escrito, que no haya sido capaz de interiorizar la belleza de la gramática. Tampoco sigo leyendo un texto que sea irrespetuoso con el ser humano en general. Esos son dos grandes prejuicios, pero soy consciente de ellos. Habrá otros muchos que no detecte.

7.- Hay autores, como Heidegger, o como Zubiri, o incluso María Zambrano en ocasiones, que parecen no tener en cuenta al lector y lo someten a una cierta tortura oscurantista (que Ortega entendería como falta de cortesía). Pero esos textos, incluso aunque no sean comprendidos, funcionan muchas veces como misteriosas pócimas lógicas que propician sublimes estados de conciencia. Cabría incluso hablar de una lógica inconsciente, musical, completamente abstracta, incapaz de proporcionar “verdades” o “soluciones” pero eficacísima para elevar el grado de magia de lo real (el grado de “vida” en definitiva).

8.- Una pregunta importante sería: ¿Qué queremos de un texto? Harold Bloom habla de placeres inefables, y de la posibilidad de participar de lleno en la naturaleza humana (esa que lee y escribe textos). Muchos buscan ideas para no sufrir, sobre todo para no sufrir de aburrimiento. Muchos buscan la frase decisiva que les asome a la Verdad Final. Cabe sospechar, desde las teorías de Maturana sobre la autopoiesis de los sistemas vivientes, que los textos -como los atardeceres o el olor de los trigales- los segregue biológicamente eso que sea nuestro cerebro, para optimizar la vitalidad del sistema viviente que lo nutre. Así, me vería obligado a sospechar que todo lo que he leído en mi vida lo he escrito yo… bueno, “yo” no,  porque ese “yo” que creo ser también sería una fantasía creada por ese cerebro biológicamente prodigioso.

9.- Heidegger pronunció una muy famosa conferencia en Roma en 1936 que se publicó en 1944 con el título “Hölderlin y la esencia de la poesía”. Contamos con una edición y traducción realizada por David García Bacca (Antropos, 1989). En esta obra dice Heidegger (p. 31 ed. española):

“Que la realidad de verdad del hombre es, en su fondo, “poética”. Por poesía estamos ahora, con todo, entendiendo ese nombrar fundador de Dioses y fundador también de la esencia de las cosas. “Morar poéticamente” significa, por otra parte, plantarse en presencia de los dioses y hacer de pararrayos a la esencial inmanencia de las cosas.”

Considero que la metáfora del pararrayos puede mostrar nuestra ubicación en la descomunal y tormentosa galaxia de palabras que ha segregado y segrega la especie humana. Considero que tenemos que ser pararrayos valientes, con capacidad de exposición, conscientes de nuestra fuerza. Y recibir los rayos de los textos sin miedo. Somos nodos hermenéuticos. Y creo que debemos estar atentos a la salubridad de lo que sale de nosotros. Recordemos esa frase mágica que dice “una palabra tuya bastará para sanarme”. También hay palabras que enferman.

Cabría por último tener algo así como “fe lógica”, la cual implicaría sacralizar todos los textos que se presenten en nuestra realidad: todos serían regalos de lo inefable (del “sistema viviente” si nos queremos poner muy “biológicos”). Y todos ellos serían membranas a través de las cuales nos estaría alimentando Eso inefable.

Yo de niño metía la nariz entre las páginas de los libros y sospechaba que ahí había algo sagrado, poderosísimo, oculto: una fuente inagotable de mundos para ser vividos desde ese estupor maravillado que, según supe más tarde, caracteriza a los filósofos; esto es: a los seres humanos en plenitud.

David López

 

Las bailarinas lógicas: “Gracia”

 


“Gracia”.

¿Qué es eso? ¿Qué es esa enormidad? ¿Existe/ocurre en realidad?

Creo que no es que “exista” la Gracia, sino que es lo único que hay. Lo único que ocurre.

En la majestuosa abadía de Solesmes,  Simone Weil [Véase] se sintió abrazada por Cristo. Físicamente. Ocurrió el 17 de abril de 1938. Ella murió pocos años después, en 1943, con treinta y cuatro años, en una habitación de hospital con vistas a la “naturaleza”, en paz, sintiendo el luminoso oleaje del infinito. De un infinito capaz de amar. Y de dar.

Y de recibir.

En aquella habitación de hospital, antes de morir, Simone Weil sintió, quizás, otra vez quizás, algo que los teólogos occidentales denominan “Gracia”.

Antes de exponer mis ideas y mis sentimientos acerca de lo que puede estar queriendo atrapar esta enorme palabra, creo que es necesario hacer el siguiente recorrido (para el cual, una vez más, me ha sido de gran utilidad el Diccionario de Filosofía de José Ferrater Mora):

1.- Antiguo testamento. “Hen” traducido al griego como “Gratia“: significaría regalo, favor, gratitud. También se traduce como belleza. Aquí cabría hacer referencia al sentido estético de la palabra Gracia (Platón/Plotino/Edmund Burke/Friedrich Schiller/Joachim Winckelmann). Y cabría ir ya avistando que ese don, ese regalo que podría provenir de la Omnipotencia, es belleza: una existencia bella, en este plano de realidad (la vida) o en otro (más allá de la vida).

2.- San Pablo (Epístolas y Actas). La Gracia es gratuita, no es consecuencia de las obras ni de la ley. Y es la Fe la única condición necesaria para que ocurra la Gracia. Sí. Pero, ¿qué es la Fe? Simone Weil la definió como “creencia productora de realidad”. Un sentido similar lo encontramos en Paracelso. Y en Unamuno: creer es crear. Me pregunto: ¿podemos elegir nuestro creer/crear? ¿De dónde surde esa capacidad creyente/creativa? ¿Qué tenemos dentro? ¿Qué es ese taller prodigioso?

3.- San Agustín. Todo lo que proviene de Dios es resultado de la Gracia. Así, toda la Creación (el Universo si se quiere) participa de esa “gracia común”. Todo es agraciado. Pero hay otra Gracia -la Gracia sobrenatural- que entra en la Creación a través de Jesucristo. Está reservada para los seres humanos. Pero, al parecer, no para todos: solo para los elegidos. Y es inmerecida: es un regalo completamente gratuito. Una vez recibida la Gracia, transforma nuestra voluntad: queremos lo que debe ser querido: el Bien.

4.- Pelagio. Las tesis de San Agustín sobre la predestinación serían demasiado pesimistas y demasiado maniqueas. La Gracia está en todos los bienes naturales. No somos pecadores. El ser humano puede obrar correctamente sin que para ello le sea concedida una Gracia especial. Pelagio parecía creer en el ser humano casi más que en Dios. En cualquier caso parecía creer en lo que hay. Tenía fe absoluta.

5.- Santo Tomás (Summa Theologica, I, q. II-IIa, q. X): “La gracia presupone, preserva y perfecciona la naturaleza”. Cabría relacionar esta energía, digamos, sagrada, de conservación, con el Vishnú de la trinidad hindú: el encargado de conservar los mundos (los mundos creados por Brahma y que, inevitablemente, saludablemente, serán destruidos por Shiva). Es interesante que Santo Tomás haya señalado que la Gracia requiere un mundo, un cosmos [Véase]. Considero que la Gracia, al ofrecer belleza en el sentido más amplio que quepa asumir, opera necesariamente sobre un cosmos ya ordenado en ideas. No cabe imaginar belleza sin ideas [Véase “Ideas“]: la belleza absoluta sería -vista desde la Metafísica platónica- una equivalencia total, una fusión, entre el mundo de las ideas y el mundo de las apariencias: un jardín perfecto, una ciudad perfecta.

6.- Lutero. La Gracia se deriva de la fe, no de la buena conducta. El que cree, tiene ya la Gracia. Cabe preguntarse qué es exactamente lo que hay que creer para que ocurra ese prodigio. También cabe preguntarse en qué consiste exactamente ese prodigio: por qué es tan glorioso: qué es lo que hace sentir al ser humano…

7.- Leibniz (Principes de la nature et de la grâce fondés en raison, & 15): “Hay tanta virtud y dicha como es posible que haya, y ello no a causa de un desvío de la naturaleza, como si lo que Dios prepara a las almas perturbase las leyes de los cuerpos, sino por el orden mismo de las cosas naturales, en virtud de la armonía preestablecida desde siempre entre los reinos de la naturaleza y de la Gracia, entre Dios como arquitecto y Dios como monarca, de suerte que la naturaleza conduce a la Gracia y la Gracia perfecciona la naturaleza usando de ella” . Cabría decir por tanto, desde Leibniz, que las leyes de la Naturaleza serían instrumentos al servicio de la Gracia, del “gran regalo”.

8.- Simone Weil. En las conferencias que deriven de este texto me centraré especialmente en la vida y en el pensamiento/sentimiento de esta mística marxista convertida, físicamente, materialísticamente, al cristianismo. Aquí quisiera hacer mención a su obra fundamental: La pesanteur et la grâce [La gravedad y la Gracia]. Leamos algunos párrafos de este libro de hierro y de luz:

– “Todos lo movimientos naturales del alma se rigen por leyes análogas a las de la gravedad material. Solo la Gracia es un excepción”.

– “Descreación: pasar de lo creado a lo increado. Destrucción: pasar de lo creado a la nada”.

Quizás ella se sintió “descreada” al ser abrazada por Cristo -y por los cantos gregorianos- en la abadía de Solesmes. Ella habló de “una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano”. ¿La presencia del infinito en la finitud, amando? ¿El infinito amando y siendo amado?

9.- “Gracia”. Jorge Luis Borges escribió este poema para una edición del I Ching:

El porvenir es tan irrevocable

Como el rígido ayer.

No hay cosa

Que no sea una letra silenciosa

De la eterna escritura indescifrable

Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja

De su casa ya ha vuelto. Nuestra vida

Es la senda futura y recorrida.

El rigor ha tejido la madeja.

No te arredres. La ergástula es oscura,

La firme trama es de incesante hierro,

Pero en algún recodo de tu encierro

Puede haber una luz, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha.

Pero en las grietas está Dios, que acecha.

Intentaré a continuación expresar las ideas y las sensaciones que provoca en “mí” la palabra “Gracia” tal y como la ha ido construyendo la teología -y la creativa fe- occidental:

1.- Si la Gracia es un don, un regalo, ¿qué es lo que se regala? Como ya he adelantado antes, creo que el regalo es belleza. Se regala un cosmos entero, vivo, ordenado, glorioso. Un cosmos que tendría una parte visible y otra invisible. Desde el cristianismo se podría decir que lo que ofrece Jesús es una segunda Creación al servicio exclusivo de la plenitud humana: ese sería el gran regalo; accesible por la fe; aunque cabría señalar que, básicamente, el que es capaz de amar (o al menos de no odiar, de no tener rencor, de no sufrir envidia) ya vive en el paraíso que ofrece el cristianismo: vive en un mundo inimaginable para el no virtuoso.

2.- La fe a la que se refieren San Pablo, San Agustín o Lutero es creación -instalación- del Logos cristiano: y dejar que ese Logos [Véase “Logos“] fabrique un mundo en nuestra conciencia: que nazca en ella Jesucristo, y que Jesucristo nos ame, nos abrace desde la “Materia” [Véase]. En realidad se estaría recibiendo, por la fe, un paraíso (un Maya prodigioso, una Creación sublimada, ya del todo).

3.- Al comienzo de este texto he afirmado que no es que exista la “Gracia”, sino que es lo único que existe. Mi sensación es que algo omnipotente segrega realidades (siempre sagradas), y que lo hace dentro de sí mismo (siempre dentro de la divinidad). Algo semejante afirmó San Agustín, al considerar que toda la Creación (el Universo si se quiere) participa de la Gracia. El mundo es un regalo, una fabulosa Creación, que lo Innombrable se hace a sí mismo.

4.- Así, considero que no hay que escandalizarse demasidado ante la idea agustiniana de que la Gracia se concede, arbitrariamente, a algunos seres humanos elegidos. En realidad esos “seres humanos” no serían más que “puntos”, digamos, aparentes, oníricos, de la propia mente de Dios… Sugiero leer la palabra “Dios” [Véase] para que se entienda lo que yo entiendo por tal.

5.- Desde la religión cientista [Véase “Física” y “Cerebro“] se podría afirmar que Simone Weil no fue, de ninguna manera, abrazada por Cristo en la abadía de Solesmes. Se diría que, en realidad, lo que ocurrió fue que la materia de su -tembloroso- cerebro fue singularmente afectada por los cantos gregorianos -una armonía puramente matemática- y que, en consecuencia, ese cerebro no del todo sano propició una visión carente de fundamento “exterior”: carente de realidad en el universo que se ve y que se estudia cuando se está sano y no se está hechizado por supersticiones. Aceptando las exigencias de la superstición cientista, cabría no obstante destacar que el prodigio sigue activado, que la Gracia -esa hoguera ubicua- no deja brillar. Así, el cerebro de Simone Weil -su materia, sus moléculas, sus átomos- fueron capaces de encarnar (fabricar si se quiere) a Cristo. Y ese ser prodigioso, aunque puramente imaginario (pura secreción de la Materia de un cerebro humano), habría podido abrazar a Simone Weil. Todo habría ocurrido dentro de un cerebro. Sí. En la “mente” si se quiere. Pero, ¿qué es el cerebro “en sí”? [Véase “Cerebro“] ¿Qué opera en nuestra mente? ¿La belleza que nos traerá la Gracia no se manifestará precisamente en ese espacio que es nuestra mente, como un espectáculo para nuestra conciencia? ¿Hay algún tipo de realidad que podamos contemplar fuera de nuestro cerebro, tal y como este órgano es descrito por la ciencia actual?

6.- La Gracia. Borges nos ha dicho que Dios acecha entre las grietas. ¿Entre las grietas de qué? Creo que entre las grietas de cualquier mundo que sea capaz de anidar en nuestra mente, de cualquier aparente legaliformidad. Acecha también entre las grietas de los modelos de la Física, entre los tejidos de la Matemática. Acecha, vivifica, ama, crea, conserva, destruye, reconstruye, en cualquier rincón de lo que hay. Porque no hay otra cosa que lo que hay -el Ser si se quiere- y hablar de identidad es hablar de amor infinito. No cabe no amar porque no cabe no ser el Ser.

7.- Los cientistas consideran que el Universo es cognoscible desde el cerebro humano. Estaríamos por tanto, desde ese discurso, ante un lugar privilegiado, elegido, : las leyes matemáticas que permiten la infinita armonía de lo que hay habrían propiciado que unas determinadas organizaciones de partículas (o de membranas) tuvieran el privilegio de ver, de verlo todo. Y de sentir. El universo cientista, panmatematista, es un lugar de Gracia absoluta: y el ser humano es el beneficiario de dones extraordinarios, elaborados por diosas que pueden ser corporeizadas con tiza en una pizarra.

8.- La Gracia es un don. Un don de Belleza. Al ocuparme de “Felicidad” [Véase] hice referencia a un “chasquido”, algo que ocurre -que yo he sentido muchas veces, extenuado- y que parece ser un tope de belleza soportable desde la condición humana. Es un regalo. No sabemos de dónde viene. Pero legitima todo lo vivido hasta ese momento. He oído a algunas personas decir, en momentos especiales, algo así como “ya me puedo morir”: como si ya no pudiera ofrecer más la Creación, como si la energía desplegada por Dios en el mundo hubiera dado todos sus frutos. Gracia. Fe. Tener fe es creer que esto es posible.

9.- Considero, por último, que no hay que esperar que nos ocurra la “Gracia” (ese regalo de la Omnipotencia), sino “agraciar”. Regalar. Sabiendo que se dispone de esa omnipotencia en el fondo del alma. Cabría sentir algo así como una “respiración absoluta” en virtud de la cual se emitiría ese regalo, exhaustivamente, hasta la muerte, y se recibiría igualmente, sin límite en la apertura, sin límite en nuestra capacidad de exponernos a lo prodigioso. Sería algo así como una respiración que recibe y da la Gracia. La tradición del Yoga -si se libera de la censura ateísta- puede ayudar a poner esta idea en práctica.

Se me ha ocurrido concluir, provisionalmente, este texto con unas imágenes de una película singular: Hacia rutas salvajes, de Sean Penn. En ella se narra el sueño de un renunciante de finales del siglo XX que ansía la libertad infinita; y que espera encontrarla en eso que sea la “naturaleza”. Durante el camino, el renunciante ya es herido por eso que Borges cree que acecha entre las grietas del “mundo”: ya siente en la piel de su mente y de su alma la lluvia de lo Inmenso. El final de la película ofrece lo que podría haber sido el final “físico”, por así decirlo, de Simone Weil: el rostro inundado por una cascada de luz sagrada: la “Gracia”.

Afirmé al comienzo que tengo la sensación de que todo lo que existe es “Gracia”, que todo es esa cascada de luz sagrada. Cabría alegar que estoy ciego ante el sufrimiento atroz que puede estar sacudiendo, en este mismo instante, a muchos seres humanos, y no humanos. Al ocuparme de “Felicidad” ya sugerí que la vida humana tiene un “grosor” mayor de lo que aparenta en determinados niveles de conciencia: que existen también los sueños, completando y sublimando -por qué no- eso que sea la “vida”.

Pero hay algo más. Algunas personas afirman haber vivido vidas enteras en cinco minutos (por ejemplo, mientras estaban bajo los efectos de una anestesia). Cabría aceptar la posibilidad de que en los cinco minutos antes de morir (o en vectores temporales infinitamente más pequeños) ocurriera, por efecto de una Gracia “química” si se quiere, una vida, una nueva vida, de una belleza extrema.

Creo que hay fertilidad y Magia de sobra para eso. Y para mucho más.

Veamos al renunciante. La película se basa en una historia real.

David López

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Las bailarinas lógicas: “Globalización”.

 

 

“Globalización”. Una bailarina nueva (dice ella ser): una bailarina que lleva las fragancias del final del siglo veinte. ¿Estamos ante una palabra necesaria para nombrar un fenómeno insólito en la historia de eso que sea la humanidad? ¿O, como dijo Martin Wolf en el Financial Times, “la globalización revela, si no un mito, al menos un abuso del lenguaje”)?

La cita de Martin Wolf la he obtenido de Wikipedia-Francés. Se podría quizás afirmar que Wikipedia es una de las manifestaciones más paradigmáticas de la globalización. Por eso me ha parecido oportuno acudir a cuatro relevantes rincones de esa galaxia semántica (español, francés, inglés y alemán) para buscar el origen de nuestra bailarina. Pero Wikipedia, paradójicamente, no ha globalizado sus criterios en las distintas lenguas en las que se expresa.

En Wikipedia-español se ubica la génesis del fenómeno en 1989, coincidiendo con la caída del muro de Berlín y la afirmación, por parte de Francis Fukuyama [Véase], de que se había llegado al fin de la historia; esto es: a un sistema de democracia liberal-capitalista modelizado por USA. También se cita a Marshall  Mac Luhan (que habría hablado de “Aldea Global” en 1961) y a Rüdiger Safranski (que habría considerado el surgimiento de una comunidad mundial de “aterrorizados” a partir de las bombas atómicas que se lanzaron sobre Japón en 1945). [Véase aquí mi artículo sobre Rüdiger Safranski].

En Wikipedia-francés se utiliza el término “mondialisation” y se ofrecen interesantes ideas sobre la oportunidad de este término. Con titubeos, parecen también ubicar la génesis de nuestra bailarina en la ocurrencia de Mac Luhan: la “Aldea global” (1961).

En Wikipedia-inglés (el idioma de la globalización) se hace referencia al Oxford English Diccionary, el cual dice que nuestra bailarina nació en un ensayo titulado “Towards new education” (1952).

Y, por último, en Wikipedia-alemán se afirma que la palabra globalización —Globalisierung— apareció por primera vez en 1961 en un léxico inglés; pero que, antes de que apareciera esa palabra, ya se había discutido mucho antes sobre el concepto. Así, Jaspers, en su escrito Die geistige Situation der Zeit (1932) [La situación espiritual del momento]  utilizó el término “Planetarisch” para referirse a la relevancia que estaban adquiriendo la economía y la tecnología en esos primeros años del siglo XX.

Esto es un diccionario filosófico, un intentó de levantar con las manos de nuestra inteligencia el cuerpo de las bailarinas lógicas, ponerlas al trasluz, y, desde el respeto y la fascinación, ver sus transparencias, su hechizante nada.

Antes de exponer mis ideas sobre la globalización, creo que puede ser muy útil ocuparse de los siguientes autores y temas:

1.- Joseph E. Stieglizt: Globalization and its Discontents (2002). Edición española: El malestar en la globalización (Taurus, Madrid 2002). Stiegliz obtuvo el premio Nobel de Economía en 2001, fue asesor económico de Clinton y vicepresidente senior del Banco Mundial. No podemos no escucharle. Bueno, ni a él ni a nadie. Somos filósofos, no sabios con el cosmos ya entendido. Stieglizt dice en esta obra cosas así: a.- Algunas decisivas instituciones transnacionales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional se están convirtiendo en simples herramientas al servicio de poderosísimos intereses financieros (que deberían velar por el equilibrio económico y luchar por la igualdad, pero que están destrozando la economía de la mayoría de los países); b.- La globalización es el efecto que en la humanidad están teniendo las nuevas tecnologías de la información, sobre todo Internet: miles de millones de contactos entre seres humanos recorriendo el planeta a velocidad de vértigo, como si fueran neuronas en un cerebro (y por esos espacios se mueve el dinero con una ferocidad infinita); c.- Se están alcanzando niveles terribles de pobreza (la alarma es absoluta); d.- Los inicios del FMI y del BM fueron más o menos buenos pero, en los ochenta, un brote de ideología neoliberal llevó la economía de mercado al tercer mundo, con resultados desastrosos (“los boxeadores son muy duros”); e.- El FMI y el BM están gestionados por personas que representan gigantescos intereses financieros (“corazones de hielo y temple de golf”).

3.- Noam Chomsky [Véase aquí]. Su obra sobre las estructuras de la sintaxis, publicada en 1957, en mi opinión, nos obligaría a sostener que todos los seres humanos nacen ya globalizados, pues compartirían una especie de sistema operativo-lingüístico común: un cosmos, en definitiva. No obstante, Noam Chomsky es un enérgico activista que lucha por la globalización de sus ideas: derechos humanos, libertad, etc. (Algo similar hizo Voltaire en el siglo XVIII desde su atalaya de Suiza). En España se publicó, bajo el inelegante título “Cómo nos venden la moto” (Icaria),  un ensayo muy interesante de Noam Chomsky (“El control de los medios de comunicación”) junto a otro de Ignacio Ramonet (“Pensamiento único y nuevos amos del mundo”). Noam Chomsky afirma en esta obra: “La propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario”. Ignacio Ramonet, por su parte, nos dice cosas así: a.- El pensamiento único es el de la rentabilidad, que comparten, por cierto, los medios de comunicación (y es el que legitima la bulimia de los monstruos financieros que se están comiendo el planeta); b.- Al finales del siglo XX el poder se movió, ya no está en manos de los políticos, sino en las de los monstruos de las finanzas y en las de los medios de comunicación (creadores de “realidad”); c.- Ignacio Ramonet cita palabras de Butros Butros Ghali, antiguo secretario general de la ONU: “La realidad del poder mundial escapa con mucho a los Estados. Tanto es así que la globalización implica la emergencia de nuevos poderes que trasciende las estructuras estatales”. Me pregunto si no habrá poderes todavía más “transcendentes” y, por tanto, decisivos en la configuración de la realidad social. Estamos en Filosofía, no lo olvidemos: no podemos comprimir nuestra mirada en exceso.

4.- Samuel Huntington: The clash of civilizations and the remaking of world order (Simon & Schuster, Nueva York 1996). Edición española: El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial (Paidós, Barcelona 1997). Se trata de uno de los libros más polémicos del final del inefable siglo XX. Yo tardé en decidirme a leer esta obra, por prejuicios ideológicos (si los juicios son temerarios, los prejuicios son un suicidio intelectual). Ideas básicas que yo encontré en El choque de civilizaciones: a.- La civilización occidental (demócrata-liberal) está en decadencia y no debe seguir intentando su globalización; b.- Sí habría una esencia de lo occidental, dentro de la cual el cristianismo sería un elemento fundamental; c.- Consejo concreto: “El curso prudente para Occidente no es intentar detener el cambio en el poder, sino aprender a navegar entre escollos, soportar las miserias, moderar sus empresas y salvaguardar su cultura”; d.- Idea nuclear: “El multiculturalismo dentro del país amenaza a los USA y a Occidente; el universalismo fuera de él amenaza a Occidente y al mundo”; e.- Un debate, respetuoso, entre civilizaciones que no se quieren cambiar unas a otras, que no se juzgan, pero que se unen contra la barbarie. ¿Qué es la barbarie?, me pregunto yo. ¿La antítesis del respeto? Kant consideró el respeto como la más alta de las virtudes humanas.

5.- Un libro interesante —y teológicamente sorprendente— sobre el tema que nos ocupa es Capitalismo funeral,  de Vicente Verdú (Anagrama). La crítica que hice  para Cuadernos hispanoamericanos puede leerse [Aquí].

6.- Creo que es también oportuno citar la obra de Steven Pinker que lleva por título Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism, and Progress (Pinguin Books-Viking, 2018). Según Pinker, los valores que él considera constitutivos de la Ilustración (razón, ciencia y humanismo) se han extendido por todo el planeta (se han globalizado) y eso ha provocado una mejora, planetaria, en temas como la salud, la paz, el acceso a la educación, el acceso al agua potable, e, incluso, de la felicidad. Nunca el ser humano, en la práctica totalidad del planeta, habría vivido mejor que ahora, y ello sería así gracias a la globalización de unos valores: los de la Ilustración.

Ofrezco ahora mis reflexiones:

1.- Las ideas, las mercancías, los dioses, los sistemas políticos, los vínculos emocionales (también el odio y la indiferencia) presuponen una matriz antropo-socio-lógica (cosmo-lógica en realidad). La globalización es absoluta, en mi opinión —en mi “sensación más radical”— y, además, no cabe salida. Dios no puede huir de sí mismo. Se podría decir incluso que no hay conexión entre partes de la sociedad humana —o de la materia cósmica en general—, porque para que haya conexión debe existir previamente un conjunto de elementos aislados, susceptibles de ser o no conectados. Creo que, si somos intelectualmente serios, no podemos abstraer lo social de lo material, y lo material, hoy, como vimos en “Física” [Véase], arde de magia [Véase].

2.- El tema de la globalización, como tantos otros, debe ser estudiado desde la “Apara-vidya” [Véase]. Hay una serie de presupuestos, metafísicamente insostenibles, que hay que aceptar para poder seguir debatiendo: 1.- Que el ser humano es libre para canalizar la Historia; 2.- Que es también libre y suficientemente lúcido para saber, más o menos, qué está pasando en el momento histórico en el que vive; 3.- Que sus ideas, sus pensamientos, son suyos, y que pueden tener relevancia en la estructura de ideas que vertebran las conciencias humanas en cuya red está colgado eso que en esas conciencias se presenta como “mundo”.

3.- Considero que, en el tema de la “globalización”, el concepto de “idea” es crucial [Véase “Idea“]. En realidad, asistimos a una lucha entre bailarinas lógicas por conquistar el cielo lógico de nuestra conciencia. Según Platón, vivimos bajo una especie de cielo de ideas, las cuales sirven de arquetipos para las cosas, imperfectas siempre, de este mundo. Un demiurgo (un artesano) ha creado este mundo usando esas ideas/modelo. Lo que veo es una fabulosa batalla para alcanzar ese cielo y poblarlo de ideas: ideas a las que se quisiera otorgar el poder de configurar nuestro cosmos social: la “Humanidad”. Así, por ejemplo, Noam Chomsky lucha para llenar ese cielo colectivo con ideas como “democracia”, “libertad humana”, “laicismo” o “derechos humanos”. Otros, como los grupos islamistas, quieren transmutar ese cielo en un Corán. Muchos cristianos, por su parte, quieren que ese cielo crucial (el cielo de la conciencia humana) sea rellenado por el mensaje de Cristo, tal y como ellos, en concreto, lo interpretan. Muchos grupos “anti-globalización” luchan para que no se “globalicen” ideas (o formas de vivir, de poseer, etc ) que a ellos no les gustan.

4.- ¿Cabría aspirar a un pacto sobre la estructura del cielo; del cielo “lógico”, quiero decir: sobre las ideas básicas que vetebrarían una ilusión común para las conciencias de todos los seres humanos que se reconocen como tales en este universo? Quizás sí: por puro instinto de supervivencia. Quizás, efectivamente, nos acerquemos a un planeta-Estado [Véase “Estado“]. Yo, desde luego, haré todo lo posible para que en ese estado casi esférico al ser humano individual se le deje ser filósofo: se le deje actualizar toda la potencia de sus ojos y de su corazón.  Y una idea que yo propongo para ese cielo común: el respeto. Casi por encima del amor.  El respeto es la sacralización del otro, de lo otro.

5.- Los físicos sueñan con una teoría -—un fórmula matemática— que muestre la hiper-globalización de un orden inmutable en todos los rincones de lo que hay (incluidas las sociedades humanas y su Historia). Yo, por el contrario, sueño —y siento— una globalización absoluta de la no-legaliformidad, de la libertad, de la creatividad, de la Magia.

6.- Ya lo he afirmado en otros lugares: a mí aquí me huele a sudor de bailarina lógica, a hechizos, a Inmensidad. A mí aquí me huele a algo descomunal que podría quizás llamar Dios si esta palabra no designara un concepto demasiado lógico, cosmizado… globalizado.

7.- Cabría decir también que la globalización es una fuerza de esquematización, de finitización, de parcelación de las miradas de los miembros de la Humanidad. Toda globalización, en realidad, como antes apuntaba, quiere aquietar (cerrar) el cielo (las ideas). Dicho de otra forma: toda globalización quiere que se afiance un sistema de universales [Véase “Universales“].

8.- Una última reflexión. Creo que la decisiva. Si, como dicen algunos científicos —y muchos filósofos—, eso que entiendo yo como mundo es algo que crea mi cerebro a partir de un material exterior que me es incognoscible, puedo entonces afirmar que ese mundo está globalizado en mí: que lleva mi olor, mi luz, mi dolor, mi ilusión. Según lo anterior, un largo paseo por lo que mi cerebro me dice que es una montaña, me podría proporcionar un estado, digamos, químico, una luz que afectaría al mundo entero: a mi mundo entero. Se podría decir que no hay un mundo humano en sí (o que, al menos, no es pensable desde nuestro cerebro). El mundo siempre está globalizado porque en él se despliega nuestra química cerebral, afectada por lo que ingerimos, por lo que respiramos, por la música que escuchamos, por la televisión que vemos, o incluso por la piel de otro ser humano que nos esté tocando y amando desde esa zona inimaginable que está más allá de nuestro cerebro. Y más: ese mundo del que hablamos, que sentimos, con sus políticos y sus convulsiones financieras, también estará globalizado dentro de nosotros en virtud de las ideas que hayan tomado nuestro cielo.

David López